¿Es infantil una mala palabra?

La portada de Baila y sueña que reúne canciones de cuna y rondas inéditas de Gabriela Mistral.

La portada de Baila y sueña que reúne canciones de cuna y rondas inéditas de Gabriela Mistral.

No recuerdo si he hablado acerca de mi proyecto de título de Doctorado. Tengo la sensación de que había intentado no hacerlo porque todavía se trataba de un trabajo en proceso. Pero ya tengo mi nota (me saqué un 7.0, ¡genial!) y quería comentar algo relacionado con mi objeto de estudio. Parte de mi objeto son las rondas de Gabriela Mistral. Por supuesto, las de Ternura; pero pensé también en incluir las que Luis Vargas Saavedra encontró recientemente y publicó en un nuevo libro llamado Baila y sueña. Una de las razones por las cuales me interesa estudiar las rondas es el hecho de que sean minusvaloradas. Yo no soy la primera en decir esto. Grínor Rojo y Elizabeth Horan han escrito al respecto. Y Mauricio Ostria también lo tiene clarísimo cuando dice: “En ese desolador panorama, producto de la ignorancia y la desidia intelectual, tal vez el libro peor leído de Gabriela Mistral sea Ternura. Es también el más descuidado por la crítica, salvo notables excepciones” (“Releyendo Ternura” 649). Para mí el hecho tiene que ver con que se relacionan las canciones de cuna y las rondas con lecturas dedicadas a niños y niñas –lo que no representa un problema- y a los libros para infantes con lecturas menores, de inferior calidad o, de plano, malas. De hecho, la palabra “infantil” casi es una mala palabra.

Cuando apareció Ternura en 1924, tenía como subtítulo “Canciones de niños”. Para Ostria, fue ese subtítulo el que estigmatizó los versos de Mistral, limitándolos a una “lectura desaprensiva y poco atenta” (650). El crítico considera que Gabriela Mistral debe haberlo notado, porque cuando apareció la segunda edición de Ternura en 1945, el subtítulo era otro: “casi escolares”, poesías casi escolares; es decir, no son para niños. O no son solo para niños y niñas; o el hecho de que sean rondas y canciones de cuna quiera decir que no tienen mérito o profundidad.

Una página interior de Baila y sueña.

Una página interior de Baila y sueña.

Sin embargo, eso de escolares/infantiles allí metido sigue metiendo ruido. Y aquí va una historia reciente. En casa hemos tenido que restringir nuestros gastos, porque las cosas económicamente andan más o menos. Así que no podía pensar en comprar Baila y sueña; no importa, pensé, lo sacaré de la biblioteca de la universidad. Cuando lo busqué en el catálogo online encontré que estaba y partí a sacarlo. No lo encontré en el estante, así que revisé de nuevo el catálogo y me di cuenta de que las copias (que eran unas diez) estaban en un apartado llamado “Sección escolar”. Déjà vu, ¿cierto? No sabía dónde quedaba, así que pregunté a la bibliotecaria, quien amablemente me explicó que esa era una sección solo para escolares y que yo, aunque alumna de la universidad, no podía sacar el libro. Lo irónico de todo este asunto es mi insistencia en que estos no son textos escolares, sino textos a secas; pero la institución los limita a una categoría. Porque esas copias para los escolares están muy bien; el error o la desidia está en concluir que el libro no es necesario para la biblioteca a la que tienen acceso universitarios y profesores.

El asunto me provoca desazón, pero finalmente tengo mi copia. Es una hermosa copia, aunque totalmente brandeada para niños y niñas; además desde una visión romántica, parece que nadie pensó en atraer a la lectura de estas rondas y canciones a las niñas y niños que usan tablets y afines. Lo que me desconsuela es cómo se trata de empequeñecer todo, meterlo en categorías diminutas, seguras, confiables y tan cuadradas que son difíciles de sacudir.

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Gabriela Mistral: escribiendo se siembra

La portada de Caminando se siembra, que reúne prosa inédita de Gabriela Mistral

La portada de Caminando se siembra, que reúne prosa inédita de Gabriela Mistral

“¡Y aún hay inéditos de Mistral!” son las primeras palabras de Luis Vargas Saavedra en el prólogo de Caminando se siembra, una selección de prosas inéditas de la poeta chilena. Como él mismo explica, todo proviene del llamado “Legado Gabriela Mistral”, una colección de escritos, cartas, apuntes, entre otros miles de documentos, que fueron donados por Doris Atkinson. El material fue digitalizado y está disponible en la Biblioteca Nacional, pero también en bibliotecas de otras instituciones. Yo tuve la fortuna de ver físicamente ese material –una caja enorme- cuando llegó a la Universidad Católica. Un sueño, de verdad. Sumergirse en todo ese material, en busca de textos para ser revisados, seleccionados, pasados en limpio, es parte del trabajo de este texto encabezado por Vargas Saavedra.

