Lecturas que me conquistaron durante 2013

recuento_2013_columnaEsta columna debería haber sido publicada en el sitio web del Publimetro el último viernes de 2013. Sin embargo, por esas cosas que tienen que ver con internet y periodismo, no vio la luz. Yo siempre me pregunto cuántas veces se puede insistir –sin parecer obsesiva- en que se les ha olvidado publicar la columna. Lo cierto es que a pesar de los recordatorios y de los “no te preocupes”, al final se les olvidó publicarla. Tiene que ver también, supongo, con el fin de año y el hecho de que mi contacto en Publimetro se fue a un nuevo trabajo y el nuevo, bueno, está habituándose, no lo sé. Pero como decidí que no quería seguir recordándolo, pero no quería perderla, aquí va la columna que debería haber aparecido el 27 de diciembre de 2013.

Cuando llega diciembre solemos ver en los medios listados que resumen el año. Muchas de esas listas pretenden mostrarnos “lo mejor” del año. No sé si eso es factible. Leyendo un libro a la semana para esta columna, todavía deja como lecturas pendientes muchas de las publicaciones que aparecieron este año. Pero sí pensé en que ya que hoy es el último viernes de 2013, podía recordar algunas de las lecturas que más satisfacciones me dejaron, ya bien porque se trataban de libros muy bien escritos o porque sus temáticas era interesantes. Lo importante de leer es disfrutar y no tanto leer siempre “el mejor” libro; a veces textos que parecen más bien simples también pueden darnos momentos inolvidables.

Leñador de Mike Wilson fue todo un descubrimiento este año. Por un lado, es un texto que no trata de acomodarse a nada. Ni en su formato, teniendo en cuenta su nutrido número de páginas, ni en su temática. No es común encontrarnos en el ambiente de los leñadores en el Yukón, de hecho, a priori eso parecería llevarnos a una historia del pasado, cuando el libro es todo o contrario; además de entregar delicadas visiones acerca de cuanto nos rodea.

Los libros de Mistral, y este año hubo varios: desde Poema de Chile a Caminando se siembra, pasando por Motivos de San Francisco. Cada poema o prosa nueva que aparece, como también cada viaje a leer esos textos supuestamente ya conocidos, es una experiencia completa: la belleza de las imágenes, su lucidez. Somos muchos los que pensamos que Mistral no es suficientemente leída y apreciada, porque es una escritora excepcional. Por eso es buena la cantidad y variedad de textos a través de los cuales podemos llegar a ella.

Los textos de crónicas me conquistaron también este año. A mano alzada de Germán Carrasco y Pequeña Biblioteca Nocturna de Óscar Hahn son dos imperdibles. Inteligentes, divertidos, muy bien escritos, abren nuestras mentes, además, a nuevos temas y autores. Son una invitación a seguir leyendo más allá de ellos.

En cuanto a novelas, por supuesto, estuvo Fuerzas Especiales de Diamela Eltit, un relato intenso y que nos ponía sin tapujos de cara a lo que es nuestro país hoy. En el otro espectro, los delicados relatos de Charles-Ferdinand Ramuz en Voces de la montaña con toda la distancia espacial y temporal con que fueron escritos, nos muestra que la literatura se mantiene viva dentro de sus páginas, esperando a que un lector la actualice con su lectura.

Finalmente, quiero mencionar a dos mujeres. Primero los hermosos cuentos de Alice Munro, quien este año ganó el Premio Nobel de Literatura. Mi vida querida, su último texto, fue publicado este año en español. La creación de personajes, el manejo de las historias, la aproximación que logra de lo cotidiano, muestran su maestría en el cuento. La otra mujer no publicó este año, sino que nos abandonó. Doris Lessing murió el 17 de noviembre pasado, pero dejó un extenso legado textual: cuentos, novelas, textos autobiográficos, solo hay que decidirse a abrir uno de ellos y lanzarse a la lectura.

Y ya que con el comienzo de un nuevo año, se suelen pedir deseos o hacer compromisos, tan solo puedo desear que haya muchas y muy buenas lecturas para todos.

