Horacio Salinas y sus recuerdos de Inti-Illimani

Portada de La canción en el sombrero, de Horacio Salinas

Portada de La canción en el sombrero, de Horacio Salinas

Canción en el sombrero. Historia de la música de Inti-Illimani es el título completo de este libro de Horacio Salinas. Y en realidad, es un nombre muy acertado, por cuanto el músico repasa concienzudamenrte cada disco sacado por Inti-Illimani, destacando ciertas piezas, recordando anécdotas e historias de las grabaciones, y luego del Inti-Illimani Histórico. Pero no es un libro para expertos en música, Salinas no habla en un lenguaje técnico-musical, sino que más bien quiere que, como lectores, lo acompañemos en un paseo por su historia, la de él y la del Inti. Para eso se atrevió a meterse en la escritura, usando solo sus dedos índices para repasar sus primeras clases de acordeón cuando tenía siete años, cuando la familia dejó Lautaro para vivir en Santiago, el afortunado abandono de una guitarra en casa. Es una historia de cómo fue aprendiendo, de quiénes fue aprendiendo, de las verdaderas clases que le daba Luis Advis; del encuentro y colaboración con el guitarrista John Williams. También la historia de cómo se fue formando Inti-Illimani y cómo los pilló el golpe de Estado de 1973 durante una gira por Europa. Ese día 11 de septiembre estaban visitando el Vaticano: “Algo pesado y denso en el pecho me tocó sentir en esos momentos y un pensamiento de extravío me paralizó” (84).

Aunque el libro está dividido en capítulos más bien epocales, como el establecimiento de la Nueva Canción Chilena o el exilio, lo interesante es que los subtítulos llevan en general el título de un disco, en que el músico recuerda cómo surgieron las composiciones y los arreglos, pero también ciertas dinámicas del grupo. Es hermoso el apartado sobre Palimpsesto (1981), por ejemplo, y también melancólico, cuando recuerda que coincidió con el reconocimiento de que debían dejar de pensar en su estadía en Italia como algo provisorio, ya que no veían que fuera posible volver a Chile: “Ya no podíamos mantener nuestras maletas alertas para el regreso y había que pensar en acomodar la casa, quitarle lo provisorio” (116).

Sobre la ruptura de Inti-Illimani, a lo largo del libro va dejando pistas –a veces totalmente explícitas-, que tienen que ver con la dinámica del grupo y desacuerdos por el la forma en que algunos trabajaban; llega a decir al respecto que él volvía a grabar ciertos instrumentos –interpretados por otros-. Lo que plantea es que no todos tenían el mismo empeño en que las grabaciones quedaran perfectas. Sobre la ruptura propiamente tal y el proceso judicial que los llevó a ponerse el apellido histórico, Salinas dedica pocas páginas.

En La canción en el sombrero, Salinas no solo plasma el proceso de creación de arreglos y composiciones, sino también da cuenta de una época, de varias épocas, en realidad, pero de una forma tangencial que tal vez lo hace más interesante. Asimismo es un documento que deja parte de la historia de Inti-Illimani en el papel, y digo parte, porque esta es la particular visión de Horacio Salinos, sus recuerdos, lo que convierte al libro en un texto escrito con emoción.

Salinas, Horacio. La canción en el sombrero. Historia de la música de Inti-Illimani. Santiago: Catalonia, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

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“Bajo la misma estrella” de John Green