El libro está separado temáticamente. Así encontramos textos sobre Chile, sobre América, sobre literatura, comentos a poemas, estampas de animales -¡qué hermosas!-, educación y también cartas, entre otros. Hay una sección interesantísima sobre la guerra. No está de más, pensando en que Mistral vivió la Segunda Guerra Mundial. Y estaba muy atenta, incluso desde antes. Por ejemplo, en “Algunos rasgos de la geografía humana de Chile”, escribe a propósito del cóndor del escudo chileno: “El cóndor es un ave de presa, de garra, tiene un ojo tan frío y tan duro que yo sé que se van a escandalizar con semejante ocurrencia, que para mí, dentro de mí, está emparentado demasiado con las águilas de Europa y, sobre todo, con las águilas de Alemania…” (45). Estaba preocupada por la nazis, ciertamente, en esta conferencia dictada en Uruguay en 1938. De 1945, tendremos sus impresiones sobre la bomba atómica “que mejor pudiera llamarse Descomunal, [que] provocó en los periódicos y en el pueblo una curiosa impresión que me cuesta entender: asombro y no espanto […]” (411).

Los textos de Mistral muestran su mente activa, lo atenta que estaba ante la actualidad, pero además lo bien que sabía leerla. En las transcripciones de conferencias, en que incluso se indica cuando el público estallaba en risas, nos enseña a una Mistral divertida, apasionada, profunda y que siempre habla desde ella, desde su experiencia, desde sus impresiones, desde su yo. Me gustan los comentos a poemas, como “Todas íbamos a ser reinas”, poema al que le he estado dando varias vueltas en las últimas semanas. Dice al respecto: “Me he nombrado en el poema de manera muy personal y muy impersonal, con mi nombre legítimo de Lucila, que yo misma sepulté, y que a veces me recuerda y me pena” (262).

El libro, hermoso en su factura, no es para leerlo de una sentada. Tal vez las estampas de animales se puedan leer de una vez y animar el alma, pero muchos textos son densos y provocan mucha reflexión. Por eso, es bueno tenerlo cerca, en el velador, en la mesa de centro, o donde quiera que hagamos la mayor parte de nuestras actividades diarias, y tomarlo de pronto, y leer otra de esas prosas inéditas, seguir descubriendo a Gabriela en sus escritos y entender que escribiendo también se siembra y que para cosechar hay que atreverse a abrir los libros en espera.

Mistral, Gabriela. Caminando se siembra. Santiago: Lumen, 2013.

Para los interesados en el Legado Mistral, visiten el sitio oficial.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Viajeras

El afiche del Congreso von Humboldt 2014.

El afiche del Congreso von Humboldt 2014.

Ayer participé en el VII Congreso Internacional e Interdisciplinario en Homenaje a Alejandro de Humboldt, Claudio Gay & Ignacio Domeyko (o Congreso von Humboldt, que es más manejable). Por supuesto, uno de los principales intereses del evento tiene que ver con los viajes y los viajeros. Yo participé en la mesa “Mujeres en viaje del siglo XIX a nuestros días” con una ponencia sobre Gabriela Mistral, quien, de hecho, era la viajera más reciente de la mesa, por lo cual eso de “hasta nuestros días” no resultaba muy preciso. Hubo otras mesas sobre viaje y mujeres a lo largo del congreso, en que se habló de visiones del otro, construcción de la imagen del mundo oriental, escritura fuera de la norma, y de figuras como Eduarda Mansilla y María Graham. La conferencia magistral de Lucía Guerra también tuvo que ver con el tema: “Nociones de la otredad en viajeras del siglo XIX”. Al escuchar las ponencias, me daban ganas de emprender viajes propios, pero también de seguir estudiando el tema, lo que llevo haciendo desde hace algunos años, incluyendo una investigación con Lorena Amaro, titulada “Espiritualidad y mirada viajera de tres peregrinas chilenas: Amalia Errázuriz, Inés Echeverría y Violeta Quevedo”.

