Lecturas de cama

No fue esta la edición que leí de las Crónicas..., esta fue un regalo que me hicieron años después de esa primera lectura.

No fue esta la edición que leí de las Crónicas…, esta fue un regalo que me hicieron años después de esa primera lectura.

Tony me contagió su virus infantil. Pero él, que según el doctor a pesar de todo está sano como manzana, salta, se divierte y apenas tiene una tos loca; aunque estamos vigilándolo y controlando que no vaya a sentir fiebre. Yo, en cambio, he sufrido el peso del contagio. Pero no hay blancos y negros, ¿cierto?, sino una gama extensa de grises y arcoíris. El tener a mi lado una torre de libros por leer y a medio leer, me hizo recordar las veces que pasé en cama leyendo cuando era niña. Así fue, de hecho, como devoré los siete libros de las Crónicas de Narnia; seis, en realidad, ya que El león, la bruja y el ropero lo leí totalmente sana.

Hay un placer en torno al leer cuando se está metido en una cama, por obligación y porque es la única opción de guardar un poco de fuerzas y reponerse para seguir adelante. Claro que en la actualidad se pueden ver películas por televisión/cable/netflix, qué sé yo. Cuando era niña no había muchas opciones, diría yo; y si las había no eran muy atractivas. En cambio, leer siempre provee de tantas posibilidades. Tomar un libro cuando se está pegado a una cama, significa poder escapar de ella. Es una idea manida eso de comparar el viajar con la lectura, porque, aunque leer no reemplaza el viajar, sí es una forma de viajar, de salir de una misma, de conocer otros lugares, otras formas de pensar, conocer gente (personajes, claro) distinta.

Y, por supuesto, vivir experiencias. Atravesar un ropero lleno de abrigos para llegar a una tierra nevada; enfrentar un dragón; ser convertido en ratón por una bruja odiosa. Esas son experiencias fantásticas, pero también pintar una cerca, nadar en un lago, viajar en tren. No tienen que ser experiencias fuera de este mundo –aunque lo son, pertenecen al “mundo” de los libros-; no es eso lo que los hace valiosas, sino el entrar en ellas y, claro, que estén bien escritas; porque no son los excesos de fuegos artificiales los que hacen de un texto un buen libro.

Imagino que debe haber muchas lecturas que me acompañaron durante mis enfermedades. Pero las que no logro olvidar son las de las Crónicas de Narnia; recuerdo cómo me sentía (incluida la rabia de que C. S. Lewis no permitiera que Susan volviera a la Narnia post Juicio Final); la forma en que estaba organizado mi dormitorio… Es raro, pero casi me parece verme metida en la cama. En fin, solo recordé ese cariño extra o especial que me despiertan los libros que leí estando enferma.

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Tengo Flores Nuevas

Tony y yo disfrutando de un poco de lectura y de sacarnos fotos, por supuesto.

Tony y yo disfrutando de un poco de lectura y de sacarnos fotos, por supuesto.

Yo sé que debe ser un lugar común, pero realmente quiero que lleguen las vacaciones. Finalmente me desocupé de la Católica, aunque estoy haciéndole unas mínimas correcciones a mi proyecto de título. Pero en la Usach recién termino el 19 de este mes, lo que será duro porque mi hijo Tony sale de vacaciones este jueves. He estado por lo menos dos semanas sin escribir en el blog y lo he echado de menos, pero he tomado tantos compromisos laborales, desde correcciones a clases, pasando por traducciones, que hay actividades que deben dejarse en pausa, para no colapsar. Porque, por supuesto hay otras actividades que no pueden evadirse, como todo lo referido a mi hijo, por ejemplo.

