La oscuridad que nos lleva: entre lectores nos entendemos

La oscuridad que nos lleva, de Tulio Espinosa

La oscuridad que nos lleva, de Tulio Espinosa

Cuando el Lector del libro La oscuridad que nos lleva le lee a la Señora Al otro lado del río y entre los árboles de Ernest Hemingway, la misma Señora comenta: “[…] al parecer soy una de las pocas lectoras que la aprecia, me gusta, de verdad me gusta y usted me dijo que los críticos la detestan”. Ante esto el Lector replica: “Bueno, no sé si tanto como detestarla, al menos la ven lejos de su mejor novela, una obra menor, eso dicen” (228). Son dos los capítulos que giran en torno a este libro de 1950, y me parece que tiene que ver un poco con la idea de una obra menor. ¿Por qué un crítico podría llamar menor a una obra? ¿Porque toca temas cotidianos, de manera cotidiana, sin discursos grandiosos? Sí, puede ser por eso.

Eso es algo en común con La oscuridad que nos lleva, un texto que se va construyendo desde lo pequeño. La Señora es una mujer de edad, postrada en su cama, y el Lector, un hombre en su treintena que va casi todos los días a leerle. Pero la lectura es más bien una excusa, o un detonante, porque cada historia, ciertas palabras que se pronuncian, gatillan los recuerdos de la Señora, que tienen que ver con gran parte del siglo XX. Esos recuerdos nos muestran la intimidad de esta mujer que vive a través de las palabras y también ciertos episodios de la historia chilena: el famoso “ruidos de sables”, la matanza del Seguro Obrero, los detenidos desaparecidos, todo desde una perspectiva personal, delicada, que nos recuerda que los hechos que relatan los libros han sido vividos por nosotros o por otros como nosotros.

Hay otras conexiones entre estas dos novelas. Por un lado está el tema de la muerte. Eso que está esperando al otro lado del río es la oscuridad que nos lleva, o que se nos viene encima, cuando se apague la luz en forma definitiva y ya no haya recuerdos. Aunque sabemos que la muerte está cerca, no hay pesadumbre en la novela de Tulio Espinosa, sino un abandonarse tranquilo después de haber vivido toda una vida. En realidad, es así en el caso de la señora, porque otras muertes terribles que recuerda el libro, nos hacen pensar en la muerte como acechante, como un verdugo.

Finalmente, tanto el libro de Espinosa como el de Hemingway buscaron su título en poemas. La oscuridad que nos lleva es una cita de Gonzalo Millán, es parte de dos de los versos casi finales del poema 67 de La ciudad, cuando la oscuridad finalmente nos lleva, “Se cierra el poema”. Algo similar sucede en la novela de Espinosa, cuando la muerte llega, se cierra la novela. En el caso de Hemingway, tomó el primer verso del poema –y canción- de Lydia Maria Child (1802-1880) “Thanksgiving poem”: “Over the river, and through the wood”, dice la hablante lírica para sumergirse en un viaje por su memoria, que es también lo que hace la Señora.

La novela de Tulio Espinosa invita a hacer conexiones, pero no solo entre literaturas, sino también desde nuestra propia cotidianidad, cómo se conectan nuestras propias pequeñas historias, como se gatillan nuestros recuerdos, de tal manera que una también se convierte en Lectora y en Señora.

Por último, dando vueltas, encontré la crítica original de John O’Hara sobre Al otro lado del río y entre los árboles, publicada el 10 de septiembre de 1950 en el New York Times. La pueden leer aquí.

Espinosa, Tulio. La oscuridad que nos lleva. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Lytton Strachey: el placer de la crítica

Portada de Perfiles críticos, de Lytton Strachey

Portada de Perfiles críticos, de Lytton Strachey

El nombre de Lytton Strachey puede no sonar muchas campanas por estos lados. Tal vez los que vieron a la actriz Emma Thompson en la película Carrington, en la que interpretaba a la pintora Dora Carrington, recordarán la relación –llamémosla inusual- que mantuvo con Strachey, un escritos y crítico inglés, y, además, uno de los fundadores del grupo Bloomsbury, que reunía a intelectuales, por ejemplo, a Virginia Woolf.

Ediciones UDP publicó hacia finales del año pasado, el libro Perfiles críticos, una selección de once textos escritos por Strachey, en torno a personajes. Sin duda son escritos diferentes, como aquella pieza en que trata de desentrañar los años que Voltaire pasó en Inglaterra, o aquel otro que se centra en Dostoievski pero desde el punto de vista del humor, de hecho, el perfil se llama “Un humorista ruso”.

Me parece que fue un acierto abrir el libro con “Un crítico victoriano”, en el que Strachey haciendo uso de una prosa envidiable y su propio sentido del humor, nos habla del crítico Matthew Arnold, a raíz de un volumen con escritos de él recientemente aparecido. Primero nos dirá: “[…] en esta colección de ensayos, yace revelada la que realmente fue la debilidad esencial y fatal de la época victoriana: su incapacidad crítica” (21). De ahí en más, nos iremos enterando de la incapacidad específica del tal Arnold.