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American Visa, enredos del yo

American Visa, de Marcelo Rioseco

American Visa, de Marcelo Rioseco

La primera parte de American Visa de Marcelo Rioseco engaña un poco. Tiene que ver con el protagonista, Marcelo, a quien todos llaman Marce, y que en primera persona nos relata lo feliz que es con su gringa Kimberly con quien partirá a Estados Unidos a hacer un posgrado. Marcelo es un sujeto que tiene las cosas claras, a veces tan claras que llega a ser insufrible de verborrea y declaraciones clichés. Digo que el libro engaña, porque Marce irá despojándose de clichés y seguridad a lo largo del libro, que es también un viaje, un viaje por Estados Unidos, pero también un periplo para despojarse de frases hechas, estereotipos y convencimientos, de lecciones aprendidas viendo televisión, en vez de dejarse llevar por la experiencia..

A la larga, lo que parece un texto centrado en un tipo que sueña con estudiar en un país que en realidad aborrece, se convierte en un libro divertido y con algunas críticas al sistema académico. Asimismo lo que parece un libro formal y establecido, se convierte en una narración que se burla de sí misma, que no se toma en serio. De hecho, no podemos estar seguros ni del propio narrador, porque cada vez que aparece su yo iremos descubriendo que a veces se trata de él y otras de su amigo Simón, quien no solo corrige la ortografía del texto, sino que ha tratado de apropiárselo; incluso la novia estadounidense de Simón mete su mano por ahí, dejándonos un texto en que el yo no solo es claramente una ficción –a pesar de que intentemos unir al Marcelo narrador con el Marcelo escritor-, sino un juego.

Así nos encontramos con ejemplos como el siguiente: “Amanda quería que pusiéramos [en el libro] un polvo de ella con Simón o, mejor aún, una escena lésbica entre ella y Jennifer. Decía que si la hacíamos medio porno iba a vender más. ¿Vender a quién? Simón no descartó la posibilidad, porque él siempre fue medio inclinado a los gustos perversos. Nota a pie de página: esta frase la escribió él mismo para hacerse el poeta y ganar publicidad” (219).

Paralelamente a los juegos narrativos, nos encontramos con una historia de desamor, otra de encuentro consigo mismo, y la sorpresa de un personaje muy secundario que aterriza en la vida del protagonista remeciéndola hasta la liberación: del yo, de Estados Unidos, de las formas y las expectativas. Reconozco que en más de una oportunidad he dejado de lado un libro cuando sus primeras páginas me han sido insatisfactorias –o de plano imposibles de leer-, pero en este caso, hay que darle una oportunidad, porque ese Marce que se las sabe todas y da discursos que uno no le ha pedido, no es más que parte del personaje, y no un problema de la narración.

Rioseco, Marcelo. American Visa. Santiago: Random House Mondadori, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Los sentidos de Noticias sobre ti misma, de Fátima Sime

Noticias sobre ti misma, de Fátima Sime.

Noticias sobre ti misma, de Fátima Sime.

Noticias sobre ti misma es un libro de cuentos de corte erótico. ¿No pareciera que este año la escritura erótica ha estado presente, muy presente? Personalmente, no he leído los libros más mencionados durante el año, así que difícilmente vincularé mi lectura de Noticias con esos aciertos de ventas. Pero de todas maneras la idea de lo erótico en la literatura me da ciertas vueltas en la cabeza. En particular, porque este libro de Fátima Sime no siempre me pareció erótico y, de hecho, el cuento más derechamente sexual, fue el más desilusionante, tanto en técnica como en cuanto a su historia.

Afortunadamente el relato en cuestión, “La carne es débil”, se encontraba bien avanzado el libro. En general, los cuentos de Noticias son atractivos, entretenidos, algunos con un buen uso del suspenso y también del humor. En pocas páginas, la autora no pareciera buscar soluciones rápidas ni dar finales concretos y cerrados, sino más bien exponer sensibilidades, no situaciones, sino sensaciones de personajes que se encuentran de alguna manera atrapados, asustados, insatisfechos. Más que textos eróticos, me parecen textos sobre lo sensorial, a veces transformado en sensualidad y otras en odio, rechazo, lástima, culpa.

Los cuentos están casi en su totalidad protagonizados por mujeres, pero ninguna de ellas está plena, todas revelan algún tipo de carencia que suplen a través de la piel, ya sea vistiendo un vestido de seda para hacer el aseo de una casa, o disfrutando del aliento de un hombre en las piernas. Desde el punto de vista mujeril, me hubiera gustado ver por lo menos alguna mujer más independiente, más fuerte, y no castigada siempre castigada por el abandono, por cuanto hace invalidante la figura de la mujer. Especialmente cuando pienso en el último cuento del volumen, “Nadie sabe cómo sueñan los perros”, que es sin duda el mejor del libro y en el que la única mujer es un recuerdo, porque ella ha sido la que ha abandonado. El relato narra una tarde de caza de un padre, su hijo y el perro enfermo, teniendo en cuenta esas características que antes mencionaba: la sensibilidad, la sensación del contacto de la piel, sin ninguna incidencia de lo erótico.

