Periodismo y literatura: reportajes de Paula

Historias de Paula

Historias de Paula

Cuando hice mi seminario de titulación de periodismo, trabajé en el binomio periodismo y literatura. Hasta el día de hoy estoy convencida de que pueden coexistir armónicamente, es decir, que una pieza periodística –un reportaje, una crónica, incluso una noticia- pueden tener también un valor literario. Después de leer “Me fui a ofrecer de corista al Bim Bam Bum”, la respuesta es que claro que un reportaje puede tener valor estético. Cuando estudié periodismo, más de algún profesor mencionaba este emblemático escrito de Isabel Allende, publicado en la revista Paula en septiembre de 1973. Lo extraño es que lo mencionaban, pero, en realidad, no había cabida para escribir de esa manera en la escuela. Este reportaje de carácter testimonial, en que una joven Isabel Allende parte a audicionar para ser corista del Bim Bam Bum es honesto, ágil, agudo e increíblemente divertido, y hoy, cuarenta años más tarde no solo es un artículo que da cuenta del latido de una época, sino también una muestra de que una buena escritura no se añeja. Un ejemplo: “Con el Padre Nuestro en los labios. Me quité la ropa, descubriendo con espanto… ¡que andaba con calzones de lana! Quedé desnuda de arriba” (432).

El texto de Isabel Allende es parte de la selección de Historias de Paula, un compilado de reportajes y entrevistas aparecidos en la revista de mujeres Paula a lo largo de su historia. Creo que el primer valor de este libro es que hayan mirado hacia atrás, y antologado artículos desde el comienzo de su historia en 1967. Así uno puede leer una entrevista que Malú Sierra le hizo a Enrique Lafourcade en 1971, otra que la escritora Marta Blanco le hizo a la también escritora María Luisa Bombal en 1975, o el reportaje testimonial “Pasamos la noche con el toque de queda” escrito por Rosa Barceló en 1976.

La selección está enfocada en mostrar el perfil de la revista, en desmarcarla de cualquier prejuicio que pueda existir ante la idea de una revista femenina. Por eso yo he optado por llamarla revista de mujeres. ¿Dónde se ve esto? En la “Entrevista a una mujer infiel”, publicada en 1967 y escrita por Isabel Allende: “Nuestra entrevistada fue infiel por despecho, por aburrimiento, por descuido del marido, por soledad. Comienza a buscar otra fuente de satisfacción emocional cuando ve derrumbarse la confianza de su marido, cuando un inmenso vacío sentimental deja su existencia sin causa ni razón de ser […]” (211). También en “Un aborto clandestino” (1972), reportaje en que el abogado Ismael Espinoza da cuenta del “relato que me hizo Alberto Acuña (hijo de un colega y estudiante universitario) [que] no llegará nunca al conocimiento de los Tribunales de Justicia, y ni siquiera al de las familias de los autores” (214). El texto recorre cada etapa del aborto hasta que este se consuma, desde el punto de vista del padre. Hacia el final leemos: “Me da un escalofrío. Curiosamente, no he sentido nada por el hijo que no nació. Tal vez las mujeres son diferentes. Yo no he alcanzado a sentirme padre” (236).

Muchas de las entrevistas se me hicieron familiares, recordaba haberlas leído años atrás en la revista. El ejercicio de haber seleccionado una parte ínfima de los artículos de la revista se convierte en un placer de lectura. Es atractivo de distintas maneras. En parte porque sirve para observar cuatro décadas de historia chilena, desde una perspectiva, por supuesto, parte de sus riquezas está en que son notas con una firma clara, sin pretensiones de que existe solo una verdad. Y otra parte, es el goce de textos bien escritos, de perfiles bien realizados, de hacer no artículos planos y desechables, sino piezas que perduran. Algunas emocionan, otras son desternillantes. Un libro que recomiendo no solo a los lectores de Paula.

Historias de Paula. Antología de reportajes y entrevistas. Santiago: Catalonia y UDP, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

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¿Libros para niños o literatura para niños?

