Los sentidos de Noticias sobre ti misma, de Fátima Sime

Noticias sobre ti misma, de Fátima Sime.

Noticias sobre ti misma, de Fátima Sime.

Noticias sobre ti misma es un libro de cuentos de corte erótico. ¿No pareciera que este año la escritura erótica ha estado presente, muy presente? Personalmente, no he leído los libros más mencionados durante el año, así que difícilmente vincularé mi lectura de Noticias con esos aciertos de ventas. Pero de todas maneras la idea de lo erótico en la literatura me da ciertas vueltas en la cabeza. En particular, porque este libro de Fátima Sime no siempre me pareció erótico y, de hecho, el cuento más derechamente sexual, fue el más desilusionante, tanto en técnica como en cuanto a su historia.

Afortunadamente el relato en cuestión, “La carne es débil”, se encontraba bien avanzado el libro. En general, los cuentos de Noticias son atractivos, entretenidos, algunos con un buen uso del suspenso y también del humor. En pocas páginas, la autora no pareciera buscar soluciones rápidas ni dar finales concretos y cerrados, sino más bien exponer sensibilidades, no situaciones, sino sensaciones de personajes que se encuentran de alguna manera atrapados, asustados, insatisfechos. Más que textos eróticos, me parecen textos sobre lo sensorial, a veces transformado en sensualidad y otras en odio, rechazo, lástima, culpa.

Los cuentos están casi en su totalidad protagonizados por mujeres, pero ninguna de ellas está plena, todas revelan algún tipo de carencia que suplen a través de la piel, ya sea vistiendo un vestido de seda para hacer el aseo de una casa, o disfrutando del aliento de un hombre en las piernas. Desde el punto de vista mujeril, me hubiera gustado ver por lo menos alguna mujer más independiente, más fuerte, y no castigada siempre castigada por el abandono, por cuanto hace invalidante la figura de la mujer. Especialmente cuando pienso en el último cuento del volumen, “Nadie sabe cómo sueñan los perros”, que es sin duda el mejor del libro y en el que la única mujer es un recuerdo, porque ella ha sido la que ha abandonado. El relato narra una tarde de caza de un padre, su hijo y el perro enfermo, teniendo en cuenta esas características que antes mencionaba: la sensibilidad, la sensación del contacto de la piel, sin ninguna incidencia de lo erótico.

Sé que partí hablando del cuento que yo hubiera dejado fuera del libro, pero me parece que esto no invalida unos textos interesantes y atractivos de leer. Qué difícil escribir un cuento, una idea completa en pocas páginas. Los cuentos de Fátima Sime no solo están bien logrados, además se distinguen uno del otro, los protagonistas, las historias, los ambientes son variados, y en eso muestran originalidad y habilidad en la narración.

Sime, Fátima. Noticias sobre ti misma. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Hasta ya no ir y otros textos: mujeres alejadas del mar

Hasta ya no ir y otros textos, de Beatriz García-Huidobro.

Hasta ya no ir y otros textos, de Beatriz García-Huidobro.

Me parece que la situación de las mujeres en Chile no es algo de lo que se hable realmente. Incluso los femicidios parecen ser minimizados. A algunos les basta con decir que Chile ya no es un país machista, pero es cosa de darle vuelta a nuestros hablares y actuaciones cotidianas para ver qué no es así. Lo mismo sucede cuando revisamos ciertas obras literarias. Leí Hasta ya no ir y otros textos de Beatriz García-Huidobro y queda una sensación muy amarga. Se trata de cuatro relatos, encabezados por el ya conocido “Hasta ya no ir” publicado originalmente en 1996. En estos cuatro textos las figuras protagónicas son mujeres, y jóvenes, la mayor parte niñas, rodeadas de mujeres mayores, cuyas vidas claramente no son plenas. Cada respiro, cada intento de escapar, de salir del encierro –literal y cultural, por cierto-, acaba en alguna clase de castigo: vejaciones, muertes o automutilaciones. En el mejor de los casos, simplemente alejarse, sin expectativas ni finales felices.

