Por haber visto: versos que gritan

Por haber visto, de Alberto Kurapel.

Por haber visto, de Alberto Kurapel.

Los libros hablan, no me cabe duda. Algunos susurran, pero lo que dicen es poderoso; otros puede que hablen de frivolidades, pero bien escritos y nos hacen reír. Y por supuesto, están los libros que gritan, cuya prosa o verso pareciera desgarrarse de lo intenso que es el grito. Por haber visto es uno de esos textos. Alberto Kurapel es un hombre dedicado al arte, desde el teatro hasta la escritura, pero también es un poeta que tiene algo muy claro que decir, con una visión política, que habla de desencanto, de una pérdida de la esperanza, pero desde la rabia, no se conforma con el estado de las cosas, como cuando dice en el poema “Atavíos”: “para que no tardemos / más de cien vidas / en limpiarnos la sangre / y dejar de escuchar los alaridos / de los definitivamente olvidados” (43).

No todo es rabia en este poemario, pero sí hay una sensibilidad que se siente en carne propia, los gritos remecen y las lágrimas conmueven. El hablante se pregunta acerca de su propia voz, de su escritura, y de la escritura colectiva, aquella que formamos todos: ¿podemos hacer comunidad desde un sentimiento solidario en vez de quebrarla desde el consumo? En “Agenda” dice: “las manos que escriben / florecen / cuando logran repartir / mis sueños” (49). Entonces, tal vez, no todo está perdido, la esperanza siempre persiste. La voz misma se conmueve ante su escritura, como lo muestra el poema “Abierto de 10 a 22 horas”: “La taza de café en la pequeña mesa / los sobres de azúcar rubia / tiemblan / cuando escribo / sobre la servilleta / la palabra patria” (70). Que escriba en una servilleta nos habla de sencillez y de cotidianeidad: la patria, la comunidad, no se hace desde arriba o promulgando leyes, sino en cada acto cotidiano que realizamos todos.

Kurapel, Alberto. Por haber visto. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2012.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

El descubrimiento de la pintura: descubriendo el relato

El descubrimiento de la pintura, de Jorge Edwards.

El descubrimiento de la pintura, de Jorge Edwards.

El descubrimiento de la pintura es un libro breve, apenas sobre las 150 páginas, de ágil y entretenida lectura. No puedo evitar que Persona non grata, el primer libro que leí de Jorge Edwards, venga a mi mente, porque es justamente lo contrario. Me parece que hay un estigma en esa primera lectura, tal vez porque lo leí asociado a un curso de actualidad periodística y no de literatura, y tal vez porque acababa de leer El jardín de al lado, uno de mis favoritos de José Donoso. No sabía bien qué esperar de El descubrimiento… cuando lo tomé en mis manos, pero creo que esas es una de las mejores formas de acercarse a una lectura: no esperar nada en concreto y sorprenderse con lo encontrado.

En este caso, se trata de un texto que juega con la idea de lo biográfico. El narrador –que bien podría ser el propio Edwards- nos relata la historia de Jorge Rengifo Mira, Rengifonfo, un primo de su madre, que trabajaba con cerraduras en la semana y el fin de semana desplegaba su alma melómana y, además, se dedicaba a pintar. Partía en micro a los extramuros de Santiago, que, en aquella época, era La Reina, y pintaba, pero sin descubrir todavía la pintura. Así como aquellos que quieren dedicarse a escribir, pero sin haber leído a otros autores, Rengifonfo cree en pintar sin haber contemplado antes la pintura. El relato que hace el narrador es, sin dudas, entretenido, honesto, incluso cariñoso con este familiar al que todos prefieren ningunear, porque es torpe, porque se cree pintor, porque circulan rumores sobre él. El narrador que construye Edwards es un tanto inseguro. Cuando quiere relatar algo, lo cuenta y lo repite, como tratando de justificarse –él y sus opiniones- diciendo las mismas cosas de una y otra manera; o bien añadiendo más y más detalles: “Ya que hablamos de omnisciencia, puedo afirmar que supe de Jorge Rengifo Mira desde tiempos inmemoriales, desde mi infancia más remota, e incluso desde antes de nacer, por raro que esto pueda parecerles” (19). Jugará también con esa idea de omnisciencia, a veces tratando de adivinar lo que Rengifonfo habría pensado o de lleno imaginando situaciones completas.

