Pensando en la elegancia del erizo

La elegancia del erizo, de Muriel Barbery

La elegancia del erizo, de Muriel Barbery

Hace unas semanas atrás, una visitante me preguntó si había leído La elegancia del erizo de Muriel Barbery. Aunque conocía el libro, había postergado su lectura; pero –como sucede con toda buena pregunta- me motivó a partir a buscar el libro. La primera edición que conseguí estaba un poco desarmada, así que después terminé pidiéndolo en la biblioteca de la universidad. Para ser sincera, a ese ejemplar también se le nota el uso, en especial por la portada ajada y la larga lista de fechas timbradas en la parte de atrás, lo que indica que es un libro que se pide habitualmente. Lo leí con calma, disfrutando cada página, hasta llegar a un momento en que sencillamente las páginas pasaban una tras otra sin detenerse hasta que se acabaron. Me parece un libro que va creciendo; no es que comience bajo, sino que el avance parece exponencial, a medida que pasan los capítulos, son más hermosos o más divertidos o más tristes y, claramente, mejor escritos. Por supuesto, es la aproximación que se puede hacer de una traducción al español; en más de una ocasión me pregunté si la traductora había sido fiel al original. Para contestar esto, me he propuesto conseguir una edición francesa y leerla, aunque creo que no será en el corto plazo.

Me llamó mucho la atención la construcción de la novela, que intercala los relatos de dos mujeres. Una ya mayor, la señora Michel; y otra que es una niña, Paloma. Cuando empieza la novela parecen estar en tierras lejanas la una de la otra. La señora Michel es portera de un edificio de lujo y Paloma es la hija de los propietarios de uno de los caros departamentos; lo que plantea, por una parte, una nueva historia sobre las relaciones entre “los de arriba y los de abajo”. Paloma ha decidido quemar el departamento de sus padres –un lujoso departamento parisino, hay que agregar- y suicidarse. La señora Michel, en cambio, no ve ni de cerca la muerte. Los dos relatos se irán entrecruzando, contestando incógnitas, hasta que –bien avanzada la novela- los dos personajes finalmente expliciten la existencia de la otra. La llegada de un nuevo propietario, el japonés señor Ozu, llevará a que la señora Michel mencione a Paloma y que Paloma hable de la señora Michel. Ese será el punto de no retorno, en que las dos mujeres se alejarán de su situación inicial, generando un perfecto equilibrio entre el comienzo y el final de la novela. Me gustó esa especie de sincronía entre las vidas de las dos mujeres, cómo en la narración se va mostrando la conexión de ellas, sus pensamientos, las ideas que tienen sobre la vida y sobre los personajes que pululan por el edificio. La primera en hablar de ello es Paloma, quien ante el comentario del señor Ozu de que la portera del edificio “no es lo que todo el mundo piensa”, dice: “Ya hace tiempo que yo también sospecho lo mismo. A simple vista, es una portera como cualquier otra. Pero si se la observa con más atención… pues bien, entonces… hay algo que no cuadra” (157). Un buen número de páginas más adelante, la señora Michel, quien ha invitado a la niña a tomar un té en la portería, dice: “Observo que probablemente he subestimado con creces a Paloma y que habrá que profundizar un poco en ese tema […]” (300).

Portada francesa: L'elegance du herisson

Portada francesa: L’élégance du hérisson

Paloma explica el título de la novela al hablar de la señora Michel como el erizo. Pero creo que ambos personajes tienen algo de erizo: esas púas que se ven terribles, pero que no son más que la coraza de una criatura maravillosa. Es una suerte que los editores no hayan cambiado el título del libro al traducirlo. Lo que no me gustó fue la portada de la edición de Seix Barral; aunque muestra a una niña que podría ser Paloma, porque usa anteojos (lo que es una característica demasiado trivial), me hace pensar más en una niña pendiente de la semana de la moda de París que de captar los movimientos más sutiles y perfectos del mundo. Curiosa, busqué la portada de alguna edición francesa y descubrí camelias, una flor capaz de cambiar una vida, que da cuenta no solo de un elemento mencionado en varias oportunidades en la novela, sino que además es un recordatorio de saber mirar la camelia o, como dice Paloma, buscar “los siempres en los jamases”.

La elegancia del erizo es una historia atractiva y un relato bien armado, que logra yuxtaponer las voces de dos mujeres en distintos lugares de existencia; pero también es una narración que busca la belleza o, más bien, que busca descubrir la belleza: en la vida cotidiana, en los libros, las películas, en la formación de ciertas oraciones, de las cuales me quedó prendida la siguiente: “Los montes de Kyoto tienen el color del flan de azuki” (254-255). Adoro que los libros motiven a que una tome otro libro, un diccionario o simplemente se meta a Wikipedia a averiguar ese algo que llamó la atención por razones difíciles de explicitar. Lo que sí puedo decir es que casi saboreo ese flan hecho a base de porotos del más lindo color rojo, que lleva a su vez a imaginar cómo pueden ser los montes de un lugar tan alejado de Chile.

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