Arriba_y_abajo_oliver_jeffersEste sábado fuimos a la Feria Internacional del Libro de Santiago (Filsa) en familia, mi esposo, mi hijo y yo. La primera parada era asistir al lanzamiento del libro de Magda Sepúlveda, Ciudad Quiltra. Poesía chilena (1973-2013) -hablaré de esto luego-. Concluido el lanzamiento con una hermosa lectura de Carmen Berenguer, nos fuimos a recorrer la feria. Mi hijo Tony iba pendiente de los estímulos. De hecho, rápidamente dio con un libro del Rayo McQueen, el protagonista de la serie de películas Cars. Siempre vamos a librerías y él conoce la ubicación de la sección para niños; se va directo y me pide que leamos los libros ahí mismo. Esta vez no fue la excepción. El libro era un resumen de la segunda película de Cars, con el acento en la importancia de reconocer a los buenos amigos. De hecho, el libro terminaba con un par de preguntas para el niño: ¿alguna vez te has distanciado de un amigo? ¿Cómo lo solucionaste?

Cuando terminamos la lectura, Tony quería llevarse el libro, pero yo no quería comprar un libro como ese. Anduvimos por varios puestos, pero él insistía en que quería el libro del Rayo McQueen.

Entonces, a lo lejos, divisé el stand del Fondo de Cultura Económica. Lo había estado buscando, porque tiene una hermosa colección de libros ilustrados, textos bien escritos, que no apelan a la obviedad ni a la cursilería, hermosamente ilustrados y de buena calidad en cuanto objetos. Tony tiene varios ya, así que le propuse ir a buscar nuevos libros de uno de sus autores de cabecera, Oliver Jeffers. Había dos que no tenía en que el protagonista es siempre el mismo niño sin nombre. Optó por Arriba y abajo, en que vuelve a aparecer el pingüino que el niño conoció en Perdido y encontrado. Yo, además, le compré un Hansel y Gretel en versión de Anthony Browne, porque me gusta que tenga los clásicos y ambos somos admiradores de Browne. Estuve a punto de comprarle un de relatos de Leonora Carrington, una joya. Me arrepiento un poco, pero supongo que habrá otras oportunidades.

Ya con los libros en la bolsa, Tony corrió buscando un lugar donde sentarnos y leer su nuevo libro. Nos llevó hasta la escalera que conecta los niveles de la Estación Mapocho y le leí su nuevo cuento. También trataba sobre la amistad y su importancia. Pero era original, divertido, estimulante, bien escrito. Finalmente terminamos llevando literatura para niños y no, simplemente, libros marqueteados para el mercado infantil, probablemente un buen negocio, pero no en términos de que tengamos jóvenes lectores.

Otras entradas sobre literatura y niños en mi blog:

Libros ilustrados: leyendo El Misterioso Caso del Oso

Conejos de Pascua, conejos de cuentos

Rimas

Lecturas de infancia

Evelyn Waugh y el periodismo

noticia_bombaNo recuerdo haberme reído tanto leyendo un libro, como cuando gocé de principio a fin ¡Noticia bomba! (1938) de Evelyn Waugh (1903-1966). El autor inglés es conocido por esa obra fundamental Retorno a Brideshead, la que no solo es una pieza hermosa de escritura, sino que sobrepobló al castellano de la palabra revisitado, por su título en inglés, Brideshead revisited. Yo antes de atreverme a leer ese libro, que era además un tesoro para mis padres, preferí lanzarme con ¡Noticia bomba!, era, después de todo, una época en la que soñaba con convertirme en periodista. Bueno, nada mejor que este libro para aterrizarla a una con respecto a mi primera profesión.

El libro gira en torno al personaje William Boot que por un error termina convertido en corresponsal de guerra en África. Waugh se basó en su experiencia como corresponsal en Etiopía, pero en su escrito prefirió ubicar la acción en un país ficticio. Boot no sabe nada de cubrir una guerra, de hecho, sabe y poco nada de periodismo, aunque es un colaborador en un diario, pero sus escritos son sobre la naturaleza. Por eso, cuando le asignan esta corresponsalía se verá envuelto en un malentendido tras otro. Mientras Boot confunde terminología periodística y se siente realmente perdido, Waugh, por su parte, sabe muy bien de lo que habla, su afán es mostrar al periodismo de forma descarnada. A la distancia, pienso en ese dicho “entre broma y broma, la verdad asoma”, porque una podrá reírse a carcajadas (de hecho, tal vez no es buena idea tenerla como lectura en el metro), pero la crítica es despiadada.