Bajo la misma estrella, de John Green

Bajo la misma estrella, de John Green

Quizás a estas alturas muchos ya saben de qué se trata Bajo la misma estrella. Después de todo, ha sido un éxito –en el inglés original y sus traducciones- y ya anda dando vueltas el tráiler de su adaptación al cine. Yo misma vi esas imágenes antes de leerlo y debo agradecer que no sea muy explícito, porque cada página fue una verdadera y grata sorpresa. Tiene que ver, en gran parte, con los personajes que John Green fue capaz de crear, son tan deslenguados y divertidos, crudos y tiernos. Suena como si fueran contradictorios, pero ¿acaso la contradicción no es parte de ser personas? Hazel es la narradora, una joven con un cáncer a los pulmones tan avanzado que sabe que va a morir. La rodean otros personajes con distintos tipos de cáncer o bien afectados por esta enfermedad, pero no es una novela sobre tratamientos u hospitales, aunque los hay. Más bien tiene que ver con vivir cada día a la vez, de tal manera que la narración nos involucra en los momentos cotidianos –y especiales- de Hazel y Augustus, desde que se conocen en una reunión de apoyo. Digo que nos involucra porque la narración es muy íntima, no esconde nada, así que es como si estuviéramos dentro de cuatro paredes con los personajes, presenciando las acciones y no que nos fueran narradas. Una narración en primera persona puede obviar aquellas partes incómodas, duras, pero esta los abraza de manera intensa, sin descuidar el tono de una joven, aunque sea una tan precoz como Hazel.

“Hazel es diferente. Camina ligera, Van Houten. Camina ligera sin tocar el suelo” (299), la describe Augustus. Me quedó dando vueltas eso de caminar ligero, en especial en una cultura católica como esta que más bien piensa que uno lleva una cruz a cuestas. Paul McCartney le hacía frente a esa creencia en “Hey Jude”: “And anytime you feel the pain, / hey Jude, refrain / don’t carry the world upon your shoulders”. Cargar el mundo sobre nuestros hombros es metafórico; Hazel arrastra un carrito con el oxígeno que tanto necesitan sus pulmones y, sin embargo, camina ligera. Y ya que la cita que escogí menciona a Van Houten, tengo que hablar un poco acerca de ese personaje que es todo lo contrario de Hazel, parece que la presión del aire es mayor en su espacio. El personaje es el autor de Un dolor imperial, el libro que Hazel y Augustus prácticamente idolatran: lo citan constantemente porque se reconocen en sus líneas. Es tan importante dentro del texto que una casi se convence de su existencia, con lo que juega el propio Green desde un comienzo, al utilizar como epígrafe de Bajo la misma estrella un extracto de Un dolor imperial: “El Tulipán Holandés contemplaba la marea, que estaba subiendo”, comienza la cita. Dentro del libro la marea tiene que ver con el dolor que sube y baja. Como la marea, el dolor no vuelve a bajar dejando intacto todo aquello que tocó, sino que remueve, cambia y se lleva muchas cosas. No solo el dolor, sino que la vida también puede leerse desde la imagen de la marea. Pero Green se preocupa de que no sea la marea la importante, sino sus personajes –con sus momentos altos y los bajos- y esa complicidad que logran entre ellos y con el lector.

Green, John. Bajo la misma estrella. Chile: Random House Mondadori, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Y sobre Bajo la misma estrella escribí anteriormente en este blog: ¿Nos dan lecciones los libros?

“Las pulsaciones de la derrota” de Damaris Calderón

Las pulsaciones de la derrota, de Damaris Calderón

Las pulsaciones de la derrota, de Damaris Calderón

Este poemario de Damaris Calderón me ha dejado pensando en la palabra pulsaciones, es decir, los latidos producidos por la sangre que corre por las venas. La derrota, entonces, no es algo sencillo, sino que interfiere con la vida, con los latidos de nuestro corazón, se mantiene viva si no logra ser acallada y la forma de acallarla no es simplemente dar vuelta la página u olvidar, porque a pesar del tiempo las pulsaciones pueden seguir vivas. Calderón comienza el poema del mismo nombre de la siguiente manera: “Ella: ________” (90), como diciendo que ahí es donde debemos poner un nombre, tal vez el nuestro o el de mujeres que conocemos. Ella está contando una historia que se reactualiza en nuevas derrotas, nuevos sufrimientos.

El ser humano, y la mujer, ya que hay una clara conciencia de género en sus versos, es frágil, vulnerable, el mundo más allá del cuerpo propio es agresivo; sin embargo, permanece “El fiero rostro no domado” (91). En el poemario hay tanto trazas de la derrota como del levantarse de nuevo. Las primeras se observan en las mujeres que avanzan de espaldas y en la idea de desaparecer que recorre las páginas: que una desaparezca hasta que no quede recuerdo alguno, sino que todo haya sido borrado. Pero al mismo tiempo la hablante sacraliza a los derrotados, los pequeños gestos cotidianos. Así propone la figura de Pedro, quien, aunque negó tres veces, se convirtió en piedra de la iglesia.

