Vacaciones de invierno

La ilustración de El cristal con que se mira, coloreada por Tony

La ilustración de El cristal con que se mira, coloreada por Tony

El viernes, por primera vez en su vida, mi hijo Tony salió de vacaciones de invierno. Yo he tratado de explicarle qué significa, ya que temo que después de tantos días de quedarse en casa, piense que no es necesario volver al jardín infantil. Supongo que solo me queda esperar y ver, y tratar de que estas dos semanas que tenemos por delante nuestra rutina diaria no se desbande… demasiado.

Se me ocurrió escribir mi más reciente columna de libros en Publimetro, con un par de recomendaciones de textos (clic aquí para leer la reseña). La primera fue una recomendación literaria, un hermoso y breve texto de María Baranda (Marte y las princesas voladoras), publicado por Fondo de Cultura Económica. El día que ese libro llegó a casa, Tony estaba emocionado. La verdad es que siempre lo emociona abrir los paquetes con libros, aunque no tengan ilustraciones.

Además del libro de Baranda, venía El cristal con que se mira de Alicia Molina. En realidad fue este último libro el que más le gustó. Lo revisó y al descubrir las ilustraciones en blanco y negro, decidió que había que pintarlas. Fue corriendo a buscar su estuche con lápices pastel –que solía ser MI estuche con lápices pastel-, buscó un dibujo y lo pintó. Me dio mucho gusto, porque él suele esquivar ese tipo de actividades, se molesta porque traspasa las líneas o porque el círculo que quiere hacer no es perfecto. Así que verlo tomar los lápices y colorear con tanto agrado fue un placer para todos.

Reseñé el libro de Baranda, pero todavía no me he concentrado en el de Alicia Molina, ya que he estado repasando otras lecturas, tanto para la columna como para el doctorado. Las horas del día suelen hacerse escasas para todo lo que debo y quiero leer. A esto debo agregar los ratos de lectura con Tony. Anoche decidió que leyéramos algunos de sus favoritos: Cómo atrapar una estrella, Perdido y encontrado, My first London Bus. Yo solo quería que leyéramos algunas poesías de una recopilación preciosa titulada Mice are nice, con versos de Christina Rossetti y A. A. Milne, entre otros. No es poco trabajo, ya que debo traducirlos para él, y ciertamente no es sencillo traducir poesía; los leemos de todas maneras en inglés, porque no hay como el ritmo que se va tejiendo entre verso y verso.

Tony va al jardín infantil en una linda parcela en pleno cerro, por lo cual hace bastante ejercicio. Esperemos que las idas a la plaza ayuden a compensarlo. ¡Felices vacaciones!

Librerías vs farmacias

que_leoHasta marzo de este año, trabaja a tres cuadras de la librería Qué Leo de Providencia. Nada mejor que pasar después del trabajo a buscar un libro que me interesaba o aprovechar los días de libros sin IVA. Después de leer que quieren poner otra nueva farmacia en vez de la librería, nos muestra cuáles son las prioridades de nuestra sociedad. Lo pensé cuando cerraron la radio Horizonte para convertirla en el bodrio actual; cerrar una radio que es exitosa para convertirla en lo que es hoy en día, muestra que el mercado nunca es neutro, es ideológico; no solo se trata de ganar más, sino de hacerlo neutralizando lo diferente.

Lo mismo sucede ahora con el deseo de reemplazar un negocio que vende libros y que paga arriendo, por un negocio que podría dar más dinero a los dueños del local, pero que difícilmente nosotros necesitamos, ¿acaso no hay ya una farmacia en cada cuadra? En cambio librerías, no. Y las librerías no solo venden libros, también son centros de intercambio de ideas, de relaciones personales, son lugares en que uno sabe que está hablando en un mismo idioma, que el que te atiende quiere a los libros como tú los quieres.

Lo más triste es que yo estaba esperando hablar de la apertura de la Qué Leo de Ñuñoa, muy cerca de mi casa y debajo del salón de té Délice –al que voy desde el primer día que abrieron-, y en cambio, se convirtió en una nota sobre el eventual cierre de la otra Qué Leo.

Los libros no terminan

El libro abierto es, de hecho, Leñador.

El libro abierto es, de hecho, Leñador.

El viernes pasado apareció en la revista digital 60 Watts (dedicada a la literatura), una reseña que escribí sobre el libro de Mike Wilson Leñador (¡pueden leer la reseña aquí!). No era la primera vez que escribía sobre esta novela publicada por un profesor del departamento de Literatura UC; también la había reseñado para Publimetro, en mi columna habitual de los viernes (o de los lunes cuando se les pasa subirla).

