Desarticulaciones de la memoria y el yo

Desarticulaciones de Sylvia Molloy

Desarticulaciones de Sylvia Molloy

Debe haber sido a comienzos de año, o a finales del año pasado. Estaba esperando a una profesora y amiga en su oficina de Campus Oriente, porque estábamos trabajando en el artículo final de un proyecto de investigación. Mientras la esperaba, me llamó la atención un libro que estaba sobre su escritorio: Desarticulaciones de Sylvia Molloy. No fue mucho lo que esperé, sin embargo, alcancé a leer la mitad del libro. Es cierto que se trata de un texto breve, apenas superior a las 70 páginas, y muchas de ellas contienen solo un par de párrafos. Pero no es esa la razón por la que avancé con rapidez la lectura, sino el texto en sí mismo.

Desarticulaciones presenta a una narradora que nunca se presenta, a la que vamos conociendo despacio, a retazos a través del relato de sus visitas a ML. ML es una antigua amiga y también un antiguo amor, afectada por el Alzheimer. Cada capítulo da cuenta de un encuentro, a lo largo de los cuales vamos viendo cómo la memoria y todo aquello que hacía de ML ser ML se va desvaneciendo o, más bien, desarticulando, haciendo referencia al título del libro. Paralelamente, la memoria de la narradora se hace fuerte y se esmera, tal vez, en recordar por las dos, es necesario recordarlo todo para mantenerla viva. “Hablo de exacerbamiento de mi memoria, de contaminación de recuerdos, de listas para no olvidar, y por supuesto de olvidos. De olvidos míos, no suyos: para decir que uno ha olvidado hay que tener una mínima capacidad de recuerdo, palabra que, para ella, ya no tienen sentido” (66).

El libro es honesto y dulce, en vez de centrarse en la rabia de la pérdida, se centra en lo hermoso de la pertenencia y cómo el recuerdo nos permite seguir poseyendo aquellos momentos y personas que han sido relevantes en la vida. También nos hace preguntarnos qué pasa cuando la memoria se ha ido, cuando ML ya no es capaz ni de recordar el nombre de los alfajores Havanna, aunque pareciera reconocerlos en su caja amarilla, ¿quiere decir que ya no está, que se ha ido, o todavía conserva esa cualidad inefable que la hace ser ella misma?

Asimismo, el libro no solo nos habla de ML, sino también de la narradora, que primero adivinamos es la misma Molloy, lo que hacia el final es reafirmado por ML quien en un breve momento de lucidez recuerda su nombre. Porque enfrentarnos a enfermedades o a momentos difíciles, nos ayuda también a conocernos a nosotros mismos.

Decía que hay algo dulce en la lectura de Desarticulaciones, pero también hay fortaleza, y preguntas sin respuestas; todo en una prosa que da gusto leer: es ágil y conmovedora; y aunque reflexiona en torno a temas que parecen gigantescos, como la identidad personal, las relaciones humanas, y dónde queda el yo cuando la memoria se escabulle, lo hace desde lo íntimo y cotidiano, recordándonos que es ahí desde donde se construye todo.

Molloy, Sylvia. Desarticulaciones. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2010.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

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Comida y memoria

zanahorias_01El viernes en la tarde asistí a un coloquio doctoral, en el que participó el Presidente de Conicyt José Miguel Aguilera. Hablando de cómo desde la ingeniería química derivó a los alimentos, el profesor contó que –cuando acababa de salir de la universidad- lo había impresionado la noticia de que se había extraído la proteína de los alimentos, con lo cual se esperaba llevarla a África y terminar de una vez por todas con el hambre de la región. Pero esto no resultó. Aguilera dijo entonces: “La gente no come nutrición, come tradición, come cosas ricas”.

El coloquio fue de la mano con algunos poemas mapuche, que leyó la profesora de Literatura Magda Sepúlveda. Uno era de Jaime Huenún, en el que la inclusión de comidas y bebidas, también daba cuenta de tradiciones, de formas de vida, de herencia, de identidad y de memoria. Preservar una comida es también preservar la historia de un pueblo, o de una familia, o la historia personal.

Cuando yo tenía seis o siete años, pasamos una temporada de vacaciones en una zona de chacras en el sur de Chile. Y muchos de mis recuerdos están relacionados con las comidas. Por ejemplo, recuerdo el sabor dulce de las cebollas, que no he vuelto a probar. Adoré esos días. El mejor recuerdo que tengo fue una tarde en que íbamos caminando entre los árboles y junto a nosotros corría un arroyo; su agua era totalmente cristalina. Al cruzar por una especie de puente, descubrimos que el agua estaba llena de zanahorias: las más tiernas, hermosas y anaranjadas zanahorias que haya probado alguna vez. Nos sacamos los zapatos y nos metimos al agua a sacar zanahorias. Las sacábamos y las comíamos ahí mismo: eran deliciosas. Estaba tan absorta en esa pesca milagrosa, que ni siquiera me di cuenta que al sacar las zanahorias mojaba mi reloj, era un reloj Casio que me encantaba.

Siempre vuelvo a ese recuerdo: me hace pensar en mi infancia, en unos días increíbles de felicidad, de pollitos –y gallinas celosas-, de días calurosos, de primos corriendo, y de sabores perdidos. Y, sí, comer es más que alimentarse sanamente: es fiesta y diversión; familia y cariño; preparar la mesa y sentarse juntos a compartir; o festejar un momento inesperado de zanahorias en un arroyo.