Estas ideas son recogidas, en general, desde lo mínimo, poemas de versos cortos, en que el espacio vacío de la página se hace patente y puede ser leído también como aquello borrado. Es en esos versos cortados, separados, aislados, en los que Calderón logra una mayor tensión con la idea de la pulsación, la derrota y el desaparecer. En otros casos, alcanza casi un nivel de narratividad, en que las estrofas se convierten más bien en párrafos. En estos párrafos encontramos una voz que parece más propia, en el sentido de que pareciera que la hablante (¿o deberíamos decir la narradora?) está hablando más sobre sí misma, casi en forma de manifiesto, que sobre las pulsaciones de una derrota compartida desde antes de que este fuera Chile.

Calderón Campos, Damaris. Las pulsaciones de la derrota. Santiago: LOM Ediciones, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Nota: Damaris Calderón ganó recientemente el Premio Altazor por su poemario Las pulsaciones de la derrota.

Reflexiones y humor al estilo Monterroso

El paraíso imperfecto. Antología tímida de Augusto Monterroso.

El paraíso imperfecto. Antología tímida de Augusto Monterroso.

Debe haber sido en mi época universitaria cuando leí el famoso cuento de Augusto Monterroso (1921-2003) “El Zorro es más sabio”. Más que cuento es una fábula. El Zorro ha decidido escribir un libro, lo publica y es un éxito de lectores y crítica. Escribe un segundo, incluso mejor que el primero. Definitivamente hay demanda por un tercero, pero pasan los años y el Zorro no escribe. “El Zorro no lo decía, pero pensaba: ‘En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer’. Y no lo hizo” (62). Ese relato está dando vueltas en mi cabeza de forma constante: a veces aparece cuando escribo una reseña, y otras cuando leo un nuevo libro de un autor que ha estado ausente por muchos años. Es un relato divertido y bien escrito, pero siempre me hace pensar. Eso es lo que sucede con gran parte de los textos de este autor guatemalteco, incluidos en El Paraíso imperfecto. Antología tímida, que se lanzó este año para conmemorar los diez años que han pasado desde su fallecimiento.

Entiendo lo de antología tímida, porque es un libro pequeño, que repasa una extensa bibliografía de Monterroso en unos sesenta escritos, entre fábulas, ensayos y microcuentos. El libro no incluye prólogo ni los textos están catalogados en capítulos, sino que se trata de una sucesión de escritos en que simplemente la lectura se va deslizando tranquila. La mayor parte de los escritos son breves, algunos brevísimos, un par de párrafos o unas cuantas líneas. El tema que ronda tanto en cuentos como en ensayos es la literatura desde alguna perspectiva: el oficio de escritor, la lectura, los libros, las traducciones, los escritores… En “Llorar orillas del río Mapocho”, recuerda cuando llegó exiliado a Chile en 1954 y el consejo que recibió de José Santos González Vera, refrendado por Manuel Rojas y Pablo Neruda. También reflexiona en torno al humorismo: “Excepto mucha literatura humorística, todo lo que hace el hombre es risible o humorístico” (100), que bien podría tomarse como una sentencia atrevida para un escritor que llena de humor sus oraciones.

Gocé leyendo “Sobre la traducción de algunos títulos”, en que Monterroso analiza algunos ejemplos como La importancia de llamarse Ernesto  de Oscar Wilde y Otra vuelta de tuerca de Henry James. Sobre el primero dice: “Traducir The Importance of Being Earnest  por La importancia de ser honrado hubiera sido realmente honesto; pero, por la misma razón, un tanto insípido, cosa que no va con la idea que uno tiene de Oscar Wilde” (147). Y con respecto al segundo señala que The Turn of the Screw significa “‘forzar a alguien a hacer algo’, coaccionarlo, conminarlo, pues. ¿Pero quién iba a ser tan poco sutil o poético como para poner en español La conminación a una novela de Henry James?” (148).