Las historias de García-Huidobro no son panfletarias, pero sí dan cuenta del lado amargo de ser mujer: sus mujeres están rotas. En “Fatiga de material” la madre se va descomponiendo producto de un tumor cerebral. En su locura, la madre ansía el mar, las olas. “Necesito irme de vuelta al mar” es todo lo que desea esta mujer que mientras todavía se ve hermosa –aunque no entienda nada de lo que sucede en su entorno- es violada cada noche por su marido. Al final, una se pregunta si lo que la descompuso es el tumor, o si no es más que una metáfora. La figura está en el mar: los cuatro relatos apelan al mar. “Me gusta, quiero conocer el mar” (19), dice la niña del primer relato, pero nunca se cumple. En “Marea”, la niña sueña con bañarse en el mar, pero su abuela se lo prohíbe. La madre enferma se debe contentar con ver el mar en un video, e incluso en el último texto, “Jardín japonés”, la cocina “tiene olor a mar. A peces y algas, a agua estancada y a la sal” (148). El mar, libre en su movimiento, ondulante, a veces calmo, y otras veces intenso y rompiente en grandes olas sobre la arena, no es alcanzado. Más bien estas mujeres son mares contenidos por los molos de abrigo.

Hasta ya no ir y otros textos se instala en la intimidad de estas niñas y mujeres, dando cuenta de episodios terribles, pero sin caer en melodramas. Por el contrario, a veces la prosa pareciera alejarse. Pero tiene sentido, porque son las mismas protagonistas las que cuentan sus historias: la única manera de hacerlo, parece ser distanciarse un poco. En ese proceso, parecieran mayores, experimentadas, o tal vez, agotadas.

García-Huidobro, Beatriz. Hasta ya no ir y otros textos. Santiago: Lom Ediciones, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

A mano alzada: crónicas desde lo íntimo

A_mano_alzada_G_CarrascoMe atrae la idea de algo hecho a mano alzada. Por un lado me recuerda las clases de artes plásticas, cuando a una se le permitía un lazo espontáneo, libre, realizado sin reglas ni instrumentos que delimitaran. Por eso lo de mano alzada me hace pensar en lo manuscrito, en algo libre y sin restricciones, en una escritura que es personal y que no se quiere dejar coartar por reglas externas.

Pienso en eso cuando leo la recopilación de crónicas del poeta Germán Carrasco: A mano alzada. Creo que escapar a los límites tiene algo que ver con su postura estética, al menos en lo que a poesía se refiere, por algo reniega de métricas restrictivas. Lo dice y lo repite en sus crónicas, pero he aquí un ejemplo: “¿Los que hacen rima y métrica como si estuvieran en el siglo de oro y publican libros pueden ser considerados poetas? Yo creo que no” (152). Por supuesto, en esa cita hay una postura y una crítica. Esa posición de la cual Carrasco escribe es esencial. No se puede escribir una crónica desde la ambigüedad o desde un no-lugar, por el contrario, su atractivo es que se escriba desde un lugar propio, personal, íntimo, que tenga honestidad, que las posturas, ideas, gustos, del autor se deslicen a través de las palabras, las historias, los recuerdos, las experiencias.

En sus columnas, Carrasco no elude sus experiencias, en muchos casos, surgen desde ellas, de un viaje a la Universidad de Brown o de haber escuchado una conversación cotidiana de unos carabineros fuera de su horario de trabajo. Tampoco elude sus lecturas, ¡lo opuesto! Están allí Gabriela Mistral (en un hermoso texto sobre Tala) y John Ashbery  en forma constante. E incluso, ciertas citas o ideas, vuelven a presentarse como aquella de dónde entierran los nómadas a sus muertos, expresada a partir de Julio Ramos. Es más que interesante, es atractivo, también excitante, leer sus palabras sobre el feminismo, o sobre este Chile al que él considera un Estado policial.

