Comida y memoria

zanahorias_01El viernes en la tarde asistí a un coloquio doctoral, en el que participó el Presidente de Conicyt José Miguel Aguilera. Hablando de cómo desde la ingeniería química derivó a los alimentos, el profesor contó que –cuando acababa de salir de la universidad- lo había impresionado la noticia de que se había extraído la proteína de los alimentos, con lo cual se esperaba llevarla a África y terminar de una vez por todas con el hambre de la región. Pero esto no resultó. Aguilera dijo entonces: “La gente no come nutrición, come tradición, come cosas ricas”.

El coloquio fue de la mano con algunos poemas mapuche, que leyó la profesora de Literatura Magda Sepúlveda. Uno era de Jaime Huenún, en el que la inclusión de comidas y bebidas, también daba cuenta de tradiciones, de formas de vida, de herencia, de identidad y de memoria. Preservar una comida es también preservar la historia de un pueblo, o de una familia, o la historia personal.

Cuando yo tenía seis o siete años, pasamos una temporada de vacaciones en una zona de chacras en el sur de Chile. Y muchos de mis recuerdos están relacionados con las comidas. Por ejemplo, recuerdo el sabor dulce de las cebollas, que no he vuelto a probar. Adoré esos días. El mejor recuerdo que tengo fue una tarde en que íbamos caminando entre los árboles y junto a nosotros corría un arroyo; su agua era totalmente cristalina. Al cruzar por una especie de puente, descubrimos que el agua estaba llena de zanahorias: las más tiernas, hermosas y anaranjadas zanahorias que haya probado alguna vez. Nos sacamos los zapatos y nos metimos al agua a sacar zanahorias. Las sacábamos y las comíamos ahí mismo: eran deliciosas. Estaba tan absorta en esa pesca milagrosa, que ni siquiera me di cuenta que al sacar las zanahorias mojaba mi reloj, era un reloj Casio que me encantaba.

Siempre vuelvo a ese recuerdo: me hace pensar en mi infancia, en unos días increíbles de felicidad, de pollitos –y gallinas celosas-, de días calurosos, de primos corriendo, y de sabores perdidos. Y, sí, comer es más que alimentarse sanamente: es fiesta y diversión; familia y cariño; preparar la mesa y sentarse juntos a compartir; o festejar un momento inesperado de zanahorias en un arroyo.

Aprendiendo de los cuentos

La portada del libro The teacher from the Black Lagoon.

La portada del libro The teacher from the Black Lagoon.

Mi hijo Tony comenzó a ir al jardín infantil la semana pasada. No sabía bien cómo iba a resultar, después de todo él había pasado tres años en casa. Ahora, con la experiencia de algunos días transcurridos, la experiencia está siendo muy buena. Paralelamente a sus días en el jardín, un hermoso lugar con amplio jardín y animales como ovejas y gallinas, en casa hemos iniciado algunas tareas para complementar su aprendizaje del jardín, como que coma frutas sin que se las haga papilla primero.

Una cosa que hicimos fue hablar de las profesoras, ya que Tony ni siquiera conocía la palabra. Y para que no tuviera miedo, eché mano a un cuento, un libro divertido y con lindas ilustraciones, que mi marido Antonio y yo compramos años atrás, creo que Tony ni siquiera nacía todavía, era un niño creciendo dentro mío.  El libro se llama The teacher from the Black Lagoon, de una colección de Scholastic realizada por Mike Thaler (historia) y Jared Lee (dibujos).

En el libro, un niño se apresta a comenzar su primer día de escuela, y se pregunta quién será su profesora, enfrentándose a la posibilidad de que sea la señora Green, la que se supone es un verdadero monstruo. El niño deja volar su imaginación, a medida que la temible profesora va deshaciéndose uno a uno de los niños del curso, para descubrir finalmente que todo era un sueño, y que la maestra Green es una mujer linda y simpática.

La señora Green.

La señora Green.

Tony no entiende todos los pasajes, pero ama las ilustraciones, a la  monstruosa señora Green con su cola verde y sus narices que echan humo. Le gusta tanto, que descubrió que hay otros libros de la serie Black Lagoon, dirigidos a que los niños aprendan a lidiar con ciertos temas o problemas de la infancia, especialmente cuando comienza la etapa escolar. Así que le voy a encargar por lo pronto dos de esos libros, los que él eligió. Y seguiremos aprendiendo de los libros, y divirtiéndonos con ellos.

