Heridas y cicatrices

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson.

Cuando vi que mi mamá había comprado ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? esperé con ansias que lo terminara. Tenía muchas ganas de leerlo, más que nada por referencias críticas que habían aparecido en la prensa. Cuando comencé, no pude parar hasta acabarlo, y después volví a revisarlo para ficharlo. Sé que fue como leer el libro dos veces, pero no quise interrumpir la primera y placentera lectura, cada vez que encontraba una cita que quería preservar. Aunque cuando eso ocurría hacía una nota mental.

¿Por qué ser feliz… es un texto autobiográfico de la escritora inglesa Jeanette Winterson, en el que nos sumerge en sus primeros años al interior de una familia tan quebrada como paradojal, porque si bien esas vivencias en medio de una vida pobre en el norte de Inglaterra (cerca de Manchester) la marcaron de una manera dolorosa, también fueron claves para hacer de Winterson la mujer en la que se convirtió. De hecho, una de las cosas más admirables de este libro es que a pesar de haber sobrevivido a una madre adoptiva muchas veces despiadada, fanática religiosa, pero excelente lectora en voz alta, el trato que le da linda en lo amable o, al menos, trata de comprenderla. Su libro y la vida que construye ahí, los momentos de gloria, como también los momentos más duros y cercanos al suicidio, la fuerza por vivir, salir adelante y tener una visión positiva tanto del pasado como del futuro, son apabullantes. Básicamente por la creencia de la autora en las heridas y las cicatrices, que nunca desaparecen, pero pueden ser reescritas:

Por eso soy escritora; no digo “decidí” ser ni “me convertí en”. No fue un acto voluntario ni siquiera una elección consciente. Para evitar la estrecha red de la historia de la señora Winterson, tenía que ser capaz de contar la mía propia. Parte realidad, parte ficción, eso es la vida. Y siempre es una historia de presentación. Yo escribí mi salida (14).

Los primeros capítulos nos hablan de sus años formadores, desde la herida abierta por haber sido dada en adopción (“Los niños adoptados estás descolocados”, 32) hasta su adolescencia y  su pronta partida de la casa porque su madre no podía soportar que ella fuera lesbiana. Es allí donde entra a escena el título del libro; su madre adoptiva le dice “¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”, dejando en claro que nunca podrían conciliar sus formas de ver la vida. La segunda parte, en que se produce un salto de 25 años que la autora –ella misma lo indica- no está lista para enfrentar en un escrito, muestra la búsqueda de su madre biológica, transparentando un sistema burocrático y frío, además de sus propios miedos ante la posibilidad de que la su madre la hubiera abandonado porque nunca la quiso: “¿Por qué se deshicieron de mí? Tenía que haber sido culpa de él porque yo no podía aceptar que fuera cosa de ella, tenía que creer que mi madre me quería. Eso era arriesgado. Eso podía ser una ilusión. Si me habían querido, ¿por qué ya no me querían seis semanas más tarde?” (212).

Cruzando todas estas experiencias, Winterson habla de su pasión por las letras, cómo la poesía la ayudó a pasar los momentos más difíciles, y cómo escribir era la única salida que ella encontró a una vida más bien miserable. De paso, da cuenta de la dura vida del norte de Inglaterra, del machismo, pero también de una generación obrera que podía citar a Shakespeare. Habla además de un perverso sistema anti mujeres en la universidad: “Oxford no era un pacto de silencio en lo que a las mujeres se refiere; era un pacto de ignorancia” (155). Y, sin embargo, había una creencia universitaria tan fuerte por el conocimiento, que ella y sus compañeras, podían aprovechar ese espacio. Nuevamente Winterson me sorprende reconociendo espacios allí donde pareciera no haberlos. A lo largo del texto es muy crítica con muchas cosas, especialmente con la Inglaterra capitalista que de mano de Margaret Thatcher desarmó un estado que creía que las personas venían primero; pero no lo hace desde un púlpito ni dando sermones, sino todo desde su experiencia, con soltura y fluidez (“No me daba cuentas de las consecuencias de privatizar la sociedad”, 154, dice luego de enumerar aquellos desastres y es imposible no pensar en Chile al mismo tiempo). Creo que hay una valentía en la manera de exponer su vida a través de las letras, con toda la ficción que aquello signifique, porque yo también creo en eso de que “toda narración de un yo es una forma de ficcionalidad” (Pozuelo Yvancos). En este caso, es una prosa conmovedora, que me hacía tiritar y emocionarme, y –aunque nuestras experiencias parecen tan distintas- sentirme identificada, con sus sentimientos, con su forma de escritura, con su amor por las letras.