Anoté algunas citas: “Revertir el uso de ciertas palabras es la función de la poesía” (222) y también “las letras son celosas” (239). La primera la recuerdo porque estas crónicas están llenas de poesía, a veces se trata de prosas que parecen poesía y, otras, sus planteamientos sobre poesía, escritos no con guantes quirúrgicos, sino bien posicionado. La segunda, porque es verdad. Las letras exigen tiempo, concentración, placer, volcarse en ellas, no solo cuando se escribe, sino también cuando se lee. En el caso de estas crónicas, las fui leyendo seguidas y en pocos días; pero tengo la idea de otro enfoque: volver a leerlas, una crónica cada día, pausadas y disfrutadas de esa manera.

Carrasco, Germán. A mano alzada. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

La verdad de la señorita Harriet: narradores manipuladores

La verdad de la señorita Harriet, de Jane Harris

La verdad de la señorita Harriet, de Jane Harris

La verdad de la señorita Harriet es un libro que se construye en base a apariencias, aunque eso es algo de lo cual una se va enterando con la lectura. Al principio, no se ve por qué no creer a pies juntilla lo que estamos leyendo. Harriet, una mujer de ochenta años, viviendo en el Londres de los años 30, se ve en la necesidad de relatar hechos ocurridos hace más de cuarenta años. Nos dice, porque ella no solo es personaje, sino también narradora: quiere hablar sobre Ned Gillespie, un pintor a quien conoció en 1888 y por qué este Ned decidió quemar todas sus obras antes de morir.

De esta manera Harriet salta a Glasgow en 1888, una tarde en la que salvó la vida de una señora que se estaba atragantando con su propia dentadura postiza. La señora en cuestión es la madre de Ned, y se convierte en la puerta de entrada de la independiente Harriet a la familia Gillespie, formada por el pintor, su esposa, sus dos hijas y dos hermanos. Hay que imaginarse a Harriet en su treintena en los últimos años del siglo XIX, soltera, poseedora de su propia, aunque moderada, fortuna que le permite hacer su vida como quiera. La autora, Jane Harris, no busca que Harriet se describa a sí misma directamente, por el contrario, es una narradora hábil que se describe desde la visión que le dan los demás. Casi sin querer una se va encariñando con esta mujer con sus propios medios y que ha sido acogida con cariño por la familia Gillespie. Poco a poco, sin embargo, su relato comienza a verse interrumpido por comentarios acerca de un suceso terrible que acabaría con la armonía y la tranquilidad, y como el relato de Harriet comienza a mostrar que una de las hijas de Ned se comporta de manera extraña, muchas veces violenta, una tiende a pensar que ella algo tiene que ver con ese destino terrible que se nos anuncia de tanto en tanto.

Los relatos de 1888, que son más largos y detallados, son intercalados por páginas más breves en que la Harriet anciana comenta las memorias del pasado y construye una segunda historia de suspenso, que tiene que ver con la señora que ha llegado a ayudarla a su departamento londinense.

En estas columnas no suelo contar tanto sobre la historia del libro, y, sin embargo, es poco lo que he relatado. La verdad de la señorita Harriet es un texto extenso –tiene sobre 600 páginas- y muy entretenido, ágil de leer y bien construido. Los recuerdos de Harriet están contados con tanto detalle y chispa que una se involucra con la historia, siente ternura por una Harriet solitaria, y se preocupa por esta familia a la que trata de ayudar. El suspenso está bien manejado, y cada vez que una piensa que sabe lo que va a pasar, la historia nos muestra otra cosa.

