Cosas que pasan, de Michel Bonnefoy: Presentación en cuatro episodios

 

Portada de Cosas que pasan, de Michel Bonnefoy

Portada de Cosas que pasan, de Michel Bonnefoy

Este es el texto que leí en la presentación del libro de cuentos Cosas que pasan de Michel Bonnefoy, el que fue lanzado el pasado 13 de mayo en la sala Teatrocinema.

Episodio 1: “Mi bisabuelo no es mentiroso pero considera que en la verdad caben las omisiones y las adaptaciones cuando se trata de recordar el pasado […]” (7).  “Mi bisabuelo” es el primero de los diez cuentos que conforman Cosas que pasan. Cuando se avanza en la lectura del libro, nos damos cuenta de que este primer relato es diferente; la narración tiene otro tono, en parte porque está mediada por este bisnieto que a veces acepta y otras cuestiona las memorias que el anciano trae del pasado; un descendiente que trata de dilucidar qué hay de verdad en la historia del bisabuelo ruso: su partida y su llegada fortuita al sur de Chile, en medio de omisiones y esfuerzos por ser testigo de acontecimientos impactantes, aunque las fechas no cuadren. En cambio, los siguientes cuentos hablarán desde el yo –unos femeninos, otros masculinos-, tratando de reconstruir sus propias historias. Sin embargo, el relato del bisabuelo o, más bien, la forma de recordar y narrar que tiene el bisabuelo nos dispone a leer los recuerdos de los otros cuentos teniendo presente que recordar es recrear momentos guardados en la memoria: al sacarlos afuera se convierten irremediablemente en una ficción, en un relato, porque comunicar aquello que alguna vez pasó ya no es posible.

Ricoeur escribió: “La amenaza permanente de confusión entre rememoración e imaginación, que resulta de este devenir imagen del recuerdo, afecta a la ambición de fidelidad en la que se resume la función veritativa de la memoria. Y sin embargo…

Y, sin embargo, no tenemos nada mejor que la memoria para garantizar que algo ocurrió antes de que nos formásenos el recuerdo de ello” (La memoria, la historia, el olvido 22-23). Pero, ¿es eso lo que buscamos al recordar? ¿Anotar una verdad? ¿Por qué es una amenaza la imaginación cuando el recuerdo es el de un momento íntimo, privado? Porque relatar nuestra historia no es hablar de una serie de sucesos como si se tratara de una minuta higiénica, sino que el yo de esas narraciones articula –por usar un término de Sylvia Molloy- esos sucesos en una narración que es propia y en la que, de hecho, se expone, de la misma manera que lo hacía el bisabuelo, a que alguien dude de los detalles, de lo que se vio, de lo que se dijo, de lo que se fue protagonista y de lo que se fue testigo. En ese sentido, la historia del bisabuelo se me fue presentando como una invitación en muchos niveles; algunos de ellos: reconocer cómo yo misma reconstruyo historias de infancia que ya no sé si son recuerdos propios o si se trata de recuerdos impresos en mi mente como consecuencia del continuo relato de padres y abuelos; y es también una invitación a leer sin prejuicios, a no juzgar cuando el narrador inventa nombres, situaciones, gustos.

El último párrafo del cuento “El bisabuelo” nos relata brevemente cómo este hombre que no hablaba el español y que quedó varado en Puerto Montt, encontró trabajo reparando el techo de un cura. Gracias a eso –asegura el bisabuelo- aprendió un oficio –no el de reparador de techos, sino el de ebanista- y encontró un amor: la sobrina del cura, la futura bisabuela del narrador, “por ella no volvió a embarcarse. Eso debe ser verdad porque mi bisabuela se sonroja cuando escucha esa parte” (12), nos dice el bisnieto. Y allí este cuento nos da otra guía, porque el resto de los relatos de Cosas que pasan son relatos de amor: en tiempos difíciles –dictadura, clandestinidad, exilio-, pero al fin y al cabo historias de amor: sus detalles podrán estar afectos a la tal amenaza de la imaginación, pero esa pequeña mención del romance del bisabuelo nos enseña que, en medio de las omisiones y las adaptaciones, lo relativo al amor “debe ser verdad”.