Aunque ambas reseñas tienen algunos puntos en común, como cuando me refiero a la estructura del libro –después de todo eso es algo que no cambia-, las centré en aspectos distintos e incluí citas diferentes también. Creo que lo fascinante de la lectura es que los libros nunca terminan y las lecturas que hagamos de ellos se van transformando, expandiendo: siempre hay algo nuevo o diferente que decir, algo que quedó en el tintero. Además en el caso de las reseñas, como crítica literaria pienso también en los distintos lectores: un público amplio en Publimetro, que seguramente ingresa al sitio web por sus aspectos noticiosos y descubre que hay una columna de libros; y uno específico en 60 Watts que busca específicamente leer sobre literatura.

Personalmente también es un desafío hacer más de un escrito sobre un mismo libro, porque me implica revisar mis apuntes, ir de nuevo sobre las citas marcadas, y descubrir tal vez una nueva mirada, un detalle que antes había pasado por alto. Como ven, no es solo un desafío, también es un placer.

Lluvias de mayo

Santiago bajo la lluvia.

Santiago bajo la lluvia.

Lluvias de finales de mayo debería decir. Este lunes, después de que mi esposo Antonio fue a dejar a Tony al jardín infantil, allí tan cerca de la cordillera, fuimos a desayunar al Café Mediterráneo: té, huevos revueltos, tostadas y una media luna tibia, todo perfecto. Comenzaba a llover cuando salimos del café. Tuvimos un intermedio en el Campus Oriente, donde pasé a devolver un libro que hacía semanas renovaba por internet. Y pasado el mediodía fuimos a buscar a Tony atravesando calles llenas de agua, algunas como ríos, y apenas llovía desde hacía un par de horas.

Tony y yo nos quedamos el resto del día en casa, mientras afuera la lluvia no dejaba de caer. Es hermosa la lluvia, hermosa y necesaria. Recuerdo una lluvia muy fuerte en Plymouth, una ciudad del sur de Inglaterra, hace más de diez años. Iba a pasar solo un par de días allí, así que salí a recorrer a pesar de la fuerte lluvia, y de que era invierno. Volví al B&B con un fuerte dolor de cabeza, pero el recorrido fue inolvidable y el cielo después de la lluvia, todo un espectáculo azul intenso. Me mojé mucho también en Gales recorriendo unos castillos con unos amigos colombianos en esa misma época.

Pero hay que reconocer que una lluvia tupida que cae sobre la cabeza puede ser agotadora. Como en el cuento “The long rain” o “La lluvia”, de Ray Bradbury. Aparece en El hombre ilustrado y muestra a un grupo de hombres que tratan de escapar de la agotadora lluvia que nunca deja de caer sobre el planeta Venus. Es tan fuerte e intensa que los hombres enloquecen tratando de encontrar un refugio.

A veces la lluvia enloquece, es cosa de ver cómo se pone el tráfico de Santiago durante estos días. Me hace pensar en el poema “Volvió el diluvio” de Delia Domínguez: volvió “cada uno en lo suyo, trepando”.

Entrevista con Elizabeth Subercaseaux

entrevista_subercaseauxHace unas semanas atrás escribí sobre transcribir. Pasar en limpio una conversación grabada es una tarea dura, y que puede llegar a ser muy tediosa. Además deja en evidencia, porque te puedes dar cuenta de que preguntaste algo tonto o, peor aún, que ¡olvidaste preguntar algo! Estuve con Elizabeth Subercaseaux más de una hora en su departamento de Providencia. Al comienzo conversamos sobre su libro, fueron unas tres o cuatro preguntas que, finalmente, no incluí en el texto porque contaban cosas sobre su novela Clínica Jardín del Este, que era mejor guardar para mí y así no arruinar la sorpresa de los futuros lectores del libro.

Fue una conversación encantadora, disfruté mucho hablando con ella, escuchándola. Y el resultado de eso apareció esta semana en la revista Mujeres del diario Publimetro. La revista apareció en papel, pero también se puede revisar online (hagan clic ¡aquí!).

Transcribir puede ser un trabajo latero, pero el resultado, esa entrevista publicada y disfrutada, es un gozo. Además he recibido muy buenos comentarios que me han dejado muy emocionada. Espero que la lean y la disfruten.

Otoño

otono01Estas últimas semanas, hemos tenido algunas actividades relativas al otoño. Yo ya había estado enseñándole a Tony las estaciones con un libro que muestra cómo cambia nuestro entorno con el paso de las estaciones. Semanas después, Tony me anunció con tono ceremonioso, muy serio, y pidiendo que lo mirara: “Mamá, se acabó el verano”. Lo volvió a repetir días después, estaba vez anunciando muy seguro que estábamos en otoño; incluso cantó una canción sobre las hojas de los árboles que caen al suelo, y que no he logrado que vuelva a entonar.