Recuerdo cuando en el colegio leí un libro de Agatha Christie, en que el narrador –un personaje atractivo, simpático, inteligente- terminaba siendo quien menos una se esperaba, qué impotencia sentirse engañada por ese personaje, y por el autor también, ¿no? En el caso de Harris, ha logrado crear una narradora que nos involucra en su historia, nos hace tan cómplices de su versión de las cosas, que al final uno termina siendo manipulado.

Este no es un clásico texto de crímenes y justicia, aunque hay muertes, juicios, culpabilidades, etc., en que un narrador externo no dice exactamente qué sucedió. Lo importante no es resolver el misterio, como en una novela policial convencional, sino la construcción de una historia atrayente y bien escrita, que me hizo leer 350 de sus páginas en una sola tarde. Es uno de esos libros que atrapan, que no se quieren soltar, porque, de todas maneras, tenía las ansias de conocer qué había pasado realmente en 1888, qué va a pasar en 1933 (la actualidad desde la cual habla la Harriet anciana), y quién es realmente esta señorita Harriet.

Harris, Jane. La verdad de la señorita Harriet. Argentina: Lumen, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

 

Finale de Alice Munro

Mi vida querida, de Alice Munro

Mi vida querida, de Alice Munro

Hay algo poético en la forma en que Alice Munro cierra Mi vida querida (Lumen 2013), su último libro de cuentos publicados y probablemente lo último que tengamos de ella, según la misma autora lo ha manifestado después de que se le diera el Premio Nobel de Literatura.

Los últimos cuatro cuentos están encabezados por el subtítulo “Finale”, que, ya lo sabemos, quiere decir “final”, pero ¿de qué clase de final estamos hablando? El diccionario de Oxford nos dice que finale es la última parte de una pieza de música, o de un evento público o de entretención, que es especialmente dramático o emocionante. Su uso, entonces, no está tan vinculado a las letras, como sí a una ópera o, incluso, al último capítulo de una serie de televisión: el grand finale en que se descubre algo, o hay muertes terribles, o cambios de rumbos completos.

En Mi vida querida hay efectivamente un quiebre, que es anotado textualmente por la autora: ha separado los últimos cuatro textos debido a su carácter autobiográfico. Escribe Munro que las últimas cuatro piezas “[f]orman una unidad distinta, que es autobiográfica de sentimiento aunque a veces no llegue a serlo del todo” (269). La escritora establece una advertencia: los cuatro últimos textos no son precisamente cuentos, pero tampoco son narraciones autobiográficas en toda su extensión. Me gusta la forma en que lo llama “autobiográfica de sentimiento”. Esto me lleva a varias digresiones. Una de ellas es que toda narración del yo es una forma de ficcionalidad, como lo dice Pozuelo Yvancos. No podría ser de otra manera cuando nos remontamos a la niñez y tratamos de captar esa voz que teníamos: los recuerdos se van armando o rearmando, se agregan diálogos, ambientes. Claramente ahí hay una construcción, pero pareciera que Munro nos quiere decir que los detalles pueden estar inventados -como el recuerdo del olor a cigarro y de un perfume  en particular sentido al subir las escaleras, la forma en que las personas estaban sentadas, por nombrar algunos-; pero el espíritu de esas historias, no.

Por eso, y como ella ya habló de la autobiografía, es la propia Munro la que trae la palabra al tapete, una termina entendiendo que el referente extratextual del yo de esas cuatro narraciones, es la escritora Alice Munro. Yo la imagino sentada en su escritorio, escribiendo; pero los textos nos invitan a imaginarla como niña: “Pero no soy una chica protestona que se pasa el día enfurruñada. Aún no, aquí estoy, con diez años más o menos, entusiasmada por ponerme un vestido bonito y acompañar a mi madre a un baile” (301-302). Destaco el uso del deíctico, ¿no llama acaso la atención el aquí? Me sacó inmediatamente del escritorio ficticio de Munro a la casa de madera y revestida en ladrillos, “de tamaño decente” (320), casi en el campo, pero muy cerca de la ciudad, en la que la niña Alice pasó sus años de infancia y adolescencia. Ella misma ha viajado a ese lugar y reconocemos entonces una ficción: la narradora es una niña, la niña que fue –o que tal vez fue- Alice Munro.