¿Hay una escritura femenina o de mujeres? Qué difícil es plantear esta pregunta, porque muchas mujeres están en contra de esto, porque puede ser usado en nuestra contra, es decir, para poner a las mujeres en un segundo nivel, sin pasar nunca a ese círculo de hombres escritores que serían mejores, porque escriben “neutro”, como si eso fuera posible. Más bien, nos han acostumbrado a pensar que lo masculino es neutro, cuando simplemente es masculino. Ese fue el tema en mi tesis de Magíster, yo creo que sí existe una escritura que en realidad llamé “escritura de mujer feminizada” (gracias a Nelly Richard, entre otras autoras). No voy a profundizar mucho acerca de mi propuesta, pero ciertamente –desde mi perspectiva- la de Winterson lo es ese tipo de escritura: posicionada, tomando conciencia de su pasado y construyendo su presente desde ahí, y con todo su cuerpo, tanto así que esa herida devenida cicatriz está presente hasta la última página: “Toda mi vida he trabajado desde la herida. Curarla significaría poner fin a una identidad, la identidad definidora. Pero la herida curada no es la herida desaparecida; siempre habrá una cicatriz. Siempre se me podrá reconocer por mi cicatriz” (238).

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Rimas

El poema "Osito, osito" junto al teddy bear de Tony.

El poema “Osito, osito” junto al teddy bear de Tony.

Ayer leía un artículo sobre Paul Auster y Siri Hustvedt, en el que Auster hablaba sobre sus primeras escrituras. Escribía poesía hasta que se dio cuenta –su idea, aunque parafraseada por mí- que la poesía imponía límites, por lo cual llegado cierto punto se seguía escribiendo lo mismo. Fue entonces que decidió dedicarse en forma exclusiva a la prosa. Por supuesto, después de eso –y a la larga – se convirtió en un escritor exitoso.

Para comenzar debo admitir que no soy lectora de Auster, menos de su poesía, ni tampoco soy detractora. Claramente cada uno elige el género, formato, modo en que desea escribir. Pero sí me sorprendió lo que decía, ver a la poesía como limitada, como un conjunto de palabras, imágenes, ideas, formas, que son finitas. Me asombró porque cuando pienso en poesía, imagino todo lo contrario: un universo inagotable. ¿De qué? De todo, de romper esquemas y de volver a escribir versos alejandrinos, de ser cotidiano o metafísico, de escribir de amor o de un día tedioso en la oficina. Por ese aspecto tan inconmensurable, es que en un principio me daba temor dedicarme al estudio de la poesía, y prefería dejarla para el placer de su lectura y de su declamación, porque hay que ver que es verdad eso de que el verso se completa cuando sale de la boca.

Hablando de esa cualidad oral de la poesía, anoche logré que Tony trajera pocos libros para la lectura usual antes de dormir. Claro que uno de ellos era 365 cuentos y rimas para niños, y si bien no leímos los 365, sí leímos un cuento sobre conejos y varios poemas pequeños. Tony le llama a ese libro “Osito, osito”, debido a que su texto favorito es un hermoso poema para irse a dormir. Y aunque él no recuerda los versos, sí recuerda su musicalidad, y recita osito, osito, inventando palabras, pero recordando el ritmo de cada verso. Así, los versos –las palabras- siempre cambian. La poesía no tiene nada de finito ni es limitante. Sí me parece que se le han achacado prejuicios, que es inalcanzable, que no cualquiera puede entenderla, que no cualquiera puede escribirla, apartándola de la vida cotidiana, cuando nace de ella. Al respecto me gusta –y me representa- lo que la escritora inglesa Jeanette Winterson dice en su texto autobiográfico:

[C]uando la gente dice que la poesía es un lujo, o una opción, o para las clases medias cultas, o que no se debería leer en el colegio porque es irrelevante, o cualquiera de esas extrañas tonterías que se dicen sobre la poesía y el lugar que ocupa en nuestras vidas, sospecho que a la gente que las dice le ha ido bastante bien. Una vida dura necesita un lenguaje duro, y eso es la poesía. Eso es lo que nos ofrece la literatura: un idioma suficientemente poderoso para contar cómo son las cosas.

No es un lugar donde esconderse. Es un lugar donde encontrar (49).

 

Bordados

bordado00La semana pasada volví a trabajar después de unas cortas vacaciones que pasamos en casa. Así que volver a la rutina me desconectó un poco de la escritura. Más bien, me concentré en la lectura, devorando (es la palabra indicada) el libro de Jeanette Winterson ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, del cual escribiré próximamente, ojalá esta misma semana.

Mientras tanto, va una nota sobre lo cotidiano. En la crianza de mi hijo Tony, he querido mantener algunas cosas en el lado de lo orgánico, en vez de ser una madre envasada. Por eso, por ejemplo, le hacía su papilla y cosí las sábanas de su cuna. Hace poco nos mudamos de departamento, y decidí confeccionar yo misma los cuadros para su pieza. Terminé uno y estoy dedicada al segundo; ambos combinan costura y bordado. El que pueden ver en las fotos es el que ya está terminado. Opté por escribir su nombre, porque me gusta que ame las palabras y es algo que quiero seguir inculcándole. El osito que aparece lo había bordado también en una de las sábanas que le hice.