Se justifica lo anterior, porque, aunque se trata de la historia de Rengifonfo y el descubrimiento que hace de la pintura –porque, sí, la descubre, y diciendo eso no se mata la lectura del libro-, lo que atrae es la construcción verbal que hace el narrador, y cómo él se vincula a esa historia tal vez por cariño o incluso por una cierta admiración a este primo lejano: son los recuerdos del narrador –con toda su imaginación volcada sobre ellos- y no una historia fría y tratada desde la distancia. Tal vez lo más atractivo del libro sea cómo, de hecho, se rompe la distancia y se presenta un texto cercano, escrito por alguien cercano, a uno y a Rengifonfo.

Edwards, Jorge. El descubrimiento de la pintura. Santiago: Lumen, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Leñador, apagando las voces

Leñador, de Mike Wilson

Leñador, de Mike Wilson

No todos los libros se leen de la misma manera, sino que tienen distintos… ritmos de lectura, así lo llamaría. Recuerdo que tardé mucho tiempo en leer la última parte de Expiación de Ian McEwan, porque, intuyendo que las cosas no podrían salir bien, no quería llegar a esa parte del libro en que todo queda escrito y ya no hay esperanzas de que el autor hubiera ideado otro final. De la misma forma, hay libros que devoro en una tarde, que no puedo soltar hasta que he llegado a la última página.

Leñador de Mike Wilson, en tanto, es un libro compañero, es decir, que acompaña durante muchas tardes o noches, porque no busca apurar, sino disfrutar de una lectura sin prisas. Creo que tiene que ver con el ritmo del protagonista, ese personaje que ha abandonado su antiguo hogar en el sur de América del Sur, y ha encontrado un lugar en donde comenzar de nuevo en el Yukón, convertido en leñador.

La novela está configurada a través de dos discursos que se intercalan. Primero la voz personal del protagonista, que en pocos párrafos cada vez va deslizando muy poca información concreta sobre sí mismo, aunque sí va desnudando el deseo de lograr una calma que no podía alcanzar en su tierra natal. Tal vez tiene que ver con ese hecho que conocemos desde las primeras líneas: “Combatí en una guerra, hace décadas en un archipiélago, y combatí en el cuadrilátero, hace años en las noches de la ciudad. Fracasé en las islas y en el ring” (11). Lo abandona todo y termina conviviendo con los leñadores en una vida que es dura y de la cual no sabe nada, por lo cual es necesario aprender. Y ese aprendizaje es el otro discurso, que se nos va entregando en un formato similar a las entradas de un diccionario enciclopédico. Por ejemplo, la primera entrada es “Hacha”, en que el protagonista en varias páginas habla de cómo es confeccionada, sus partes, su uso y mantenimiento. De hecho, son estas entradas las más extendidas, mientras que el relato personal es breve y cuidado. Lo interesante es que esas entradas no son una escritura enciclopédica fría, sino que en ellas también se deslizan historias y puntos de vista del leñador, que nos enseñan no solo lo que es un  hacha, una conserva o la muerte en el Yukón, sino que también nos acercan a una forma de vida lejana, quitándole la cubierta estereotipada.

Pero también esta estructura nos habla del protagonista, porque esa no es solo su forma de aprender, sino también de lograr la calma, de volver a respirar sin angustia. Pienso en dos citas al respecto. La primera es “Los hombres del campamento no son de preguntarse cosas. Ellos viven, no piensan en vivir” (95). La siguientes es un pasaje en que el protagonista relata cómo observaba a unas hormigas rojas subir por la corteza negra de un pino: “Me detuve ahí, mis ojos escalaban con las hormigas […] Sentí envidia” (60-1). Las hormigas, los hombres que viven, nos hablan del fluir, dejar que las cosas sigan su curso, que fluyan de forma natural, en vez de detenerlas a la fuerza en el pensamiento. Volverá sobre esa idea varias páginas después: “La nieve, cuando cae flotando, me calma. La lluvia, las llamas de una fogata, una fila de hormigas, el viento y el golpe seco y rítmico de un hacha” (197). Él no puede incluirla, pero también se apagan las voces inquietas de la cabeza y se logra calma con la lectura de su relato, el enciclopédico y el personal, porque, en realidad, todo es personal en esta búsqueda de paz. Por eso, además, es un libro compañero.