La primera historia “El ojo” se centra en Sadie, una joven que trabaja en casa de los Munro, ayudando a la madre con las tareas del hogar. Es interesante cómo la narradora va hilando la cotidianidad del hogar, cómo Sadie ayuda en casa, pero no es la encargada de todas las cosas. A medida que leamos las cuatro historias finales, cada vez se irá desnudando más la familia Munro, en especial la madre de Alice: una mujer educada proveniente de una familia humilde, pero que no logró surgir todo cuanto hubiera querido: “no había conseguido la posición a la que aspiraba ni los amigos que le hubiera gustado tener en el pueblo” (301). Munro no edulcora a su madre, de la cual sabemos incluso que no le caía bien a las personas, ni siquiera a su propia familia; pero tampoco le quita humanidad. Como lo suele hacer con sus personajes de los cuentos, la narradora no juzga a su madre ni a su padre, aunque sí pareciera que él era un hombre más satisfecho de la vida que su esposa. En vez de juzgar, lo que hace es dibujarlos en su humanidad, con los gestos salvadores y sus pequeñeces. Y lo más increíble de todo, es que logra hacer eso con ella misma, con la pequeña Alice y la Alice madura que no vuelve a casa para el entierro de su madre, no porque no la hubiera querido:

Tenía dos hijos pequeños, y a nadie en Vancouver con quien dejarlos. No estábamos para gastar dinero en viajes, y mi marido despreciaba las formalidades. Aunque ¿por qué achacárselo a él, de todos modos? Yo sentía lo mismo. Solemos decir que hay cosas que no se pueden perdonar, o que nunca podremos perdonarnos. Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos a todas horas” (333).

Me gustaría escribir mucho más sobre estos textos, como la decisión de la narradora de recordar como Anna de Green Gables, más que nada porque adoraba la miniserie sobre ese personaje y su mención me dice que no siga postergando la lectura de los libros. También que es emocionante la forma en que los relatos fluyen de tal manera que es como si estuviéramos leyendo un solo texto, en que las anécdotas nos van mostrando cómo era la cotidianidad en que nació y se crió Munro. También que en esas líneas veo también otros relatos, los no autobiográficos, pequeños detalles que llevan a recordar a la madre, al padre, y también a las ambientaciones, especialmente aquellos que ocurren en esos parajes que no son ni campo ni ciudad, sino un entremedio. Pero quiero cerrar estas palabras volviendo a lo de finale. Ahora que ella ganó el Nobel y que ha dicho que puede que no vuelva a publicar, qué más emocionante gran final que cerrar sus cuentos con historias que nos dirigen a ella, de una manera tan personal, tan íntima como puede serlo el volcarse autobiográficamente en sus páginas, y más aún si eso significa “autobiográfica de sentimiento”.

Pueden leer la columna que escribí en el Diario Publimetro sobre el Premio Nobel de Literatura para Alice Munro haciendo clic aquí.

Por haber visto: versos que gritan

Por haber visto, de Alberto Kurapel.

Por haber visto, de Alberto Kurapel.

Los libros hablan, no me cabe duda. Algunos susurran, pero lo que dicen es poderoso; otros puede que hablen de frivolidades, pero bien escritos y nos hacen reír. Y por supuesto, están los libros que gritan, cuya prosa o verso pareciera desgarrarse de lo intenso que es el grito. Por haber visto es uno de esos textos. Alberto Kurapel es un hombre dedicado al arte, desde el teatro hasta la escritura, pero también es un poeta que tiene algo muy claro que decir, con una visión política, que habla de desencanto, de una pérdida de la esperanza, pero desde la rabia, no se conforma con el estado de las cosas, como cuando dice en el poema “Atavíos”: “para que no tardemos / más de cien vidas / en limpiarnos la sangre / y dejar de escuchar los alaridos / de los definitivamente olvidados” (43).