En cuanto a mi ponencia para el congreso, la titulé “Paisaje, hogar y visión de sujeto en ‘El paisaje mexicano’ de Gabriela Mistral. Eso fue, creo, hace más de un año, cuando mandé mi propuesta. A medida que avanzó la escritura y reescritura, porque seguía descubriendo datos nuevos, creo que en vez de sujeto debería haber puesto cuerpo. “El paisaje mexicano” es un brevísimo texto de 1922 que Mistral escribió cuando estaba viviendo en México, invitada por Vasconcelos para participar en la reforma educacional. Es un texto hermoso, en que la poeta no se dedica solo a describir un paisaje nuevo que la maravilla, sino a exponerse a sí misma a través de esa descripción, en la que no importa solo cómo son los escenarios en México, sino cómo se sienten en términos personales.

El texto de Mistral me ayudó a reencontrarme con un poema de Desolación que apenas recordaba “El Iztlazihuatl”, del cual dejo aquí unos pocos versos como cierre de esta nota. En cuanto a la ponencia, creo que quiero revisarla y depurarla todavía un poco más.

El Iztlazihuatl mi mañana vierte;

Se alza mi casa bajo su mirada,

que aquí a sus pies me reclinó la suerte

y en su luz hablo como alucinada.

 

Lecturas que me conquistaron durante 2013

recuento_2013_columnaEsta columna debería haber sido publicada en el sitio web del Publimetro el último viernes de 2013. Sin embargo, por esas cosas que tienen que ver con internet y periodismo, no vio la luz. Yo siempre me pregunto cuántas veces se puede insistir –sin parecer obsesiva- en que se les ha olvidado publicar la columna. Lo cierto es que a pesar de los recordatorios y de los “no te preocupes”, al final se les olvidó publicarla. Tiene que ver también, supongo, con el fin de año y el hecho de que mi contacto en Publimetro se fue a un nuevo trabajo y el nuevo, bueno, está habituándose, no lo sé. Pero como decidí que no quería seguir recordándolo, pero no quería perderla, aquí va la columna que debería haber aparecido el 27 de diciembre de 2013.

Cuando llega diciembre solemos ver en los medios listados que resumen el año. Muchas de esas listas pretenden mostrarnos “lo mejor” del año. No sé si eso es factible. Leyendo un libro a la semana para esta columna, todavía deja como lecturas pendientes muchas de las publicaciones que aparecieron este año. Pero sí pensé en que ya que hoy es el último viernes de 2013, podía recordar algunas de las lecturas que más satisfacciones me dejaron, ya bien porque se trataban de libros muy bien escritos o porque sus temáticas era interesantes. Lo importante de leer es disfrutar y no tanto leer siempre “el mejor” libro; a veces textos que parecen más bien simples también pueden darnos momentos inolvidables.

Leñador de Mike Wilson fue todo un descubrimiento este año. Por un lado, es un texto que no trata de acomodarse a nada. Ni en su formato, teniendo en cuenta su nutrido número de páginas, ni en su temática. No es común encontrarnos en el ambiente de los leñadores en el Yukón, de hecho, a priori eso parecería llevarnos a una historia del pasado, cuando el libro es todo o contrario; además de entregar delicadas visiones acerca de cuanto nos rodea.

Los libros de Mistral, y este año hubo varios: desde Poema de Chile a Caminando se siembra, pasando por Motivos de San Francisco. Cada poema o prosa nueva que aparece, como también cada viaje a leer esos textos supuestamente ya conocidos, es una experiencia completa: la belleza de las imágenes, su lucidez. Somos muchos los que pensamos que Mistral no es suficientemente leída y apreciada, porque es una escritora excepcional. Por eso es buena la cantidad y variedad de textos a través de los cuales podemos llegar a ella.

Los textos de crónicas me conquistaron también este año. A mano alzada de Germán Carrasco y Pequeña Biblioteca Nocturna de Óscar Hahn son dos imperdibles. Inteligentes, divertidos, muy bien escritos, abren nuestras mentes, además, a nuevos temas y autores. Son una invitación a seguir leyendo más allá de ellos.

En cuanto a novelas, por supuesto, estuvo Fuerzas Especiales de Diamela Eltit, un relato intenso y que nos ponía sin tapujos de cara a lo que es nuestro país hoy. En el otro espectro, los delicados relatos de Charles-Ferdinand Ramuz en Voces de la montaña con toda la distancia espacial y temporal con que fueron escritos, nos muestra que la literatura se mantiene viva dentro de sus páginas, esperando a que un lector la actualice con su lectura.