Wilson, Mike. Leñador. Santiago: Orjikh Editores, 2013.

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Chile en los ojos de Pepe Cuevas

Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política, de José Ángel Cuevas

Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política, de José Ángel Cuevas

Tengo varios recuerdos del poeta José Ángel Cuevas, o Pepe Cuevas. Dos son relevantes en esta historia. Uno de ellos fue la lectura y análisis de Diario de la ciudad ardiente, que es un texto que Cuevas escribió en prosa, pero con mucha poesía. Publicado en 1998, el libro contiene relatos sobre un periodo de nuestra historia en torno al cual gira su poética: dictadura y transición. El segundo recuerdo es de Pepe Cuevas leyendo un texto en el que él estaba trabajando. Éramos un grupo pequeño, y Cuevas estaba sentado leyendo -¿o tal vez recitando?- unas palabras muy personales en un tono íntimo y comprometido.

En Maquinaria Chile…, el poemario más reciente de Cuevas, esos dos recuerdos están presentes en forma constante. Primero, porque nos encontramos frente a un repaso de la historia del país desde la Unidad Popular hasta la actualidad, pero siempre desde la mirada involucrada del poeta, que no renuncia a sus sueños ni a sus convicciones. Lo sabemos al leer apenas las primeras páginas, en que nos presenta un sueño le da vuelta al Golpe de Estado de 1973, mostrándonos lo que él hubiera querido de ese día. En el sueño es capaz de reescribir la historia, pero el resto de los poemas da cuenta de una mirada decepcionada. La decepción se hace mayor durante la Transición y más en la actualidad, en que ve a Chile convertido en una maquinaria de consumo, en que la gente vive sin más ideales que endeudarse para comprar. También resiente que el fútbol y la televisión ocupen las mentes de los más jóvenes y estos no tengan interés alguno en la política, porque para él la única manera de cambiar el mundo, el país, nuestra sociedad, es comprometerse.

En medio de la decepción, el poeta dirá: “Perdonen que los haya molestado / con estos recuerdos tan amargos / Yo sé que ustedes están en Otra” (100). Pero, aunque sabe, debajo del discurso apasionado de Cuevas, hay esperanza. Estaba en el epígrafe del libro: “La batalla por los recuerdos colectivos / no está perdida” (7). Porque para el poeta, el compromiso no es un acto solitario, sino colectivo, son compromisos sumados.

Maquinaria Chile es un poemario escrito desde la honestidad, en que Cuevas no teme contar la historia de Chile con sus palabras y desde su perspectiva, en vez de una historia consensuada.

Cuevas, José Ángel. Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política. Santiago: LOM Ediciones , 2012.

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Clínica Jardín del Este, crítica social en tono humorístico

Portada de Clínica Jardín del Este, de Elizabeth Subercaseaux.

Portada de Clínica Jardín del Este, de Elizabeth Subercaseaux.

Clínica Jardín del Este es la tercera entrega de la serie Barrio Alto, que Elizabeth Subercaseaux comenzó a publicar en 2009. Este nuevo libro sigue abordando la vida y mentalidad de los sectores acomodados de nuestra sociedad, esta vez echándole un vistazo bastante crudo al sistema de salud y a las diferencias que separan a los grupos que se encuentran en los extremos: mientras unos tienen que esperar para atenderse por el Auge, otros pueden gastar lo que quieran en operaciones estéticas como hilos tensores, una de las técnicas que aparece en el texto.

El protagonista es el mismo corredor de propiedades de los libros anteriores, Alberto Larraín Errázuriz, quien esta vez es seducido económicamente por sus amigos para meterse en el negocio de la salud, a través de una clínica de cirugía plástica exclusiva y una isapre. Es la excusa de la autora para dar cuenta de una visión bastante descarnada acerca de la clase social de la cual ella misma proviene, y también del sistema de salud, que es visto por los personajes no como una necesidad, sino como una piedra filosofal que convertirá todo cuanto toque en oro.

