1.000 días sin dormir… y contando

Con Rosario

Con Rosario

No estaba habituada a no dormir. Nunca trasnoché de manera habitual: no me desvelaba para estudiar en la universidad y mi primer hijo dormía toda la noche desde muy pequeño. Pero Rosario, bueno, Rosario ha resultado ser toda una experiencia diferente. Así que ya llevo 1.000* noches sin dormir… y contando. Probablemente cuando por fin termine de escribir este texto y lo suba habrán pasado otras noches de resistir. Quienes me conocen bien saben que no me gusta edulcorar la maternidad. A pesar de lo feliz que soy con mis dos hijos, no soy capaz de olvidar los dolores y frustraciones que acarrea. Y no me refiero a esos pensamientos que en cualquier momento se entrometen de “no lo estoy haciendo lo suficientemente bien”, “no sé cómo hacerlo”, etc., es decir, esos vestigios que se cuelan desde la sociedad patriarcal cuando una no es una “madre profesional”. No, me refiero a los dolores físicos de amamantar, a las rodillas que ya no aguantan un día más de embarazo, a la tendinitis producto de hacer dormir a un bebé de ocho kilos, al tener que aguantarse toda la mañana de ir al baño, o tomar una ducha maratónica.

De momento nada se compara a esto de que cada noche a eso de las tres o cuatro de la mañana sea la hora de la Rosario. Antes (a eso de las 400 noches sin dormir), se paraba llorando en su cuna, enrabiada porque tenía hambre. Ahora que está más grande, sigue despertándose, ya no enrabiada, pero muy segura de cambiarse a mi cama. Creo que solo en tres o cuatro oportunidades ha pasado de largo, pero, en general, porque se había dormido cerca de la medianoche. Durante los primeros meses no fue tan terrible, porque yo caía dormida muy temprano, tipo 10 de la noche como máximo. Pero llega un momento que una no puede estar todo el día dentro del nido. Y mientras más deseo que Rosario se quede dormida para poder reescribir mi tesis (la que hice, entregué y defendí, muchas gracias), cocinar el almuerzo del otro día, corregir pruebas, preparar clases o completar ese artículo al que no logro ponerle fin, más tarda en dormirse. Y no me queda otra que trasnochar un poco para poder avanzar a lo que parece paso de hormiga. Y apurándome porque si no me duermo pronto, llegarán las tres de la mañana y habrá llegado una nueva hora de la Rosario.

En las largas horas de amamantar, he leído bastantes posts y artículos acerca de la depresión posparto y cómo muchas personas (léase hombres) dudan acerca de esa situación (nada peor que leer los comentarios, pero son casi un vicio). Pero, cómo no estar deprimida si no se pega un ojo durante meses; si no se descansan las horas necesarias; si de todas maneras hay que tratar de cumplir con todo; y no está aceptado que una use como excusa la maternidad, porque después de todo es algo “natural”, “normal”, por lo que “todas las mujeres pasan”. Cómo no estar triste, enojada, irritable, sensible. Cómo no sentirse rara o inadecuada, porque esas sensaciones conviven con la alegría de tener a Rosario en mi vida; porque cuando la abrazo y mi Tony se acurruca junto a nosotras pareciera que puedo hacerle frente a todo, que todo va a salir bien, que las cosas parecen perfectas.

Tal vez una de mis mayores complicaciones haya sido estar en una suerte de paz conmigo misma. Porque cuando veo cómo se me acumulan los correos electrónicos, que pretendo contestar, pero que cuando pasan a la segunda página simplemente pasan a formar parte de una zona fuera del límite que ya no recuerdo siquiera haberlos recibido (así se han pasado fechas límite para mandar propuestas de ponencia o para pagar las cotizaciones del mes); bueno, cuando eso ocurre, o cuando no puedo contestar una llamada porque finalmente logré que la Rosario se durmiera o porque por fin tengo dos segundos para cerrar mis ojos, ese sentimiento de frustración o, más bien, de intranquilidad, me volvía loca. Hoy simplemente trato de hacerlo lo mejor posible, tratando de no pensar en qué siente el otro cuando no le contesto su email (que, a todo esto, no estoy en la obligación de contestar a los cinco minutos), sino en lo que soy capaz de hacer.