Heridas y cicatrices

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson.

Cuando vi que mi mamá había comprado ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? esperé con ansias que lo terminara. Tenía muchas ganas de leerlo, más que nada por referencias críticas que habían aparecido en la prensa. Cuando comencé, no pude parar hasta acabarlo, y después volví a revisarlo para ficharlo. Sé que fue como leer el libro dos veces, pero no quise interrumpir la primera y placentera lectura, cada vez que encontraba una cita que quería preservar. Aunque cuando eso ocurría hacía una nota mental.

¿Por qué ser feliz… es un texto autobiográfico de la escritora inglesa Jeanette Winterson, en el que nos sumerge en sus primeros años al interior de una familia tan quebrada como paradojal, porque si bien esas vivencias en medio de una vida pobre en el norte de Inglaterra (cerca de Manchester) la marcaron de una manera dolorosa, también fueron claves para hacer de Winterson la mujer en la que se convirtió. De hecho, una de las cosas más admirables de este libro es que a pesar de haber sobrevivido a una madre adoptiva muchas veces despiadada, fanática religiosa, pero excelente lectora en voz alta, el trato que le da linda en lo amable o, al menos, trata de comprenderla. Su libro y la vida que construye ahí, los momentos de gloria, como también los momentos más duros y cercanos al suicidio, la fuerza por vivir, salir adelante y tener una visión positiva tanto del pasado como del futuro, son apabullantes. Básicamente por la creencia de la autora en las heridas y las cicatrices, que nunca desaparecen, pero pueden ser reescritas:

Por eso soy escritora; no digo “decidí” ser ni “me convertí en”. No fue un acto voluntario ni siquiera una elección consciente. Para evitar la estrecha red de la historia de la señora Winterson, tenía que ser capaz de contar la mía propia. Parte realidad, parte ficción, eso es la vida. Y siempre es una historia de presentación. Yo escribí mi salida (14).

Los primeros capítulos nos hablan de sus años formadores, desde la herida abierta por haber sido dada en adopción (“Los niños adoptados estás descolocados”, 32) hasta su adolescencia y  su pronta partida de la casa porque su madre no podía soportar que ella fuera lesbiana. Es allí donde entra a escena el título del libro; su madre adoptiva le dice “¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”, dejando en claro que nunca podrían conciliar sus formas de ver la vida. La segunda parte, en que se produce un salto de 25 años que la autora –ella misma lo indica- no está lista para enfrentar en un escrito, muestra la búsqueda de su madre biológica, transparentando un sistema burocrático y frío, además de sus propios miedos ante la posibilidad de que la su madre la hubiera abandonado porque nunca la quiso: “¿Por qué se deshicieron de mí? Tenía que haber sido culpa de él porque yo no podía aceptar que fuera cosa de ella, tenía que creer que mi madre me quería. Eso era arriesgado. Eso podía ser una ilusión. Si me habían querido, ¿por qué ya no me querían seis semanas más tarde?” (212).

Cruzando todas estas experiencias, Winterson habla de su pasión por las letras, cómo la poesía la ayudó a pasar los momentos más difíciles, y cómo escribir era la única salida que ella encontró a una vida más bien miserable. De paso, da cuenta de la dura vida del norte de Inglaterra, del machismo, pero también de una generación obrera que podía citar a Shakespeare. Habla además de un perverso sistema anti mujeres en la universidad: “Oxford no era un pacto de silencio en lo que a las mujeres se refiere; era un pacto de ignorancia” (155). Y, sin embargo, había una creencia universitaria tan fuerte por el conocimiento, que ella y sus compañeras, podían aprovechar ese espacio. Nuevamente Winterson me sorprende reconociendo espacios allí donde pareciera no haberlos. A lo largo del texto es muy crítica con muchas cosas, especialmente con la Inglaterra capitalista que de mano de Margaret Thatcher desarmó un estado que creía que las personas venían primero; pero no lo hace desde un púlpito ni dando sermones, sino todo desde su experiencia, con soltura y fluidez (“No me daba cuentas de las consecuencias de privatizar la sociedad”, 154, dice luego de enumerar aquellos desastres y es imposible no pensar en Chile al mismo tiempo). Creo que hay una valentía en la manera de exponer su vida a través de las letras, con toda la ficción que aquello signifique, porque yo también creo en eso de que “toda narración de un yo es una forma de ficcionalidad” (Pozuelo Yvancos). En este caso, es una prosa conmovedora, que me hacía tiritar y emocionarme, y –aunque nuestras experiencias parecen tan distintas- sentirme identificada, con sus sentimientos, con su forma de escritura, con su amor por las letras.