Digo excusa, porque Subercaseaux no se limita con exponer el mundo de las cirugías plásticas, sino que da cuenta de “los de arriba y los de abajo”, al contrastar el mundo lujoso de la clínica instalada en Vitacura, y el precario de los hospitales públicos: “La pequeña sala acomodaba siete camas, casi pegadas entre ellas, cuatro adosadas a una pared y tres a la pared del frente. […] En el catre del fondo, un ojo medio abierto el otro cerrado, dormitaba una anciana con una mascarilla de oxígeno apoyada en el caballete de la nariz. Un fuerte olor a ropa vieja y trapos mojados impregnaba el ambiente. El aire era asfixiante” (146).

Subercaseaux va presentando a sus personajes con empatía, pero cada uno de ellos va deslizando prejuicios y actitudes discriminatorias, que llegan a un punto impensable cuando una de las señoras le encarga a su nana antes de partir a operarse: “me dejas listos dos queques de limón y un filete, porque algo tendré que comer” (103). Mientras esto ocurre, la hija del protagonista también se operará, pero para ponerse unos implantes mamarios: el objetivo no es mejorar una salud deteriorada, sino subirse el ánimo.

La novela está llena de humor y también de crítica, esto la vuelve contingente, pero también una pieza de lectura sin fecha de caducidad. Esto último es aportado por el humor, y también por las líneas narrativas que se van cruzando, en especial el gran secreto que se esconde en uno de los personajes y que la autora maneja en clave de suspenso, a tal punto que, incluso luego de conocerse, se querrá saber cómo los distintos caracteres lidiarán con él.

Subercaseaux, Elizabeth. Clínica Jardín del Este. Santiago: Editorial Catalonia, 2013.

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Bruma de María Inés Zaldívar: cantos cotidianos

Bruma_maria_ines_zaldivar_500“Me enamora la manera / cómo partes el limón” (13), son los dos primeros versos del poemario Bruma de María Inés Zaldívar. Ese inicio muestra el tono de los poemas: por un lado apelan al amor y, por otro, están envueltos en una cotidianidad que es hermosa. Es en el día a día cuando experimentamos, sentimos; el amor entonces se vive en lo cotidiano, y eso es lo que encontramos en Bruma.

Están los recuerdos de unas “grandes manos / deslizándose por el teclado” (41), el canto de una noche de insomnio en que la hablante “da una vuelta en la cama, da dos” (25), y otra imagen del pasado, en que el amado es recordado comiendo tostadas crujientes con mantequilla y tomando un café negro. Cuando escribo, ya sea sobre literatura en la universidad o en esta columna, o cuando me dedico a mi blog, el componente cotidiano se me hace ineludible, porque en lo pequeño y lo íntimo se juega la vida y también la poesía, la que ¿acaso no nos ilumina acerca de nuestra propia existencia? Pienso en cuando tenía en mis manos Bruma y la leía sentada sobre mi cama, mientras mi hijo jugaba con sus autos a mi lado, y cómo la escena familiar y los versos han quedado entrelazados. Parafraseando el texto de María Inés, llego a la conclusión de que el amor se derrite tal como la mantequilla en las tostadas calientes, cubriendo cada aspecto, cada rincón, cada escondite de la vida.

El poemario se centra también en un personaje sobre el cual siempre doy vueltas, Penélope. La conocemos como aquella que teje y espera pacientemente el regreso de su esposo Ulises. La poeta toma a Penélope y la ubica en nuestros espacios cotidianos, incluso tratando de comprar un labial agotado. Al mismo tiempo instala una discusión: ¿cómo debe ser la espera de Penélope? Creo que la respuesta siempre debe ser la misma: como Penélope decida.

En estos poemas se ama esperando, se ama recordando, y también siguiendo adelante Por eso hay tanta vida en los versos, se siente el crujir de las tostadas, se saborea el café, se siente una espalda junto a mi espalda. Asimismo, la predilección por la brevedad en los textos, muchos de los cuales hacen pensar en haikus japoneses, contribuye al tono cercano e íntimo que logra el poemario.

