Periodismo y literatura: reportajes de Paula

Historias de Paula

Historias de Paula

Cuando hice mi seminario de titulación de periodismo, trabajé en el binomio periodismo y literatura. Hasta el día de hoy estoy convencida de que pueden coexistir armónicamente, es decir, que una pieza periodística –un reportaje, una crónica, incluso una noticia- pueden tener también un valor literario. Después de leer “Me fui a ofrecer de corista al Bim Bam Bum”, la respuesta es que claro que un reportaje puede tener valor estético. Cuando estudié periodismo, más de algún profesor mencionaba este emblemático escrito de Isabel Allende, publicado en la revista Paula en septiembre de 1973. Lo extraño es que lo mencionaban, pero, en realidad, no había cabida para escribir de esa manera en la escuela. Este reportaje de carácter testimonial, en que una joven Isabel Allende parte a audicionar para ser corista del Bim Bam Bum es honesto, ágil, agudo e increíblemente divertido, y hoy, cuarenta años más tarde no solo es un artículo que da cuenta del latido de una época, sino también una muestra de que una buena escritura no se añeja. Un ejemplo: “Con el Padre Nuestro en los labios. Me quité la ropa, descubriendo con espanto… ¡que andaba con calzones de lana! Quedé desnuda de arriba” (432).

El texto de Isabel Allende es parte de la selección de Historias de Paula, un compilado de reportajes y entrevistas aparecidos en la revista de mujeres Paula a lo largo de su historia. Creo que el primer valor de este libro es que hayan mirado hacia atrás, y antologado artículos desde el comienzo de su historia en 1967. Así uno puede leer una entrevista que Malú Sierra le hizo a Enrique Lafourcade en 1971, otra que la escritora Marta Blanco le hizo a la también escritora María Luisa Bombal en 1975, o el reportaje testimonial “Pasamos la noche con el toque de queda” escrito por Rosa Barceló en 1976.

La selección está enfocada en mostrar el perfil de la revista, en desmarcarla de cualquier prejuicio que pueda existir ante la idea de una revista femenina. Por eso yo he optado por llamarla revista de mujeres. ¿Dónde se ve esto? En la “Entrevista a una mujer infiel”, publicada en 1967 y escrita por Isabel Allende: “Nuestra entrevistada fue infiel por despecho, por aburrimiento, por descuido del marido, por soledad. Comienza a buscar otra fuente de satisfacción emocional cuando ve derrumbarse la confianza de su marido, cuando un inmenso vacío sentimental deja su existencia sin causa ni razón de ser […]” (211). También en “Un aborto clandestino” (1972), reportaje en que el abogado Ismael Espinoza da cuenta del “relato que me hizo Alberto Acuña (hijo de un colega y estudiante universitario) [que] no llegará nunca al conocimiento de los Tribunales de Justicia, y ni siquiera al de las familias de los autores” (214). El texto recorre cada etapa del aborto hasta que este se consuma, desde el punto de vista del padre. Hacia el final leemos: “Me da un escalofrío. Curiosamente, no he sentido nada por el hijo que no nació. Tal vez las mujeres son diferentes. Yo no he alcanzado a sentirme padre” (236).

Muchas de las entrevistas se me hicieron familiares, recordaba haberlas leído años atrás en la revista. El ejercicio de haber seleccionado una parte ínfima de los artículos de la revista se convierte en un placer de lectura. Es atractivo de distintas maneras. En parte porque sirve para observar cuatro décadas de historia chilena, desde una perspectiva, por supuesto, parte de sus riquezas está en que son notas con una firma clara, sin pretensiones de que existe solo una verdad. Y otra parte, es el goce de textos bien escritos, de perfiles bien realizados, de hacer no artículos planos y desechables, sino piezas que perduran. Algunas emocionan, otras son desternillantes. Un libro que recomiendo no solo a los lectores de Paula.

Historias de Paula. Antología de reportajes y entrevistas. Santiago: Catalonia y UDP, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

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Evelyn Waugh y el periodismo

noticia_bombaNo recuerdo haberme reído tanto leyendo un libro, como cuando gocé de principio a fin ¡Noticia bomba! (1938) de Evelyn Waugh (1903-1966). El autor inglés es conocido por esa obra fundamental Retorno a Brideshead, la que no solo es una pieza hermosa de escritura, sino que sobrepobló al castellano de la palabra revisitado, por su título en inglés, Brideshead revisited. Yo antes de atreverme a leer ese libro, que era además un tesoro para mis padres, preferí lanzarme con ¡Noticia bomba!, era, después de todo, una época en la que soñaba con convertirme en periodista. Bueno, nada mejor que este libro para aterrizarla a una con respecto a mi primera profesión.