El Paraíso imperfecto es una buena primera aproximación a la escritura de Monterroso, permite saborear su pluma en distintos tipos de escritos, que siempre rondan lo personal, a tal punto que a veces no queda claro si se trata de un ensayo o de un cuento. Además, creo que la falta de una guía de lectura, llama a investigar, a buscar los volúmenes originales, o simplemente sentarse a disfrutar.

 

Monterroso, Augusto. El Paraíso imperfecto. Antología tímida. Buenos Aires: Debolsillo, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Y si sienten curiosidad, también escribí sobre dos ensayos de Monterroso, “Novelas sobre dictadores (1)” y “Novelas sobre dictadores (2)”. Pueden leerlo haciendo clic AQUÍ.

Gabriela Mistral: escribiendo se siembra

La portada de Caminando se siembra, que reúne prosa inédita de Gabriela Mistral

La portada de Caminando se siembra, que reúne prosa inédita de Gabriela Mistral

“¡Y aún hay inéditos de Mistral!” son las primeras palabras de Luis Vargas Saavedra en el prólogo de Caminando se siembra, una selección de prosas inéditas de la poeta chilena. Como él mismo explica, todo proviene del llamado “Legado Gabriela Mistral”, una colección de escritos, cartas, apuntes, entre otros miles de documentos, que fueron donados por Doris Atkinson. El material fue digitalizado y está disponible en la Biblioteca Nacional, pero también en bibliotecas de otras instituciones. Yo tuve la fortuna de ver físicamente ese material –una caja enorme- cuando llegó a la Universidad Católica. Un sueño, de verdad. Sumergirse en todo ese material, en busca de textos para ser revisados, seleccionados, pasados en limpio, es parte del trabajo de este texto encabezado por Vargas Saavedra.

El libro está separado temáticamente. Así encontramos textos sobre Chile, sobre América, sobre literatura, comentos a poemas, estampas de animales -¡qué hermosas!-, educación y también cartas, entre otros. Hay una sección interesantísima sobre la guerra. No está de más, pensando en que Mistral vivió la Segunda Guerra Mundial. Y estaba muy atenta, incluso desde antes. Por ejemplo, en “Algunos rasgos de la geografía humana de Chile”, escribe a propósito del cóndor del escudo chileno: “El cóndor es un ave de presa, de garra, tiene un ojo tan frío y tan duro que yo sé que se van a escandalizar con semejante ocurrencia, que para mí, dentro de mí, está emparentado demasiado con las águilas de Europa y, sobre todo, con las águilas de Alemania…” (45). Estaba preocupada por la nazis, ciertamente, en esta conferencia dictada en Uruguay en 1938. De 1945, tendremos sus impresiones sobre la bomba atómica “que mejor pudiera llamarse Descomunal, [que] provocó en los periódicos y en el pueblo una curiosa impresión que me cuesta entender: asombro y no espanto […]” (411).

Los textos de Mistral muestran su mente activa, lo atenta que estaba ante la actualidad, pero además lo bien que sabía leerla. En las transcripciones de conferencias, en que incluso se indica cuando el público estallaba en risas, nos enseña a una Mistral divertida, apasionada, profunda y que siempre habla desde ella, desde su experiencia, desde sus impresiones, desde su yo. Me gustan los comentos a poemas, como “Todas íbamos a ser reinas”, poema al que le he estado dando varias vueltas en las últimas semanas. Dice al respecto: “Me he nombrado en el poema de manera muy personal y muy impersonal, con mi nombre legítimo de Lucila, que yo misma sepulté, y que a veces me recuerda y me pena” (262).

El libro, hermoso en su factura, no es para leerlo de una sentada. Tal vez las estampas de animales se puedan leer de una vez y animar el alma, pero muchos textos son densos y provocan mucha reflexión. Por eso, es bueno tenerlo cerca, en el velador, en la mesa de centro, o donde quiera que hagamos la mayor parte de nuestras actividades diarias, y tomarlo de pronto, y leer otra de esas prosas inéditas, seguir descubriendo a Gabriela en sus escritos y entender que escribiendo también se siembra y que para cosechar hay que atreverse a abrir los libros en espera.