Sé que partí hablando del cuento que yo hubiera dejado fuera del libro, pero me parece que esto no invalida unos textos interesantes y atractivos de leer. Qué difícil escribir un cuento, una idea completa en pocas páginas. Los cuentos de Fátima Sime no solo están bien logrados, además se distinguen uno del otro, los protagonistas, las historias, los ambientes son variados, y en eso muestran originalidad y habilidad en la narración.

Sime, Fátima. Noticias sobre ti misma. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Hasta ya no ir y otros textos: mujeres alejadas del mar

Hasta ya no ir y otros textos, de Beatriz García-Huidobro.

Hasta ya no ir y otros textos, de Beatriz García-Huidobro.

Me parece que la situación de las mujeres en Chile no es algo de lo que se hable realmente. Incluso los femicidios parecen ser minimizados. A algunos les basta con decir que Chile ya no es un país machista, pero es cosa de darle vuelta a nuestros hablares y actuaciones cotidianas para ver qué no es así. Lo mismo sucede cuando revisamos ciertas obras literarias. Leí Hasta ya no ir y otros textos de Beatriz García-Huidobro y queda una sensación muy amarga. Se trata de cuatro relatos, encabezados por el ya conocido “Hasta ya no ir” publicado originalmente en 1996. En estos cuatro textos las figuras protagónicas son mujeres, y jóvenes, la mayor parte niñas, rodeadas de mujeres mayores, cuyas vidas claramente no son plenas. Cada respiro, cada intento de escapar, de salir del encierro –literal y cultural, por cierto-, acaba en alguna clase de castigo: vejaciones, muertes o automutilaciones. En el mejor de los casos, simplemente alejarse, sin expectativas ni finales felices.

Las historias de García-Huidobro no son panfletarias, pero sí dan cuenta del lado amargo de ser mujer: sus mujeres están rotas. En “Fatiga de material” la madre se va descomponiendo producto de un tumor cerebral. En su locura, la madre ansía el mar, las olas. “Necesito irme de vuelta al mar” es todo lo que desea esta mujer que mientras todavía se ve hermosa –aunque no entienda nada de lo que sucede en su entorno- es violada cada noche por su marido. Al final, una se pregunta si lo que la descompuso es el tumor, o si no es más que una metáfora. La figura está en el mar: los cuatro relatos apelan al mar. “Me gusta, quiero conocer el mar” (19), dice la niña del primer relato, pero nunca se cumple. En “Marea”, la niña sueña con bañarse en el mar, pero su abuela se lo prohíbe. La madre enferma se debe contentar con ver el mar en un video, e incluso en el último texto, “Jardín japonés”, la cocina “tiene olor a mar. A peces y algas, a agua estancada y a la sal” (148). El mar, libre en su movimiento, ondulante, a veces calmo, y otras veces intenso y rompiente en grandes olas sobre la arena, no es alcanzado. Más bien estas mujeres son mares contenidos por los molos de abrigo.

Hasta ya no ir y otros textos se instala en la intimidad de estas niñas y mujeres, dando cuenta de episodios terribles, pero sin caer en melodramas. Por el contrario, a veces la prosa pareciera alejarse. Pero tiene sentido, porque son las mismas protagonistas las que cuentan sus historias: la única manera de hacerlo, parece ser distanciarse un poco. En ese proceso, parecieran mayores, experimentadas, o tal vez, agotadas.

García-Huidobro, Beatriz. Hasta ya no ir y otros textos. Santiago: Lom Ediciones, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

A mano alzada: crónicas desde lo íntimo

A_mano_alzada_G_CarrascoMe atrae la idea de algo hecho a mano alzada. Por un lado me recuerda las clases de artes plásticas, cuando a una se le permitía un lazo espontáneo, libre, realizado sin reglas ni instrumentos que delimitaran. Por eso lo de mano alzada me hace pensar en lo manuscrito, en algo libre y sin restricciones, en una escritura que es personal y que no se quiere dejar coartar por reglas externas.