El bordado en proceso.

El bordado en proceso.

El que estoy haciendo ahora es con un autobús de dos pisos, de esos que se ven en Londres, le encantan. Mi hermana Miranda estuvo el año pasado en la capital inglesa y le trajo de regalo a Tony un libro en forma de bus llamado My first London bus. Se ha convertido en uno de los favoritos de Tony, así que lo leemos constantemente, en inglés y en español.

Me gusta bordar y a lo largo de mi historia, le he dedicado el tiempo que he podido, a veces con más empeño que otras, por supuesto. Y tratando de unir el bordado con las letras, me puse a pensar en algunos ejemplos. Por supuesto, saltan a la mente los personajes en novelas de Jane Austen, por cuanto el bordado era una de esas actividades que se esperaba de las mujeres. Pero además encontré esta novela gráfica que se llama Bordados, de Marjane Satrapi, la misma autora de Persépolis. No lo he leído, ni siquiera sabía que hubiera sido publicado. Sin embargo, por lo que he revisado, más que tratar sobre el bordado propiamente tal, trata sobre el cotilleo, al mostrar a seis mujeres iraníes que durante las tardes se juntan a tomar el té y contar sus historias. En inglés y en francés, bordar (embroider y broder respectivamente) no solo se utiliza para los adornos cosidos, sino también para el embellecimiento de los relatos, así que supongo que el bordado y la literatura sí están conectados.

¿Receta contra el ninguneo? Simplemente leer

Gabriela Mistral.

Gabriela Mistral.

Haciendo memoria acerca de si leí a Gabriela Mistral en el colegio, me parece que leímos Lagar, completo, a diferencia de otros escritores de quienes revisábamos textos seleccionados. Pero si trato de profundizar en eso, solo recuerdo la experiencia personal y solitaria de la lectura, y no logro dar con alguna clase en que habláramos de Mistral, de su poesía, o de su vida, nada. Sí recuerdo, en cambio, casi como si fuera ayer, largas clases sobre las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, revisando sus tópicos. ¿Habrá habido prueba? ¿Algún trabajo? No logro recordarlo.

Si bien es cierto que Mistral estaba incluida en mis lecturas escolares, siento que era solo una más en la lista. Qué poca dedicación, qué desidia, es lo que se me ocurre pensar. Yo la leí con cierta pasión, me parece. Había adorado cuando muy niña “Dame la mano” (la que además cantaba), “Todas íbamos a ser reinas” y “Piececitos”. Leer Lagar era pasar a otra liga, especialmente estando en la adolescencia.

Hace algunos años escribí una columna para un medio virtual, en que también hablaba de esta incomprensible desidia con respecto a Gabriela Mistral. En todo nivel, incluyendo esa imagen de ella en el antiguo billete de cinco mil pesos, en que se la representaba como una señora dura, en vez de rescatarla como la poeta genial y apasionada que es.

Todos estos pensamientos dan vueltas por mi cabeza debido a que acabo de leer el artículo “Clandestinidades de Gabriela Mistral en Los Ángeles 1946-1948”, de Elizabeth Horan. Es un excelente texto, ágil e informado, que aparece en el libro Chile Urbano: la ciudad en la literatura y el cine, editado por Magda Sepúlveda y publicado recientemente por Cuarto Propio. En el artículo, Horan se refiere a los mil días que Mistral vivió en California, EEUU. Allí le diagnosticaron diabetes, conoció a Doris Dana, comenzó a escribir Poema de Chile. Llegó como cónsul honoraria –es decir, no recibía ni un peso y, sin embargo, tenía que ver cómo mantenerse- y debió partir de allí en plena caza de brujas contra los escritores de izquierda, mientras Chile vivía su propia persecución con la Ley Maldita de González Videla.

Llegó a California con un perfil político, interesada especialmente en el voto femenino -recordemos que en Chile todavía las mujeres no sufragaban-, dictó charlas y escribió artículos al respecto, en medio de los ataques del propio consulado chileno y su cabeza, el cónsul Pradenas, quien, en una nota para el Los Angeles Times a la llegada de Mistral a EEUU, la disminuye, la ningunea, en palabras de Horan. Y eso que hacía apenas un año atrás había recibido el Premio Nobel. Pradenas llega a decir que ella ni siquiera merecía el reconocimiento. La verdad es que me parece una barbaridad, tal como que no se la lea o que en una conversación casual alguien, muy suelto de cuerpo, la rechace sin siquiera haberla leído, no solo sus poemas, sino también sus prosas maravillosas. Mi pasión por la poesía de Mistral, se ha traducido en mi gusto por escribir sobre ella, a partir de ella, y gracias a ella también. De hecho, mi primer artículo publicado -no en una revista, sino en el libro Caminos y Desvíos: lecturas críticas sobre género y escritura en América Latina-, se titulaba “Mujeres ‘próceres’ chilenas: una mirada renovadora a la luz de Mistral y Labarca”, en el que hablaba sobre género, feminismo y mujeres, desde “Menos cóndor y más huemul” -definitivamente uno de mis textos predilectos de Mistral-, y Feminismo contemporáneo de Amanda Labarca. Creo que lo que quiero decir, es que no me agoto de expresar una idea: ¡leed a Mistral!

