Necesidad de una genealogía

MARGO GLANTZ

Las genealogías

México: Editorial Alfaguara, 1997

Por Alida Mayne-Nicholls

Margo Glantz

La escritora Margo Glantz

“Yo desciendo del Génesis, no por soberbia sino por necesidad” (17), escribe la autora mexicana Margo Glantz al comienzo de Las genealogías, una autobiografía destinada a recomponer a través de la escritura la historia familiar. La palabra necesidad parece la clave y en ese sentido cabe preguntarnos por qué la escritora siente la necesidad de armar su árbol genealógico en plena madurez. Ella misma responde a esa interrogante en su prólogo: “Y todo es mío y no lo es y parezco judía y no lo parezco y por eso escribo –éstas- mis genealogías” (21).

En la lectura de este libro puede no ser necesario conocer la obra de esta autora e investigadora literaria, pero sí es preciso abrirse a algunos de sus datos geográficos y reconocer en ella a una judía mexicana, hija de padres judíos rusos, que abandonaron su país para tener un mejor futuro en una tierra diferente. Cuando ella habla de que en su casa tiene tanto un candelabro de nueve velas como las imágenes de santos católicos, está graficando que su base es compleja y, por tal motivo, necesita emprender un viaje que le dé sentido a su existencia, y eso lo hace desde la perspectiva que da la madurez.

Las genealogías se inscribe en el ámbito de los géneros referenciales, podemos reconocer una escritura autobiográfica. Glantz escribe en primera persona acerca de su vida y la de su familia, a partir de las conversaciones con sus padres, que emigraron jóvenes desde Rusia a México. Un texto, por autobiográfico que sea, representa un campo ambiguo, puesto que su material es la vida real, acontecimientos que existieron, pero su construcción convierte esa vida en una narración que podríamos considerar ficcional. De esta manera, sus padres, ella misma, personas que habitan o habitaron el mundo, se convierten en personajes de esa narración que se conforma en el papel.

El relato se nos presenta en fragmentos relativamente breves, de dos o tres páginas, y que carecen de título o epígrafe que guíen al lector. El texto no sigue un orden cronológico ni lineal. Por el contrario, el carácter fragmentario hace que saltemos de un tema a otro sin relación, en capítulos contiguos, o bien que la narración retroceda en el tiempo, o insista en temas tratados anteriormente. Es así como hacia la mitad del relato nos habla de la muerte de su padre –“Mi padre murió una madrugada del 2 de enero de 1982” (92)-, sólo para volver a traerlo a la vida –como personaje- en las escenas de conversaciones que aparecen posteriormente en el libro.

Algunos estudios sostienen que la escritura femenina tiende a ser discontinua y fragmentaria. Ciertamente esto no se trata de una característica sine qua non que determine cómo deber ser la escritura realizada por mujeres. Pero sí es interesante lo que plantean autoras como Domna Stanton, en el sentido de que si una mujer opta por una estructura fragmentaria, es porque se ajusta a la condición de sujeto escindido.

Es un sujeto escindido por cuanto no puede ofrecer una imagen completa de sí misma. Volvamos a las palabras iniciales de Margo Glantz: “parezco judía y no lo parezco”. Me parece relevante para adentrarnos en la lectura de Las genealogías, el tener presente el género femenino de la autora, por cuanto podemos considerar su trabajo autobiográfico como un esfuerzo en la búsqueda de la voz propia, de constituirse como sujeto más allá de las convenciones.

Tomar la perspectiva de género no es casual, Glantz da pie para esto en la edición de 1997 del libro, que incluye una suerte de epílogo titulado “La (su) nave de los inmigrantes”, en que la memoria familiar se ha convertido, de pronto, en la memoria materna. Es Lucy Glantz la que da sentido a la herencia de Margo y la escritora valida esto al intercalar las palabras de su madre, intuitivas y emocionales, con las suyas, de carácter más estructurado. La pregunta por el quién soy, tiene, al menos, una respuesta:

“Una transmutación se ha producido: la separación forzosa que en Rusia se establece, esa división entre cristianos rusos y judíos rusos […] desaparece al tocar tierra mexicana. Aquí judíos rusos y rusos cristianos, rusos socialistas y rusos blancos se sienten unidos por el idioma, las costumbres, la comida del país que han tenido que abandonar” (236).

El sello femenino se presenta incluso en las últimas líneas de este epílogo, que siguen concentradas en la figura materna, a la que se refiere como “ese cuerpo que me permitió ser lo que soy” (240). Para comprender quién es ella, resulta necesario volver a la matriz y esa matriz es su madre, a la que llora y admira y a quien “escribo estas precarias palabras totalmente insuficientes para recordarla y para ponerle punto final, ahora sí, a mis genealogías” (Ibíd).

Nos volvemos a conectar entonces con la herencia hebrea de la autora, puesto que si está volviendo a la matriz, si es al hablar de su madre que puede poner fin a su genealogía, es porque es la madre quien transmite dicha herencia. Es judía porque su madre es judía, pero de una nueva manera que fue posible gracias al renacimiento –o transmutación en palabras de la escritora-, que las comunidades rusas cristianas y judías viven en México. “El idioma, las costumbres, el territorio, el clima liman las diferencias [entre los grupos], unifican, integran a una misma y reciente tradición” (237).