¿Hay una escritura femenina o de mujeres? Qué difícil es plantear esta pregunta, porque muchas mujeres están en contra de esto, porque puede ser usado en nuestra contra, es decir, para poner a las mujeres en un segundo nivel, sin pasar nunca a ese círculo de hombres escritores que serían mejores, porque escriben “neutro”, como si eso fuera posible. Más bien, nos han acostumbrado a pensar que lo masculino es neutro, cuando simplemente es masculino. Ese fue el tema en mi tesis de Magíster, yo creo que sí existe una escritura que en realidad llamé “escritura de mujer feminizada” (gracias a Nelly Richard, entre otras autoras). No voy a profundizar mucho acerca de mi propuesta, pero ciertamente –desde mi perspectiva- la de Winterson lo es ese tipo de escritura: posicionada, tomando conciencia de su pasado y construyendo su presente desde ahí, y con todo su cuerpo, tanto así que esa herida devenida cicatriz está presente hasta la última página: “Toda mi vida he trabajado desde la herida. Curarla significaría poner fin a una identidad, la identidad definidora. Pero la herida curada no es la herida desaparecida; siempre habrá una cicatriz. Siempre se me podrá reconocer por mi cicatriz” (238).

Fiebre de submarinos

Tony jugando, el cosy y el submarino de trapo.

Tony jugando, el cosy y el submarino de trapo.

Originalmente tenía preparado subir este post el viernes en la tarde. Había optado por una nota cotidiana para cerrar la semana y saludar el fin de semana. Sin embargo, mi esposo cayó repentinamente enfermo y preparar el collage de esta nota quedó en segundo (o incluso más atrás) lugar. Ahora que se siente mejor, puedo retomar.

Mi hijo Tony es un absoluto fanático del Submarino Amarillo de los Beatles, le gusta la canción –así que le regalamos el disco en Navidad-, la película y el objeto en sí mismo. Cuando se baña de tina tiene un submarino que es amarillo y a cuerda, aunque no es precisamente el de los Beatles, con el que juega.

Y cuando yo terminé de hacer un cosy*, insistió en que quería sacar el apliqué de tela que había hecho con el perfil del submarino. Así que se me ocurrió hacerle uno de trapo. Nada difícil, dos pedazos de tela iguales, cosidos entre sí y rellenos con algodón siliconado. Excepto por el tamaño, como yo no quería un nuevo juguete de grandes dimensiones desordenando por todos lados del departamento, lo hice bastante pequeño. Pero coser en puntadas tan pequeñas y dar vuelta la tela con esos intrincados diseños de tubos, fue una tarea ardua.

Sin embargo, Tony quedó feliz, aunque ahora quiere otro de color azul con estrellas, que es el patrón del apliqué del cosy. Con un poco de suerte se le olvidará, ¿cierto?

* Solo como nota, un cosy permite mantener la tetera con el té caliente. ¡Me gustan!

Rimas

El poema "Osito, osito" junto al teddy bear de Tony.

El poema «Osito, osito» junto al teddy bear de Tony.

Ayer leía un artículo sobre Paul Auster y Siri Hustvedt, en el que Auster hablaba sobre sus primeras escrituras. Escribía poesía hasta que se dio cuenta –su idea, aunque parafraseada por mí- que la poesía imponía límites, por lo cual llegado cierto punto se seguía escribiendo lo mismo. Fue entonces que decidió dedicarse en forma exclusiva a la prosa. Por supuesto, después de eso –y a la larga – se convirtió en un escritor exitoso.

Para comenzar debo admitir que no soy lectora de Auster, menos de su poesía, ni tampoco soy detractora. Claramente cada uno elige el género, formato, modo en que desea escribir. Pero sí me sorprendió lo que decía, ver a la poesía como limitada, como un conjunto de palabras, imágenes, ideas, formas, que son finitas. Me asombró porque cuando pienso en poesía, imagino todo lo contrario: un universo inagotable. ¿De qué? De todo, de romper esquemas y de volver a escribir versos alejandrinos, de ser cotidiano o metafísico, de escribir de amor o de un día tedioso en la oficina. Por ese aspecto tan inconmensurable, es que en un principio me daba temor dedicarme al estudio de la poesía, y prefería dejarla para el placer de su lectura y de su declamación, porque hay que ver que es verdad eso de que el verso se completa cuando sale de la boca.