Querido diario…

querido_diario_01Cuando era niña, y creo que esto era especialmente cierto en Iquique, un regalo obligado en las fiestas de cumpleaños eran los diarios de vida. Los diarios y las cajas de música. Como la casa en que vivíamos en calle Baquedano era grande, se llenaba de amigos expertos en traer esos dos regalos. No recuerdo si los regalaba también cuando yo era la invitada. Cuando nos mudamos a Copiapó, los diarios de vida seguían siendo regalos vigentes, no así las cajas de música. Los tenía de los más diversos motivos, tamaños y algunos de hecho estaban repetidos. Cada entrada la titulaba “Querido Diario”, y la verdad es que escribía cosas más bien banales, cosas que hacía, más que pensamientos o sentimientos. Tampoco eran anécdotas apasionantes: no había aventuras ni jeans mágicos, solo la vida cotidiana. En el paso a la adolescencia tuve un diario que me encantaba, que no tenía llave, sino que era un grueso cuaderno en color pastel, que escribí desde la primera a la última página.

Con el paso de los años, la actividad escritural decayó, aunque siempre me han fascinado los diarios como formato y como objeto, razón por la cual he comprado varios a lo largo de los años. Esto ha incluido diarios de viaje, algunos más completos que otros, en los que sí ha habido aventuras y se han convertido también en una forma de descargarse de los malos ratos que algunos viajes han significado.

querido_diario_02Hace unos años atrás compré un hermoso everyday journal en Harrod’s, y traté de escribir ahí con alguna periodicidad. Lo estuve releyendo la semana pasada, por encima, al encontrarme con pasajes que no quería recordar, pero también con momentos excelentes. El texto se interrumpe en 2008: estaba casándome y en el segundo año de la Licenciatura en Estética, al mismo tiempo que trabajaba. Después todo sería una montaña rusa, con el nacimiento y crianza de Tony, la búsqueda de un hogar, y la maestría en Literatura. Todo ese tiempo intenso y maravilloso no quedó más que en mi memoria, y diría que en cientos de fotos y apuntes de clases.

No encontré por casualidad el diario, sino que lo busqué, ansiosa de volver a descargarme en palabras escritas. Hace una semana comenzamos la operación “quitarle los pañales a Tony” y ha sido intenso, porque él no ve la necesidad de dejar de usar pañales. Agotada, me puse a escribir de nuevo. Luego, dándole vueltas al asunto, me pareció que un blog también es una especie de diario de vida, uno que no busca que sus textos permanezcan en secreto, sino que los lea quien se interese. Debo decir que en la operación ha habido progresos, lo que hace que a los momentos de agraz se agreguen los de miel también. En cuanto al diario objeto, solo el tiempo dirá si pude dedicarme a él como me gustaría. Me propongo revisarlo a fin de año. Entonces veremos si se convierte en post.

Lecturas de infancia

Tony leyendo Cosas que me gustan, de A. Browne

Tony leyendo Cosas que me gustan, de A. Browne

Siempre tuve fascinación por las letras. Cuando pequeña me encantaba un libro de profesiones de personajes de Walt Disney, en particular la página dedicada al escritor, y solía escribir historias chiquitas. Desde entonces, he escrito diarios, notas, reportajes, columnas, entrevistas, artículos académicos, y he ido llenado mi casa de libros. También de chica, -y todas estas historias son de antes de que cumpliera ocho años-, tenía dos libros ilustrados del cuento de la Caperucita Roja que me encantaban. Los dos tenían estilos muy diferentes; en realidad tienen, porque todavía existen y he tratado de introducírselos a Tony, mi hijo de tres años, pero él todavía no siente interés por la niña de la caperuza roja.

Como yo Tony también tiene fascinación por las letras, literalmente ama las letras, se sabe bien el abecedario en español y en inglés y está todo el rato deletreando palabras. De hecho, tiene varios juegos con letras y me robó mis moldes para galletas en forma de letras, porque insiste en que son para jugar y no para comer.

Tony en medio de la colección de libros que llevó para leer antes de dormir.

Tony en medio de la colección de libros que llevó para leer antes de dormir.