Pienso en eso cuando leo la recopilación de crónicas del poeta Germán Carrasco: A mano alzada. Creo que escapar a los límites tiene algo que ver con su postura estética, al menos en lo que a poesía se refiere, por algo reniega de métricas restrictivas. Lo dice y lo repite en sus crónicas, pero he aquí un ejemplo: “¿Los que hacen rima y métrica como si estuvieran en el siglo de oro y publican libros pueden ser considerados poetas? Yo creo que no” (152). Por supuesto, en esa cita hay una postura y una crítica. Esa posición de la cual Carrasco escribe es esencial. No se puede escribir una crónica desde la ambigüedad o desde un no-lugar, por el contrario, su atractivo es que se escriba desde un lugar propio, personal, íntimo, que tenga honestidad, que las posturas, ideas, gustos, del autor se deslicen a través de las palabras, las historias, los recuerdos, las experiencias.

En sus columnas, Carrasco no elude sus experiencias, en muchos casos, surgen desde ellas, de un viaje a la Universidad de Brown o de haber escuchado una conversación cotidiana de unos carabineros fuera de su horario de trabajo. Tampoco elude sus lecturas, ¡lo opuesto! Están allí Gabriela Mistral (en un hermoso texto sobre Tala) y John Ashbery  en forma constante. E incluso, ciertas citas o ideas, vuelven a presentarse como aquella de dónde entierran los nómadas a sus muertos, expresada a partir de Julio Ramos. Es más que interesante, es atractivo, también excitante, leer sus palabras sobre el feminismo, o sobre este Chile al que él considera un Estado policial.

Anoté algunas citas: “Revertir el uso de ciertas palabras es la función de la poesía” (222) y también “las letras son celosas” (239). La primera la recuerdo porque estas crónicas están llenas de poesía, a veces se trata de prosas que parecen poesía y, otras, sus planteamientos sobre poesía, escritos no con guantes quirúrgicos, sino bien posicionado. La segunda, porque es verdad. Las letras exigen tiempo, concentración, placer, volcarse en ellas, no solo cuando se escribe, sino también cuando se lee. En el caso de estas crónicas, las fui leyendo seguidas y en pocos días; pero tengo la idea de otro enfoque: volver a leerlas, una crónica cada día, pausadas y disfrutadas de esa manera.

Carrasco, Germán. A mano alzada. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

La verdad de la señorita Harriet: narradores manipuladores

La verdad de la señorita Harriet, de Jane Harris

La verdad de la señorita Harriet, de Jane Harris

La verdad de la señorita Harriet es un libro que se construye en base a apariencias, aunque eso es algo de lo cual una se va enterando con la lectura. Al principio, no se ve por qué no creer a pies juntilla lo que estamos leyendo. Harriet, una mujer de ochenta años, viviendo en el Londres de los años 30, se ve en la necesidad de relatar hechos ocurridos hace más de cuarenta años. Nos dice, porque ella no solo es personaje, sino también narradora: quiere hablar sobre Ned Gillespie, un pintor a quien conoció en 1888 y por qué este Ned decidió quemar todas sus obras antes de morir.

De esta manera Harriet salta a Glasgow en 1888, una tarde en la que salvó la vida de una señora que se estaba atragantando con su propia dentadura postiza. La señora en cuestión es la madre de Ned, y se convierte en la puerta de entrada de la independiente Harriet a la familia Gillespie, formada por el pintor, su esposa, sus dos hijas y dos hermanos. Hay que imaginarse a Harriet en su treintena en los últimos años del siglo XIX, soltera, poseedora de su propia, aunque moderada, fortuna que le permite hacer su vida como quiera. La autora, Jane Harris, no busca que Harriet se describa a sí misma directamente, por el contrario, es una narradora hábil que se describe desde la visión que le dan los demás. Casi sin querer una se va encariñando con esta mujer con sus propios medios y que ha sido acogida con cariño por la familia Gillespie. Poco a poco, sin embargo, su relato comienza a verse interrumpido por comentarios acerca de un suceso terrible que acabaría con la armonía y la tranquilidad, y como el relato de Harriet comienza a mostrar que una de las hijas de Ned se comporta de manera extraña, muchas veces violenta, una tiende a pensar que ella algo tiene que ver con ese destino terrible que se nos anuncia de tanto en tanto.

Los relatos de 1888, que son más largos y detallados, son intercalados por páginas más breves en que la Harriet anciana comenta las memorias del pasado y construye una segunda historia de suspenso, que tiene que ver con la señora que ha llegado a ayudarla a su departamento londinense.