Cuando comencé a escribir este texto, me había tocado una de las semanas más difíciles con Rosario enferma y empeorando, la sombra del sincicial, yo misma contagiándome y sintiéndome pésimo, y así y todo tener que corregir los últimos exámenes, consolar a la Rosario por su terror a las camillas de las consultas médicas y porque tuvo que hacerse un examen de orina, y tratar de que aquellas no fueran las peores vacaciones de invierno de mi amado Tony… y para qué seguir enumerando. No escribo todo esto porque sienta lástima de mí misma ni porque quiera que otros la tengan. Sino porque el mundo parece tan ignorante de esto, como si fuera mi culpa o la culpa de otras madres (porque nadie nos obligó a ser madres; típico que escucho eso) sentirse así. Pero no es “solo” un sentimiento (aunque lo fuera no veo el problema de que fuera solo eso). Antes soñaba con el día en que esto pasara; ahora me parece simplemente que esa es mi nueva realidad, pero que me afecta solo a mí, porque todos los demás siguen con sus vidas, con sus fechas límite, y una tiene que aguantarlo. Pero yo no quiero andar aguantando cosas; quiero que se respete el hecho de que, bueno, ya llevo más de 1.000 días sin dormir y que estoy cansada.

Mientras termino de escribir (por supuesto he escrito esto apurada, pero en varias tandas), Tony juega a Star Wars y la Rosario juega con mi taza (vacía, no se preocupen). Me encanta escucharlos, y me da risa cómo la Rosario hace que toma té, y me mira como si yo fuera la mejor. Y al mismo tiempo me da pena y se me llenan los ojos de lágrimas, y se me hace un nudo porque Tony quiere que hagamos panqueques en forma de dinosaurios y yo me voy a parar a hacerlos, porque no me detengo a ninguna hora, a pesar de que una pausa, dormir hasta tarde o una siesta despreocupada serían lejos lo que más quisiera en este momento.

 

*La primera versión que escribí de esto indicaba 414 días sin dormir, así que pueden hacerse una idea acerca de cómo es esta experiencia con el tiempo que he dejado pasar para publicar este texto.

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De libros y comidas

De libros y comidas

Pollo a la mostaza inspirado en el libro de cocina de Jamie Oliver.

Durante la semana no suelo cocinar, solo para Tony, u horneo algo dulce en la tarde (como quequitos o galletas). Los sábados son los días del almuerzo producido, cuyas ideas muchas veces salen de los programas de cocina de los cuales soy una verdadera fanática, en especial Jamie Oliver y Nigella Lawson. Lo que hago es adaptar algo que vi y que recuerdo a grandes rasgos, ya que soy muy mala tomando nota de los programas, siempre me falta algo. De esas adaptaciones salieron unos ricos tacos de pescado que disfrutamos hace algunos meses atrás. El sábado pasado Antonio recibió temprano una llamada de sus padres para ir a revisar cosas suyas que todavía quedaban en su ex pieza. Antes de salir me dice: “¿por qué no sacas el pollo que hay en el congelador para el almuerzo?” Aunque no lo mencioné, no tenía muchas ganas de sacar el pollo, ya que llevábamos algunos fines de semana comiéndolo, en general cocinado con mirin, aunque con distintos acompañamientos, por lo cual estaba un poco aburrida del plato aquel.

A pesar de mi reticencia,  puse el pollo a descongelar en el lavaplatos (nosotros somos del club anti microondas). Y lo que se me ocurrió fue recurrir a un libro que Antonio me regaló el año pasado. No tengo muchos libros de cocina, creo que tengo tres o cuatro, cada uno sobre temas diferentes: comida para niños, puddings, etc. Ah, también tengo un diario de cocina thai con recetas, un excelente regalo de la Embajada de Tailandia en Chile, que recibí en una de sus exquisitas degustaciones de comida tradicional. Estoy planeando ya ponerme manos a la obra con ese diario, aunque no sería mi primera vez cocinando platos tailandeses, algo de experiencia tengo en eso. El que tomé en esta oportunidad es un maravilloso librote de tapa dura de Jaime Oliver que un amigo inglés trajo en su maleta, una alternativa excelente teniendo en cuenta el sobreprecio de sus libros en Chile. No he cocinado mucho con el libro, pero sí me fascina leerlo y revisar las fotografías, que son tentadoras en dos sentidos: porque la comida se ve rica y hermosa, y porque me gustaría aprender a fotografiar alimentos de esa manera. A propósito, el nombre del libro es Jamie’s 30 minute meals.

de_libros_y_comidas_02El asunto es que le di vuelta a las páginas y encontré una receta de pollo con mostaza que, por supuesto, también adapté. Pero fue extremadamente fácil y rápido. Tenías unas supremas de pollo ya descongeladas, a las que añadí romero y mostaza (de sabor fuerte, no me gusta esa suave tan popular aquí) y llevé el pollo al sartén con aceite. Cuando estaban listos, eché arvejitas y dos dientes de ajo picados (gracias a Antonio, mi picador oficial de ajo); la receta original no llevaba arvejas, sino puerro, pero obviamente no tenía en casa; no creo que alguna vez haya comprado puerros siquiera. Dejé que las arvejas y el ajo se cocinaran un poco, y eché vino blanco y crema, de esa que viene en pequeños envases tetra. Lo dejé un rato a fuego lento, siempre revolviendo, y ¡listo! Quedó delicioso. Lo disfrutamos mucho, así que se me ocurrió compartir esta historia de libros y comida.