Es interesantísimo el perfil que arma de Lady Hester Stanhope, que bien parece un ícono de la excentricidad aristócrata; como también el texto en que aborda la obra del poeta William Blake: “Tal música no ha de ser tarareada a la ligera por los mortales: para nosotros, en nuestra debilidad, unos pocos acordes de ella, de vez en cuando, entre el murmullo de la cháchara habitual, son suficientes” (54).

Hacia el final del libro, nos encontramos con “Palabra y poesía”, originalmente una introducción para Words and poetry de George Rylands, otro integrante de Bloomsbury. Allí se centra en Shakespeare –aquel a quien ningún escritor inglés puede “evitar por más de algunos poquísimos instantes” (168), preguntándose por qué si el dramaturgo y poeta inglés era “por lejos el más grande maestro de las palabras que jamás existió”, no solía abordársele desde esa perspectiva, hasta Rylands debemos suponer, quien, de hecho, era un experto en Shakespeare. Terminará el texto con las siguientes palabras: “Como poeta empezó, y como poeta acabó. Seres humanos, vida, destino, realidad –ya no le importaban tales cosas. Eran productos de la imaginación, meras ideas; y la poesía no está escrita con ideas, está escrita con palabras” (170). Aprovecha allí las palabras pronunciadas por Mallarmé: “la poesía no está escrita con ideas, está escrita con palabras”, y que bien podrían asignársele al propio Strachey. Por cierto sus textos están llenos de ideas, puntos de vista, pensamientos; pero lo que los hace un placer muy, muy, recomendable, son las palabras, sus palabras, después de todo, Strachey no era un crítico a secas, sino un escritor.

Strachey, Lytton. Perfiles críticos. Santiago: Ediciones Universidad Diego Portales, 2012.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Los que no dormían: Memorias íntimas de tiempos oscuros

Los que no dormían. Diario, 1944-1946, de Jacqueline Mesnil-Amar

Los que no dormían. Diario, 1944-1946, de Jacqueline Mesnil-Amar

La lectura de Los que no dormían provoca muchos sentimientos, echa a correr recuerdos propios y también asociaciones. De hecho, es difícil no hacer el vínculo con las vivencias de mi país. El libro recoge parte del diario de vida de Jacqueline Mesnil-Amar, francesa de ascendencia judía, licenciada en literatura comparada, y que fue una de los tantos judíos franceses que sufrieron durante la ocupación nazi. El texto nos presenta sucesos, pensamientos, recuerdos también, de Jacqueline a partir de 1944. La ocupación alemana estaba completamente asentada, aunque ya próxima a terminar con la avanzada aliada. Ella y su hija han pasado a la clandestinidad, y su marido acaba de desaparecer, arrestado por la Gestapo. Mientras ella piensa qué será de él, ¿se habrá cambiado de ropa?, ¿le darán de comer?, ¿lo habrán torturado?, ¿estará vivo?; ella debe seguir el día a día, comprar el pan, cuidar de su hija, llevando una vida a medias, siempre preocupada y angustiada también, rezándole a un Dios en el que ni siquiera está segura de creer.

El diario es duro de leer, especialmente el recuento que hace de sus días en la clandestinidad, desde que Francia aceptó la presencia nazi. Relata cómo han ido de casa en casa, de pueblo en pueblo, buscando refugio, cambiando constantemente de nombres y llevando documentos falsos, obviamente falsos, mientras al mismo tiempo su marido y amigos trabajan para la Resistencia francesa.

El diario sorprende, por lo personal que es, por la angustia de no saber qué esperar del mañana; la alegría cuando se enteran de que los aliados están comenzando a liberar Francia, cómo empiezan a desaparecer los soldados alemanes de la calles. Pero también es un ejercicio literario increíble, ágil, profundo, y difícil, porque es difícil leer algo terrible, pero bellamente escrito. Algunos ejemplos: “Plaza de la Concordia, calle Boissy-d’Anglais: del Hotel Crillon y de todos los demás organismos alemanes se escapan fragmentos de papel calcinados que nos inundan; caen sobre nuestros rostros, nuestros cabellos, nuestros brazos” (9 de agosto de 1944). “Ahora nada podrá detener la fiebre de los parisinos. La ciudad es bella así, con sus magulladuras, sus humaredas, su desorden” (23 de agosto). Y “¿Por qué no estás aquí en esta noche inolvidable, bajo el cielo tan bello?, por qué no estás aquí por estas calles, en bicicleta, a mi lado, o aquí, en el balcón de nuestro amigo Jacques B., inclinado conmigo mirando el faubourg y París? Te llamo…” (25 de agosto).

El diario termina ese mismo 25 de agosto, y da paso a unos artículos escritos por Mesnil-Amar para un boletín, dando cuenta de que después del fin de la ocupación, y de la liberación de Francia, todavía quedaba una gran tarea por delante, de reconstruir no solo lo material, sino los quiebres personales y sociales que la guerra había traído consigo.

