Retomando mi ritmo

Parte de la torre de libros en que estuve metida las últimas semanas.

Parte de la torre de libros en que estuve metida las últimas semanas.

Las últimas dos o tal vez tres semanas, escribir se volvió un poco complicado, simplemente por la escasez de tiempo para mí. Tenía unas fechas importantes en la universidad, y dediqué prácticamente todas mis horas diarias en leer, fichar y repasar las fichas que había hecho durante los últimos meses; ya saben, las primeras fichas suelen estar en una nebulosa, y necesitaba actualizarlas en mi cabeza.

Por eso, en vez de escribir, me dediqué a completar algunas de las columnas de libros que hecho para el sitio web del diario Publimetro, en vez de preparar algún material nuevo.

Ahora que estoy en una especie de descanso de tanto estudio concentrado –descanso autodecidido después de que ayer me estuviera quedando dormida sola-, he retomado lecturas nuevas, tratando de descubrir, recordar, encontrar, temas que me gusten, me motiven, me inquieten. Así que pronto tendré publicado aquí nuevas entradas, algunas de las cuales han estado dando vueltas en mi cabeza desde hace un par de semanas.

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Entre lecturas

Los textos en proceso y atrás el sofá para la lectura.

Los textos en proceso y atrás el sofá para la lectura.

De vez en cuando veo que en internet aparecen clasificaciones de los lectores con respecto a cómo leemos: ¿un solo libro a la vez?, ¿varios?, etc. Yo he estado observando la forma en que leo. Durante el verano traté de concentrarme en un libro a la vez, ya que había pasado los últimos años leyendo muchas cosas a la vez, ya fuera para la universidad como intereses exclusivamente personales y de los cuales no solía escribir nada. Con artículos y tesis que escribir y un hijo que prefiere que leamos sus libros, yo suelo leer en el metro; no son muchas las estaciones, pero leo rápido.

Así había ido avanzando muy rápido con La muerte llega a Pemberley hasta que la dejé en pausa mientras leía ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, el cual leí concentradísima. Después di vueltas por una serie de textos que más bien picoteé hasta que volví a La muerte…, que terminé hace un par de días.

Ahora he vuelto a mis costumbres, leyendo Feo de Armando Uribe, En el reino de Timaukel de Nicolo Gligo y el breve texto de Auerbach “Filología de la literatura universal”. Todo a la vez, en distintos momentos del día para satisfacer distintas necesidades. Y el panorama es que seguiré sumando textos, porque mis anotaciones van creciendo. La verdad, es que me gusta así, siempre con libros que leer.

Lecturas de infancia

Tony leyendo Cosas que me gustan, de A. Browne

Tony leyendo Cosas que me gustan, de A. Browne

Siempre tuve fascinación por las letras. Cuando pequeña me encantaba un libro de profesiones de personajes de Walt Disney, en particular la página dedicada al escritor, y solía escribir historias chiquitas. Desde entonces, he escrito diarios, notas, reportajes, columnas, entrevistas, artículos académicos, y he ido llenado mi casa de libros. También de chica, -y todas estas historias son de antes de que cumpliera ocho años-, tenía dos libros ilustrados del cuento de la Caperucita Roja que me encantaban. Los dos tenían estilos muy diferentes; en realidad tienen, porque todavía existen y he tratado de introducírselos a Tony, mi hijo de tres años, pero él todavía no siente interés por la niña de la caperuza roja.

Como yo Tony también tiene fascinación por las letras, literalmente ama las letras, se sabe bien el abecedario en español y en inglés y está todo el rato deletreando palabras. De hecho, tiene varios juegos con letras y me robó mis moldes para galletas en forma de letras, porque insiste en que son para jugar y no para comer.

Tony en medio de la colección de libros que llevó para leer antes de dormir.

Tony en medio de la colección de libros que llevó para leer antes de dormir.

Esta combinación de recuerdos y placeres, viene a raíz de algo que sucedió hace unos días atrás. Era tarde y Tony no tenía muchas ganas de subirse a la cama a dormir. En verano hace todo lo posible por prolongar la hora de vigilia. Le dije que fuera a buscar uno de sus libros para que leyéramos en la cama y después podría dormirse más tranquilo. Su grito de ¡sí! debió adelantarme por lo menos parte de lo que vendría. Demoraba mucho en volver de su dormitorio, y yo lo llamaba, apurándolo para que leyéramos el cuento. Vuelve a la pieza no con uno sino con unos seis libros, los deja sobre la cama y vuelve a su dormitorio por más. Terminó trayendo todos los que tenía en el lado izquierdo de la cabecera de su cama, en la que tiene su propia biblioteca instalada. Es una colección que fuimos armando desde que supimos que estaba embarazada y a la que constantemente añadimos nuevos títulos.

Un acercamiento a los libros del relato de este post.

Un acercamiento a los libros del relato de este post.

Tony no solo quería traer los libros y sentarse en la cama con ellos, sino que quería que ¡los leyéramos todos! Transamos en solo algunos, por lo cuales siente mayor predilección: Cosas que me gustan de Anthony Browne (¡le encanta!); Pato está sucio, Perro tiene sed, Gato tiene sueño y Ardilla tiene hambre, de Satoshi Kitamura (los tres primeros los tiene autografiados por el autor); Tento busca su osito de Ricardo Alcántara; A dormir de Liesbet Slegers (de hecho, lo “leyó solo”, se lo sabe de memoria); Little Quak de Lauren Thompson; y un poema cortito para irse a la cama que viene en 365 cuentos y rimas para niños. Él quería seguir leyendo, pero finalmente se acurrucó y se quedó dormido. Mis lecturas ahora son un poco distintas, pero finalmente yo también me quedo dormida rodeada de unos cuantos libros, porque tampoco puedo leer solo uno a la vez.