Esto me lleva al:

Episodio 2: la memoria que hay en estos cuentos es una memoria herida, marcada por el trauma, un trauma insalvable en la enunciación: el presente no puede olvidar que el 11 de septiembre de 1973 hubo un golpe de Estado que más que cambiar un país y a su gente, lo agrietó de manera irrevocable. Los personajes de Cosas que pasan tienen conciencia de ello y algunos incluso lo explicitarán. Así en el cuento “Mala suerte”, el narrador nos anuncia que su recuerdo tuvo lugar “poco después del golpe de Estado que encabezó Augusto Pinochet” y luego, entre paréntesis, nos advierte: “(me permito este pequeño alcance histórico porque la dictadura tiene un rol protagónico en este cuento y los años transcurridos podrían haber borrado el pasado en algunos lectores amnésicos)” (13).  Por supuesto que habrá lectores amnésicos; recordemos lo que propone al respecto el argentino Hugo Vezzetti: tres formas de memoria, una que solo quiere dar vuelta la página; otra en que no hay distanciamiento alguno, el pasado sigue siendo presente; y una memoria que busca reflexionar acerca de lo que pasó. Los personajes –o gran parte de ellos- de Cosas que pasan no quieren dar vuelta la página y tienen conciencia de que no es posible retomar el pasado, sus acontecimientos no quedaron suspendidos; pero el quiebre, la herida, requiere que de alguna u otra manera se cuenten aquellos relatos que no ocupan un lugar en los textos de historia y en las memorias oficiales.

Las historias de amor parten de encuentros casuales: un cruce de miradas en el paradero de micros o en un recital en un parque; o bien, una cita a ciegas. Todos ellos son posibilidad, una posibilidad de diluirse tan imperceptiblemente como se gestó o posibilidad de redundar en algo más, algo que se mantendrá en el tiempo, que podrá seguir formando nuevos recuerdos. Lo que sucede con estos amores es que algo se interpone entre ellos: una detención, una desaparición, el exilio, incluso estar en veredas políticas contrarias. Ante situaciones como el toque de queda, las vigilancias, la clandestinidad, los relatos nos presentan a personajes que insisten en el amor, porque saben que la única manera de sobrevivir es dándole un lugar a la posibilidad, es decir, al futuro. En “Malentendido” el narrador recuerda: “Les conté [a sus amigos] cada detalle de mi encuentro con Verónica […], insistiendo en el azar que nos había reunido y las circunstancias que presagiaban algo más que una aventura pasajera” (84): el ansia de lo que puede llegar a ser. Pero no solo es futuro, sino algo que se concreta en el presente; el amor entonces es un refugio: protege de la soledad, del dolor, del miedo, de la posibilidad de que en el futuro (a veces demasiado cercano) todo se destruya de forma implacable.

Y para nosotros, lectoras y lectores, una interpelación a que no demos vuelta la página.

Ante la violencia desplegada, la memoria se vuelve necesaria para rearmar esos breves pero intensos episodios amorosos; una forma de hacerle justicia a las historias que quedaron inconclusas, a las personas que fueron lastimadas, a la eliminación del amor.

 

Episodio 3: la vida en el otro lado

Los cuentos, en general, nos muestran historias sobre chilenos expatriados; sus historias fuera de casa y también esos vívidos e íntimos recuerdos de amor que se llevaron consigo al exilio. El caso del bisabuelo es distinto: un expatriado que convirtió a Chile en su nuevo hogar. Esta historia nos muestra que es posible crear vínculos en un nuevo lugar; según el bisabuelo, de hecho, en un año ya había olvidado cuál era su verdadera procedencia. El bisnieto, por supuesto, no le cree; yo también creo que miente, pero hay una verdad profunda ahí: para echar raíces en un nuevo lugar, hay que “olvidarse” del lugar de origen.  En Canción en el sombrero, el texto autobiográfico de Horacio Salinas de Inti-Illimani, el músico relata que después de ocho años de exilio en Italia, seguían pensando en ello como algo provisorio, como si estuvieran de paso. Pero en un momento ese estar de paso quedó en evidencia: “Ya no podíamos mantener nuestras maletas alertas para el regreso y había que pensar en acomodar la casa, quitarle lo provisorio” (116). Nuevamente nos encontramos con el amor: un bisabuelo que decide olvidar si era ruso, ucraniano o moldavo; un hombre que se debate entre regresar a Chile o formar una familia en el nuevo país, pasar de lo temporal a lo indefinido. La reflexión es inevitable: el que parte al exilio se ve obligado a renunciar a muchas cosas, pero el que decide convertir el país que lo acoge en algo permanente, también debe renunciar. Por eso, no hay una sola decisión ni un solo camino posible, como nos muestran estos cuentos: aunque el contexto político sea similar para todos, la forma de experimentarlo en la intimidad, en lo personal, será único para cada individuo, como lo es para cada uno de los personajes que llegamos a conocer en estos relatos.