Y no me malentiendan, todavía amo el periodismo y creo que pueden escribirse textos increíbles, hermosos y también reveladores; pero la maquinaria que mueve al periodismo puede ser difícil de sobrellevar, tanto como periodista como lector/auditor/televidente. Una de mis principales objeciones –y tengo varias- es la falacia de la objetividad. Cuántas horas de estudio dedicamos durante los años de universidad a una palabra que en la realidad está lejos de existir como práctica. Cómo podría serlo si los medios pertenecen a gente con ideologías determinadas; los editores y periodistas también las tenemos: posiciones claras desde donde escribimos o perspectivas que nuestros jefes se preocupan de que tengamos en cuenta. Es extraño, porque pareciera ser tan transparente, porque vemos las noticias o leemos el diario o escuchamos la radio, y pareciera que todo está ahí. Y no.

La forma de hacer periodismo ha cambiado en cuanto a las tecnologías. Boot tenía que enviar cables con sus notas, y yo a veces las dictaba por celular para alcanzar a salir en la primera edición del diario. Pero más allá de eso, ¡Noticia bomba! es un libro completamente vigente e hilarante.

La verdad de la señorita Harriet: narradores manipuladores

La verdad de la señorita Harriet, de Jane Harris

La verdad de la señorita Harriet, de Jane Harris

La verdad de la señorita Harriet es un libro que se construye en base a apariencias, aunque eso es algo de lo cual una se va enterando con la lectura. Al principio, no se ve por qué no creer a pies juntilla lo que estamos leyendo. Harriet, una mujer de ochenta años, viviendo en el Londres de los años 30, se ve en la necesidad de relatar hechos ocurridos hace más de cuarenta años. Nos dice, porque ella no solo es personaje, sino también narradora: quiere hablar sobre Ned Gillespie, un pintor a quien conoció en 1888 y por qué este Ned decidió quemar todas sus obras antes de morir.

De esta manera Harriet salta a Glasgow en 1888, una tarde en la que salvó la vida de una señora que se estaba atragantando con su propia dentadura postiza. La señora en cuestión es la madre de Ned, y se convierte en la puerta de entrada de la independiente Harriet a la familia Gillespie, formada por el pintor, su esposa, sus dos hijas y dos hermanos. Hay que imaginarse a Harriet en su treintena en los últimos años del siglo XIX, soltera, poseedora de su propia, aunque moderada, fortuna que le permite hacer su vida como quiera. La autora, Jane Harris, no busca que Harriet se describa a sí misma directamente, por el contrario, es una narradora hábil que se describe desde la visión que le dan los demás. Casi sin querer una se va encariñando con esta mujer con sus propios medios y que ha sido acogida con cariño por la familia Gillespie. Poco a poco, sin embargo, su relato comienza a verse interrumpido por comentarios acerca de un suceso terrible que acabaría con la armonía y la tranquilidad, y como el relato de Harriet comienza a mostrar que una de las hijas de Ned se comporta de manera extraña, muchas veces violenta, una tiende a pensar que ella algo tiene que ver con ese destino terrible que se nos anuncia de tanto en tanto.

Los relatos de 1888, que son más largos y detallados, son intercalados por páginas más breves en que la Harriet anciana comenta las memorias del pasado y construye una segunda historia de suspenso, que tiene que ver con la señora que ha llegado a ayudarla a su departamento londinense.

En estas columnas no suelo contar tanto sobre la historia del libro, y, sin embargo, es poco lo que he relatado. La verdad de la señorita Harriet es un texto extenso –tiene sobre 600 páginas- y muy entretenido, ágil de leer y bien construido. Los recuerdos de Harriet están contados con tanto detalle y chispa que una se involucra con la historia, siente ternura por una Harriet solitaria, y se preocupa por esta familia a la que trata de ayudar. El suspenso está bien manejado, y cada vez que una piensa que sabe lo que va a pasar, la historia nos muestra otra cosa.

