La oscuridad que nos lleva: entre lectores nos entendemos

La oscuridad que nos lleva, de Tulio Espinosa

La oscuridad que nos lleva, de Tulio Espinosa

Cuando el Lector del libro La oscuridad que nos lleva le lee a la Señora Al otro lado del río y entre los árboles de Ernest Hemingway, la misma Señora comenta: “[…] al parecer soy una de las pocas lectoras que la aprecia, me gusta, de verdad me gusta y usted me dijo que los críticos la detestan”. Ante esto el Lector replica: “Bueno, no sé si tanto como detestarla, al menos la ven lejos de su mejor novela, una obra menor, eso dicen” (228). Son dos los capítulos que giran en torno a este libro de 1950, y me parece que tiene que ver un poco con la idea de una obra menor. ¿Por qué un crítico podría llamar menor a una obra? ¿Porque toca temas cotidianos, de manera cotidiana, sin discursos grandiosos? Sí, puede ser por eso.

Eso es algo en común con La oscuridad que nos lleva, un texto que se va construyendo desde lo pequeño. La Señora es una mujer de edad, postrada en su cama, y el Lector, un hombre en su treintena que va casi todos los días a leerle. Pero la lectura es más bien una excusa, o un detonante, porque cada historia, ciertas palabras que se pronuncian, gatillan los recuerdos de la Señora, que tienen que ver con gran parte del siglo XX. Esos recuerdos nos muestran la intimidad de esta mujer que vive a través de las palabras y también ciertos episodios de la historia chilena: el famoso “ruidos de sables”, la matanza del Seguro Obrero, los detenidos desaparecidos, todo desde una perspectiva personal, delicada, que nos recuerda que los hechos que relatan los libros han sido vividos por nosotros o por otros como nosotros.

Hay otras conexiones entre estas dos novelas. Por un lado está el tema de la muerte. Eso que está esperando al otro lado del río es la oscuridad que nos lleva, o que se nos viene encima, cuando se apague la luz en forma definitiva y ya no haya recuerdos. Aunque sabemos que la muerte está cerca, no hay pesadumbre en la novela de Tulio Espinosa, sino un abandonarse tranquilo después de haber vivido toda una vida. En realidad, es así en el caso de la señora, porque otras muertes terribles que recuerda el libro, nos hacen pensar en la muerte como acechante, como un verdugo.

Finalmente, tanto el libro de Espinosa como el de Hemingway buscaron su título en poemas. La oscuridad que nos lleva es una cita de Gonzalo Millán, es parte de dos de los versos casi finales del poema 67 de La ciudad, cuando la oscuridad finalmente nos lleva, “Se cierra el poema”. Algo similar sucede en la novela de Espinosa, cuando la muerte llega, se cierra la novela. En el caso de Hemingway, tomó el primer verso del poema –y canción- de Lydia Maria Child (1802-1880) “Thanksgiving poem”: “Over the river, and through the wood”, dice la hablante lírica para sumergirse en un viaje por su memoria, que es también lo que hace la Señora.

La novela de Tulio Espinosa invita a hacer conexiones, pero no solo entre literaturas, sino también desde nuestra propia cotidianidad, cómo se conectan nuestras propias pequeñas historias, como se gatillan nuestros recuerdos, de tal manera que una también se convierte en Lectora y en Señora.

Por último, dando vueltas, encontré la crítica original de John O’Hara sobre Al otro lado del río y entre los árboles, publicada el 10 de septiembre de 1950 en el New York Times. La pueden leer aquí.

Espinosa, Tulio. La oscuridad que nos lleva. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

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Feo, de Armando Uribe: versos de espera

Portada de Feo, de Armando Uribe.

Portada de Feo, de Armando Uribe.

Proponerse escribir todos los días implica una constancia que llama mi atención. Yo misma, que suelo estar escribiendo, no logro enfocarme en uno solo tipo de escritura todos los días, como si se tratara de una meta que cumplir. En el  reciente poemario de Armando Uribe (1933), Feo, encontramos  más de cien poemas, que fueron escritos bajo ese propósito: cada día entre el 11 de mayo y el 11 de junio de 2010, Uribe escribía. En general, poemas breves de seis versos, muchas veces con rimas asonantes, y otras, versos libres.

Sabemos la progresión, porque los poemas están publicados cronológicamente, y aparecen fechados. Pero, ¿cuál es el propósito? ¿Debe haberlo? El autor nos dice en el prólogo que no se trata de un diario de vida y, sin embargo, el primer verso dice “Me leo en este libro abierto” (15). La lectura de este poemario me recordó Veneno de escorpión azul de Gonzalo Millán, cuyo subtítulo es “Diario de vida y de muerte”. Millán comenzó a escribir su diario poco después del diagnóstico de cáncer, por el que murió cuando tenía casi 60 años. Si bien es un diario, es también un poemario, intenso, emocionante: es, de hecho, un libro abierto en que lo leemos hasta poco antes de su muerte; leerlo, por ende, aunque hermoso literariamente, es difícil en términos personales.

Pensé en Millán constantemente, porque Feo, aunque no sea diario de vida propiamente tal, sí trata sobre la muerte, pero no esa imprevista y tremenda, sino una lenta, que llega con la vejez y que se hace esperar. ¿Hay un propósito, como preguntaba más arriba? Bueno, sería especular, pero el que cada poema esté numerado en forma correlativa, y que podamos ver el paso de un mes de vida con la muerte rondando en los versos del poeta, nos envuelve en su espera, nos involucra, haciéndonos sentir que “no morirse es el castigo” (170).

Feo gira en torno de la espera, la muerte, y también el escribir. Como lectores apenas podemos acceder a Armando Uribe, el hombre detrás de la voz lírica, sin embargo, su “vida manuscrita”, está ahí sin pretensiones más que las de compartir los momentos previos a “cuando la muerte llegue y se vaya la vida” (129). Como  sabemos que no podemos esquivar la muerte, la interrogante que queda es “¿Qué escribiremos en el Otro mundo?” (67). El hablante contesta que tal vez haya versos perfectos, pero yo destaco que la voz salga de su singularidad y nos incluya a todos en su pregunta. En la pregunta, en todo caso, no hay impaciencia, sino serenidad, como sucede a lo largo de la lectura de todo el poemario: aguardar con serenidad, revisando algunos pasajes de la vida, sí, pero sin caer en la desesperación, sino tratando de ver y decir las cosas tal cual son, en verso.

Uribe Arce, Armando. Feo. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

Un dato

Para los que hayan quedado interesados, pueden bajar Veneno de escorpión azul desde el sitio de Memoria Chilena: http://www.memoriachilena.cl/temas/documento_detalle.asp?id=MC0050989

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.