Esto me lleva a una nueva interrogante: ¿Por qué la búsqueda de la genealogía no se completa en la oralidad de las conversaciones, sino en el espacio textual? Es necesario escribir dicha travesía, primero en el formato de columnas que aparecieron en el periódico mexicano Unomásuno, y luego –después de un proceso de edición- en el libro Las genealogías. ¿Por qué? Podemos encontrar una razón en que la mujer construye su identidad en el ya citado espacio textual. Margo Glantz busca su propia voz –como mujer, no sólo como autora- a través del relato autobiográfico.

Llama la atención el hecho de que el libro no se llama “mi genealogía” o “la genealogía”, sino que Glantz opta por el plural, tal vez haciéndose eco de que la identidad femenina –su identidad femenina- no es un estereotipo, sino una construcción compleja, realizada a partir de una pluralidad de voces, tanto la de la madre como la del padre, aunque ella esté dándole prioridad a la materna.

Al respecto, Glantz escribe: “Vivir con alguien es, probablemente, perder algo de la propia identidad. Vivir contagia: mi padre corrige la infancia de mi madre y ella oye con impaciencia ciertas versiones de la infancia de mi padre” (119). Hay algo contradictorio en los conceptos de perder y contagiar, bien podría pensarse que el contagio en el texto habla de sumar algo. Sí existe el reconocimiento de que la identidad no se forma en un ambiente aislado o neutro, sino en relación con los demás. Así, reconocemos que el sujeto que se forma en la narración, lo hace en diálogo con los otros: el padre, la madre, las hermanas presentes en sus recuerdos, el tío Volodia, los parientes en Estados Unidos, los que permanecieron en Rusia, etc.

Al responder a una multiplicidad de voces, no sorprende la elección de una estructura fragmentaria. Especialmente porque los recuerdos se articulan de forma orgánica, según las necesidades de la narradora/autora, que nos vuelve a contar su historia. Ella está conciente de que acudir a la memoria –la de ella y los suyos- es un tema complejo, por cuanto los recuerdos nunca son la vida misma ni se presentan de la misma forma. Asimismo, de todos los recuerdos, debe elegirse aquellos que tienen sentido en el relato principal: la conformación de las genealogías de Margo Glantz. De tal manera, es comprensible que muchas historias queden fuera, porque no son parte de la búsqueda del origen o porque su conexión aparece dudosa o redundante. “[…] surgen mil historias que ya no caben en estas páginas, porque mis dedos se cansan” (229-230) escribe Glantz, haciendo explícita la reflexión acerca de la memoria, en medio de la narración autobiográfica que ella ha ido elaborando fragmento tras fragmento.

No cabe duda que hay una elaboración, lo que leemos no es la vida misma de los Glantz, sino la construcción que la autora ha hecho a partir de esos relatos extratextuales. Ella misma lo manifiesta: “la duda permanece porque los datos varían cada vez que se le da cuerda al recuerdo” (26).

La estructura digresiva y discontinua permite una lectura fluida, en la que la narradora maneja el ritmo del relato alternando distintos rasgos. Así se mueve desde el relato emotivo y dramático, como el recuerdo de los pogroms, en los que la única manera de sobrevivir era esconderse sin mirar atrás; hasta otros más jocosos, como los pasajes en que el padre de Margo insiste en el buen humor de sus antepasados, utilizando siempre como ejemplo la anécdota en que el bisabuelo “aconsejó a los miembros de la aldea que pidieran tierra hacia lo hondo y no hacia lo ancho” (25-26).

Las anécdotas y recuerdos que en una primera instancia podrían parecer como partes sueltas, constituyen un todo que permite que como lectores terminemos –o comencemos- a configurar ese mundo del que provenían, la comunidad judía que vive en Rusia, el viaje a América, cómo se adopta un nueva vida en México, etc. Asimismo, presenta un interesante panorama de la actividad cultural e intelectual en la primera mitad del siglo XX mexicano, provisto por los relatos del padre de Margo, tanto los relativos a los muralistas, como a los poetas y escritores con los que convivió.

Margo Glantz no se preocupa de hacer historia oficial, no llena de fechas ni de hitos su relato, pero a través de su petite histoire, su historia mínima por cuanto corresponde a la originalidad de ser la vivencia de su familia y no de otra, permite que nos formemos una idea de lo que significó para otras familias judías el trasladarse a una parte desconocida del mundo a recomenzar. Hay una cierta explicitación de esto en el mismo texto, cuando Margo viaja a Rusia “para convertirme en la primera persona de la familia (mexicana) en rehacer el trayecto” que hicieron sus padres. Allí ella conoce a un profesor universitario que también vivió en México, que también llegó a tierras americanas a bordo del barco holandés Spaardam. Entonces la historia pequeña de los Glantz se convierte en la de la comunidad judía que llegó a comenzar una nueva vida a México, un poco por casualidad, pero que fue capaz de adoptar ese nuevo lugar en el propio, es decir, reterritorializarse: “El paso siguiente es la nave, el paréntesis perfecto entre los dos mundos, el lugar ideal para las metamorfosis que en México se producen plenamente; por ejemplo, aquí nacimos nosotras, mis hermanas y yo” (240).

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