Recuerdo cuando en el colegio leí un libro de Agatha Christie, en que el narrador –un personaje atractivo, simpático, inteligente- terminaba siendo quien menos una se esperaba, qué impotencia sentirse engañada por ese personaje, y por el autor también, ¿no? En el caso de Harris, ha logrado crear una narradora que nos involucra en su historia, nos hace tan cómplices de su versión de las cosas, que al final uno termina siendo manipulado.

Este no es un clásico texto de crímenes y justicia, aunque hay muertes, juicios, culpabilidades, etc., en que un narrador externo no dice exactamente qué sucedió. Lo importante no es resolver el misterio, como en una novela policial convencional, sino la construcción de una historia atrayente y bien escrita, que me hizo leer 350 de sus páginas en una sola tarde. Es uno de esos libros que atrapan, que no se quieren soltar, porque, de todas maneras, tenía las ansias de conocer qué había pasado realmente en 1888, qué va a pasar en 1933 (la actualidad desde la cual habla la Harriet anciana), y quién es realmente esta señorita Harriet.

Harris, Jane. La verdad de la señorita Harriet. Argentina: Lumen, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

 

Finale de Alice Munro

Mi vida querida, de Alice Munro

Mi vida querida, de Alice Munro

Hay algo poético en la forma en que Alice Munro cierra Mi vida querida (Lumen 2013), su último libro de cuentos publicados y probablemente lo último que tengamos de ella, según la misma autora lo ha manifestado después de que se le diera el Premio Nobel de Literatura.

Los últimos cuatro cuentos están encabezados por el subtítulo “Finale”, que, ya lo sabemos, quiere decir “final”, pero ¿de qué clase de final estamos hablando? El diccionario de Oxford nos dice que finale es la última parte de una pieza de música, o de un evento público o de entretención, que es especialmente dramático o emocionante. Su uso, entonces, no está tan vinculado a las letras, como sí a una ópera o, incluso, al último capítulo de una serie de televisión: el grand finale en que se descubre algo, o hay muertes terribles, o cambios de rumbos completos.

En Mi vida querida hay efectivamente un quiebre, que es anotado textualmente por la autora: ha separado los últimos cuatro textos debido a su carácter autobiográfico. Escribe Munro que las últimas cuatro piezas “[f]orman una unidad distinta, que es autobiográfica de sentimiento aunque a veces no llegue a serlo del todo” (269). La escritora establece una advertencia: los cuatro últimos textos no son precisamente cuentos, pero tampoco son narraciones autobiográficas en toda su extensión. Me gusta la forma en que lo llama “autobiográfica de sentimiento”. Esto me lleva a varias digresiones. Una de ellas es que toda narración del yo es una forma de ficcionalidad, como lo dice Pozuelo Yvancos. No podría ser de otra manera cuando nos remontamos a la niñez y tratamos de captar esa voz que teníamos: los recuerdos se van armando o rearmando, se agregan diálogos, ambientes. Claramente ahí hay una construcción, pero pareciera que Munro nos quiere decir que los detalles pueden estar inventados -como el recuerdo del olor a cigarro y de un perfume  en particular sentido al subir las escaleras, la forma en que las personas estaban sentadas, por nombrar algunos-; pero el espíritu de esas historias, no.

Por eso, y como ella ya habló de la autobiografía, es la propia Munro la que trae la palabra al tapete, una termina entendiendo que el referente extratextual del yo de esas cuatro narraciones, es la escritora Alice Munro. Yo la imagino sentada en su escritorio, escribiendo; pero los textos nos invitan a imaginarla como niña: “Pero no soy una chica protestona que se pasa el día enfurruñada. Aún no, aquí estoy, con diez años más o menos, entusiasmada por ponerme un vestido bonito y acompañar a mi madre a un baile” (301-302). Destaco el uso del deíctico, ¿no llama acaso la atención el aquí? Me sacó inmediatamente del escritorio ficticio de Munro a la casa de madera y revestida en ladrillos, “de tamaño decente” (320), casi en el campo, pero muy cerca de la ciudad, en la que la niña Alice pasó sus años de infancia y adolescencia. Ella misma ha viajado a ese lugar y reconocemos entonces una ficción: la narradora es una niña, la niña que fue –o que tal vez fue- Alice Munro.