Y porque cada camino es único y personal, finalmente llego al Episodio 4, que es la lectura que harán ustedes de estos cuentos; cada uno sabrá cuáles son sus omisiones y adaptaciones.

Bonnefoy, Michel. Cosas que pasan. Santiago: Ceibo Ediciones, 2014.

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Vidas mínimas por Doris Lessing

Doris Lessing recibió el Premio Nobel de Literatura en 2007.

Doris Lessing recibió el Premio Nobel de Literatura en 2007.

Ya ha pasado su tiempo desde que Doris Lessing murió (el 17 de noviembre) y no es que haya necesitado estas semanas (solo) para digerir la noticia, después de todo, su obra sigue aquí; pero no estaba segura sobre qué escribir. No quería convertir estas líneas en una sarta de lugares comunes o en una biografía que bien se puede sacar de Wikipedia. Así que después de darle vueltas al asunto, decidí ir a lo específico –muy específico, incluso-, hablar de un cuento: “El sol entre las patas”. Esta historia aparece en el volumen Un hombre y dos mujeres (publicado originalmente en 1963). Con respecto al título fue amor a primera vista por dos motivos. Primero la presencia del sol, sobre lo cual no tengo más que decir que fue pura intuición; pero luego estaban “las patas”, no los pies, sino las patas, lo que ya hacía prever que sería posible encontrar una perspectiva diferente en el relato.

El cuento nos presenta un espacio al aire libre, en que el sol es protagónico. Se nos habla de cómo va haciéndose más grande y fuerte a medida que avanza la mañana, dando lugar a un lugar muy seco sin llegar a ser un completo desierto. Algunas palabras nos ayudan a situarnos en África, se menciona a los bosquimanos, por ejemplo, y sabemos que estamos en una reserva, pero no hay más seres humanos que una mujer. “Había llovido la noche anterior, la corta hierba que me rozaba los tobillos estaba todavía húmeda y el primer sol no había tocado la arena. Había un afilado saliente de roca en mitad del espacio. La roca estaba húmeda y yo sentía que la humedad caliente subía por mis piernas desnudas (58). Ese párrafo es una muestra del detalle con que la narradora nos habla del espacio y también es el párrafo en que se posiciona, la narradora habla desde un yo, pero no busca relatar su experiencia, sino la experiencia de otros.

La portada de Un hombre y dos mujeres

La portada de Un hombre y dos mujeres

Esos otros son dos escarabajos peloteros, de esos que forman bolas con el estiércol y las trasladan. Página tras página –no tantas, sin embargo, es un relato breve-, la narradora cuenta la lucha de los dos escarabajos en contra del espacio y los obstáculos que encuentran. Aquella pequeña saliente de roca que se menciona en el texto será el gran impedimento de los dos escarabajos y su bola de estiércol que una y otra vez se devuelve o va a parar al agua, pero nunca al lugar que ellos esperan. La mujer que nos va contando cómo el sol llega a su punto más alto y luego empieza a descender dando a entender que los escarabajos han estado enfrascados todo el día en una tarea que probablemente no logarán cumplir, no será siempre una testigo pasiva, sino que tratará de encauzar a los escarabajos sin éxito. Al final cada uno se labra su propio camino, aunque no nos lleve a ningún lado.

Tenía razón con que lo de las patas era llamativo, no eran patas de un mamífero como había pensado cuando me topé por primera vez con ese título; la historia de esos dos perseverantes escarabajos era inesperada. Una pequeña historia contada con maestría por Lessing, dando a entender que no hay criaturas pequeñas, o más bien que tanto las criaturas grandes como las pequeñas, tienen su propia vida y toman sus propias decisiones. En cuanto al sol del título, no se trata de la gran bola incandescente del cielo, aunque el cuento nos lo trae a colación en forma constante, sino de la pequeña bola de estiércol de los escarabajos, ese es su sol, en torno a esa bola es que gira su mundo. Una belleza de relato.