Mistral, Gabriela. Caminando se siembra. Santiago: Lumen, 2013.

Para los interesados en el Legado Mistral, visiten el sitio oficial.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

La oscuridad que nos lleva: entre lectores nos entendemos

La oscuridad que nos lleva, de Tulio Espinosa

La oscuridad que nos lleva, de Tulio Espinosa

Cuando el Lector del libro La oscuridad que nos lleva le lee a la Señora Al otro lado del río y entre los árboles de Ernest Hemingway, la misma Señora comenta: “[…] al parecer soy una de las pocas lectoras que la aprecia, me gusta, de verdad me gusta y usted me dijo que los críticos la detestan”. Ante esto el Lector replica: “Bueno, no sé si tanto como detestarla, al menos la ven lejos de su mejor novela, una obra menor, eso dicen” (228). Son dos los capítulos que giran en torno a este libro de 1950, y me parece que tiene que ver un poco con la idea de una obra menor. ¿Por qué un crítico podría llamar menor a una obra? ¿Porque toca temas cotidianos, de manera cotidiana, sin discursos grandiosos? Sí, puede ser por eso.

Eso es algo en común con La oscuridad que nos lleva, un texto que se va construyendo desde lo pequeño. La Señora es una mujer de edad, postrada en su cama, y el Lector, un hombre en su treintena que va casi todos los días a leerle. Pero la lectura es más bien una excusa, o un detonante, porque cada historia, ciertas palabras que se pronuncian, gatillan los recuerdos de la Señora, que tienen que ver con gran parte del siglo XX. Esos recuerdos nos muestran la intimidad de esta mujer que vive a través de las palabras y también ciertos episodios de la historia chilena: el famoso “ruidos de sables”, la matanza del Seguro Obrero, los detenidos desaparecidos, todo desde una perspectiva personal, delicada, que nos recuerda que los hechos que relatan los libros han sido vividos por nosotros o por otros como nosotros.

Hay otras conexiones entre estas dos novelas. Por un lado está el tema de la muerte. Eso que está esperando al otro lado del río es la oscuridad que nos lleva, o que se nos viene encima, cuando se apague la luz en forma definitiva y ya no haya recuerdos. Aunque sabemos que la muerte está cerca, no hay pesadumbre en la novela de Tulio Espinosa, sino un abandonarse tranquilo después de haber vivido toda una vida. En realidad, es así en el caso de la señora, porque otras muertes terribles que recuerda el libro, nos hacen pensar en la muerte como acechante, como un verdugo.

Finalmente, tanto el libro de Espinosa como el de Hemingway buscaron su título en poemas. La oscuridad que nos lleva es una cita de Gonzalo Millán, es parte de dos de los versos casi finales del poema 67 de La ciudad, cuando la oscuridad finalmente nos lleva, “Se cierra el poema”. Algo similar sucede en la novela de Espinosa, cuando la muerte llega, se cierra la novela. En el caso de Hemingway, tomó el primer verso del poema –y canción- de Lydia Maria Child (1802-1880) “Thanksgiving poem”: “Over the river, and through the wood”, dice la hablante lírica para sumergirse en un viaje por su memoria, que es también lo que hace la Señora.

La novela de Tulio Espinosa invita a hacer conexiones, pero no solo entre literaturas, sino también desde nuestra propia cotidianidad, cómo se conectan nuestras propias pequeñas historias, como se gatillan nuestros recuerdos, de tal manera que una también se convierte en Lectora y en Señora.

Por último, dando vueltas, encontré la crítica original de John O’Hara sobre Al otro lado del río y entre los árboles, publicada el 10 de septiembre de 1950 en el New York Times. La pueden leer aquí.

Espinosa, Tulio. La oscuridad que nos lleva. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Un año de reseñas en Publimetro

Pantallazo de la primera columna sobre Jeanette Winterson y su libro ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Pantallazo de la primera columna sobre Jeanette Winterson y su libro ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Hace poco más de un año recibí un mensaje en que me proponían tener una columna semanal de libros en el sitio web de Publimetro. Estaba recién comenzando el doctorado y con una formación de periodista en que trabajé durante años escribiendo notas diarias, la invitación me pareció un sueño. Allí podría dedicarme a la literatura y también escribir de forma periódica, acorde a mi formación. Este 22 de marzo se cumple un año desde mi primera reseña en el sitio web del diario.