Finalmente, quiero mencionar a dos mujeres. Primero los hermosos cuentos de Alice Munro, quien este año ganó el Premio Nobel de Literatura. Mi vida querida, su último texto, fue publicado este año en español. La creación de personajes, el manejo de las historias, la aproximación que logra de lo cotidiano, muestran su maestría en el cuento. La otra mujer no publicó este año, sino que nos abandonó. Doris Lessing murió el 17 de noviembre pasado, pero dejó un extenso legado textual: cuentos, novelas, textos autobiográficos, solo hay que decidirse a abrir uno de ellos y lanzarse a la lectura.

Y ya que con el comienzo de un nuevo año, se suelen pedir deseos o hacer compromisos, tan solo puedo desear que haya muchas y muy buenas lecturas para todos.

Mistral y sus motivos de San Francisco

motivos_the_life_of_st_francisCuando Gabriela Mistral comenzó a escribir sus motivos  de San Francisco, pretendía publicarlos en 1926, como una forma de participar en la conmemoración de los 700 años de la muerte de Francisco de Asís. No pudo concretar en ese momento la publicación, sin embargo, sí escribió 44 textos relativos al santo católico. El público lector no conoce tanto la prosa de Mistral como su poesía, y escribió muchísima prosa: entre ella, motivos. En las palabras de Pedro Luis Barcia un motivo es “una realidad contemplada que mueve a escribir sobre ella” (Gabriela Mistral en verso y prosa, RAE, 2010).

En este libro, el que mueve a escribir es San Francisco. Y no es lo que pensaríamos como una biografía, sino muchas veces textos muy pequeños y poéticos en que Mistral contempla, reflexiona, propone. Desde la madre del santo hasta sus pies que recorren; desde el sayal que vestía hasta su infancia. Incluso nos encontramos con un diálogo, en que San Francisco le habla a Gabriela: “Tus ojos son hermosos, hija mía. Te los hizo Dios tan finos en los párpados como la membranilla que separa los dientes de la granada. Son tan niños, que gozan con las pintaduras de la hoja de la vid. Te están regalando a cada instante sorbos de alegría. Dios quiso que mirases su tierra coloreada. ¿Cómo vas a vaciártelos?” (63).

En los años 60, se publicó en Chile un libro con estos motivos, pero la recopilación era incompleta. En esta oportunidad la investigadora Elizabeth Horan, una experta en Mistral, no solo los rastreó, buscando la versión más fidedigna, sino que también los tradujo al inglés, lo que hace al texto interesante para un público más amplio. Para nosotros, que bien podemos leer y deleitarnos con la fascinación de Mistral con San Francisco en su propio idioma, sí podemos encontrar un interés en el estudio que hace Horan de los contextos en que la poeta escribió sus motivos. Comenzó a escribirlos en 1922 en México, y continuó en Francia en 1926 y 1927. El libro también incluye dos textos posteriores: uno escrito en Petrópolis en 1943 (la hermosa “Oración a San Francisco por ‘Yin’”), y el discurso que dio al recibir el premio Serra de las Américas de la Academia Franciscana de la Historia en 1950 en Washington D.C.

Los motivos de Gabriela Mistral son una prosa que remece como su escritura poética: hay pasión, intensidad, hermosas figuras. No pretenden ser crónicas objetivas ni meramente informativas. Ellas se pregunta por los labios de San Francisco, por sus ojos, que los imagina “como la hondura de la flor, mojados siempre de ternura” (15). Además se involucra, como ocurría con el diálogo mencionado más arriba, estableciendo una relación viva, actualizada con el santo: “Somos débiles, Francisco, como la caña que necesita el viento para oírse” (25). Y también son fuertes y críticos, y nos muestran la visión religiosa y ética de Mistral: “Nosotros llamamos caridad a poner en la mano extendida una moneda grande, o a pagar una cama de hospital, Francisco. Tú no. Cuando dabas, eras tú mismo lo que dabas (51).

Mistral, Gabriela. Motivos. The life of St. Francis. Elizabeth Horan (ed. Trad.). Arizona: Bilingual Press/Editorial Bilingüe, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

A propósito del 18

Este es el farol de papel que pusimos en la puerta del departamento, aquí gozando de un poco de frío matinal.

Este es el farol de papel que pusimos en la puerta del departamento, aquí gozando de un poco de frío matinal.