No todo es rabia en este poemario, pero sí hay una sensibilidad que se siente en carne propia, los gritos remecen y las lágrimas conmueven. El hablante se pregunta acerca de su propia voz, de su escritura, y de la escritura colectiva, aquella que formamos todos: ¿podemos hacer comunidad desde un sentimiento solidario en vez de quebrarla desde el consumo? En “Agenda” dice: “las manos que escriben / florecen / cuando logran repartir / mis sueños” (49). Entonces, tal vez, no todo está perdido, la esperanza siempre persiste. La voz misma se conmueve ante su escritura, como lo muestra el poema “Abierto de 10 a 22 horas”: “La taza de café en la pequeña mesa / los sobres de azúcar rubia / tiemblan / cuando escribo / sobre la servilleta / la palabra patria” (70). Que escriba en una servilleta nos habla de sencillez y de cotidianeidad: la patria, la comunidad, no se hace desde arriba o promulgando leyes, sino en cada acto cotidiano que realizamos todos.

Kurapel, Alberto. Por haber visto. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2012.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

El descubrimiento de la pintura: descubriendo el relato

El descubrimiento de la pintura, de Jorge Edwards.

El descubrimiento de la pintura, de Jorge Edwards.

El descubrimiento de la pintura es un libro breve, apenas sobre las 150 páginas, de ágil y entretenida lectura. No puedo evitar que Persona non grata, el primer libro que leí de Jorge Edwards, venga a mi mente, porque es justamente lo contrario. Me parece que hay un estigma en esa primera lectura, tal vez porque lo leí asociado a un curso de actualidad periodística y no de literatura, y tal vez porque acababa de leer El jardín de al lado, uno de mis favoritos de José Donoso. No sabía bien qué esperar de El descubrimiento… cuando lo tomé en mis manos, pero creo que esas es una de las mejores formas de acercarse a una lectura: no esperar nada en concreto y sorprenderse con lo encontrado.

En este caso, se trata de un texto que juega con la idea de lo biográfico. El narrador –que bien podría ser el propio Edwards- nos relata la historia de Jorge Rengifo Mira, Rengifonfo, un primo de su madre, que trabajaba con cerraduras en la semana y el fin de semana desplegaba su alma melómana y, además, se dedicaba a pintar. Partía en micro a los extramuros de Santiago, que, en aquella época, era La Reina, y pintaba, pero sin descubrir todavía la pintura. Así como aquellos que quieren dedicarse a escribir, pero sin haber leído a otros autores, Rengifonfo cree en pintar sin haber contemplado antes la pintura. El relato que hace el narrador es, sin dudas, entretenido, honesto, incluso cariñoso con este familiar al que todos prefieren ningunear, porque es torpe, porque se cree pintor, porque circulan rumores sobre él. El narrador que construye Edwards es un tanto inseguro. Cuando quiere relatar algo, lo cuenta y lo repite, como tratando de justificarse –él y sus opiniones- diciendo las mismas cosas de una y otra manera; o bien añadiendo más y más detalles: “Ya que hablamos de omnisciencia, puedo afirmar que supe de Jorge Rengifo Mira desde tiempos inmemoriales, desde mi infancia más remota, e incluso desde antes de nacer, por raro que esto pueda parecerles” (19). Jugará también con esa idea de omnisciencia, a veces tratando de adivinar lo que Rengifonfo habría pensado o de lleno imaginando situaciones completas.

Se justifica lo anterior, porque, aunque se trata de la historia de Rengifonfo y el descubrimiento que hace de la pintura –porque, sí, la descubre, y diciendo eso no se mata la lectura del libro-, lo que atrae es la construcción verbal que hace el narrador, y cómo él se vincula a esa historia tal vez por cariño o incluso por una cierta admiración a este primo lejano: son los recuerdos del narrador –con toda su imaginación volcada sobre ellos- y no una historia fría y tratada desde la distancia. Tal vez lo más atractivo del libro sea cómo, de hecho, se rompe la distancia y se presenta un texto cercano, escrito por alguien cercano, a uno y a Rengifonfo.