Esta combinación de recuerdos y placeres, viene a raíz de algo que sucedió hace unos días atrás. Era tarde y Tony no tenía muchas ganas de subirse a la cama a dormir. En verano hace todo lo posible por prolongar la hora de vigilia. Le dije que fuera a buscar uno de sus libros para que leyéramos en la cama y después podría dormirse más tranquilo. Su grito de ¡sí! debió adelantarme por lo menos parte de lo que vendría. Demoraba mucho en volver de su dormitorio, y yo lo llamaba, apurándolo para que leyéramos el cuento. Vuelve a la pieza no con uno sino con unos seis libros, los deja sobre la cama y vuelve a su dormitorio por más. Terminó trayendo todos los que tenía en el lado izquierdo de la cabecera de su cama, en la que tiene su propia biblioteca instalada. Es una colección que fuimos armando desde que supimos que estaba embarazada y a la que constantemente añadimos nuevos títulos.

Un acercamiento a los libros del relato de este post.

Un acercamiento a los libros del relato de este post.

Tony no solo quería traer los libros y sentarse en la cama con ellos, sino que quería que ¡los leyéramos todos! Transamos en solo algunos, por lo cuales siente mayor predilección: Cosas que me gustan de Anthony Browne (¡le encanta!); Pato está sucio, Perro tiene sed, Gato tiene sueño y Ardilla tiene hambre, de Satoshi Kitamura (los tres primeros los tiene autografiados por el autor); Tento busca su osito de Ricardo Alcántara; A dormir de Liesbet Slegers (de hecho, lo “leyó solo”, se lo sabe de memoria); Little Quak de Lauren Thompson; y un poema cortito para irse a la cama que viene en 365 cuentos y rimas para niños. Él quería seguir leyendo, pero finalmente se acurrucó y se quedó dormido. Mis lecturas ahora son un poco distintas, pero finalmente yo también me quedo dormida rodeada de unos cuantos libros, porque tampoco puedo leer solo uno a la vez.

De libros y comidas

De libros y comidas

Pollo a la mostaza inspirado en el libro de cocina de Jamie Oliver.

Durante la semana no suelo cocinar, solo para Tony, u horneo algo dulce en la tarde (como quequitos o galletas). Los sábados son los días del almuerzo producido, cuyas ideas muchas veces salen de los programas de cocina de los cuales soy una verdadera fanática, en especial Jamie Oliver y Nigella Lawson. Lo que hago es adaptar algo que vi y que recuerdo a grandes rasgos, ya que soy muy mala tomando nota de los programas, siempre me falta algo. De esas adaptaciones salieron unos ricos tacos de pescado que disfrutamos hace algunos meses atrás. El sábado pasado Antonio recibió temprano una llamada de sus padres para ir a revisar cosas suyas que todavía quedaban en su ex pieza. Antes de salir me dice: “¿por qué no sacas el pollo que hay en el congelador para el almuerzo?” Aunque no lo mencioné, no tenía muchas ganas de sacar el pollo, ya que llevábamos algunos fines de semana comiéndolo, en general cocinado con mirin, aunque con distintos acompañamientos, por lo cual estaba un poco aburrida del plato aquel.

A pesar de mi reticencia,  puse el pollo a descongelar en el lavaplatos (nosotros somos del club anti microondas). Y lo que se me ocurrió fue recurrir a un libro que Antonio me regaló el año pasado. No tengo muchos libros de cocina, creo que tengo tres o cuatro, cada uno sobre temas diferentes: comida para niños, puddings, etc. Ah, también tengo un diario de cocina thai con recetas, un excelente regalo de la Embajada de Tailandia en Chile, que recibí en una de sus exquisitas degustaciones de comida tradicional. Estoy planeando ya ponerme manos a la obra con ese diario, aunque no sería mi primera vez cocinando platos tailandeses, algo de experiencia tengo en eso. El que tomé en esta oportunidad es un maravilloso librote de tapa dura de Jaime Oliver que un amigo inglés trajo en su maleta, una alternativa excelente teniendo en cuenta el sobreprecio de sus libros en Chile. No he cocinado mucho con el libro, pero sí me fascina leerlo y revisar las fotografías, que son tentadoras en dos sentidos: porque la comida se ve rica y hermosa, y porque me gustaría aprender a fotografiar alimentos de esa manera. A propósito, el nombre del libro es Jamie’s 30 minute meals.

de_libros_y_comidas_02El asunto es que le di vuelta a las páginas y encontré una receta de pollo con mostaza que, por supuesto, también adapté. Pero fue extremadamente fácil y rápido. Tenías unas supremas de pollo ya descongeladas, a las que añadí romero y mostaza (de sabor fuerte, no me gusta esa suave tan popular aquí) y llevé el pollo al sartén con aceite. Cuando estaban listos, eché arvejitas y dos dientes de ajo picados (gracias a Antonio, mi picador oficial de ajo); la receta original no llevaba arvejas, sino puerro, pero obviamente no tenía en casa; no creo que alguna vez haya comprado puerros siquiera. Dejé que las arvejas y el ajo se cocinaran un poco, y eché vino blanco y crema, de esa que viene en pequeños envases tetra. Lo dejé un rato a fuego lento, siempre revolviendo, y ¡listo! Quedó delicioso. Lo disfrutamos mucho, así que se me ocurrió compartir esta historia de libros y comida.