En un principio no tenía pensado escribir, debido a que esta semana se presentaba con largos días de asueto. En realidad ha sido agradable no tener que escuchar el despertador a las 6.30 de la mañana. Es un quiebre de la rutina, el trabajo, de lo que cotidianamente hacemos y eso es bueno. Me recuerdan las clases de Fidel Sepúlveda y cómo estas pausas que las fiestas masivas suponen son necesarias para seguir adelante con la vida diaria.

Estas fechas además suponen cierto desafío, cómo celebrarlas sin caer en los chovinismos que se enseñaron durante tantos años en los colegios, a propósito de la dictadura que en términos culturales intentó crear una identidad chilena de postal, en que impuso un baile nacional por decreto y estableció ciertos grupos musicales como paradigmas folklóricos y tradicionales. A mí, de hecho, me gusta bailar cueca, pero nada de esas tonadas con olor a autoritarismo; tampoco me gusta que se la imponga, nada más terrible que esas quejas de corte anual sobre que nuestras fondas tocan más cumbia que nada, como si las celebraciones tuvieran que tener solo ritmo de cueca; no tiene sentido. Por otro lado, la cueca no solo puede ser hermosa, sino también un instrumento de protesta y de reflexión, como la cueca sola que el conjunto folklórico de la Agrupación de Detenidos Desaparecidos mostró por primera vez en 1978.

Hace pocos días se cumplieron 40 años del golpe de Estado, y estaba pensando en eso y en el 18, mientras hojeaba Caminando se siembra, una selección de prosas inéditas de Gabriela Mistral que Luis Vargas Saavedra editó este año bajo el sello Lumen. Incluye varios textos sobre Chile, y en uno de ellos dice:

“El escudo nuestro, si ustedes lo conocen, tiene dos signos muy opuestos: tiene un gran cóndor y tiene un huemul. El huemul es una especie de venado medio desaparecido del territorio. Estos dos signos son muy opuestos. El cóndor es un ave de presa, de garra, tiene un ojo tan frío y tan duro que yo sé que se van a escandalizar con semejante ocurrencia, que para mí, dentro de mí, está emparentado demasiado con las águilas de Europa y, sobre todo, con las águilas de Alemania… El huemul, en cambio, es un animalito pequeño, lleno de gracia, que vive gracias a sus mañas, a escaparse siempre a tiempo en sitio de peligro en la Cordillera. Una vez escribí un artículo sobre nuestro escudo en el que dije que nosotros teníamos demasiado de cóndor y muy poco de huemul” (44-45).

Las palabras anteriores son parte de una conferencia que Mistral dio en 1938 en Montevideo, y qué sabias sus palabras en torno a Alemania, un año antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial. El artículo que menciona ella es una preciosura, además, y sobre aquel yo escribí años atrás mi primera ponencia, y es muy despierto en cuanto a la forma en que educamos a nuestros hijos y a nosotros mismos también. Creo que junto con celebrar hay que penar un poco también, no solo en qué país hemos sido, sino en que país queremos ser.

Una palabra de Gabriela Mistral

palabraEl 7 de abril se cumplieron 124 años del nacimiento de Gabriela Mistral. Sé que hace no mucho había escrito sobre ella a propósito de un artículo de Elizabeth Horan, pero me parece que siempre hay buenas razones para escribir sobre una poeta intensa y completa.

El año pasado, mientras investigaba para mi tesis de Magíster, me encontré con el poema “Una palabra”, que aparece en el poemario Lagar. Sin duda lo había leído antes, muchos años antes, pero para ser honesta no lo recordaba. Ahora, cada vez que pienso en ella, y también en otras mujeres poetas, no puedo evitar que esos versos vengan constantemente a mi cabeza:

Yo tengo una palabra en la garganta

y no la suelto, y no me libro de ella

aunque me empuje su empellón de sangre.

Si la soltase, quema el pasto vivo,

sangra el cordero, hace caer al pájaro (412).

El poema es más largo, son seis estrofas en total, pero esos primeros versos son impactantes: la palabra atravesada en la garganta, una palabra tan intensa que quema, y que cuando sea pronunciada es capaz de volver el mundo en llamas. “Tengo que desprenderla de mi lengua…” dice luego, y me parece que escribir –cualquier tipo de escritura- y, por supuesto, hacer poesía, tiene que ver con la necesidad/urgencia/premura de sacar todas estas palabras que una tiene dentro. Podrán ser palabras susurrantes o gritadas, eso dependerá del dueño de esa voz. Esto es algo que me ha enseñado Mistral.