Y recordando algunos datos biográficos, “El sol entre las patas” ocurre claramente en Rodesia, donde Lessing vivió por más de veinte años cuando era joven. Dice en el cuento: “Porque se conservaban restos de fortificaciones construidas con tierra y piedras por los Mashona para defenderse de los Matabele, cuando llegaron cabalgando detrás del ganado y de las mujeres, antes de que Rhodes terminara con todo aquello” (57). Cecil Rhodes conquistó la región que terminó recibiendo su nombre. ¿Será la misma Lessing aquella mujer que presencia y relata la aventura de los escarabajos? Para seguir imaginando…

Finale de Alice Munro

Mi vida querida, de Alice Munro

Mi vida querida, de Alice Munro

Hay algo poético en la forma en que Alice Munro cierra Mi vida querida (Lumen 2013), su último libro de cuentos publicados y probablemente lo último que tengamos de ella, según la misma autora lo ha manifestado después de que se le diera el Premio Nobel de Literatura.

Los últimos cuatro cuentos están encabezados por el subtítulo “Finale”, que, ya lo sabemos, quiere decir “final”, pero ¿de qué clase de final estamos hablando? El diccionario de Oxford nos dice que finale es la última parte de una pieza de música, o de un evento público o de entretención, que es especialmente dramático o emocionante. Su uso, entonces, no está tan vinculado a las letras, como sí a una ópera o, incluso, al último capítulo de una serie de televisión: el grand finale en que se descubre algo, o hay muertes terribles, o cambios de rumbos completos.

En Mi vida querida hay efectivamente un quiebre, que es anotado textualmente por la autora: ha separado los últimos cuatro textos debido a su carácter autobiográfico. Escribe Munro que las últimas cuatro piezas “[f]orman una unidad distinta, que es autobiográfica de sentimiento aunque a veces no llegue a serlo del todo” (269). La escritora establece una advertencia: los cuatro últimos textos no son precisamente cuentos, pero tampoco son narraciones autobiográficas en toda su extensión. Me gusta la forma en que lo llama “autobiográfica de sentimiento”. Esto me lleva a varias digresiones. Una de ellas es que toda narración del yo es una forma de ficcionalidad, como lo dice Pozuelo Yvancos. No podría ser de otra manera cuando nos remontamos a la niñez y tratamos de captar esa voz que teníamos: los recuerdos se van armando o rearmando, se agregan diálogos, ambientes. Claramente ahí hay una construcción, pero pareciera que Munro nos quiere decir que los detalles pueden estar inventados -como el recuerdo del olor a cigarro y de un perfume  en particular sentido al subir las escaleras, la forma en que las personas estaban sentadas, por nombrar algunos-; pero el espíritu de esas historias, no.

Por eso, y como ella ya habló de la autobiografía, es la propia Munro la que trae la palabra al tapete, una termina entendiendo que el referente extratextual del yo de esas cuatro narraciones, es la escritora Alice Munro. Yo la imagino sentada en su escritorio, escribiendo; pero los textos nos invitan a imaginarla como niña: “Pero no soy una chica protestona que se pasa el día enfurruñada. Aún no, aquí estoy, con diez años más o menos, entusiasmada por ponerme un vestido bonito y acompañar a mi madre a un baile” (301-302). Destaco el uso del deíctico, ¿no llama acaso la atención el aquí? Me sacó inmediatamente del escritorio ficticio de Munro a la casa de madera y revestida en ladrillos, “de tamaño decente” (320), casi en el campo, pero muy cerca de la ciudad, en la que la niña Alice pasó sus años de infancia y adolescencia. Ella misma ha viajado a ese lugar y reconocemos entonces una ficción: la narradora es una niña, la niña que fue –o que tal vez fue- Alice Munro.

La primera historia “El ojo” se centra en Sadie, una joven que trabaja en casa de los Munro, ayudando a la madre con las tareas del hogar. Es interesante cómo la narradora va hilando la cotidianidad del hogar, cómo Sadie ayuda en casa, pero no es la encargada de todas las cosas. A medida que leamos las cuatro historias finales, cada vez se irá desnudando más la familia Munro, en especial la madre de Alice: una mujer educada proveniente de una familia humilde, pero que no logró surgir todo cuanto hubiera querido: “no había conseguido la posición a la que aspiraba ni los amigos que le hubiera gustado tener en el pueblo” (301). Munro no edulcora a su madre, de la cual sabemos incluso que no le caía bien a las personas, ni siquiera a su propia familia; pero tampoco le quita humanidad. Como lo suele hacer con sus personajes de los cuentos, la narradora no juzga a su madre ni a su padre, aunque sí pareciera que él era un hombre más satisfecho de la vida que su esposa. En vez de juzgar, lo que hace es dibujarlos en su humanidad, con los gestos salvadores y sus pequeñeces. Y lo más increíble de todo, es que logra hacer eso con ella misma, con la pequeña Alice y la Alice madura que no vuelve a casa para el entierro de su madre, no porque no la hubiera querido:

Tenía dos hijos pequeños, y a nadie en Vancouver con quien dejarlos. No estábamos para gastar dinero en viajes, y mi marido despreciaba las formalidades. Aunque ¿por qué achacárselo a él, de todos modos? Yo sentía lo mismo. Solemos decir que hay cosas que no se pueden perdonar, o que nunca podremos perdonarnos. Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos a todas horas” (333).

Me gustaría escribir mucho más sobre estos textos, como la decisión de la narradora de recordar como Anna de Green Gables, más que nada porque adoraba la miniserie sobre ese personaje y su mención me dice que no siga postergando la lectura de los libros. También que es emocionante la forma en que los relatos fluyen de tal manera que es como si estuviéramos leyendo un solo texto, en que las anécdotas nos van mostrando cómo era la cotidianidad en que nació y se crió Munro. También que en esas líneas veo también otros relatos, los no autobiográficos, pequeños detalles que llevan a recordar a la madre, al padre, y también a las ambientaciones, especialmente aquellos que ocurren en esos parajes que no son ni campo ni ciudad, sino un entremedio. Pero quiero cerrar estas palabras volviendo a lo de finale. Ahora que ella ganó el Nobel y que ha dicho que puede que no vuelva a publicar, qué más emocionante gran final que cerrar sus cuentos con historias que nos dirigen a ella, de una manera tan personal, tan íntima como puede serlo el volcarse autobiográficamente en sus páginas, y más aún si eso significa “autobiográfica de sentimiento”.

Pueden leer la columna que escribí en el Diario Publimetro sobre el Premio Nobel de Literatura para Alice Munro haciendo clic aquí.

Conejos de Pascua, conejos de cuentos

La portada de Pedro el conejo en inglés.

La portada de Pedro el conejo en inglés.

Ayer fue la primera Pascua de mi hijo Tony con conciencia. Por supuesto que cada visita al supermercado lo había alertado, ya que llenan de dulces especiales el pasillo de entrada, una tentación gigantesca para un niño que ama los chocolates. El sábado dejamos un plato con zanahorias para el conejito, y el domingo le contó muy satisfecho a todo quien quiso escucharlo que el conejo se había comido TODAS las zanahorias. La búsqueda en casa fue divertida, con Tony corriendo en pijamas y con unas orejas de conejo en la cabeza. Mi marido y yo habíamos decorado huevos la noche anterior para esconder dentro sus tesoros de chocolate. Cuando era niña, en Iquique, mi madre decoraba los más hermosos huevos con rostros humanos y cabello de algodón. Cuando cierro los ojos los veo nítidamente, me encantaban. Yo hice una carita, pero creo que no es mi fuerte, así que el resto de los huevos fue más bien diseño gráfico.

Después de almuerzo tuvimos una nueva búsqueda en la casa de mi mamá, y Tony estaba exultante y emocionado con la búsqueda, con encontrar los huevos y ayudar a todos los miembros de la casa en sus propias búsquedas. Fue genial.

Pensando en el conejo, fue inevitable derivar a uno de mis cuentos favoritos de cuando era niña: Pedro, el conejo. Tenía una edición de páginas duras con fotos de muñecos, hermosa, en que mostraba las aventuras de Pedro, aunque, sin las palabras de Beatrix Potter. A ella, la autora, en realidad la conocí más tarde, cuando se es niña eso del escritor o escritora detrás de los libros es una idea demasiado etérea. La primera vez que estuve en Inglaterra, recién salida de la universidad, encontré un libro enorme con las obras completas de Potter, pero tuve que abstenerme, ya que costaba ¡40 libras! Pero siempre extraño no tener ese libro. Beatrix Potter es increíble, con sus historias de animales de campo personificados, sus tiernas aventuras en huertos, y unas ilustraciones delicadas. Yo no puedo olvidar el pasaje en que Pedro, con frío y perdido, trata de pedirle ayuda a una ratona, que no logra indicarle dónde está la salida, porque tiene una arveja en la boca que le impide hablar. Y el pobre y travieso Pedro solo quiere volver a casa con mamá. Siempre me preguntaba por qué la ratona no se sacaba simplemente la arveja de la boca. Son cuentos hermosos y divertidos, y nada como recordar unos conejitos picarones en días de Pascua.