Edwards, Jorge. El descubrimiento de la pintura. Santiago: Lumen, 2013.

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Leñador, apagando las voces

Leñador, de Mike Wilson

Leñador, de Mike Wilson

No todos los libros se leen de la misma manera, sino que tienen distintos… ritmos de lectura, así lo llamaría. Recuerdo que tardé mucho tiempo en leer la última parte de Expiación de Ian McEwan, porque, intuyendo que las cosas no podrían salir bien, no quería llegar a esa parte del libro en que todo queda escrito y ya no hay esperanzas de que el autor hubiera ideado otro final. De la misma forma, hay libros que devoro en una tarde, que no puedo soltar hasta que he llegado a la última página.

Leñador de Mike Wilson, en tanto, es un libro compañero, es decir, que acompaña durante muchas tardes o noches, porque no busca apurar, sino disfrutar de una lectura sin prisas. Creo que tiene que ver con el ritmo del protagonista, ese personaje que ha abandonado su antiguo hogar en el sur de América del Sur, y ha encontrado un lugar en donde comenzar de nuevo en el Yukón, convertido en leñador.

La novela está configurada a través de dos discursos que se intercalan. Primero la voz personal del protagonista, que en pocos párrafos cada vez va deslizando muy poca información concreta sobre sí mismo, aunque sí va desnudando el deseo de lograr una calma que no podía alcanzar en su tierra natal. Tal vez tiene que ver con ese hecho que conocemos desde las primeras líneas: “Combatí en una guerra, hace décadas en un archipiélago, y combatí en el cuadrilátero, hace años en las noches de la ciudad. Fracasé en las islas y en el ring” (11). Lo abandona todo y termina conviviendo con los leñadores en una vida que es dura y de la cual no sabe nada, por lo cual es necesario aprender. Y ese aprendizaje es el otro discurso, que se nos va entregando en un formato similar a las entradas de un diccionario enciclopédico. Por ejemplo, la primera entrada es “Hacha”, en que el protagonista en varias páginas habla de cómo es confeccionada, sus partes, su uso y mantenimiento. De hecho, son estas entradas las más extendidas, mientras que el relato personal es breve y cuidado. Lo interesante es que esas entradas no son una escritura enciclopédica fría, sino que en ellas también se deslizan historias y puntos de vista del leñador, que nos enseñan no solo lo que es un  hacha, una conserva o la muerte en el Yukón, sino que también nos acercan a una forma de vida lejana, quitándole la cubierta estereotipada.

Pero también esta estructura nos habla del protagonista, porque esa no es solo su forma de aprender, sino también de lograr la calma, de volver a respirar sin angustia. Pienso en dos citas al respecto. La primera es “Los hombres del campamento no son de preguntarse cosas. Ellos viven, no piensan en vivir” (95). La siguientes es un pasaje en que el protagonista relata cómo observaba a unas hormigas rojas subir por la corteza negra de un pino: “Me detuve ahí, mis ojos escalaban con las hormigas […] Sentí envidia” (60-1). Las hormigas, los hombres que viven, nos hablan del fluir, dejar que las cosas sigan su curso, que fluyan de forma natural, en vez de detenerlas a la fuerza en el pensamiento. Volverá sobre esa idea varias páginas después: “La nieve, cuando cae flotando, me calma. La lluvia, las llamas de una fogata, una fila de hormigas, el viento y el golpe seco y rítmico de un hacha” (197). Él no puede incluirla, pero también se apagan las voces inquietas de la cabeza y se logra calma con la lectura de su relato, el enciclopédico y el personal, porque, en realidad, todo es personal en esta búsqueda de paz. Por eso, además, es un libro compañero.