La primera historia “El ojo” se centra en Sadie, una joven que trabaja en casa de los Munro, ayudando a la madre con las tareas del hogar. Es interesante cómo la narradora va hilando la cotidianidad del hogar, cómo Sadie ayuda en casa, pero no es la encargada de todas las cosas. A medida que leamos las cuatro historias finales, cada vez se irá desnudando más la familia Munro, en especial la madre de Alice: una mujer educada proveniente de una familia humilde, pero que no logró surgir todo cuanto hubiera querido: “no había conseguido la posición a la que aspiraba ni los amigos que le hubiera gustado tener en el pueblo” (301). Munro no edulcora a su madre, de la cual sabemos incluso que no le caía bien a las personas, ni siquiera a su propia familia; pero tampoco le quita humanidad. Como lo suele hacer con sus personajes de los cuentos, la narradora no juzga a su madre ni a su padre, aunque sí pareciera que él era un hombre más satisfecho de la vida que su esposa. En vez de juzgar, lo que hace es dibujarlos en su humanidad, con los gestos salvadores y sus pequeñeces. Y lo más increíble de todo, es que logra hacer eso con ella misma, con la pequeña Alice y la Alice madura que no vuelve a casa para el entierro de su madre, no porque no la hubiera querido:

Tenía dos hijos pequeños, y a nadie en Vancouver con quien dejarlos. No estábamos para gastar dinero en viajes, y mi marido despreciaba las formalidades. Aunque ¿por qué achacárselo a él, de todos modos? Yo sentía lo mismo. Solemos decir que hay cosas que no se pueden perdonar, o que nunca podremos perdonarnos. Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos a todas horas” (333).

Me gustaría escribir mucho más sobre estos textos, como la decisión de la narradora de recordar como Anna de Green Gables, más que nada porque adoraba la miniserie sobre ese personaje y su mención me dice que no siga postergando la lectura de los libros. También que es emocionante la forma en que los relatos fluyen de tal manera que es como si estuviéramos leyendo un solo texto, en que las anécdotas nos van mostrando cómo era la cotidianidad en que nació y se crió Munro. También que en esas líneas veo también otros relatos, los no autobiográficos, pequeños detalles que llevan a recordar a la madre, al padre, y también a las ambientaciones, especialmente aquellos que ocurren en esos parajes que no son ni campo ni ciudad, sino un entremedio. Pero quiero cerrar estas palabras volviendo a lo de finale. Ahora que ella ganó el Nobel y que ha dicho que puede que no vuelva a publicar, qué más emocionante gran final que cerrar sus cuentos con historias que nos dirigen a ella, de una manera tan personal, tan íntima como puede serlo el volcarse autobiográficamente en sus páginas, y más aún si eso significa “autobiográfica de sentimiento”.

Pueden leer la columna que escribí en el Diario Publimetro sobre el Premio Nobel de Literatura para Alice Munro haciendo clic aquí.

Mistral y sus motivos de San Francisco

motivos_the_life_of_st_francisCuando Gabriela Mistral comenzó a escribir sus motivos  de San Francisco, pretendía publicarlos en 1926, como una forma de participar en la conmemoración de los 700 años de la muerte de Francisco de Asís. No pudo concretar en ese momento la publicación, sin embargo, sí escribió 44 textos relativos al santo católico. El público lector no conoce tanto la prosa de Mistral como su poesía, y escribió muchísima prosa: entre ella, motivos. En las palabras de Pedro Luis Barcia un motivo es “una realidad contemplada que mueve a escribir sobre ella” (Gabriela Mistral en verso y prosa, RAE, 2010).