Zaldívar, María Inés. Bruma. Santiago: Lolita Editores, 2012.

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Feo, de Armando Uribe: versos de espera

Portada de Feo, de Armando Uribe.

Portada de Feo, de Armando Uribe.

Proponerse escribir todos los días implica una constancia que llama mi atención. Yo misma, que suelo estar escribiendo, no logro enfocarme en uno solo tipo de escritura todos los días, como si se tratara de una meta que cumplir. En el  reciente poemario de Armando Uribe (1933), Feo, encontramos  más de cien poemas, que fueron escritos bajo ese propósito: cada día entre el 11 de mayo y el 11 de junio de 2010, Uribe escribía. En general, poemas breves de seis versos, muchas veces con rimas asonantes, y otras, versos libres.

Sabemos la progresión, porque los poemas están publicados cronológicamente, y aparecen fechados. Pero, ¿cuál es el propósito? ¿Debe haberlo? El autor nos dice en el prólogo que no se trata de un diario de vida y, sin embargo, el primer verso dice “Me leo en este libro abierto” (15). La lectura de este poemario me recordó Veneno de escorpión azul de Gonzalo Millán, cuyo subtítulo es “Diario de vida y de muerte”. Millán comenzó a escribir su diario poco después del diagnóstico de cáncer, por el que murió cuando tenía casi 60 años. Si bien es un diario, es también un poemario, intenso, emocionante: es, de hecho, un libro abierto en que lo leemos hasta poco antes de su muerte; leerlo, por ende, aunque hermoso literariamente, es difícil en términos personales.

Pensé en Millán constantemente, porque Feo, aunque no sea diario de vida propiamente tal, sí trata sobre la muerte, pero no esa imprevista y tremenda, sino una lenta, que llega con la vejez y que se hace esperar. ¿Hay un propósito, como preguntaba más arriba? Bueno, sería especular, pero el que cada poema esté numerado en forma correlativa, y que podamos ver el paso de un mes de vida con la muerte rondando en los versos del poeta, nos envuelve en su espera, nos involucra, haciéndonos sentir que “no morirse es el castigo” (170).

Feo gira en torno de la espera, la muerte, y también el escribir. Como lectores apenas podemos acceder a Armando Uribe, el hombre detrás de la voz lírica, sin embargo, su “vida manuscrita”, está ahí sin pretensiones más que las de compartir los momentos previos a “cuando la muerte llegue y se vaya la vida” (129). Como  sabemos que no podemos esquivar la muerte, la interrogante que queda es “¿Qué escribiremos en el Otro mundo?” (67). El hablante contesta que tal vez haya versos perfectos, pero yo destaco que la voz salga de su singularidad y nos incluya a todos en su pregunta. En la pregunta, en todo caso, no hay impaciencia, sino serenidad, como sucede a lo largo de la lectura de todo el poemario: aguardar con serenidad, revisando algunos pasajes de la vida, sí, pero sin caer en la desesperación, sino tratando de ver y decir las cosas tal cual son, en verso.

Uribe Arce, Armando. Feo. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

Un dato

Para los que hayan quedado interesados, pueden bajar Veneno de escorpión azul desde el sitio de Memoria Chilena: http://www.memoriachilena.cl/temas/documento_detalle.asp?id=MC0050989

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Jeanette Winterson, escribir sus propias líneas

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson.

Cuando pienso en mi historia de lecturas, veo que tempranamente me interesaron tanto las biografías como las autobiografías. Después de leer El hobbit no seguí con El Señor de los Anillos, sino con una atractiva biografía sobre Tolkien escrita por Daniel Grotta. Y cuando ya me había devorado los siete libros de las Crónicas de Narnia –y seguramente otros de los libros de C. S. Lewis también- me alegré cuando publicaron en castellano Sorprendido por la Alegría, un texto autobiográfico de Lewis. Por eso ya a priori estaba interesada en ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de la escritora inglesa Jeanette Winterson. Y no es por simple curiosidad, sino porque me atrae conocer las circunstancias que moldean a un escritor cuya prosa o poesía me gusta; mejor aun si esa misma prosa es la que relata recuerdos y anécdotas, dramas y alegrías.