Wilson, Mike. Leñador. Santiago: Orjikh Editores, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Chile en los ojos de Pepe Cuevas

Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política, de José Ángel Cuevas

Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política, de José Ángel Cuevas

Tengo varios recuerdos del poeta José Ángel Cuevas, o Pepe Cuevas. Dos son relevantes en esta historia. Uno de ellos fue la lectura y análisis de Diario de la ciudad ardiente, que es un texto que Cuevas escribió en prosa, pero con mucha poesía. Publicado en 1998, el libro contiene relatos sobre un periodo de nuestra historia en torno al cual gira su poética: dictadura y transición. El segundo recuerdo es de Pepe Cuevas leyendo un texto en el que él estaba trabajando. Éramos un grupo pequeño, y Cuevas estaba sentado leyendo -¿o tal vez recitando?- unas palabras muy personales en un tono íntimo y comprometido.

En Maquinaria Chile…, el poemario más reciente de Cuevas, esos dos recuerdos están presentes en forma constante. Primero, porque nos encontramos frente a un repaso de la historia del país desde la Unidad Popular hasta la actualidad, pero siempre desde la mirada involucrada del poeta, que no renuncia a sus sueños ni a sus convicciones. Lo sabemos al leer apenas las primeras páginas, en que nos presenta un sueño le da vuelta al Golpe de Estado de 1973, mostrándonos lo que él hubiera querido de ese día. En el sueño es capaz de reescribir la historia, pero el resto de los poemas da cuenta de una mirada decepcionada. La decepción se hace mayor durante la Transición y más en la actualidad, en que ve a Chile convertido en una maquinaria de consumo, en que la gente vive sin más ideales que endeudarse para comprar. También resiente que el fútbol y la televisión ocupen las mentes de los más jóvenes y estos no tengan interés alguno en la política, porque para él la única manera de cambiar el mundo, el país, nuestra sociedad, es comprometerse.

En medio de la decepción, el poeta dirá: “Perdonen que los haya molestado / con estos recuerdos tan amargos / Yo sé que ustedes están en Otra” (100). Pero, aunque sabe, debajo del discurso apasionado de Cuevas, hay esperanza. Estaba en el epígrafe del libro: “La batalla por los recuerdos colectivos / no está perdida” (7). Porque para el poeta, el compromiso no es un acto solitario, sino colectivo, son compromisos sumados.

Maquinaria Chile es un poemario escrito desde la honestidad, en que Cuevas no teme contar la historia de Chile con sus palabras y desde su perspectiva, en vez de una historia consensuada.

Cuevas, José Ángel. Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política. Santiago: LOM Ediciones , 2012.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Retomando mi ritmo

Parte de la torre de libros en que estuve metida las últimas semanas.

Parte de la torre de libros en que estuve metida las últimas semanas.

Las últimas dos o tal vez tres semanas, escribir se volvió un poco complicado, simplemente por la escasez de tiempo para mí. Tenía unas fechas importantes en la universidad, y dediqué prácticamente todas mis horas diarias en leer, fichar y repasar las fichas que había hecho durante los últimos meses; ya saben, las primeras fichas suelen estar en una nebulosa, y necesitaba actualizarlas en mi cabeza.

Por eso, en vez de escribir, me dediqué a completar algunas de las columnas de libros que hecho para el sitio web del diario Publimetro, en vez de preparar algún material nuevo.

Ahora que estoy en una especie de descanso de tanto estudio concentrado –descanso autodecidido después de que ayer me estuviera quedando dormida sola-, he retomado lecturas nuevas, tratando de descubrir, recordar, encontrar, temas que me gusten, me motiven, me inquieten. Así que pronto tendré publicado aquí nuevas entradas, algunas de las cuales han estado dando vueltas en mi cabeza desde hace un par de semanas.