Hablando de esa cualidad oral de la poesía, anoche logré que Tony trajera pocos libros para la lectura usual antes de dormir. Claro que uno de ellos era 365 cuentos y rimas para niños, y si bien no leímos los 365, sí leímos un cuento sobre conejos y varios poemas pequeños. Tony le llama a ese libro “Osito, osito”, debido a que su texto favorito es un hermoso poema para irse a dormir. Y aunque él no recuerda los versos, sí recuerda su musicalidad, y recita osito, osito, inventando palabras, pero recordando el ritmo de cada verso. Así, los versos –las palabras- siempre cambian. La poesía no tiene nada de finito ni es limitante. Sí me parece que se le han achacado prejuicios, que es inalcanzable, que no cualquiera puede entenderla, que no cualquiera puede escribirla, apartándola de la vida cotidiana, cuando nace de ella. Al respecto me gusta –y me representa- lo que la escritora inglesa Jeanette Winterson dice en su texto autobiográfico:

[C]uando la gente dice que la poesía es un lujo, o una opción, o para las clases medias cultas, o que no se debería leer en el colegio porque es irrelevante, o cualquiera de esas extrañas tonterías que se dicen sobre la poesía y el lugar que ocupa en nuestras vidas, sospecho que a la gente que las dice le ha ido bastante bien. Una vida dura necesita un lenguaje duro, y eso es la poesía. Eso es lo que nos ofrece la literatura: un idioma suficientemente poderoso para contar cómo son las cosas.

No es un lugar donde esconderse. Es un lugar donde encontrar (49).

 

Bordados

bordado00La semana pasada volví a trabajar después de unas cortas vacaciones que pasamos en casa. Así que volver a la rutina me desconectó un poco de la escritura. Más bien, me concentré en la lectura, devorando (es la palabra indicada) el libro de Jeanette Winterson ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, del cual escribiré próximamente, ojalá esta misma semana.

Mientras tanto, va una nota sobre lo cotidiano. En la crianza de mi hijo Tony, he querido mantener algunas cosas en el lado de lo orgánico, en vez de ser una madre envasada. Por eso, por ejemplo, le hacía su papilla y cosí las sábanas de su cuna. Hace poco nos mudamos de departamento, y decidí confeccionar yo misma los cuadros para su pieza. Terminé uno y estoy dedicada al segundo; ambos combinan costura y bordado. El que pueden ver en las fotos es el que ya está terminado. Opté por escribir su nombre, porque me gusta que ame las palabras y es algo que quiero seguir inculcándole. El osito que aparece lo había bordado también en una de las sábanas que le hice.

El bordado en proceso.

El bordado en proceso.

El que estoy haciendo ahora es con un autobús de dos pisos, de esos que se ven en Londres, le encantan. Mi hermana Miranda estuvo el año pasado en la capital inglesa y le trajo de regalo a Tony un libro en forma de bus llamado My first London bus. Se ha convertido en uno de los favoritos de Tony, así que lo leemos constantemente, en inglés y en español.

Me gusta bordar y a lo largo de mi historia, le he dedicado el tiempo que he podido, a veces con más empeño que otras, por supuesto. Y tratando de unir el bordado con las letras, me puse a pensar en algunos ejemplos. Por supuesto, saltan a la mente los personajes en novelas de Jane Austen, por cuanto el bordado era una de esas actividades que se esperaba de las mujeres. Pero además encontré esta novela gráfica que se llama Bordados, de Marjane Satrapi, la misma autora de Persépolis. No lo he leído, ni siquiera sabía que hubiera sido publicado. Sin embargo, por lo que he revisado, más que tratar sobre el bordado propiamente tal, trata sobre el cotilleo, al mostrar a seis mujeres iraníes que durante las tardes se juntan a tomar el té y contar sus historias. En inglés y en francés, bordar (embroider y broder respectivamente) no solo se utiliza para los adornos cosidos, sino también para el embellecimiento de los relatos, así que supongo que el bordado y la literatura sí están conectados.

¿Receta contra el ninguneo? Simplemente leer

Gabriela Mistral.

Gabriela Mistral.