En estas columnas no suelo contar tanto sobre la historia del libro, y, sin embargo, es poco lo que he relatado. La verdad de la señorita Harriet es un texto extenso –tiene sobre 600 páginas- y muy entretenido, ágil de leer y bien construido. Los recuerdos de Harriet están contados con tanto detalle y chispa que una se involucra con la historia, siente ternura por una Harriet solitaria, y se preocupa por esta familia a la que trata de ayudar. El suspenso está bien manejado, y cada vez que una piensa que sabe lo que va a pasar, la historia nos muestra otra cosa.

Recuerdo cuando en el colegio leí un libro de Agatha Christie, en que el narrador –un personaje atractivo, simpático, inteligente- terminaba siendo quien menos una se esperaba, qué impotencia sentirse engañada por ese personaje, y por el autor también, ¿no? En el caso de Harris, ha logrado crear una narradora que nos involucra en su historia, nos hace tan cómplices de su versión de las cosas, que al final uno termina siendo manipulado.

Este no es un clásico texto de crímenes y justicia, aunque hay muertes, juicios, culpabilidades, etc., en que un narrador externo no dice exactamente qué sucedió. Lo importante no es resolver el misterio, como en una novela policial convencional, sino la construcción de una historia atrayente y bien escrita, que me hizo leer 350 de sus páginas en una sola tarde. Es uno de esos libros que atrapan, que no se quieren soltar, porque, de todas maneras, tenía las ansias de conocer qué había pasado realmente en 1888, qué va a pasar en 1933 (la actualidad desde la cual habla la Harriet anciana), y quién es realmente esta señorita Harriet.

Harris, Jane. La verdad de la señorita Harriet. Argentina: Lumen, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

 

Por haber visto: versos que gritan

Por haber visto, de Alberto Kurapel.

Por haber visto, de Alberto Kurapel.

Los libros hablan, no me cabe duda. Algunos susurran, pero lo que dicen es poderoso; otros puede que hablen de frivolidades, pero bien escritos y nos hacen reír. Y por supuesto, están los libros que gritan, cuya prosa o verso pareciera desgarrarse de lo intenso que es el grito. Por haber visto es uno de esos textos. Alberto Kurapel es un hombre dedicado al arte, desde el teatro hasta la escritura, pero también es un poeta que tiene algo muy claro que decir, con una visión política, que habla de desencanto, de una pérdida de la esperanza, pero desde la rabia, no se conforma con el estado de las cosas, como cuando dice en el poema “Atavíos”: “para que no tardemos / más de cien vidas / en limpiarnos la sangre / y dejar de escuchar los alaridos / de los definitivamente olvidados” (43).

No todo es rabia en este poemario, pero sí hay una sensibilidad que se siente en carne propia, los gritos remecen y las lágrimas conmueven. El hablante se pregunta acerca de su propia voz, de su escritura, y de la escritura colectiva, aquella que formamos todos: ¿podemos hacer comunidad desde un sentimiento solidario en vez de quebrarla desde el consumo? En “Agenda” dice: “las manos que escriben / florecen / cuando logran repartir / mis sueños” (49). Entonces, tal vez, no todo está perdido, la esperanza siempre persiste. La voz misma se conmueve ante su escritura, como lo muestra el poema “Abierto de 10 a 22 horas”: “La taza de café en la pequeña mesa / los sobres de azúcar rubia / tiemblan / cuando escribo / sobre la servilleta / la palabra patria” (70). Que escriba en una servilleta nos habla de sencillez y de cotidianeidad: la patria, la comunidad, no se hace desde arriba o promulgando leyes, sino en cada acto cotidiano que realizamos todos.

Kurapel, Alberto. Por haber visto. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2012.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

El descubrimiento de la pintura: descubriendo el relato

El descubrimiento de la pintura, de Jorge Edwards.

El descubrimiento de la pintura, de Jorge Edwards.

El descubrimiento de la pintura es un libro breve, apenas sobre las 150 páginas, de ágil y entretenida lectura. No puedo evitar que Persona non grata, el primer libro que leí de Jorge Edwards, venga a mi mente, porque es justamente lo contrario. Me parece que hay un estigma en esa primera lectura, tal vez porque lo leí asociado a un curso de actualidad periodística y no de literatura, y tal vez porque acababa de leer El jardín de al lado, uno de mis favoritos de José Donoso. No sabía bien qué esperar de El descubrimiento… cuando lo tomé en mis manos, pero creo que esas es una de las mejores formas de acercarse a una lectura: no esperar nada en concreto y sorprenderse con lo encontrado.

