Lluvias de mayo

Santiago bajo la lluvia.

Santiago bajo la lluvia.

Lluvias de finales de mayo debería decir. Este lunes, después de que mi esposo Antonio fue a dejar a Tony al jardín infantil, allí tan cerca de la cordillera, fuimos a desayunar al Café Mediterráneo: té, huevos revueltos, tostadas y una media luna tibia, todo perfecto. Comenzaba a llover cuando salimos del café. Tuvimos un intermedio en el Campus Oriente, donde pasé a devolver un libro que hacía semanas renovaba por internet. Y pasado el mediodía fuimos a buscar a Tony atravesando calles llenas de agua, algunas como ríos, y apenas llovía desde hacía un par de horas.

Tony y yo nos quedamos el resto del día en casa, mientras afuera la lluvia no dejaba de caer. Es hermosa la lluvia, hermosa y necesaria. Recuerdo una lluvia muy fuerte en Plymouth, una ciudad del sur de Inglaterra, hace más de diez años. Iba a pasar solo un par de días allí, así que salí a recorrer a pesar de la fuerte lluvia, y de que era invierno. Volví al B&B con un fuerte dolor de cabeza, pero el recorrido fue inolvidable y el cielo después de la lluvia, todo un espectáculo azul intenso. Me mojé mucho también en Gales recorriendo unos castillos con unos amigos colombianos en esa misma época.

Pero hay que reconocer que una lluvia tupida que cae sobre la cabeza puede ser agotadora. Como en el cuento “The long rain” o “La lluvia”, de Ray Bradbury. Aparece en El hombre ilustrado y muestra a un grupo de hombres que tratan de escapar de la agotadora lluvia que nunca deja de caer sobre el planeta Venus. Es tan fuerte e intensa que los hombres enloquecen tratando de encontrar un refugio.

A veces la lluvia enloquece, es cosa de ver cómo se pone el tráfico de Santiago durante estos días. Me hace pensar en el poema “Volvió el diluvio” de Delia Domínguez: volvió “cada uno en lo suyo, trepando”.

Anuncios

Material mente diario y la ciudad como poesía: origen, tránsito y destino

En el poemario de Alejandra del Río, la ciudad aparece en varios niveles, y muchas veces aparece ligada a la palabra, de tal manera, que se convierte en una reflexión acerca del oficio de escribir, y que es oficio por cuanto sería material y cotidianamente necesario. En el caso de los poemas, necesario porque sólo a través de la palabra –especialmente escrita- se puede sanar.

ALEJANDRA DEL RÍO

Material mente diario 1998-2008

Santiago: Cuarto Propio, 2009

POR ALIDA MAYNE-NICHOLLS VERDI

Alejandra del Río

Material mente diario inicia con un poema titulado “Fábula”, que nos introduce en la reflexión metapoética de la autora Alejandra del Río, porque lo que cantan sus versos es la “ciudad de la poesía”. Esta ciudad se puede visitar, extrañar, pasear por ella, vivir “un buen tiempo”, resistir y procrear en ella. Y también morir en ella, aunque para eso hay que haber nacido en la ciudad de la poesía. Con la lectura del poemario, una se da cuenta de que la ciudad es origen –se viene de ella-, es lugar de tránsito –por lo cual toma distintas apariencias- y es destino.

Lorena Amaro (2009) sostiene que esas ciudades por las que Del Río transita son lejanas –y reales- y también simbólicas [1]. De hecho, son a la vez reales y simbólicas, porque cuando nos presenta “El cielo de Berlín”, nos está llevando en viaje hacia esa misma ciudad de la poesía que además de todo, la (nos) espera. Algunas espacios son sólo simbólicos, como cuando llega a Sión, y otras son demasiado reales, como el Santiago de 1980, que se convierte en “ciudad sitiada por el ojo carnicero” (64).

Para comprender esa “ciudad de la poesía” busco darle un nombre, y pienso en Shiraz, no en la actual ciudad iraní, sino en la urbe persa medieval. Si se busca sobre Shiraz, aparecerá ligada a la rosas, al vino y a los poetas, en particular a Hafez, quien escribió sus versos en el siglo XIV. El lugar común hace pensar en el Medio Oriente como exótico y misterioso, y a esa ciudad de la poesía como un sitio único y especial, como si para ser poeta hubiera que vivir en una especie de paraíso terrenal. En su libro Shiraz in the age of Hafez, John Limbert [2] plantea que la época en que Hafez escribió “violence and murderous anarchy prevaile[d] in the streets of Shiraz” [3] (ix). A pesar de eso, Hafez pudo ser poeta.

Vinculo esa situación a la de Material mente diario. Es hacia el final del poemario, que la hablante nos sitúa en el recuerdo de la niñez, en el Santiago de 1980 que mencionaba antes. El sujeto poético retoma su máscara de niña para poder reconstituir la perspectiva desde la cual lee el contexto social y familiar en que está inserta:

Tengo ocho años
Vivo en una ciudad sitiada por el ojo carnicero
Mi vida transcurre tras los armarios de Ana Frank
Y cuando salgo a la escuela
Noto miradas esquivas
Biografías sospechosas
La evidente labor de los demonios (64).

La ciudad de la infancia es terrible y ha acabado con la idea de una infancia inocente, a tal extremo, que incluso los juegos infantiles se han teñido de crudeza:

Nunca jugamos a ser madres
sólo en historias de terror

Abandonaban niños en la puerta de la casa
vivos y muertos
debíamos enterrarlos
formar un sindicato de huérfanos
implantar su reino de justicia (61).

