Yo escribo, tú escribes, cada uno a su manera

escribir“En vez de hablar directamente a la página, hacía segundos y terceros borradores. En mi modesta opinión, mi columna se había convertido en un servicio público vital. Me levantaba por la noche para borrar párrafos enteros y trazar flechas y bocadillos en medio de las páginas” (19). Así dice Serena, la narradora de Operación Dulce, libro de Ian McEwan que estuve leyendo para mi columna de libros en el diario Publimetro (leer reseña aquí). Serena también hace reseñas de libros; al principio se sienta y vierte todo lo que tiene en la cabeza en el papel. Pero luego comienza a tomárselo más en serio y escribe y reescribe.

Eso me hizo pensar de inmediato en la forma en que escribo. Además justo esta semana había estado conversando de eso con una amiga, Bernardita. Reflexionando bastante sobre el asunto, creo que hay distintas maneras de escribir. En este blog suelo sentarme a escribir sin pensar mucho en forma previa, tal vez solo el tema. Por supuesto, cuando hago una interpretación o una lectura poética, ya ha habido mucho pensar involucrado, pero me refiero a las entradas más personales. Cuando escribo las reseñas de libros, suelo pensar en una estructura y después escribir de manera más bien suelta. Aunque después releo y siempre hago cambios; a veces pequeños; otras, más importantes.

Es diferente cuando se trata de escrituras académicas. Anoto citas, ideas, y escribo una y otra vez tratando de dar con el texto perfecto. Ya sea un artículo o una ponencia, las revisiones, correcciones y reescrituras son inevitables para mí.

Hay una última aproximación a la escritura. Cuando leo novelas, cuentos, para la columna, voy marcando las citas que me interesan, que me gustaron o que definitivamente pienso poner en el texto. Algo similar sucede en los textos académicos. Pero en estos últimos, además, que voy trabajando en períodos más largos que la columna de libros, escribo mucho a mano. Tengo una libreta en la que anoto ideas que quiero incorporar y a veces párrafos que termino copiando textualmente. Y cuando la libreta no aparece a tiempo, un post it (o varios) cumplen perfectamente con lo requerido, simplemente un espacio donde volcar todo eso que ronda por mi cabeza.

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Lecturas de infancia

Tony leyendo Cosas que me gustan, de A. Browne

Tony leyendo Cosas que me gustan, de A. Browne

Siempre tuve fascinación por las letras. Cuando pequeña me encantaba un libro de profesiones de personajes de Walt Disney, en particular la página dedicada al escritor, y solía escribir historias chiquitas. Desde entonces, he escrito diarios, notas, reportajes, columnas, entrevistas, artículos académicos, y he ido llenado mi casa de libros. También de chica, -y todas estas historias son de antes de que cumpliera ocho años-, tenía dos libros ilustrados del cuento de la Caperucita Roja que me encantaban. Los dos tenían estilos muy diferentes; en realidad tienen, porque todavía existen y he tratado de introducírselos a Tony, mi hijo de tres años, pero él todavía no siente interés por la niña de la caperuza roja.

Como yo Tony también tiene fascinación por las letras, literalmente ama las letras, se sabe bien el abecedario en español y en inglés y está todo el rato deletreando palabras. De hecho, tiene varios juegos con letras y me robó mis moldes para galletas en forma de letras, porque insiste en que son para jugar y no para comer.

Tony en medio de la colección de libros que llevó para leer antes de dormir.

Tony en medio de la colección de libros que llevó para leer antes de dormir.

Esta combinación de recuerdos y placeres, viene a raíz de algo que sucedió hace unos días atrás. Era tarde y Tony no tenía muchas ganas de subirse a la cama a dormir. En verano hace todo lo posible por prolongar la hora de vigilia. Le dije que fuera a buscar uno de sus libros para que leyéramos en la cama y después podría dormirse más tranquilo. Su grito de ¡sí! debió adelantarme por lo menos parte de lo que vendría. Demoraba mucho en volver de su dormitorio, y yo lo llamaba, apurándolo para que leyéramos el cuento. Vuelve a la pieza no con uno sino con unos seis libros, los deja sobre la cama y vuelve a su dormitorio por más. Terminó trayendo todos los que tenía en el lado izquierdo de la cabecera de su cama, en la que tiene su propia biblioteca instalada. Es una colección que fuimos armando desde que supimos que estaba embarazada y a la que constantemente añadimos nuevos títulos.

Un acercamiento a los libros del relato de este post.

Un acercamiento a los libros del relato de este post.

Tony no solo quería traer los libros y sentarse en la cama con ellos, sino que quería que ¡los leyéramos todos! Transamos en solo algunos, por lo cuales siente mayor predilección: Cosas que me gustan de Anthony Browne (¡le encanta!); Pato está sucio, Perro tiene sed, Gato tiene sueño y Ardilla tiene hambre, de Satoshi Kitamura (los tres primeros los tiene autografiados por el autor); Tento busca su osito de Ricardo Alcántara; A dormir de Liesbet Slegers (de hecho, lo “leyó solo”, se lo sabe de memoria); Little Quak de Lauren Thompson; y un poema cortito para irse a la cama que viene en 365 cuentos y rimas para niños. Él quería seguir leyendo, pero finalmente se acurrucó y se quedó dormido. Mis lecturas ahora son un poco distintas, pero finalmente yo también me quedo dormida rodeada de unos cuantos libros, porque tampoco puedo leer solo uno a la vez.