Feliz aniversario, Lizzie Bennet

blog_oyp_01No recuerdo mucho acerca de la primera miniserie que vi basada en Orgullo y Prejuicio. No, no era la clásica con Jennifer Ehle y Colin Firth, sino una versión anterior. Lo que sí recuerdo es que fue la causante de que tiempo después fuera la dueña de una hermosa edición de tapa dura verde del libro de Jane Austen. Por supuesto, luego vi la versión famosa –en variadas oportunidades- y la más reciente adaptación cinematográfica con Keira Knightley, también en variadas ocasiones. Sin embargo, ninguna de esas adaptaciones se aproxima al placer de la lectura de Orgullo y Prejuicio.

Jane Austen es una de mis autoras de cabecera y Orgullo… es, sin duda, mi favorita, tanto así que cuando en clases de Literatura Comparada un profesor preguntó qué libro salvaríamos para la posteridad –o una pregunta muy similar a esa- yo la escogí sin dudarlo. Claramente para esta elección combiné factores que llamaría neutros, como la calidad de su prosa, la construcción de los personajes, el manejo de la tensión, etc.; y afectivos, por ser el primer libro de Austen que leí, y porque cada vez que formo en mi mente esas tapas verdes con letras doradas, siento una mezcla de placer y calma.

Pienso en los 200 años que cumple el libro, y me impresiona su escritura. Está claro que las condiciones de la mujer no son las mismas, pero un personaje como Lizzie Bennet, independiente y que se atreve a expresar su opinión, sigue vigente. Así será hasta que la igualdad de géneros sea más real, y una deje de cumplir todos los roles, en vez de elegir los roles que quiere cumplir, y además ser la que gana menos en la pega o que es mirada por los demás hombres en la mesa de reuniones para que se levante a servir el café a todos.

Por supuesto, Orgullo y Prejuicio tiene una historia de amor: la de Lizzie Bennet y Mr. Darcy. Pero también tiene un humor impecable, que hace que personajes como la señora Bennet sea soportable y también una situación de injusticia social y de género inesquivable: el hecho de que las hijas no puedan heredar a la muerte del padre y, en vez de eso, deban quedar a merced de la bondad del único heredero hombre, quien, de hecho, podía ser finalmente un pariente lejano. Así puede entenderse la desesperación de la madre de las cinco Bennet de casar a sus hijas, lo que se convertía en la única manera de asegurarles el futuro. Esta preocupación se encuentra también en otro texto maravilloso de Austen, Sensatez y Sentimientos, en el que efectivamente cuando el padre muere las mujeres (la madre y las tres hijas) deben buscar un lugar que puedan pagar cuando el heredero, hijo del primer matrimonio del padre, decida que cuando en su lecho de muerte el padre le pidió que no dejara desprotegida a su familia, en realidad, le estaba pidiendo que de vez en cuando viera cómo lo estaban pasando.

blog_oyp_02Austen utiliza el humor como una manera de incluir la crítica social en sus textos. Pienso en el personaje de Lizzie nuevamente, no solo es inteligente, sino mordaz, solo así puede rechazar la propuesta de matrimonio que le hace su primo el señor Collins, con la cual no solo salvaría su propio pellejo, sino el de toda la familia, después de todo, la herencia quedaría entre amigos. Es imposible no preguntarse si realmente había mujeres que podían darse el lujo de decir que no, como lo plantea su amiga Charlotte Lucas: siendo ya una carga para sus padres, no podía despreciar una oportunidad para llevar una vida decente. El humor de Austen no es inofensivo ni destinado a entretener a sus lectores. En el libro Laughing Feminism: Subversive Comedy in Frances Burney, Maria Edgeworth, and Jane Austen, la autora Audrey Bilger, muestra cómo los críticos trataron de bajarle el perfil al humor de Austen porque ante los lectores victorianos debía resguardarse todavía la feminidad de la mujer, claramente el humor no era indicado como parte del carácter de una mujer femenina. Sin embargo, estaba Austen y otro grupo de mujeres novelistas, que mostraban la opresión sexista a través del humor. Dice Bilger: “El humor feminista, entonces, codifica un mensaje importante sobre la relación de las mujeres con la ideología dominante. Incluso si las reglas para una conducta femenina apropiada requerían una modesta sumisión a la autoridad masculina, las mujeres que podían verse a sí mismas como ‘cuerpo lesionado’, como Austen califica a los novelistas en Northanger Abbey (37), podían también aprender a reír como un grupo frente a las imposiciones del poder masculino” (33).