Y, sin embargo, como Shiraz, ha logrado que poetas nazcan y escriban en ella. Cristián Gómez sostiene que son “los recorridos de la hablante los que la definen” (2010). Entonces tal vez no es “a pesar de” que se transforman en poetas, sino “por eso” que lo hacen. La razón podría ser que, junto a esas ciudades reales, en las que se vive y experimenta, en forma simultánea, existe esa “ciudad de la poesía”, de hecho, para Gómez en el poemario existe una “reivindicación de un arte que se entiende como destino”:

Una ciudad me espera
una ciudad en lo alto
allá no llegan las luces del cemento
allá no alcanza el humo de la vergüenza (53).

La ciudad es la poesía y el tránsito es también escribir. Vuelvo a la idea de lo material, a que escribir es oficio, un ejercicio, y no sólo arte. Del Río deja claras marcas de la materialidad del escribir y del compromiso del cuerpo –no sólo de la mente- que implica. Así en la primera parte del poemario, titulada “La mesa” –mesa en la que se escribe, por cierto- sitúa en el origen la hoja en blanco que “me quiebra” (20) y acentúa la necesidad/obligatoriedad de escribir: “la mano con que escribo encadenada a la tablilla” (15).

Del Río también lo materializa en sus imágenes, al convertir a la poesía en ciudad y a la palabra en río, que es anterior a toda construcción poética [4]. El sujeto que llega al río tiene una piel “erguida de astillas”, pero “cuando pongo los pies en él / la piel se me reconstituye / se hace curvatura lo que urgía con espinas” (54). La palabra se convierte en sanadora, y el medio para sanar es escribir, tomar ese río de palabras y convertirlos en palabras poéticas, como parte de una actividad que involucra lo material, la mente, y la acción diaria, cotidiana. Así cobra sentido que el poema en que recuerda cómo jugaba a ser madre de niños muertos y abandonados en la dictadura chilena, lleve por nombre “Resiliencia”. De hecho, si salimos de lo textual, y nos centramos en la vida de Alejandra del Río, podemos encontrar que ella ha desarrollado la escritura como terapia, lo que ha trabajado con jóvenes en Alemania. El planteamiento parece ser que para sanar –para que opere la resiliencia- no se deben dejar las experiencias –por terribles que sean- en el olvido, sino traerlas, escribirlas, volverlas –en su caso- en palabra poética. Al respecto el texto es explícito: “el olvido no existe” (70).

En el poema “Simultánea y remota (Santiago de Chile, año 1980)”, los últimos dos versos dicen: “Tengo ocho años y si cumplo cien / seguiré teniendo ocho años” (66). La experiencia de la infancia sigue siendo parte de la identidad del sujeto, incluso cuando cumpla los cien años. El poemario está organizado en forma material en cuatro partes: Primero “La mesa”, luego “La mano” que escribe, después “Los pies” que son los que transitan y finalmente “La ventana”, en que vemos que el camino continúa, no se detiene, sino que va encontrando –a medida que sigue- ventanas de expresión. Para seguir escribiendo, hay que seguir viviendo y experimentando: “Deseo seguir viajando en este tren / sujeta a mi diario / aferrada a las líneas regulares de la siembra” (70). Material mente diario ha sido una bitácora del viaje transcurrido hasta el momento, lo que transforma la lectura metapoética, en una reflexión muy personal, no es simplemente una pregunta por la poesía, sino por cómo “yo” hago poesía. Por eso la relación con la poesía no es siempre igual, como vimos al comienzo en “Fábula”: a la poesía se la visita, se la extraña, se pasea por ella, se nace y se muere en ella. Y como es ejercicio, y es material, la respuesta de cómo el sujeto del poemario hace poesía, se encuentra explícita en los últimos versos de “Expreso de mediodía”, el poema que cierra el libro: “la mano completa lo desproporcionado” (Ibíd).

REFERENCIAS

Amaro, Lorena. “La enfermedad del regreso material”. Blog La calle Passy 061, http://lacallepassy061.blogspot.com/2009/09/la-enfermedad-del-regreso-material.html, 2009. (Consultado el 27 de diciembre de 2010).

Del Río, Alejandra. Material mente diario 1998-2008. Santiago: Editorial Cuarto propio, 2009.

Gómez, Cristián. Sitio web Letras.s5.com, http://letras.s5.com/cgo040310.html, 2010. (Consultado el 4 de enero de 2011)

Limbert, John. Shiraz in the age of Hafez. United States: University of Washington Press, 2004.

NOTAS

[1] Cito el artículo de la académica Lorena Amaro titulado “La enfermedad del regreso material”, que tiene sólo una publicación electrónica.

[2] Limbert es doctorado en Historia y Estudios del Medio Oriente, y ha desarrollado una carrera diplomática en Estados Unidos, incluyendo labores en Irán.

[3] Traduzco como “la violencia y la anarquía asesina prevalecían en las calles de Shiraz”.

[4] Cristián Gómez plantea al respecto que “la poesía se considera no como parte de la literatura, sino como algo que necesariamente la antecede. El poema sería previo, en consecuencia, a cualquier actividad poética” (2010).

*Este mini ensayo fue publicado originalmente en la revista virtual Dominios perdidos de los estudiantes de posgrado de la Facultad de Letras UC.