Aprendiendo de los cuentos

La portada del libro The teacher from the Black Lagoon.

La portada del libro The teacher from the Black Lagoon.

Mi hijo Tony comenzó a ir al jardín infantil la semana pasada. No sabía bien cómo iba a resultar, después de todo él había pasado tres años en casa. Ahora, con la experiencia de algunos días transcurridos, la experiencia está siendo muy buena. Paralelamente a sus días en el jardín, un hermoso lugar con amplio jardín y animales como ovejas y gallinas, en casa hemos iniciado algunas tareas para complementar su aprendizaje del jardín, como que coma frutas sin que se las haga papilla primero.

Una cosa que hicimos fue hablar de las profesoras, ya que Tony ni siquiera conocía la palabra. Y para que no tuviera miedo, eché mano a un cuento, un libro divertido y con lindas ilustraciones, que mi marido Antonio y yo compramos años atrás, creo que Tony ni siquiera nacía todavía, era un niño creciendo dentro mío.  El libro se llama The teacher from the Black Lagoon, de una colección de Scholastic realizada por Mike Thaler (historia) y Jared Lee (dibujos).

En el libro, un niño se apresta a comenzar su primer día de escuela, y se pregunta quién será su profesora, enfrentándose a la posibilidad de que sea la señora Green, la que se supone es un verdadero monstruo. El niño deja volar su imaginación, a medida que la temible profesora va deshaciéndose uno a uno de los niños del curso, para descubrir finalmente que todo era un sueño, y que la maestra Green es una mujer linda y simpática.

La señora Green.

La señora Green.

Tony no entiende todos los pasajes, pero ama las ilustraciones, a la  monstruosa señora Green con su cola verde y sus narices que echan humo. Le gusta tanto, que descubrió que hay otros libros de la serie Black Lagoon, dirigidos a que los niños aprendan a lidiar con ciertos temas o problemas de la infancia, especialmente cuando comienza la etapa escolar. Así que le voy a encargar por lo pronto dos de esos libros, los que él eligió. Y seguiremos aprendiendo de los libros, y divirtiéndonos con ellos.

Lecturas de infancia

Tony leyendo Cosas que me gustan, de A. Browne

Tony leyendo Cosas que me gustan, de A. Browne

Siempre tuve fascinación por las letras. Cuando pequeña me encantaba un libro de profesiones de personajes de Walt Disney, en particular la página dedicada al escritor, y solía escribir historias chiquitas. Desde entonces, he escrito diarios, notas, reportajes, columnas, entrevistas, artículos académicos, y he ido llenado mi casa de libros. También de chica, -y todas estas historias son de antes de que cumpliera ocho años-, tenía dos libros ilustrados del cuento de la Caperucita Roja que me encantaban. Los dos tenían estilos muy diferentes; en realidad tienen, porque todavía existen y he tratado de introducírselos a Tony, mi hijo de tres años, pero él todavía no siente interés por la niña de la caperuza roja.

Como yo Tony también tiene fascinación por las letras, literalmente ama las letras, se sabe bien el abecedario en español y en inglés y está todo el rato deletreando palabras. De hecho, tiene varios juegos con letras y me robó mis moldes para galletas en forma de letras, porque insiste en que son para jugar y no para comer.

Tony en medio de la colección de libros que llevó para leer antes de dormir.

Tony en medio de la colección de libros que llevó para leer antes de dormir.

Esta combinación de recuerdos y placeres, viene a raíz de algo que sucedió hace unos días atrás. Era tarde y Tony no tenía muchas ganas de subirse a la cama a dormir. En verano hace todo lo posible por prolongar la hora de vigilia. Le dije que fuera a buscar uno de sus libros para que leyéramos en la cama y después podría dormirse más tranquilo. Su grito de ¡sí! debió adelantarme por lo menos parte de lo que vendría. Demoraba mucho en volver de su dormitorio, y yo lo llamaba, apurándolo para que leyéramos el cuento. Vuelve a la pieza no con uno sino con unos seis libros, los deja sobre la cama y vuelve a su dormitorio por más. Terminó trayendo todos los que tenía en el lado izquierdo de la cabecera de su cama, en la que tiene su propia biblioteca instalada. Es una colección que fuimos armando desde que supimos que estaba embarazada y a la que constantemente añadimos nuevos títulos.