Haciendo memoria acerca de si leí a Gabriela Mistral en el colegio, me parece que leímos Lagar, completo, a diferencia de otros escritores de quienes revisábamos textos seleccionados. Pero si trato de profundizar en eso, solo recuerdo la experiencia personal y solitaria de la lectura, y no logro dar con alguna clase en que habláramos de Mistral, de su poesía, o de su vida, nada. Sí recuerdo, en cambio, casi como si fuera ayer, largas clases sobre las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, revisando sus tópicos. ¿Habrá habido prueba? ¿Algún trabajo? No logro recordarlo.

Si bien es cierto que Mistral estaba incluida en mis lecturas escolares, siento que era solo una más en la lista. Qué poca dedicación, qué desidia, es lo que se me ocurre pensar. Yo la leí con cierta pasión, me parece. Había adorado cuando muy niña “Dame la mano” (la que además cantaba), “Todas íbamos a ser reinas” y “Piececitos”. Leer Lagar era pasar a otra liga, especialmente estando en la adolescencia.

Hace algunos años escribí una columna para un medio virtual, en que también hablaba de esta incomprensible desidia con respecto a Gabriela Mistral. En todo nivel, incluyendo esa imagen de ella en el antiguo billete de cinco mil pesos, en que se la representaba como una señora dura, en vez de rescatarla como la poeta genial y apasionada que es.

Todos estos pensamientos dan vueltas por mi cabeza debido a que acabo de leer el artículo “Clandestinidades de Gabriela Mistral en Los Ángeles 1946-1948”, de Elizabeth Horan. Es un excelente texto, ágil e informado, que aparece en el libro Chile Urbano: la ciudad en la literatura y el cine, editado por Magda Sepúlveda y publicado recientemente por Cuarto Propio. En el artículo, Horan se refiere a los mil días que Mistral vivió en California, EEUU. Allí le diagnosticaron diabetes, conoció a Doris Dana, comenzó a escribir Poema de Chile. Llegó como cónsul honoraria –es decir, no recibía ni un peso y, sin embargo, tenía que ver cómo mantenerse- y debió partir de allí en plena caza de brujas contra los escritores de izquierda, mientras Chile vivía su propia persecución con la Ley Maldita de González Videla.

Llegó a California con un perfil político, interesada especialmente en el voto femenino -recordemos que en Chile todavía las mujeres no sufragaban-, dictó charlas y escribió artículos al respecto, en medio de los ataques del propio consulado chileno y su cabeza, el cónsul Pradenas, quien, en una nota para el Los Angeles Times a la llegada de Mistral a EEUU, la disminuye, la ningunea, en palabras de Horan. Y eso que hacía apenas un año atrás había recibido el Premio Nobel. Pradenas llega a decir que ella ni siquiera merecía el reconocimiento. La verdad es que me parece una barbaridad, tal como que no se la lea o que en una conversación casual alguien, muy suelto de cuerpo, la rechace sin siquiera haberla leído, no solo sus poemas, sino también sus prosas maravillosas. Mi pasión por la poesía de Mistral, se ha traducido en mi gusto por escribir sobre ella, a partir de ella, y gracias a ella también. De hecho, mi primer artículo publicado -no en una revista, sino en el libro Caminos y Desvíos: lecturas críticas sobre género y escritura en América Latina-, se titulaba “Mujeres ‘próceres’ chilenas: una mirada renovadora a la luz de Mistral y Labarca”, en el que hablaba sobre género, feminismo y mujeres, desde “Menos cóndor y más huemul” -definitivamente uno de mis textos predilectos de Mistral-, y Feminismo contemporáneo de Amanda Labarca. Creo que lo que quiero decir, es que no me agoto de expresar una idea: ¡leed a Mistral!

Querido diario…

querido_diario_01Cuando era niña, y creo que esto era especialmente cierto en Iquique, un regalo obligado en las fiestas de cumpleaños eran los diarios de vida. Los diarios y las cajas de música. Como la casa en que vivíamos en calle Baquedano era grande, se llenaba de amigos expertos en traer esos dos regalos. No recuerdo si los regalaba también cuando yo era la invitada. Cuando nos mudamos a Copiapó, los diarios de vida seguían siendo regalos vigentes, no así las cajas de música. Los tenía de los más diversos motivos, tamaños y algunos de hecho estaban repetidos. Cada entrada la titulaba “Querido Diario”, y la verdad es que escribía cosas más bien banales, cosas que hacía, más que pensamientos o sentimientos. Tampoco eran anécdotas apasionantes: no había aventuras ni jeans mágicos, solo la vida cotidiana. En el paso a la adolescencia tuve un diario que me encantaba, que no tenía llave, sino que era un grueso cuaderno en color pastel, que escribí desde la primera a la última página.