Debo admitir que incluso leer se me hizo difícil, porque los momentos de dedicación exclusiva y tranquila para la lectura se me hacían escasos. ¿Comenté que además tuve a mi hijo con licencia en casa? Fue una de las tantas bajas de invierno. Otros padres sabrán que ha sido duro, de hecho, en su curso eran más los niños que faltaban que los que iban a clases. No me gusta apurar la lectura que es lo que suele pasar cuando se tiene poco tiempo. Yo puedo leer muy rápido, pero siento que eso le resta mucho a la experiencia completa de ir devorando poco a poco un texto, especialmente si a una le está gustando. Entonces abrí Flores nuevas de Federico Falco (Montacerdos, 2014). Tenía referencias, las que suelen derivar en expectativas; pero, en realidad, no me esperaba cuentos tan bien escritos, delicados, incluso. El autor centra sus historias en la provincia de Córdoba, Argentina, lo que ya es interesante; salir de la capital, adentrarse en otras zonas, otras tierras, con otras formas de hablar y de narrar. Pero fue la temática intimista, que rescata el vivir cotidiano en provincia, el crecer, la familia, lo que me cautivaron. Hay algo pausado en la escritura de Falco, un ritmo diferente, que se aprecia y que hace que el mundo se detenga un poquito. Me recordó mi propia infancia en provincia, primero en Iquique y luego en Copiapó; recordé la experiencia de ese ritmo lento, en que las cosas siguen un curso lento, sin prisas, en que la vida no pasa por el lado, sino que se va viviendo paso a paso.

Los relatos son conmovedores. Primero porque son dolorosos, los desencuentros, desamores, heridas duelen; pero son más conmovedores por la esperanza que anidan: las vidas no se acaban en las tragedias, sino que siguen adelante. Me encantó, por ejemplo, en “Un hombre feliz” el intercambio de correspondencia física entre padre e hijo, en unos tiempos en que el email o, peor, el whatsapp, acapara todo; porque estas técnicas podrán ayudar en la inmediatez, pero no son capaces de suplir una experiencia como la que se narra:

“Se visitaban de tanto en tanto, pero sobre todo se comunicaban con largas cartas manuscritas, que cada uno redactaba con mucho cuidado, eligiendo las frases, atendiendo a cada adjetivo y cada adverbio como si fueran un regalo. Intercambiaban una o dos por mes. […] A la vuelta de correo Joaquín le recomendaba lecturas, incluía hojas secas de fresno y arce entre los pliegues del papel y bocetos a mano alzada de cómo se veían las cabañas en el valle o de truchas corcoveando sobre el aire del arroyo grande” (47).

Cómo no conectar con eso, de inmediato pensé en las hojas que mi hijo recoge para mí cuando recorre el patio del colegio, entre la sala de clases y la puerta de salida; que, debo mencionar, es un trayecto bastante largo. Pero si se trata de conexiones, “Cuento de Navidad” me impresionó, todo el relato familiar, los recuerdos, cómo la gente se va yendo, incluso antes de morir. Pensé en mis propios abuelos. Uno de ellos murió recién el año pasado. La misma tarde en que yo leía y me conmovía, Tony dormía a mi lado en la cama. Debió ser un sábado o un domingo. Cuando se despertó estaba muy triste, tal vez había soñado con su bisabuelo, porque lo primero que hizo fue preguntarme: “Mamá, ¿por qué se murió el Tata de la Meme?”. Quería saber dónde estaba –él, no su cuerpo- y si se lo podía visitar. Nos abrazamos y lloramos juntos un rato, hasta que la pena pasó y quedó la calma, la calidez de tenernos el uno al otro.

Flores nuevas es un gran libro, bien escrito y con una edición maravillosa. Es hermoso, fácil de leer por su diagramación, pero, además, es un gusto encontrarse con un libro bien corregido. Pero los libros pueden gustar, pueden divertir, pueden entretener, pero no hay nada como aquellos que te conmueven y remueven, te conectan y hacen saltar tus recuerdos y emociones.

Nota: Pueden leer ya mi reseña sobre Flores nuevas en Publimetro.cl. El texto es distinto, con otras reflexiones motivadas por estos hermosos cuentos.