En el jardín al que va celebraron el otoño con una fiesta y como estaba tan animado con la idea, trajimos la celebración a casa, haciendo una corona con hojas caídas y rafia y colgándola de la puerta de entrada de nuestro departamento.

Tony luego de su celebración otoñal.

Tony luego de su celebración otoñal.

Me gusta el otoño, las hojas amarillentas y cómo cubren el suelo. ¿Acaso hay algo mejor que sentir el crujir de las hojas bajo los pies cuando una va caminando? ¿O ver cómo las hojas caen como lluvia cuando las arrebata de los árboles una ráfaga fuerte e inesperada?

Antes de que Tony estuviera con nosotros, compramos un libro que se llama Windy Day, con poemas y cuentos referidos al viento. Uno muy sencillo y breve, de Paul Walker, titulado “Leaves”, dice lo siguiente:

The leaves fall
Like big pennies,
And the sidewalk catches them.

Conejos de Pascua, conejos de cuentos

La portada de Pedro el conejo en inglés.

La portada de Pedro el conejo en inglés.

Ayer fue la primera Pascua de mi hijo Tony con conciencia. Por supuesto que cada visita al supermercado lo había alertado, ya que llenan de dulces especiales el pasillo de entrada, una tentación gigantesca para un niño que ama los chocolates. El sábado dejamos un plato con zanahorias para el conejito, y el domingo le contó muy satisfecho a todo quien quiso escucharlo que el conejo se había comido TODAS las zanahorias. La búsqueda en casa fue divertida, con Tony corriendo en pijamas y con unas orejas de conejo en la cabeza. Mi marido y yo habíamos decorado huevos la noche anterior para esconder dentro sus tesoros de chocolate. Cuando era niña, en Iquique, mi madre decoraba los más hermosos huevos con rostros humanos y cabello de algodón. Cuando cierro los ojos los veo nítidamente, me encantaban. Yo hice una carita, pero creo que no es mi fuerte, así que el resto de los huevos fue más bien diseño gráfico.

Después de almuerzo tuvimos una nueva búsqueda en la casa de mi mamá, y Tony estaba exultante y emocionado con la búsqueda, con encontrar los huevos y ayudar a todos los miembros de la casa en sus propias búsquedas. Fue genial.

Pensando en el conejo, fue inevitable derivar a uno de mis cuentos favoritos de cuando era niña: Pedro, el conejo. Tenía una edición de páginas duras con fotos de muñecos, hermosa, en que mostraba las aventuras de Pedro, aunque, sin las palabras de Beatrix Potter. A ella, la autora, en realidad la conocí más tarde, cuando se es niña eso del escritor o escritora detrás de los libros es una idea demasiado etérea. La primera vez que estuve en Inglaterra, recién salida de la universidad, encontré un libro enorme con las obras completas de Potter, pero tuve que abstenerme, ya que costaba ¡40 libras! Pero siempre extraño no tener ese libro. Beatrix Potter es increíble, con sus historias de animales de campo personificados, sus tiernas aventuras en huertos, y unas ilustraciones delicadas. Yo no puedo olvidar el pasaje en que Pedro, con frío y perdido, trata de pedirle ayuda a una ratona, que no logra indicarle dónde está la salida, porque tiene una arveja en la boca que le impide hablar. Y el pobre y travieso Pedro solo quiere volver a casa con mamá. Siempre me preguntaba por qué la ratona no se sacaba simplemente la arveja de la boca. Son cuentos hermosos y divertidos, y nada como recordar unos conejitos picarones en días de Pascua.

Entre lecturas

Los textos en proceso y atrás el sofá para la lectura.

Los textos en proceso y atrás el sofá para la lectura.

De vez en cuando veo que en internet aparecen clasificaciones de los lectores con respecto a cómo leemos: ¿un solo libro a la vez?, ¿varios?, etc. Yo he estado observando la forma en que leo. Durante el verano traté de concentrarme en un libro a la vez, ya que había pasado los últimos años leyendo muchas cosas a la vez, ya fuera para la universidad como intereses exclusivamente personales y de los cuales no solía escribir nada. Con artículos y tesis que escribir y un hijo que prefiere que leamos sus libros, yo suelo leer en el metro; no son muchas las estaciones, pero leo rápido.

Así había ido avanzando muy rápido con La muerte llega a Pemberley hasta que la dejé en pausa mientras leía ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, el cual leí concentradísima. Después di vueltas por una serie de textos que más bien picoteé hasta que volví a La muerte…, que terminé hace un par de días.