Con esto del humor, se me vienen dos ideas a la mente. Primero es un libro de Austen escasamente conocido, pero que me resulta siempre entretenido de leer, Lady Susan, particularmente porque la protagonista Lady Susan no es una heroína, sino una de esos detestables personajes secundarios que andan maquinando en contra de los demás en sus otros libros: tomar a la malvada –como bien podría ser una Caroline Bingley- y convertirla en el centro, se inserta también en ese humor crítico y denunciante. La segunda idea es otro libro La muerte llega a Pemberley, escrito por P. D. James, quien interviene el mundo de Orgullo y Prejuicio con un asesinato, en que la misma Lizzie es sospechosa. James también sabe de humor, y no deja de ser atractivo ver cómo pinta a los personajes de Austen desde otro punto de vista, poniendo, incluso, en duda que Lizzie esté realmente enamorada de Darcy, como serían los comentarios maliciosos de los vecinos y conocidos, sino más bien de su acaudalada renta.

Finalmente, cómo no celebrar estos 200 años de Orgullo y Prejuicio releyendo el libro. Lo tengo listo para agarrarlo después de que termine Pemberley. Ah, y para fanáticos como yo, me encanta la película El Club de Lectura de Jane Austen, aunque no esté de acuerdo con todo lo que sus personajes opinen de mi libro de cabecera. Acabo de googlearlo y veo que el título de la película en castellano es Conociendo a Jane Austen, equivocadísimo, pero puede ayudar a algún interesado a buscarla.

PS: Mi edición de Orgullo y Prejuicio es de 1984 y al parecer no estaba todavía de moda en español, ya que es una versión en que Lizzie Bennet es Isabelita Bennet y su hermana se llama Juana. La leí por primera vez cuando tenía doce años y supongo que en ese entonces pesaba más lo divertido y la historia de amor.

Reseña de Lugares de paso de Sergio Missana y Ramsay Turnbull

Lugares de Paso

Lugares de Paso

La lectura del texto deja un sentimiento de precariedad, por cuanto no solo los lugares terminan siendo de paso, sino las historias, las personas y el viajero mismo.

Por Alida Mayne-Nicholls

Lugares de paso es un libro que hay que leer –por lo menos- dos veces. El lector elige: si primero se embarca en la lectura de los textos o si sigue el camino de las fotografías. Con el primer camino se lee a Missana y con el segundo se “lee” a Turnbull. Se puede hacer, por supuesto, el intento de tratar de entrelazarlos, como comencé a hacer en mi primera lectura, pero su conexión no es directa, es decir, las fotos no están ahí para graficar los textos, ni los textos son una descripción o explicación de las fotografías. Sin embargo, ambos textos –el de las letras y el de las imágenes- se comunican porque cumplen con la premisa de que son lugares de paso.

Los textos de Missana son en general breves viñetas que dan cuenta de una anécdota vivida en algunos de esos lugares por los que ha pasado: desde Pisagua en Chile a Bahía Halong en Vietnam. Mientras más pequeños son los relatos, algunos de apenas un par de párrafos, la sensación de estar de paso se cuela hasta el lector. Son no historias de esas que más se presentan en los viajes: una conversación extraña con un desconocido, una lluvia que cae sobre una playa, la espera por tomar un bus, un coro cantando. No se trata de grandes aventuras e incluso parecieran no ser momentos tan únicos, puesto que uno puede aportar con sus propias anécdotas efímeras que se acumulan en un viaje y que uno no sabe si contar o no cuando nos preguntan cómo nos fue. Sin embargo, el relato pareciera darnos a entender que son justamente esos encuentros aparentemente irrelevantes los que constituyen el viajar y el experimentar el viaje. Así cuando Missana relata que en Turquía una pareja local les pide tomarles una foto a él y su acompañante, está contando más del país y de su gente que si hubiera propuesto hacerlo de manera más docta: en ese sentido, las impresiones son más potentes que las elucubraciones intelectuales. Tal vez por eso es que esos textos de pocas líneas son los mejor logrados de Lugares de paso, directos, sencillos e, incluso, más delicados.

Los relatos no son de una misma línea. Las historias más largas son, en parte, de corte humorístico, o más que crónicas de viaje, textos periodísticos, en que los clichés de la profesión se inmiscuyen a tal extremo que los fines son inexorables, las escenas dantescas y los cineastas aclamados. Debo admitir que una de las historias más divertidas de leer es justamente en la que el personaje periodista es ineludible y Missana cuenta la trastienda de una entrevista con Robert Plant y Jimmy Page en Río de Janeiro. Sin embargo, es también una de las que más fuera de lugar parece en el libro, con una insistencia en permanecer en vez de quedarse atrás en el trayecto. Una de las razones de esto puede estar en el hecho de que Plant y Page son figuras conocidas, mientras que el resto de los seres que presenta Missana no lo son, lo que ayuda a configurar ese sentimiento de precariedad que produce la lectura, por cuanto no solo los lugares terminan siendo de paso, sino las historias, las personas y el viajero mismo.