En este caso, se trata de un texto que juega con la idea de lo biográfico. El narrador –que bien podría ser el propio Edwards- nos relata la historia de Jorge Rengifo Mira, Rengifonfo, un primo de su madre, que trabajaba con cerraduras en la semana y el fin de semana desplegaba su alma melómana y, además, se dedicaba a pintar. Partía en micro a los extramuros de Santiago, que, en aquella época, era La Reina, y pintaba, pero sin descubrir todavía la pintura. Así como aquellos que quieren dedicarse a escribir, pero sin haber leído a otros autores, Rengifonfo cree en pintar sin haber contemplado antes la pintura. El relato que hace el narrador es, sin dudas, entretenido, honesto, incluso cariñoso con este familiar al que todos prefieren ningunear, porque es torpe, porque se cree pintor, porque circulan rumores sobre él. El narrador que construye Edwards es un tanto inseguro. Cuando quiere relatar algo, lo cuenta y lo repite, como tratando de justificarse –él y sus opiniones- diciendo las mismas cosas de una y otra manera; o bien añadiendo más y más detalles: “Ya que hablamos de omnisciencia, puedo afirmar que supe de Jorge Rengifo Mira desde tiempos inmemoriales, desde mi infancia más remota, e incluso desde antes de nacer, por raro que esto pueda parecerles” (19). Jugará también con esa idea de omnisciencia, a veces tratando de adivinar lo que Rengifonfo habría pensado o de lleno imaginando situaciones completas.

Se justifica lo anterior, porque, aunque se trata de la historia de Rengifonfo y el descubrimiento que hace de la pintura –porque, sí, la descubre, y diciendo eso no se mata la lectura del libro-, lo que atrae es la construcción verbal que hace el narrador, y cómo él se vincula a esa historia tal vez por cariño o incluso por una cierta admiración a este primo lejano: son los recuerdos del narrador –con toda su imaginación volcada sobre ellos- y no una historia fría y tratada desde la distancia. Tal vez lo más atractivo del libro sea cómo, de hecho, se rompe la distancia y se presenta un texto cercano, escrito por alguien cercano, a uno y a Rengifonfo.

Edwards, Jorge. El descubrimiento de la pintura. Santiago: Lumen, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Leñador, apagando las voces

Leñador, de Mike Wilson

Leñador, de Mike Wilson

No todos los libros se leen de la misma manera, sino que tienen distintos… ritmos de lectura, así lo llamaría. Recuerdo que tardé mucho tiempo en leer la última parte de Expiación de Ian McEwan, porque, intuyendo que las cosas no podrían salir bien, no quería llegar a esa parte del libro en que todo queda escrito y ya no hay esperanzas de que el autor hubiera ideado otro final. De la misma forma, hay libros que devoro en una tarde, que no puedo soltar hasta que he llegado a la última página.

Leñador de Mike Wilson, en tanto, es un libro compañero, es decir, que acompaña durante muchas tardes o noches, porque no busca apurar, sino disfrutar de una lectura sin prisas. Creo que tiene que ver con el ritmo del protagonista, ese personaje que ha abandonado su antiguo hogar en el sur de América del Sur, y ha encontrado un lugar en donde comenzar de nuevo en el Yukón, convertido en leñador.

La novela está configurada a través de dos discursos que se intercalan. Primero la voz personal del protagonista, que en pocos párrafos cada vez va deslizando muy poca información concreta sobre sí mismo, aunque sí va desnudando el deseo de lograr una calma que no podía alcanzar en su tierra natal. Tal vez tiene que ver con ese hecho que conocemos desde las primeras líneas: “Combatí en una guerra, hace décadas en un archipiélago, y combatí en el cuadrilátero, hace años en las noches de la ciudad. Fracasé en las islas y en el ring” (11). Lo abandona todo y termina conviviendo con los leñadores en una vida que es dura y de la cual no sabe nada, por lo cual es necesario aprender. Y ese aprendizaje es el otro discurso, que se nos va entregando en un formato similar a las entradas de un diccionario enciclopédico. Por ejemplo, la primera entrada es “Hacha”, en que el protagonista en varias páginas habla de cómo es confeccionada, sus partes, su uso y mantenimiento. De hecho, son estas entradas las más extendidas, mientras que el relato personal es breve y cuidado. Lo interesante es que esas entradas no son una escritura enciclopédica fría, sino que en ellas también se deslizan historias y puntos de vista del leñador, que nos enseñan no solo lo que es un  hacha, una conserva o la muerte en el Yukón, sino que también nos acercan a una forma de vida lejana, quitándole la cubierta estereotipada.