Cuando comencé a escribir las reseñas no tenía un plan muy estructurado, salvo que no fueran académicas y que incorporaran una veta personal, si la lectura me había comprometido en lo personal, bueno, que se notara en la escritura. Mi primera columna fue sobre un libro que adoro: ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? De Jeanette Winterson. La segunda fue de un libro que terminé con dificultad, un texto pretencioso con un protagonista odioso y muy caricaturizado, pero que el autor consideraba, aparentemente, un genio. Era un libro aleccionador y que se tomaba demasiado en serio. Y a pesar de que consideré que era un mal libro y que le otorgué una reseña poco alentadora, quedé con un mal sabor de boca. Le di varias vueltas al asunto y me di cuenta de que no me había gustado ocupar ese espacio semanal en otorgar una mala crítica. No es que el libro no la mereciera, no se trata de eso. Pero pensé que si se lee poco y alguien puede sentirse motivado al llegar a una reseña mía, ¿no sería mejor que lo motivara a leer que a no leer?

Hace un tiempo leí una excelente nota al respecto. Dos críticas estadounidenses hablaban sobre el tema. Ambas concluían que debe haber buenas y malas críticas, pero me interesó en especial una que había llegado a mi misma conclusión en un momento de su actividad crítica: no quería malgastar el tiempo en libros que no lo merecían. Había cambiado de opinión luego, creo que después de leer un libro en particular, y había decidido hacer malas críticas también porque es parte de la labor. Yo concuerdo con ella y valoro que haya críticas buenas y malas, tal vez en el futuro decida volver a hacerlas si encuentro que un libro se lo merece.

Sin embargo, por el momento, he decidido escribir –al menos en la columna de Publimetro- solo sobre libros que encuentro buenos. Lo pongo en cursivas porque esto no quiere decir que todos sean obras maestras, aunque he leído varios que he encontrado excepcionales; pero sí que se trata de textos que he valorado por su prosa, la construcción de personajes, la trama, el manejo del suspenso, etc. Las razones pueden ser variadas.

Dicho eso, hago mi propia celebración de haber estado durante un año publicando semanalmente una columna (lo que quiere decir que he aumentado muchísimo la cantidad de libros que leo, ya que no todos acaban en la columna) y festejo también que sigo haciéndolo. De hecho, después de terminar de escribir este post, comenzaré a redactar mi próxima columna.


Para ver mi primera columna en Publimetro, hagan clic aquí.

Los interesados en revisar mis otras reseñas, pueden revisar el recuadro “Mi columna en Publimetro.cl” que se encuentra a la derecha en mi blog. Además en la pestaña “Críticas y Reseñas” que se encuentra arriba, pueden encontrar más material. Allí voy subiendo también las columnas que he publicado en el diario (su edición virtual) para que no se me pierdan. ¡Saludos!

Lytton Strachey: el placer de la crítica

Portada de Perfiles críticos, de Lytton Strachey

Portada de Perfiles críticos, de Lytton Strachey

El nombre de Lytton Strachey puede no sonar muchas campanas por estos lados. Tal vez los que vieron a la actriz Emma Thompson en la película Carrington, en la que interpretaba a la pintora Dora Carrington, recordarán la relación –llamémosla inusual- que mantuvo con Strachey, un escritos y crítico inglés, y, además, uno de los fundadores del grupo Bloomsbury, que reunía a intelectuales, por ejemplo, a Virginia Woolf.

Ediciones UDP publicó hacia finales del año pasado, el libro Perfiles críticos, una selección de once textos escritos por Strachey, en torno a personajes. Sin duda son escritos diferentes, como aquella pieza en que trata de desentrañar los años que Voltaire pasó en Inglaterra, o aquel otro que se centra en Dostoievski pero desde el punto de vista del humor, de hecho, el perfil se llama “Un humorista ruso”.