Esa sensación es la que transmite la lectura de las imágenes, en las que, a diferencia de los textos, nos muestra lugares vacíos. A veces son amplios, como una vista del desierto de Atacama, otras son más íntimas, como un acercamiento a una cúpula en Turquía o a una puerta tapiada en Fez. Pero siempre son lugares que parecen inhabitados o poblados por gente que no es posible identificar, como en una de las fotografías más llamativas de la serie, en que se ve a un niño sentado en Tíbet, con su rostro en penumbras. Los lugares entonces se transforman en escenarios vacíos, que esperan la llegada del viajero para existir. Cuando la cámara queda sola captando la escena, todo se escabulle, la anécdota ya ha pasado y la gente ha seguido su camino.

Missana, Sergio y Ramsay Turnbull. Lugares de paso. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

Esta reseña fue publicada originalmente en Sala de Lectura.

¡Llegó la revista!

El número de Acta Literaria con mi artículo.Hace una semana mis hermanas y sus respectivos pololos estuvieron de visita en casa para una noche de comidas y bebidas: sushi, piña colada (que yo preparé), uvas, galletas y una rica salsa para untar que surgió de un trozo de suprema de pollo que impedí que Antonio, mi esposo, comiera al almuerzo, pensando en que podría hacer algo con ella en la noche.

Cuando mis hermanas tocaron la puerta, traían unas ricas galletas de chocolate y cerveza, pero también un paquete que les habían pasado en recepción. Era un sobre de esos de plástico de Correos de Chile, bastante gordito, dirigido a mí. Desde que nos mudamos al departamento, -por fin un hogar al que podemos llamar nuestro y en el que todo tiene su lugar, funciona y está entero-, he recibido varios paquetes. Los años anteriores pedía todo a la dirección de mi mamá, ya que pasábamos poco en casa y no siempre había alguien en la recepción que asegurara que recibiríamos nuestros encargos.

Lo que he recibido en el último par de meses por correo son libros, y la verdad es que me encanta. No puedo pensar en algo mejor que encontrar un libro al romper el sobre de papel kraft con mi nombre en el anverso. Como esta vez era uno de esos sobres rojos del correo, me llamó la atención, pero rápidamente vi quién era el remitente: la revista Acta Literaria. Apenas unos días atrás les había dado mi dirección para que enviaran la revista y correspondiente separata con mi artículo “Jorge Teillier: la inscripción de una historia familiar”. ¡Habían llegado por fin y tan pronto! Ansiaba ver en papel el artículo, puesto que ya lo había visto en la versión en PDF. En este caso, había una emoción extra, después de todo, mi firma estaba ahí, y, aunque una se resista, publicar en revistas indexadas es parte de la labor académica actual. Por eso, este artículo es tan importante. Dicho eso, también es importante para mí el incluir otros tipos de escrituras, aunque no den puntos institucionales.

Esta soy yo abriendo la revista en mi artículo

Esta soy yo abriendo la revista en mi artículo

De todas maneras, me deja muy contenta la forma en que abordé este artículo, a partir de mi experiencia con la comida de Tony, mi hijo, a quien durante bastantes años le hice sopitas con variadas verduras y carnes. Aprovecho de admitir que las hice hasta hace muy poco, porque a pesar de que a Tony le salieron sus dientes en forma muy temprana, y que no tiene problemas en morder, por ejemplo, una galleta, se resistía a dejar de comer estas papillas en que el ingrediente principal siempre era el zapallo (si no lo agregaba, no le gustaban tanto). Pero las últimas semanas Tony comenzó a resistirse a su sopita, por lo cual fue definitivamente abandonada y reemplazada con comidas sólidas y enteras, como la omelet con queso y pollo asado que le di ayer.

Volviendo al artículo de Teillier, es una lectura de cinco de sus poemas en que comidas y bebidas son metáforas del sujeto poético: “Otoño secreto”, “Huerto”, “Día de feria”, “Sentados frente al fuego” y “La fiesta”. Tengo dos aspectos en común con esos poemas. Uno es el amor por lo cotidiano, por esas pequeñas cosas que hacen que el día funcione; y el segundo es la comida, porque no hay nada mejor que cocinarle algo rico a la gente que amas o disfrutar de unas ricas uvas o cerezas cuando tu hijo ya duerme y tú te tomas un momento para descansar precisamente de la cotidianidad. Si les interesa –¡y los invito a hacerlo!- pueden leer el artículo en el siguiente link. Ah, y para los que no están familiarizados con estos poemas maravillosos de Teillier, pueden encontrarlos todos en su libro Para ángeles y gorriones, pero no lean solo los cinco, ¡sino todos!

Y sobre el placer de recibir libros –a todo esto, al romper el sobre plástico del correo, ¡estaba el sobre de papel kraft ansiado!-, ya les escribiré acerca de lo que he recibido. Habrá otros momentos para eso.