Pero también esta estructura nos habla del protagonista, porque esa no es solo su forma de aprender, sino también de lograr la calma, de volver a respirar sin angustia. Pienso en dos citas al respecto. La primera es “Los hombres del campamento no son de preguntarse cosas. Ellos viven, no piensan en vivir” (95). La siguientes es un pasaje en que el protagonista relata cómo observaba a unas hormigas rojas subir por la corteza negra de un pino: “Me detuve ahí, mis ojos escalaban con las hormigas […] Sentí envidia” (60-1). Las hormigas, los hombres que viven, nos hablan del fluir, dejar que las cosas sigan su curso, que fluyan de forma natural, en vez de detenerlas a la fuerza en el pensamiento. Volverá sobre esa idea varias páginas después: “La nieve, cuando cae flotando, me calma. La lluvia, las llamas de una fogata, una fila de hormigas, el viento y el golpe seco y rítmico de un hacha” (197). Él no puede incluirla, pero también se apagan las voces inquietas de la cabeza y se logra calma con la lectura de su relato, el enciclopédico y el personal, porque, en realidad, todo es personal en esta búsqueda de paz. Por eso, además, es un libro compañero.

Wilson, Mike. Leñador. Santiago: Orjikh Editores, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Descubriendo autores: Charles-Ferdinand Ramuz

Voces de la montaña, de Charles-Ferdinand Ramuz

Voces de la montaña, de Charles-Ferdinand Ramuz

Hay algo hermoso con respecto a leer, y es que una puede tener sus escritores favoritos y también un corpus de autores que se reconocen fácilmente, aunque no sean de cabecera; pero siempre habrá nuevos nombres y títulos que aparecen y que nos conquistan o, por lo menos, nos abren otro nuevo mundo de lecturas, y eso, en realidad, no es menor.

Una fuente de procedencia de nuevas lecturas es mi papá. Está siempre buscando en las librerías y cuando ve un texto que le resulta atractivo por alguna razón, lo compra. Es un activo comprador y lector de libros. A mí también me gusta ir descubriendo lecturas y suelo explorar cuando se acerca un cumpleaños.

El nuevo nombre que estoy leyendo ahora es Charles-Ferdinand Ramuz (1878-1947), un escritor suizo, quien, a pesar de la urbanidad de su vida –vivió en Lausana y en París-, en sus textos prefería conectarse con el mundo no industrializado del campo y la montaña. Leí la primera historia del libro Voces de la montaña, traducido por Iván Salinas en una edición reciente de Chancacazo. Como objeto es atractivo, una pequeña edición, pero bien  cuidada, en que el uso tipográfico es un placer para ojos cansados por la miopía.

El cuento se titula “Los sirvientes” y tiene que ver no con empleados, sino con los pequeños duendecillos que se dice habitan en zonas más agrestes y a cambio de un poco de comida o abrigo, realizan ciertos favores a los dueños de casa. El tema me era familiar, ya que en el norte de Chile, de donde soy, especialmente en el interior, siempre se habla de estos sirvientes. Sin embargo, les tenía mucho temor, ya que si no son correspondidos, pasan de ser maldadosos a malvados. De más está decir que con esos recuerdos de infancia, temía llegar a la última página del cuento, especialmente porque su protagonista Chabloz está buscando todo el rato pleito con estos duendecillos, a pesar de las advertencias. La mirada de Ramuz, en todo caso, es más ingenua o bondadosa, lo agreste es más sabio finalmente.

Estas son algunas primeras aproximaciones al libro que estoy leyendo para mi columna de libros en Publimetro. Aprovecho de contarles que hoy apareció mi reseña de Disparen a la bandada, una texto entre personal, histórico y biográfico sobre los integrantes constitucionalistas de la Fuerza Aérea de Chile, Fach, que fueron detenidos, torturados y llevados a consejos de guerra fraudulentos después del golpe de Estado de 1973. Es un libro poderoso, muy duro y a ratos hermoso por la forma en que el autor, Fernando Villagrán, lleva el relato y se involucra en él.