Me parece que fue un acierto abrir el libro con “Un crítico victoriano”, en el que Strachey haciendo uso de una prosa envidiable y su propio sentido del humor, nos habla del crítico Matthew Arnold, a raíz de un volumen con escritos de él recientemente aparecido. Primero nos dirá: “[…] en esta colección de ensayos, yace revelada la que realmente fue la debilidad esencial y fatal de la época victoriana: su incapacidad crítica” (21). De ahí en más, nos iremos enterando de la incapacidad específica del tal Arnold.

Es interesantísimo el perfil que arma de Lady Hester Stanhope, que bien parece un ícono de la excentricidad aristócrata; como también el texto en que aborda la obra del poeta William Blake: “Tal música no ha de ser tarareada a la ligera por los mortales: para nosotros, en nuestra debilidad, unos pocos acordes de ella, de vez en cuando, entre el murmullo de la cháchara habitual, son suficientes” (54).

Hacia el final del libro, nos encontramos con “Palabra y poesía”, originalmente una introducción para Words and poetry de George Rylands, otro integrante de Bloomsbury. Allí se centra en Shakespeare –aquel a quien ningún escritor inglés puede “evitar por más de algunos poquísimos instantes” (168), preguntándose por qué si el dramaturgo y poeta inglés era “por lejos el más grande maestro de las palabras que jamás existió”, no solía abordársele desde esa perspectiva, hasta Rylands debemos suponer, quien, de hecho, era un experto en Shakespeare. Terminará el texto con las siguientes palabras: “Como poeta empezó, y como poeta acabó. Seres humanos, vida, destino, realidad –ya no le importaban tales cosas. Eran productos de la imaginación, meras ideas; y la poesía no está escrita con ideas, está escrita con palabras” (170). Aprovecha allí las palabras pronunciadas por Mallarmé: “la poesía no está escrita con ideas, está escrita con palabras”, y que bien podrían asignársele al propio Strachey. Por cierto sus textos están llenos de ideas, puntos de vista, pensamientos; pero lo que los hace un placer muy, muy, recomendable, son las palabras, sus palabras, después de todo, Strachey no era un crítico a secas, sino un escritor.

Strachey, Lytton. Perfiles críticos. Santiago: Ediciones Universidad Diego Portales, 2012.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Los que no dormían: Memorias íntimas de tiempos oscuros

Los que no dormían. Diario, 1944-1946, de Jacqueline Mesnil-Amar

Los que no dormían. Diario, 1944-1946, de Jacqueline Mesnil-Amar

La lectura de Los que no dormían provoca muchos sentimientos, echa a correr recuerdos propios y también asociaciones. De hecho, es difícil no hacer el vínculo con las vivencias de mi país. El libro recoge parte del diario de vida de Jacqueline Mesnil-Amar, francesa de ascendencia judía, licenciada en literatura comparada, y que fue una de los tantos judíos franceses que sufrieron durante la ocupación nazi. El texto nos presenta sucesos, pensamientos, recuerdos también, de Jacqueline a partir de 1944. La ocupación alemana estaba completamente asentada, aunque ya próxima a terminar con la avanzada aliada. Ella y su hija han pasado a la clandestinidad, y su marido acaba de desaparecer, arrestado por la Gestapo. Mientras ella piensa qué será de él, ¿se habrá cambiado de ropa?, ¿le darán de comer?, ¿lo habrán torturado?, ¿estará vivo?; ella debe seguir el día a día, comprar el pan, cuidar de su hija, llevando una vida a medias, siempre preocupada y angustiada también, rezándole a un Dios en el que ni siquiera está segura de creer.

El diario es duro de leer, especialmente el recuento que hace de sus días en la clandestinidad, desde que Francia aceptó la presencia nazi. Relata cómo han ido de casa en casa, de pueblo en pueblo, buscando refugio, cambiando constantemente de nombres y llevando documentos falsos, obviamente falsos, mientras al mismo tiempo su marido y amigos trabajan para la Resistencia francesa.