En este libro, el que mueve a escribir es San Francisco. Y no es lo que pensaríamos como una biografía, sino muchas veces textos muy pequeños y poéticos en que Mistral contempla, reflexiona, propone. Desde la madre del santo hasta sus pies que recorren; desde el sayal que vestía hasta su infancia. Incluso nos encontramos con un diálogo, en que San Francisco le habla a Gabriela: “Tus ojos son hermosos, hija mía. Te los hizo Dios tan finos en los párpados como la membranilla que separa los dientes de la granada. Son tan niños, que gozan con las pintaduras de la hoja de la vid. Te están regalando a cada instante sorbos de alegría. Dios quiso que mirases su tierra coloreada. ¿Cómo vas a vaciártelos?” (63).

En los años 60, se publicó en Chile un libro con estos motivos, pero la recopilación era incompleta. En esta oportunidad la investigadora Elizabeth Horan, una experta en Mistral, no solo los rastreó, buscando la versión más fidedigna, sino que también los tradujo al inglés, lo que hace al texto interesante para un público más amplio. Para nosotros, que bien podemos leer y deleitarnos con la fascinación de Mistral con San Francisco en su propio idioma, sí podemos encontrar un interés en el estudio que hace Horan de los contextos en que la poeta escribió sus motivos. Comenzó a escribirlos en 1922 en México, y continuó en Francia en 1926 y 1927. El libro también incluye dos textos posteriores: uno escrito en Petrópolis en 1943 (la hermosa “Oración a San Francisco por ‘Yin’”), y el discurso que dio al recibir el premio Serra de las Américas de la Academia Franciscana de la Historia en 1950 en Washington D.C.

Los motivos de Gabriela Mistral son una prosa que remece como su escritura poética: hay pasión, intensidad, hermosas figuras. No pretenden ser crónicas objetivas ni meramente informativas. Ellas se pregunta por los labios de San Francisco, por sus ojos, que los imagina “como la hondura de la flor, mojados siempre de ternura” (15). Además se involucra, como ocurría con el diálogo mencionado más arriba, estableciendo una relación viva, actualizada con el santo: “Somos débiles, Francisco, como la caña que necesita el viento para oírse” (25). Y también son fuertes y críticos, y nos muestran la visión religiosa y ética de Mistral: “Nosotros llamamos caridad a poner en la mano extendida una moneda grande, o a pagar una cama de hospital, Francisco. Tú no. Cuando dabas, eras tú mismo lo que dabas (51).

Mistral, Gabriela. Motivos. The life of St. Francis. Elizabeth Horan (ed. Trad.). Arizona: Bilingual Press/Editorial Bilingüe, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

No hay como el hogar

Armando nuestro nuevo hogar el año pasado.

Armando nuestro nuevo hogar el año pasado.

Este domingo recién pasado, cumplimos un año en nuestro nuevo hogar. Sabía que nos habíamos mudado en octubre del año pasado, pero no recordaba bien el día; mi marido, en cambio, es un experto recordando fechas, así que a última hora del día, nos abrazamos felices. Estar en casa era un anhelo de algunos años. Pasamos largo tiempo en un departamento demasiado pequeño para una pareja y que yo al final había llegado a odiar tanto que prefería pasar el día fuera. Con la llegada de nuestro hijo, por supuesto el espacio se volvió ridículo. Había que hacerle el quite todo el tiempo a mis libros, fotocopias y apuntes y a los juguetes de Tony. Una pesadilla. Pensábamos que nos íbamos a mudar en abril del año pasado, pero la entrega de nuestro hogar se fue dilatando hasta la exasperación.

Es raro ese sentimiento de estar todo el tiempo soñando con un hogar. En Mientras agonizo (As I Lay Dying, 1930) de William Faulkner, aparece la siguiente línea: “How often have I lain beneath rain on a strange roof, thinking of home”. Cuán a menudo he permanecido bajo la lluvia en un techo extraño, pensando en casa. A veces pareciera que el hogar es más bien un ideal, una idea que vive solo en nuestras mentes y que tiene que ver con una cierta construcción hecha a partir de recuerdos de infancia, también idealizados. Es así como cuando Dorothy dice en El mago de Oz, “no hay lugar como el hogar” (“There is no place like home”), pero ella está en Oz, como si el hogar fuera siempre algo que se ansía, pero que no se tiene ni se consigue. Supongo que tiene que ver con una especie de inconformismo, pero me parece también que el hogar no es algo estático, va cambiando y es preciso reacomodarlo y, en ese sentido, seguir buscándolo y creándolo para no dejar de sentirse como en casa.