Nota 1: Estoy usando como referencia el libro Antología. Gabriela Mistral en verso y prosa, una edición conmemorativa que la Real Academia Española publicó en 2010. Para leerlo, pueden buscarlo aquí. En el apartado “Luto” de Lagar.

Nota 2: A propósito de Gabriela Mistral y Elizabeth Horan, este miércoles 10 de abril a las 17 horas, se presentará una edición bilingüe de Motivos. The life of St. Francis de la poeta, con la traducción de Horan. Será en el Auditorio de Filosofía de la Universidad Católica.

¿Receta contra el ninguneo? Simplemente leer

Gabriela Mistral.

Gabriela Mistral.

Haciendo memoria acerca de si leí a Gabriela Mistral en el colegio, me parece que leímos Lagar, completo, a diferencia de otros escritores de quienes revisábamos textos seleccionados. Pero si trato de profundizar en eso, solo recuerdo la experiencia personal y solitaria de la lectura, y no logro dar con alguna clase en que habláramos de Mistral, de su poesía, o de su vida, nada. Sí recuerdo, en cambio, casi como si fuera ayer, largas clases sobre las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, revisando sus tópicos. ¿Habrá habido prueba? ¿Algún trabajo? No logro recordarlo.

Si bien es cierto que Mistral estaba incluida en mis lecturas escolares, siento que era solo una más en la lista. Qué poca dedicación, qué desidia, es lo que se me ocurre pensar. Yo la leí con cierta pasión, me parece. Había adorado cuando muy niña “Dame la mano” (la que además cantaba), “Todas íbamos a ser reinas” y “Piececitos”. Leer Lagar era pasar a otra liga, especialmente estando en la adolescencia.

Hace algunos años escribí una columna para un medio virtual, en que también hablaba de esta incomprensible desidia con respecto a Gabriela Mistral. En todo nivel, incluyendo esa imagen de ella en el antiguo billete de cinco mil pesos, en que se la representaba como una señora dura, en vez de rescatarla como la poeta genial y apasionada que es.

Todos estos pensamientos dan vueltas por mi cabeza debido a que acabo de leer el artículo “Clandestinidades de Gabriela Mistral en Los Ángeles 1946-1948”, de Elizabeth Horan. Es un excelente texto, ágil e informado, que aparece en el libro Chile Urbano: la ciudad en la literatura y el cine, editado por Magda Sepúlveda y publicado recientemente por Cuarto Propio. En el artículo, Horan se refiere a los mil días que Mistral vivió en California, EEUU. Allí le diagnosticaron diabetes, conoció a Doris Dana, comenzó a escribir Poema de Chile. Llegó como cónsul honoraria –es decir, no recibía ni un peso y, sin embargo, tenía que ver cómo mantenerse- y debió partir de allí en plena caza de brujas contra los escritores de izquierda, mientras Chile vivía su propia persecución con la Ley Maldita de González Videla.

Llegó a California con un perfil político, interesada especialmente en el voto femenino -recordemos que en Chile todavía las mujeres no sufragaban-, dictó charlas y escribió artículos al respecto, en medio de los ataques del propio consulado chileno y su cabeza, el cónsul Pradenas, quien, en una nota para el Los Angeles Times a la llegada de Mistral a EEUU, la disminuye, la ningunea, en palabras de Horan. Y eso que hacía apenas un año atrás había recibido el Premio Nobel. Pradenas llega a decir que ella ni siquiera merecía el reconocimiento. La verdad es que me parece una barbaridad, tal como que no se la lea o que en una conversación casual alguien, muy suelto de cuerpo, la rechace sin siquiera haberla leído, no solo sus poemas, sino también sus prosas maravillosas. Mi pasión por la poesía de Mistral, se ha traducido en mi gusto por escribir sobre ella, a partir de ella, y gracias a ella también. De hecho, mi primer artículo publicado -no en una revista, sino en el libro Caminos y Desvíos: lecturas críticas sobre género y escritura en América Latina-, se titulaba “Mujeres ‘próceres’ chilenas: una mirada renovadora a la luz de Mistral y Labarca”, en el que hablaba sobre género, feminismo y mujeres, desde “Menos cóndor y más huemul” -definitivamente uno de mis textos predilectos de Mistral-, y Feminismo contemporáneo de Amanda Labarca. Creo que lo que quiero decir, es que no me agoto de expresar una idea: ¡leed a Mistral!