Un acercamiento a los libros del relato de este post.

Un acercamiento a los libros del relato de este post.

Tony no solo quería traer los libros y sentarse en la cama con ellos, sino que quería que ¡los leyéramos todos! Transamos en solo algunos, por lo cuales siente mayor predilección: Cosas que me gustan de Anthony Browne (¡le encanta!); Pato está sucio, Perro tiene sed, Gato tiene sueño y Ardilla tiene hambre, de Satoshi Kitamura (los tres primeros los tiene autografiados por el autor); Tento busca su osito de Ricardo Alcántara; A dormir de Liesbet Slegers (de hecho, lo “leyó solo”, se lo sabe de memoria); Little Quak de Lauren Thompson; y un poema cortito para irse a la cama que viene en 365 cuentos y rimas para niños. Él quería seguir leyendo, pero finalmente se acurrucó y se quedó dormido. Mis lecturas ahora son un poco distintas, pero finalmente yo también me quedo dormida rodeada de unos cuantos libros, porque tampoco puedo leer solo uno a la vez.

Historias de mudanzas

ALEJANDRO ZAMBRA

Fantasía

En Bogotá 39: antología de cuento latinoamericano

Barcelona: Ediciones B, 2007

POR ALIDA MAYNE-NICHOLLS VERDI

Alejandro Zambra

El escritor Alejandro Zambra

Recuerdo claramente mi primera mudanza. Tenía ocho años y toda la gran casa de calle Baquedano en Iquique se había desarmado, catalogado y embalado. Mis queridas pertenencias estaban todas empaquetadas como parte de un proceso que no acababa de entender. Porque mudarse –no sólo de casa, sino de ciudad- era darme cuenta por primera vez de que el paso del tiempo significa cambio. Dejar atrás lo conocido, lo querido, lo seguro por lo incierto, lo desconocido, y lo que todavía no sabía si llegaría a querer.

Lo que más me gustaba de la mudanza eran esas enormes cajas de madera en la que traían el té de hojas desde el Oriente. Era el mejor ícono que podía tener de todo aquello que estaba aconteciendo.

El cuento “Fantasía” de Alejandro Zambra me hizo recordar esa época y darme cuenta de que en mi historia no había ni camión de mudanza ni hombres que bajaron las cajas por la larguísima escalera desde el segundo piso hasta la calle. Es como si no hubieran existido, como si un día las cajas hubieran estado en los salones de Iquique y al día siguiente –¿o tomó más tiempo?- en Copiapó.

A medida que pasaba las páginas, más presionaba a mis recuerdos, tratando de dar con algún rostro extraño en medio de las imágenes que conservo. Casi llegué a imaginarme a esa gente olvidada como los personajes del relato de Zambra: Luis Miguel, Nadia y el narrador protagonista de esta historia, que es un poco historia de amor y desamor, otro poco amistad y, más que nada, cómo el tiempo significa cambio.

“Fantasía” es un relato de apenas siete páginas, en las que la pequeña historia de amor del narrador y Luis Miguel, y su relación de amistad con Nadia, se refleja a través del trabajo en la compañía de mudanzas que los tres manejan con un solo camión y que recibe el nombre de Fantasía.

El título no podría ser más acertado, porque es una fantasía pensar que la inusual relación entre los tres va a perdurar. Es una fantasía creer que Luis Miguel va a dejar a su esposa, que él y el narrador podrán mantener su relación por más años.

La palabra fantasía me hace pensar en las ilusiones, las potencialidades que significa la mudanza, el supuesto de comenzar una nueva vida, la posibilidad de partir de cero, dejando atrás todo aquello de lo cual uno se avergüenza y tratar de inventarse a una misma. Pero si son fantasías, entonces esas potencialidades están truncadas desde el mismo nacimiento, la sola palabra encierra posibilidad y frustración al mismo tiempo.

Cuando tenía ocho años, no había mucho que cambiar. Simplemente descubrí que mi vida en Copiapó era similar a la que teníamos en Iquique. Sólo el escenario había cambiado. En la plaza ya no había palmeras y jotes, sino sauces y palomas; el sol ya no desaparecía en el mar, y ya nunca más sentiría en forma cotidiana el ruido de las olas mezclado con ese exquisito sabor salado del aire.