En el libro de Jeanette Winterson hay dramas ciertamente: además de ser adoptada, creció en una familia pobre del frío norte de Inglaterra, con una madre más fría que el clima y fanática religiosa que la castigaba dejándola fuera de casa en la noche. También hay alegrías, porque lo que la autora plantea en su historia de vida –en la que elige qué contar y cómo hacerlo- es que ella prefiere ser feliz que ser normal. No quiere una vida amargada en un molde que no le corresponde, sino abrazar su identidad, aunque esté llena de heridas y cicatrices desde sus seis semanas de vida, cuando su madre decidió que no podía cuidarla y la dio en adopción. Las heridas son importantes, porque ser feliz no es un estado, sino una búsqueda que no tiene fin.

A pesar de los contratiempos y una infancia/adolescencia que podría haber sido castradora, Winterson se transformó en una escritora. Es poco conocida aquí, en Chile, pero en Inglaterra es de primera línea, de una generación de autores como Martin Amis (Dinero). Supo dar vuelta las cosas con convicción. Lo expresa de la siguiente manera: “Me costó bastante darme cuenta de que existen dos tipos de escritura; la que tú escribes y la que te escribe a ti. La que te escribe a ti es peligrosa. Vas a donde no querías ir. Miras donde no querías mirar” (63). Así que Winterson optó por escribir sus propias líneas: en su vida y en sus textos.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? es un libro apasionante. Yo sé que a mí me apasionó: muchas veces es emocionante hasta las lágrimas, y también da risa, y otras da rabia, mucha rabia. La escritura de Winterson nos solo nos lleva a través de su vida, sino que nos involucra. Me gusta mucho el siguiente párrafo: “Cuando somos objetivos también somos subjetivos. Cuando somos neutrales, nos implicamos. Cuando decimos ‘creo que’, no dejamos nuestras emociones al otro lado de la puerta. Pedirle a alguien que no sea emotivo es como pedirle que esté muerto” (225). Yo estoy convencida de que escribir nos involucra de cuerpo entero, pero también leer; y mientras nos identificamos –o todo lo contrario- con un personaje o un texto, lo volvemos personal, parte de nuestra historia también.

 

Winterson, Jeanette. ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? Barcelona: Lumen, 2012.

 

Algunos datos extras

Encontré un link interesante para revisar, una entrevista a la autora en el sitio de Barnes and Nobles.

Y sobre otros escritos de Winterson, su primera novela fue Fruta Prohibida, publicada originalmente en 1985. Con ella ganó el prestigioso premio Whitbread y desde entonces ha publicado novelas, ensayos y libros para niños. Además de su último texto, aquí reseñado, encontré en la librería antártica, La carga, publicado en inglés en 2005 con el título de Weight. Yo iré en busca de ese libro.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Los libros no terminan

El libro abierto es, de hecho, Leñador.

El libro abierto es, de hecho, Leñador.

El viernes pasado apareció en la revista digital 60 Watts (dedicada a la literatura), una reseña que escribí sobre el libro de Mike Wilson Leñador (¡pueden leer la reseña aquí!). No era la primera vez que escribía sobre esta novela publicada por un profesor del departamento de Literatura UC; también la había reseñado para Publimetro, en mi columna habitual de los viernes (o de los lunes cuando se les pasa subirla).

Aunque ambas reseñas tienen algunos puntos en común, como cuando me refiero a la estructura del libro –después de todo eso es algo que no cambia-, las centré en aspectos distintos e incluí citas diferentes también. Creo que lo fascinante de la lectura es que los libros nunca terminan y las lecturas que hagamos de ellos se van transformando, expandiendo: siempre hay algo nuevo o diferente que decir, algo que quedó en el tintero. Además en el caso de las reseñas, como crítica literaria pienso también en los distintos lectores: un público amplio en Publimetro, que seguramente ingresa al sitio web por sus aspectos noticiosos y descubre que hay una columna de libros; y uno específico en 60 Watts que busca específicamente leer sobre literatura.

Personalmente también es un desafío hacer más de un escrito sobre un mismo libro, porque me implica revisar mis apuntes, ir de nuevo sobre las citas marcadas, y descubrir tal vez una nueva mirada, un detalle que antes había pasado por alto. Como ven, no es solo un desafío, también es un placer.