Con el paso de los años, la actividad escritural decayó, aunque siempre me han fascinado los diarios como formato y como objeto, razón por la cual he comprado varios a lo largo de los años. Esto ha incluido diarios de viaje, algunos más completos que otros, en los que sí ha habido aventuras y se han convertido también en una forma de descargarse de los malos ratos que algunos viajes han significado.

querido_diario_02Hace unos años atrás compré un hermoso everyday journal en Harrod’s, y traté de escribir ahí con alguna periodicidad. Lo estuve releyendo la semana pasada, por encima, al encontrarme con pasajes que no quería recordar, pero también con momentos excelentes. El texto se interrumpe en 2008: estaba casándome y en el segundo año de la Licenciatura en Estética, al mismo tiempo que trabajaba. Después todo sería una montaña rusa, con el nacimiento y crianza de Tony, la búsqueda de un hogar, y la maestría en Literatura. Todo ese tiempo intenso y maravilloso no quedó más que en mi memoria, y diría que en cientos de fotos y apuntes de clases.

No encontré por casualidad el diario, sino que lo busqué, ansiosa de volver a descargarme en palabras escritas. Hace una semana comenzamos la operación “quitarle los pañales a Tony” y ha sido intenso, porque él no ve la necesidad de dejar de usar pañales. Agotada, me puse a escribir de nuevo. Luego, dándole vueltas al asunto, me pareció que un blog también es una especie de diario de vida, uno que no busca que sus textos permanezcan en secreto, sino que los lea quien se interese. Debo decir que en la operación ha habido progresos, lo que hace que a los momentos de agraz se agreguen los de miel también. En cuanto al diario objeto, solo el tiempo dirá si pude dedicarme a él como me gustaría. Me propongo revisarlo a fin de año. Entonces veremos si se convierte en post.

Lecturas de infancia

Tony leyendo Cosas que me gustan, de A. Browne

Tony leyendo Cosas que me gustan, de A. Browne

Siempre tuve fascinación por las letras. Cuando pequeña me encantaba un libro de profesiones de personajes de Walt Disney, en particular la página dedicada al escritor, y solía escribir historias chiquitas. Desde entonces, he escrito diarios, notas, reportajes, columnas, entrevistas, artículos académicos, y he ido llenado mi casa de libros. También de chica, -y todas estas historias son de antes de que cumpliera ocho años-, tenía dos libros ilustrados del cuento de la Caperucita Roja que me encantaban. Los dos tenían estilos muy diferentes; en realidad tienen, porque todavía existen y he tratado de introducírselos a Tony, mi hijo de tres años, pero él todavía no siente interés por la niña de la caperuza roja.

Como yo Tony también tiene fascinación por las letras, literalmente ama las letras, se sabe bien el abecedario en español y en inglés y está todo el rato deletreando palabras. De hecho, tiene varios juegos con letras y me robó mis moldes para galletas en forma de letras, porque insiste en que son para jugar y no para comer.

Tony en medio de la colección de libros que llevó para leer antes de dormir.

Tony en medio de la colección de libros que llevó para leer antes de dormir.

Esta combinación de recuerdos y placeres, viene a raíz de algo que sucedió hace unos días atrás. Era tarde y Tony no tenía muchas ganas de subirse a la cama a dormir. En verano hace todo lo posible por prolongar la hora de vigilia. Le dije que fuera a buscar uno de sus libros para que leyéramos en la cama y después podría dormirse más tranquilo. Su grito de ¡sí! debió adelantarme por lo menos parte de lo que vendría. Demoraba mucho en volver de su dormitorio, y yo lo llamaba, apurándolo para que leyéramos el cuento. Vuelve a la pieza no con uno sino con unos seis libros, los deja sobre la cama y vuelve a su dormitorio por más. Terminó trayendo todos los que tenía en el lado izquierdo de la cabecera de su cama, en la que tiene su propia biblioteca instalada. Es una colección que fuimos armando desde que supimos que estaba embarazada y a la que constantemente añadimos nuevos títulos.

Un acercamiento a los libros del relato de este post.