Por haber visto: versos que gritan

Por haber visto, de Alberto Kurapel.

Por haber visto, de Alberto Kurapel.

Los libros hablan, no me cabe duda. Algunos susurran, pero lo que dicen es poderoso; otros puede que hablen de frivolidades, pero bien escritos y nos hacen reír. Y por supuesto, están los libros que gritan, cuya prosa o verso pareciera desgarrarse de lo intenso que es el grito. Por haber visto es uno de esos textos. Alberto Kurapel es un hombre dedicado al arte, desde el teatro hasta la escritura, pero también es un poeta que tiene algo muy claro que decir, con una visión política, que habla de desencanto, de una pérdida de la esperanza, pero desde la rabia, no se conforma con el estado de las cosas, como cuando dice en el poema “Atavíos”: “para que no tardemos / más de cien vidas / en limpiarnos la sangre / y dejar de escuchar los alaridos / de los definitivamente olvidados” (43).

No todo es rabia en este poemario, pero sí hay una sensibilidad que se siente en carne propia, los gritos remecen y las lágrimas conmueven. El hablante se pregunta acerca de su propia voz, de su escritura, y de la escritura colectiva, aquella que formamos todos: ¿podemos hacer comunidad desde un sentimiento solidario en vez de quebrarla desde el consumo? En “Agenda” dice: “las manos que escriben / florecen / cuando logran repartir / mis sueños” (49). Entonces, tal vez, no todo está perdido, la esperanza siempre persiste. La voz misma se conmueve ante su escritura, como lo muestra el poema “Abierto de 10 a 22 horas”: “La taza de café en la pequeña mesa / los sobres de azúcar rubia / tiemblan / cuando escribo / sobre la servilleta / la palabra patria” (70). Que escriba en una servilleta nos habla de sencillez y de cotidianeidad: la patria, la comunidad, no se hace desde arriba o promulgando leyes, sino en cada acto cotidiano que realizamos todos.

Kurapel, Alberto. Por haber visto. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2012.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Bridget Jones viuda

La portada de Bridget Jones. Mad about the boy.

La portada de Bridget Jones. Mad about the boy.

No me cuesta imaginarme a Bridget Jones viuda, pero sí con dos hijos. Pienso en esos pobres niños criados desde la neurosis del personaje de Helen Fielding. La semana pasada el Sunday Times publicó un extracto de la tercera novela sobre Jones y se descubría que Mark Darcy ha muerto y que Bridget ¡ya en sus cincuenta! es una viuda con dos hijos que debe salir adelante.

En realidad, cuando se anunció que iba a aparecer una tercera entrega, me preguntaba cuál sería la crisis en torno a la cual giraría el relato, aunque debo admitir que imaginaba al señor Darcy separado y no muerto. De todas formas, no podía ser que después del final feliz del segundo libro, un tercero se convirtiera en una novela sobre la maravillosa vida de casados de Bridget y Darcy, después de todo el humor de estas novelas surge desde la inadecuación de su personaje central, y no de su paz con el mundo. Pienso, incluso, en Orgullo y Prejuicio: no tendría mucho sentido escribir una historia con lo que pasó después del matrimonio de Elizabeth Bennet y el señor Darcy original. De hecho, el libro en que se aborda ese matrimonio años después –La muerte llega a Pemberley de P. D. James- no es sobre la vida color de rosa del matrimonio, sino sobre un asesinato ocurrido en sus terrenos (más sobre Orgullo y Prejuicio en este post antiguo).

He leído que algunas fanáticas han despotricado en contra de la decisión de Fielding, aunque me pregunto si eso es porque cuando se lleve al cine no estará Colin Firth. Yo, en realidad, no soy una gran fanática de las películas, pero disfruté muchísimo esos dos libros, divertidos y ágiles (aunque creo que tendría que repasarlos para escribir algo más profundo). Volviendo entonces a la decisión, apoyo a Fielding, quien obviamente tiene el derecho de escribir lo que quiera, y espero leer pronto Mad about the boy.