Las mudanzas que se producen en el cuento de Zambra significan cambios profundos, y también renuncias. El narrador se olvida definitivamente de la universidad y obtiene su anhelada libertad; Nadia se separa del yugo de la madre. Pero la mayor renuncia es la que hará Luis Miguel al optar por su familia y mudarse a Puente Alto.

Asumir que la temporada feliz que los tres personajes pasan en torno a la compañía de mudanzas, acabará en renuncia, no le quita méritos al cuento. Por el contrario, Zambra logra con clara habilidad transformar esta pequeña y sencilla historia, en una que lo remueve a uno, que lo invade con su ternura.

La manera en que el cuento está narrado es clave para evocar las diversas emociones por las que pasa el narrador. La historia está contada a través de las anécdotas más importantes que marcaron la época en que los tres vivían juntos: La muerte del padre; la primera visita de Luis Miguel; la llegada de Nadia a la casa; la inesperada visita de la madre del narrador; la partida de Luis Miguel.

Cómo no conectar con esa forma de recordar –porque el narrador está escribiendo sus recuerdos-. Yo no logro dar con los hombres de la mudanza que participaron en el adiós a Iquique, pero sí recuerdo la fiesta de despedida que mis amigas me dieron en la casa de la Cindy Alvarez en Playa Brava. También recuerdo la impresión de descubrir el jardín y el patio de la casa de Copiapó, y ese terrible primer día de clases en un colegio nuevo, en que apenas me salía un hilo de voz cuando alguien preguntaba mi nombre y tenía que decirlo siempre más de una vez para que entendieran cómo se pronunciaba.

Mirados a la distancia no parecen la gran cosa. Difícilmente puedo compararlos con la pérdida del amor que tan bien describe Zambra con la mayor ausencia de palabras posible: “No volveremos a vernos, le dije, y él asintió. Nadia lo abrazó con cariño. Yo no lo abracé: yo salí y esperé a mi amiga afuera durante dos o diez minutos interminables”.

La idea de la mudanza me hace pensar en el cambio, en el paso del tiempo, y Zambra logra ese efecto: la sensación de estar en un continuo devenir.

La verdad es que esa primera mudanza –la mía- me dio mucha pena. A pesar del éxtasis de la casa embalada, de las olorosas cajas de té llenas de nuestras pertenencias, del juego de viajar por la carretera hasta Copiapó. Zambra me recordó esa pena, ese no querer desprenderse de aquello tan amado, la casa vieja a cuatro cuadras de la playa, la mesa de ping pong, el regreso en Victoria desde el mercado.

Zambra no menciona nada de eso, pero su relato es tan honesto, sus personajes son tan frágiles y sus fantasías, tan vívidas. Lo logra todo con sus frases cortas, no necesita darse vueltas en una idea. Basta con lanzar un par de palabras, directas como “Los días siguientes fueron horribles. Horribles e innecesarios”.

La simpleza del relato lo hace atractivo. Ahí está la conexión que logré con una historia que poco y nada tiene que ver con la mía. Al principio me chocó, porque el cuento parte con una rabia que me descolocó, que me hizo dudar de hacia dónde iría la historia.

No parecía haber mucha fantasía en esos primeros párrafos, sino todo lo contrario. Sin embargo, el sentimiento muta con fluidez. La llegada del amor –porque aunque el narrador no lo admita, allí había amor, allí había una familia – transforma el rencor y la rabia contra el padre, contra el camión que dejó, contra la madre que se fue al sur, sin decir que era para siempre.

La ternura se abre paso a través del relato para mutar una vez más, para acabar ya no en el rencor, sino en la aridez del alma. La historia de amor y la fantasía, ya no son más que palabras, un recuerdo escrito, nada más.

Al final siento lástima por ese narrador que se cierra, que pareciera ya no ser capaz ni de sentir rabia ni de sentir amor, que está vacío. Mi perspectiva es que en la vida hay nuevas mudanzas, que ya no son simples ilusiones. Que lo que dio pena, puede convertirse en una alegría mayor. Pero no se trata de cambiar el final del relato. Eso sería “horrible e innecesario”.

*Esta crítica fue publicada en RE: Revista de Estética, número 1, pag. 8-9, 2008. Santiago.