¡Llegó la revista!

El número de Acta Literaria con mi artículo.Hace una semana mis hermanas y sus respectivos pololos estuvieron de visita en casa para una noche de comidas y bebidas: sushi, piña colada (que yo preparé), uvas, galletas y una rica salsa para untar que surgió de un trozo de suprema de pollo que impedí que Antonio, mi esposo, comiera al almuerzo, pensando en que podría hacer algo con ella en la noche.

Cuando mis hermanas tocaron la puerta, traían unas ricas galletas de chocolate y cerveza, pero también un paquete que les habían pasado en recepción. Era un sobre de esos de plástico de Correos de Chile, bastante gordito, dirigido a mí. Desde que nos mudamos al departamento, -por fin un hogar al que podemos llamar nuestro y en el que todo tiene su lugar, funciona y está entero-, he recibido varios paquetes. Los años anteriores pedía todo a la dirección de mi mamá, ya que pasábamos poco en casa y no siempre había alguien en la recepción que asegurara que recibiríamos nuestros encargos.

Lo que he recibido en el último par de meses por correo son libros, y la verdad es que me encanta. No puedo pensar en algo mejor que encontrar un libro al romper el sobre de papel kraft con mi nombre en el anverso. Como esta vez era uno de esos sobres rojos del correo, me llamó la atención, pero rápidamente vi quién era el remitente: la revista Acta Literaria. Apenas unos días atrás les había dado mi dirección para que enviaran la revista y correspondiente separata con mi artículo “Jorge Teillier: la inscripción de una historia familiar”. ¡Habían llegado por fin y tan pronto! Ansiaba ver en papel el artículo, puesto que ya lo había visto en la versión en PDF. En este caso, había una emoción extra, después de todo, mi firma estaba ahí, y, aunque una se resista, publicar en revistas indexadas es parte de la labor académica actual. Por eso, este artículo es tan importante. Dicho eso, también es importante para mí el incluir otros tipos de escrituras, aunque no den puntos institucionales.

Esta soy yo abriendo la revista en mi artículo

Esta soy yo abriendo la revista en mi artículo

De todas maneras, me deja muy contenta la forma en que abordé este artículo, a partir de mi experiencia con la comida de Tony, mi hijo, a quien durante bastantes años le hice sopitas con variadas verduras y carnes. Aprovecho de admitir que las hice hasta hace muy poco, porque a pesar de que a Tony le salieron sus dientes en forma muy temprana, y que no tiene problemas en morder, por ejemplo, una galleta, se resistía a dejar de comer estas papillas en que el ingrediente principal siempre era el zapallo (si no lo agregaba, no le gustaban tanto). Pero las últimas semanas Tony comenzó a resistirse a su sopita, por lo cual fue definitivamente abandonada y reemplazada con comidas sólidas y enteras, como la omelet con queso y pollo asado que le di ayer.

Volviendo al artículo de Teillier, es una lectura de cinco de sus poemas en que comidas y bebidas son metáforas del sujeto poético: “Otoño secreto”, “Huerto”, “Día de feria”, “Sentados frente al fuego” y “La fiesta”. Tengo dos aspectos en común con esos poemas. Uno es el amor por lo cotidiano, por esas pequeñas cosas que hacen que el día funcione; y el segundo es la comida, porque no hay nada mejor que cocinarle algo rico a la gente que amas o disfrutar de unas ricas uvas o cerezas cuando tu hijo ya duerme y tú te tomas un momento para descansar precisamente de la cotidianidad. Si les interesa –¡y los invito a hacerlo!- pueden leer el artículo en el siguiente link. Ah, y para los que no están familiarizados con estos poemas maravillosos de Teillier, pueden encontrarlos todos en su libro Para ángeles y gorriones, pero no lean solo los cinco, ¡sino todos!

Y sobre el placer de recibir libros –a todo esto, al romper el sobre plástico del correo, ¡estaba el sobre de papel kraft ansiado!-, ya les escribiré acerca de lo que he recibido. Habrá otros momentos para eso.