Gabriel García Márquez: recordatorio personal

Con El general en su laberinto en las manos

Con El general en su laberinto en las manos

Desde la muerte de Gabriel García Márquez a los 87 años el pasado Jueves Santo, pensé mucho en si escribir algo o no. Primero leí bastante, no sus obras, sino lo que habían escrito sobre él, en general muchas excusas de si se sienten o no hijos literarios, si le deben o no respeto, vacilaciones de si su obra vuelve o no a tener valor al ser releída, si lo estropearon o no sus imitaciones defectuosas. Incluso leí críticas en contra de los que simplemente habían decidido rendirle un homenaje. Es extraño ese afán de excusarse, como cuando se dice que tal o cual canción en un placer culpable, ¿acaso no puede ser solo placer? En ese sentido, creo que fueron más pertinentes las continuas citas que hubo de sus textos en Twitter y Facebook, al menos me parecieron más reales y no tan preocupados por ubicarse en un cierto lugar distante que me deja perpleja. Eso en cuanto a lo que se publicó en el país; por el contrario disfruté mucho del texto de Gabriela Cabezón Cámara en la Revista Ñ, titulado, muy acertadamente: “Murió Gabriel García Márquez. Latinoamérica pierde al más popular de sus autores”. Allí Gabriela se refiere, por ejemplo, a la “belleza simple” de Cien años de soledad, queriendo decir por simple que no era una obra de vanguardia estilística; e inserta una cita de dicho libro reconociendo que párrafos como ese nos depararon “felicidad”, así, llanamente.

Yo no diría que soy hija literaria de García Márquez, pero ¿qué tiene que ver eso con la calidad de sus obras y el goce de sus páginas? Repasando sus títulos, me di cuenta de que había leído varios de ellos, más de los que recordaba. Partí con Crónica de una muerte anunciada. Lo recordaba el mismo jueves en mi cuenta de Twitter. Mi amiga Maribel había amado ese libro y me lo prestó. Estábamos en el colegio, en séptimo básico tal vez, aunque creo que estábamos en vacaciones. ¡Qué deleite! A la larga Maribel terminó ligada a las matemáticas y yo a la literatura, aunque la génesis no estuvo en ese préstamo o en esa lectura específicamente, pero es parte sí de mi historia literaria.

En la universidad leí bastante de su trabajo periodístico, lo que hasta el día de hoy me parece casi un contrasentido. ¿Por qué nos hacían leer a garcía Márquez si en la práctica buscaban que escribiéramos una pirámide invertida seca y conservadora? Lo mismo con las entrevistas de Oriana  Fallaci o los textos del Nuevo Periodismo estadounidense. Eran parte de nuestras lecturas obligatorias, pero no podíamos intentar escribir como ellos. Qué extraño este mundo periodístico en el que solía habitar y qué extraño que no se pretendiera aceptar un legado claro de crónica periodística que García Márquez había iniciado.

Hace mucho que no releía a García Márquez, pero sí logro recordar (revivir) el disfrute de su prosa y de sus historias. Por ejemplo, todavía siento ese placer cuando leo “Es miércoles, pero siento como si fuera domingo porque no he ido a la escuela y me han puesto este vestido de pana verde que me aprieta en alguna parte” (La hojarasca). O qué tal: “El día en que lo iban a matar, su madre creyó que él se había equivocado de fecha cuando lo vio vestido de blanco. ‘Le recordé que era lunes’, me dijo. Pero él le explicó que se había vestido de pontifical por si tenía ocasión de besarle el anillo al obispo. Ella no dio ninguna muestra de interés” (Crónica de una muerte anunciada). Qué hay con los días de la semana, me pregunto ahora. Tengo en mis manos El general en su laberinto y no sé qué elegir o pienso en El coronel no tiene quien le escriba y pienso en ese gran final que varios recordaron en los últimos días. Una obra mucho más gruesa que solo Cien años de soledad, y lo digo sin desmerecer ese libro gigantesco y exuberante, todo lo contrario; Cien años de soledad es en sí mismo un libro excelente y extraordinario, más allá y más acá del realismo mágico.

Pensaba terminar con unas palabras acerca de que no quería escribir un tratado sobre la obra de Gabo, sino un recordatorio bastante personal, pero eso me suena a excusa.

Nota: Ahora tengo un nuevo final. Después de escribir esta entrada, me dio gusto encontrarme con lo que publicó el escritor peruano Fernando Iwasaki en el “Artes y Letras”. Por un lado me sentí erguida en un mismo espacio, al constatar que él traía consigo sus recuerdos del colegio y la universidad. Por otro lado, es incontestable al referirse al valor literario de García Márquez, de forma sincera, directa y, diría incluso, afectuosa.

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