El libro gira en torno al personaje William Boot que por un error termina convertido en corresponsal de guerra en África. Waugh se basó en su experiencia como corresponsal en Etiopía, pero en su escrito prefirió ubicar la acción en un país ficticio. Boot no sabe nada de cubrir una guerra, de hecho, sabe y poco nada de periodismo, aunque es un colaborador en un diario, pero sus escritos son sobre la naturaleza. Por eso, cuando le asignan esta corresponsalía se verá envuelto en un malentendido tras otro. Mientras Boot confunde terminología periodística y se siente realmente perdido, Waugh, por su parte, sabe muy bien de lo que habla, su afán es mostrar al periodismo de forma descarnada. A la distancia, pienso en ese dicho “entre broma y broma, la verdad asoma”, porque una podrá reírse a carcajadas (de hecho, tal vez no es buena idea tenerla como lectura en el metro), pero la crítica es despiadada.

Y no me malentiendan, todavía amo el periodismo y creo que pueden escribirse textos increíbles, hermosos y también reveladores; pero la maquinaria que mueve al periodismo puede ser difícil de sobrellevar, tanto como periodista como lector/auditor/televidente. Una de mis principales objeciones –y tengo varias- es la falacia de la objetividad. Cuántas horas de estudio dedicamos durante los años de universidad a una palabra que en la realidad está lejos de existir como práctica. Cómo podría serlo si los medios pertenecen a gente con ideologías determinadas; los editores y periodistas también las tenemos: posiciones claras desde donde escribimos o perspectivas que nuestros jefes se preocupan de que tengamos en cuenta. Es extraño, porque pareciera ser tan transparente, porque vemos las noticias o leemos el diario o escuchamos la radio, y pareciera que todo está ahí. Y no.

La forma de hacer periodismo ha cambiado en cuanto a las tecnologías. Boot tenía que enviar cables con sus notas, y yo a veces las dictaba por celular para alcanzar a salir en la primera edición del diario. Pero más allá de eso, ¡Noticia bomba! es un libro completamente vigente e hilarante.

¿Hay algo más tedioso que transcribir?

Transcribiendo una entrevista...

Transcribiendo una entrevista…

Cuando me dedicaba en forma exclusiva al periodismo, no existían los mp3. Siempre tuve en cambio grabadoras de esas que usaban casetes chicos. Todavía guardo algunos, imagino que con entrevistas que habían sido importantes para mí. De hecho, hubo una época hermosa en que solía entrevistar músicos por teléfono. Eran conversaciones telefónicas porque eran artistas de otros lados. Recuerdo una agradable conversación con Duke Erikson, guitarrista de Garbage, quien estaba al celular desde Inglaterra mientras yo tomaba notas desde las oficinas de Universal Music.

Pero ya en ese tiempo me había convertido en una experta en tomar notas de cuanto el entrevistado decía, porque me cargaba descasetear, es decir, gastar el doble del tiempo del que duró la entrevista en escuchar la cinta y transcribir. Hoy la palabra no es descasetear, la más reciente entrevista que hice fue la semana pasada, ya no en grabadora, sino en el mp4 que le regalé a mi esposo en navidad.

La entrevista fue un placer, conversamos durante largo rato de manera fluida, y salí de la cita con buen ánimo. Sin embargo, cada vez que me siento con los audífonos en las orejas, el tedio me cubre. En especial, cuando una y otra vez tengo que escuchar esa palabra que permanece prácticamente inaudible, porque la entrevistada se llevó la mano a la boca, o porque hubo un ruido fuerte.

Después del tedio de escuchar y volver a escuchar, de anotar casi sin fijarse en las palabras que se están escribiendo, queda hermosear la entrevista, quitar los errores, eliminar lo dicho más de una vez, escribir algunos párrafos que traten de dar cuenta de cómo fue la conversación o qué impresión nos dejó la entrevistada. Finalmente, no hay nada como ver el texto publicado y olvidar que alguna vez se trabajó en su transcripción.