Un acercamiento a los libros del relato de este post.

Tony no solo quería traer los libros y sentarse en la cama con ellos, sino que quería que ¡los leyéramos todos! Transamos en solo algunos, por lo cuales siente mayor predilección: Cosas que me gustan de Anthony Browne (¡le encanta!); Pato está sucio, Perro tiene sed, Gato tiene sueño y Ardilla tiene hambre, de Satoshi Kitamura (los tres primeros los tiene autografiados por el autor); Tento busca su osito de Ricardo Alcántara; A dormir de Liesbet Slegers (de hecho, lo “leyó solo”, se lo sabe de memoria); Little Quak de Lauren Thompson; y un poema cortito para irse a la cama que viene en 365 cuentos y rimas para niños. Él quería seguir leyendo, pero finalmente se acurrucó y se quedó dormido. Mis lecturas ahora son un poco distintas, pero finalmente yo también me quedo dormida rodeada de unos cuantos libros, porque tampoco puedo leer solo uno a la vez.

De libros y comidas

De libros y comidas

Pollo a la mostaza inspirado en el libro de cocina de Jamie Oliver.

Durante la semana no suelo cocinar, solo para Tony, u horneo algo dulce en la tarde (como quequitos o galletas). Los sábados son los días del almuerzo producido, cuyas ideas muchas veces salen de los programas de cocina de los cuales soy una verdadera fanática, en especial Jamie Oliver y Nigella Lawson. Lo que hago es adaptar algo que vi y que recuerdo a grandes rasgos, ya que soy muy mala tomando nota de los programas, siempre me falta algo. De esas adaptaciones salieron unos ricos tacos de pescado que disfrutamos hace algunos meses atrás. El sábado pasado Antonio recibió temprano una llamada de sus padres para ir a revisar cosas suyas que todavía quedaban en su ex pieza. Antes de salir me dice: “¿por qué no sacas el pollo que hay en el congelador para el almuerzo?” Aunque no lo mencioné, no tenía muchas ganas de sacar el pollo, ya que llevábamos algunos fines de semana comiéndolo, en general cocinado con mirin, aunque con distintos acompañamientos, por lo cual estaba un poco aburrida del plato aquel.

A pesar de mi reticencia,  puse el pollo a descongelar en el lavaplatos (nosotros somos del club anti microondas). Y lo que se me ocurrió fue recurrir a un libro que Antonio me regaló el año pasado. No tengo muchos libros de cocina, creo que tengo tres o cuatro, cada uno sobre temas diferentes: comida para niños, puddings, etc. Ah, también tengo un diario de cocina thai con recetas, un excelente regalo de la Embajada de Tailandia en Chile, que recibí en una de sus exquisitas degustaciones de comida tradicional. Estoy planeando ya ponerme manos a la obra con ese diario, aunque no sería mi primera vez cocinando platos tailandeses, algo de experiencia tengo en eso. El que tomé en esta oportunidad es un maravilloso librote de tapa dura de Jaime Oliver que un amigo inglés trajo en su maleta, una alternativa excelente teniendo en cuenta el sobreprecio de sus libros en Chile. No he cocinado mucho con el libro, pero sí me fascina leerlo y revisar las fotografías, que son tentadoras en dos sentidos: porque la comida se ve rica y hermosa, y porque me gustaría aprender a fotografiar alimentos de esa manera. A propósito, el nombre del libro es Jamie’s 30 minute meals.

de_libros_y_comidas_02El asunto es que le di vuelta a las páginas y encontré una receta de pollo con mostaza que, por supuesto, también adapté. Pero fue extremadamente fácil y rápido. Tenías unas supremas de pollo ya descongeladas, a las que añadí romero y mostaza (de sabor fuerte, no me gusta esa suave tan popular aquí) y llevé el pollo al sartén con aceite. Cuando estaban listos, eché arvejitas y dos dientes de ajo picados (gracias a Antonio, mi picador oficial de ajo); la receta original no llevaba arvejas, sino puerro, pero obviamente no tenía en casa; no creo que alguna vez haya comprado puerros siquiera. Dejé que las arvejas y el ajo se cocinaran un poco, y eché vino blanco y crema, de esa que viene en pequeños envases tetra. Lo dejé un rato a fuego lento, siempre revolviendo, y ¡listo! Quedó delicioso. Lo disfrutamos mucho, así que se me ocurrió compartir esta historia de libros y comida.