Ahora he vuelto a mis costumbres, leyendo Feo de Armando Uribe, En el reino de Timaukel de Nicolo Gligo y el breve texto de Auerbach “Filología de la literatura universal”. Todo a la vez, en distintos momentos del día para satisfacer distintas necesidades. Y el panorama es que seguiré sumando textos, porque mis anotaciones van creciendo. La verdad, es que me gusta así, siempre con libros que leer.

Comida y memoria

zanahorias_01El viernes en la tarde asistí a un coloquio doctoral, en el que participó el Presidente de Conicyt José Miguel Aguilera. Hablando de cómo desde la ingeniería química derivó a los alimentos, el profesor contó que –cuando acababa de salir de la universidad- lo había impresionado la noticia de que se había extraído la proteína de los alimentos, con lo cual se esperaba llevarla a África y terminar de una vez por todas con el hambre de la región. Pero esto no resultó. Aguilera dijo entonces: “La gente no come nutrición, come tradición, come cosas ricas”.

El coloquio fue de la mano con algunos poemas mapuche, que leyó la profesora de Literatura Magda Sepúlveda. Uno era de Jaime Huenún, en el que la inclusión de comidas y bebidas, también daba cuenta de tradiciones, de formas de vida, de herencia, de identidad y de memoria. Preservar una comida es también preservar la historia de un pueblo, o de una familia, o la historia personal.

Cuando yo tenía seis o siete años, pasamos una temporada de vacaciones en una zona de chacras en el sur de Chile. Y muchos de mis recuerdos están relacionados con las comidas. Por ejemplo, recuerdo el sabor dulce de las cebollas, que no he vuelto a probar. Adoré esos días. El mejor recuerdo que tengo fue una tarde en que íbamos caminando entre los árboles y junto a nosotros corría un arroyo; su agua era totalmente cristalina. Al cruzar por una especie de puente, descubrimos que el agua estaba llena de zanahorias: las más tiernas, hermosas y anaranjadas zanahorias que haya probado alguna vez. Nos sacamos los zapatos y nos metimos al agua a sacar zanahorias. Las sacábamos y las comíamos ahí mismo: eran deliciosas. Estaba tan absorta en esa pesca milagrosa, que ni siquiera me di cuenta que al sacar las zanahorias mojaba mi reloj, era un reloj Casio que me encantaba.

Siempre vuelvo a ese recuerdo: me hace pensar en mi infancia, en unos días increíbles de felicidad, de pollitos –y gallinas celosas-, de días calurosos, de primos corriendo, y de sabores perdidos. Y, sí, comer es más que alimentarse sanamente: es fiesta y diversión; familia y cariño; preparar la mesa y sentarse juntos a compartir; o festejar un momento inesperado de zanahorias en un arroyo.

Aprendiendo de los cuentos

La portada del libro The teacher from the Black Lagoon.

La portada del libro The teacher from the Black Lagoon.

Mi hijo Tony comenzó a ir al jardín infantil la semana pasada. No sabía bien cómo iba a resultar, después de todo él había pasado tres años en casa. Ahora, con la experiencia de algunos días transcurridos, la experiencia está siendo muy buena. Paralelamente a sus días en el jardín, un hermoso lugar con amplio jardín y animales como ovejas y gallinas, en casa hemos iniciado algunas tareas para complementar su aprendizaje del jardín, como que coma frutas sin que se las haga papilla primero.

Una cosa que hicimos fue hablar de las profesoras, ya que Tony ni siquiera conocía la palabra. Y para que no tuviera miedo, eché mano a un cuento, un libro divertido y con lindas ilustraciones, que mi marido Antonio y yo compramos años atrás, creo que Tony ni siquiera nacía todavía, era un niño creciendo dentro mío.  El libro se llama The teacher from the Black Lagoon, de una colección de Scholastic realizada por Mike Thaler (historia) y Jared Lee (dibujos).

En el libro, un niño se apresta a comenzar su primer día de escuela, y se pregunta quién será su profesora, enfrentándose a la posibilidad de que sea la señora Green, la que se supone es un verdadero monstruo. El niño deja volar su imaginación, a medida que la temible profesora va deshaciéndose uno a uno de los niños del curso, para descubrir finalmente que todo era un sueño, y que la maestra Green es una mujer linda y simpática.

La señora Green.

La señora Green.

Tony no entiende todos los pasajes, pero ama las ilustraciones, a la  monstruosa señora Green con su cola verde y sus narices que echan humo. Le gusta tanto, que descubrió que hay otros libros de la serie Black Lagoon, dirigidos a que los niños aprendan a lidiar con ciertos temas o problemas de la infancia, especialmente cuando comienza la etapa escolar. Así que le voy a encargar por lo pronto dos de esos libros, los que él eligió. Y seguiremos aprendiendo de los libros, y divirtiéndonos con ellos.