Reseña de Lugares de paso de Sergio Missana y Ramsay Turnbull

Lugares de Paso

Lugares de Paso

La lectura del texto deja un sentimiento de precariedad, por cuanto no solo los lugares terminan siendo de paso, sino las historias, las personas y el viajero mismo.

Por Alida Mayne-Nicholls

Lugares de paso es un libro que hay que leer –por lo menos- dos veces. El lector elige: si primero se embarca en la lectura de los textos o si sigue el camino de las fotografías. Con el primer camino se lee a Missana y con el segundo se “lee” a Turnbull. Se puede hacer, por supuesto, el intento de tratar de entrelazarlos, como comencé a hacer en mi primera lectura, pero su conexión no es directa, es decir, las fotos no están ahí para graficar los textos, ni los textos son una descripción o explicación de las fotografías. Sin embargo, ambos textos –el de las letras y el de las imágenes- se comunican porque cumplen con la premisa de que son lugares de paso.

Los textos de Missana son en general breves viñetas que dan cuenta de una anécdota vivida en algunos de esos lugares por los que ha pasado: desde Pisagua en Chile a Bahía Halong en Vietnam. Mientras más pequeños son los relatos, algunos de apenas un par de párrafos, la sensación de estar de paso se cuela hasta el lector. Son no historias de esas que más se presentan en los viajes: una conversación extraña con un desconocido, una lluvia que cae sobre una playa, la espera por tomar un bus, un coro cantando. No se trata de grandes aventuras e incluso parecieran no ser momentos tan únicos, puesto que uno puede aportar con sus propias anécdotas efímeras que se acumulan en un viaje y que uno no sabe si contar o no cuando nos preguntan cómo nos fue. Sin embargo, el relato pareciera darnos a entender que son justamente esos encuentros aparentemente irrelevantes los que constituyen el viajar y el experimentar el viaje. Así cuando Missana relata que en Turquía una pareja local les pide tomarles una foto a él y su acompañante, está contando más del país y de su gente que si hubiera propuesto hacerlo de manera más docta: en ese sentido, las impresiones son más potentes que las elucubraciones intelectuales. Tal vez por eso es que esos textos de pocas líneas son los mejor logrados de Lugares de paso, directos, sencillos e, incluso, más delicados.

Los relatos no son de una misma línea. Las historias más largas son, en parte, de corte humorístico, o más que crónicas de viaje, textos periodísticos, en que los clichés de la profesión se inmiscuyen a tal extremo que los fines son inexorables, las escenas dantescas y los cineastas aclamados. Debo admitir que una de las historias más divertidas de leer es justamente en la que el personaje periodista es ineludible y Missana cuenta la trastienda de una entrevista con Robert Plant y Jimmy Page en Río de Janeiro. Sin embargo, es también una de las que más fuera de lugar parece en el libro, con una insistencia en permanecer en vez de quedarse atrás en el trayecto. Una de las razones de esto puede estar en el hecho de que Plant y Page son figuras conocidas, mientras que el resto de los seres que presenta Missana no lo son, lo que ayuda a configurar ese sentimiento de precariedad que produce la lectura, por cuanto no solo los lugares terminan siendo de paso, sino las historias, las personas y el viajero mismo.

Esa sensación es la que transmite la lectura de las imágenes, en las que, a diferencia de los textos, nos muestra lugares vacíos. A veces son amplios, como una vista del desierto de Atacama, otras son más íntimas, como un acercamiento a una cúpula en Turquía o a una puerta tapiada en Fez. Pero siempre son lugares que parecen inhabitados o poblados por gente que no es posible identificar, como en una de las fotografías más llamativas de la serie, en que se ve a un niño sentado en Tíbet, con su rostro en penumbras. Los lugares entonces se transforman en escenarios vacíos, que esperan la llegada del viajero para existir. Cuando la cámara queda sola captando la escena, todo se escabulle, la anécdota ya ha pasado y la gente ha seguido su camino.

Missana, Sergio y Ramsay Turnbull. Lugares de paso. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

Esta reseña fue publicada originalmente en Sala de Lectura.