El diario sorprende, por lo personal que es, por la angustia de no saber qué esperar del mañana; la alegría cuando se enteran de que los aliados están comenzando a liberar Francia, cómo empiezan a desaparecer los soldados alemanes de la calles. Pero también es un ejercicio literario increíble, ágil, profundo, y difícil, porque es difícil leer algo terrible, pero bellamente escrito. Algunos ejemplos: “Plaza de la Concordia, calle Boissy-d’Anglais: del Hotel Crillon y de todos los demás organismos alemanes se escapan fragmentos de papel calcinados que nos inundan; caen sobre nuestros rostros, nuestros cabellos, nuestros brazos” (9 de agosto de 1944). “Ahora nada podrá detener la fiebre de los parisinos. La ciudad es bella así, con sus magulladuras, sus humaredas, su desorden” (23 de agosto). Y “¿Por qué no estás aquí en esta noche inolvidable, bajo el cielo tan bello?, por qué no estás aquí por estas calles, en bicicleta, a mi lado, o aquí, en el balcón de nuestro amigo Jacques B., inclinado conmigo mirando el faubourg y París? Te llamo…” (25 de agosto).

El diario termina ese mismo 25 de agosto, y da paso a unos artículos escritos por Mesnil-Amar para un boletín, dando cuenta de que después del fin de la ocupación, y de la liberación de Francia, todavía quedaba una gran tarea por delante, de reconstruir no solo lo material, sino los quiebres personales y sociales que la guerra había traído consigo.

Mesnil-Amar, Jacqueline. Los que no dormían. Diario, 1944-1946. Santiago: LOM Ediciones, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Fuerzas especiales: el asedio desde adentro

Fuerzas especiales, de Diamela Eltit

Fuerzas especiales, de Diamela Eltit

Leer Fuerzas especiales deja sin aliento. Los capítulos cortos y en los que solo existe el relato intenso e incansable de la narradora, sin más pausa que la mínima que presentan los puntos seguidos, dejan sin aliento. Al hablar desde la primera persona, el relato de Diamela Eltit cobra vivacidad, nos introduce sin preámbulos en una historia de asedios y de violencia, y también de cotidianidad. Pero de la cotidianidad de bloques de departamentos, pequeños, agobiantes, en que el asedio policial es no solo el temor diario, sino una realidad constante. Es el asedio de todas las policías, uniformadas y no uniformadas, que han transformado esta zona sin futuro en un campo de juego, en que compiten entre ambos, botan antenas de celulares, realizan redadas y arrestos que van dejando cada vez los bloques más vacíos, no solo de gente, porque también se trata de un vacío existencial.

El libro a veces parece moverse en un campo de ciencia ficción, como si se tratara de un futuro de fin de mundo. Pero luego los kioscos, las pichangas, las fricas y el cíber como espacio destacado, nos van situando cada vez más en un Chile actual, en que a través de internet podemos acceder, comprender, admirar la alta moda internacional –como hace la protagonista-, sin disfrutar de ninguno de los supuestos beneficios del primer mundo. Tanto así, que el cibercafé no es solo esa falsa entrada al mundo global, sino el lugar en que la protagonista se prostituye para llevar algunos pesos a su casa.

El libro nos habla de nuestras contradicciones como país, de la violencia que se sufre cada día a tal punto que pasa a ser tan habitual que se la entiende en términos técnicos, como lo muestra la enumeración de armas de todo tipo que impregna el texto en forma discontinua, pero siempre permanente. Las tecnologías como celulares, videojuegos e internet, se convierten en los únicos modos de soportar, pero hasta eso puede ser un engaño, como el regreso de la señal a los celulares: “Cometieron un error y en la próxima madrugada escucharemos los sonidos que distraen y abren un horizonte de esperanza, no un horizonte, no, una rendija pequeña de esperanza en la solidez de los bloques […]” (163). No hay espacio para esperanzas, solo para minúsculos intersticios de salidas virtuales.

Para quienes se hayan interesado, pueden aproximarse a la escritura –experimental, pero viva, palpitante y no fría de laboratorio- de Diamela Eltit a través de Memoria Chilena, donde están algunos de sus textos digitalizados.

Eltit, Diamela. Fuerzas especiales. Santiago: Seix Barral, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.