Mesnil-Amar, Jacqueline. Los que no dormían. Diario, 1944-1946. Santiago: LOM Ediciones, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Desarticulaciones de la memoria y el yo

Desarticulaciones de Sylvia Molloy

Desarticulaciones de Sylvia Molloy

Debe haber sido a comienzos de año, o a finales del año pasado. Estaba esperando a una profesora y amiga en su oficina de Campus Oriente, porque estábamos trabajando en el artículo final de un proyecto de investigación. Mientras la esperaba, me llamó la atención un libro que estaba sobre su escritorio: Desarticulaciones de Sylvia Molloy. No fue mucho lo que esperé, sin embargo, alcancé a leer la mitad del libro. Es cierto que se trata de un texto breve, apenas superior a las 70 páginas, y muchas de ellas contienen solo un par de párrafos. Pero no es esa la razón por la que avancé con rapidez la lectura, sino el texto en sí mismo.

Desarticulaciones presenta a una narradora que nunca se presenta, a la que vamos conociendo despacio, a retazos a través del relato de sus visitas a ML. ML es una antigua amiga y también un antiguo amor, afectada por el Alzheimer. Cada capítulo da cuenta de un encuentro, a lo largo de los cuales vamos viendo cómo la memoria y todo aquello que hacía de ML ser ML se va desvaneciendo o, más bien, desarticulando, haciendo referencia al título del libro. Paralelamente, la memoria de la narradora se hace fuerte y se esmera, tal vez, en recordar por las dos, es necesario recordarlo todo para mantenerla viva. “Hablo de exacerbamiento de mi memoria, de contaminación de recuerdos, de listas para no olvidar, y por supuesto de olvidos. De olvidos míos, no suyos: para decir que uno ha olvidado hay que tener una mínima capacidad de recuerdo, palabra que, para ella, ya no tienen sentido” (66).

El libro es honesto y dulce, en vez de centrarse en la rabia de la pérdida, se centra en lo hermoso de la pertenencia y cómo el recuerdo nos permite seguir poseyendo aquellos momentos y personas que han sido relevantes en la vida. También nos hace preguntarnos qué pasa cuando la memoria se ha ido, cuando ML ya no es capaz ni de recordar el nombre de los alfajores Havanna, aunque pareciera reconocerlos en su caja amarilla, ¿quiere decir que ya no está, que se ha ido, o todavía conserva esa cualidad inefable que la hace ser ella misma?

Asimismo, el libro no solo nos habla de ML, sino también de la narradora, que primero adivinamos es la misma Molloy, lo que hacia el final es reafirmado por ML quien en un breve momento de lucidez recuerda su nombre. Porque enfrentarnos a enfermedades o a momentos difíciles, nos ayuda también a conocernos a nosotros mismos.

Decía que hay algo dulce en la lectura de Desarticulaciones, pero también hay fortaleza, y preguntas sin respuestas; todo en una prosa que da gusto leer: es ágil y conmovedora; y aunque reflexiona en torno a temas que parecen gigantescos, como la identidad personal, las relaciones humanas, y dónde queda el yo cuando la memoria se escabulle, lo hace desde lo íntimo y cotidiano, recordándonos que es ahí desde donde se construye todo.

Molloy, Sylvia. Desarticulaciones. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2010.

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Fuerzas especiales: el asedio desde adentro

Fuerzas especiales, de Diamela Eltit

Fuerzas especiales, de Diamela Eltit

Leer Fuerzas especiales deja sin aliento. Los capítulos cortos y en los que solo existe el relato intenso e incansable de la narradora, sin más pausa que la mínima que presentan los puntos seguidos, dejan sin aliento. Al hablar desde la primera persona, el relato de Diamela Eltit cobra vivacidad, nos introduce sin preámbulos en una historia de asedios y de violencia, y también de cotidianidad. Pero de la cotidianidad de bloques de departamentos, pequeños, agobiantes, en que el asedio policial es no solo el temor diario, sino una realidad constante. Es el asedio de todas las policías, uniformadas y no uniformadas, que han transformado esta zona sin futuro en un campo de juego, en que compiten entre ambos, botan antenas de celulares, realizan redadas y arrestos que van dejando cada vez los bloques más vacíos, no solo de gente, porque también se trata de un vacío existencial.

El libro a veces parece moverse en un campo de ciencia ficción, como si se tratara de un futuro de fin de mundo. Pero luego los kioscos, las pichangas, las fricas y el cíber como espacio destacado, nos van situando cada vez más en un Chile actual, en que a través de internet podemos acceder, comprender, admirar la alta moda internacional –como hace la protagonista-, sin disfrutar de ninguno de los supuestos beneficios del primer mundo. Tanto así, que el cibercafé no es solo esa falsa entrada al mundo global, sino el lugar en que la protagonista se prostituye para llevar algunos pesos a su casa.

El libro nos habla de nuestras contradicciones como país, de la violencia que se sufre cada día a tal punto que pasa a ser tan habitual que se la entiende en términos técnicos, como lo muestra la enumeración de armas de todo tipo que impregna el texto en forma discontinua, pero siempre permanente. Las tecnologías como celulares, videojuegos e internet, se convierten en los únicos modos de soportar, pero hasta eso puede ser un engaño, como el regreso de la señal a los celulares: “Cometieron un error y en la próxima madrugada escucharemos los sonidos que distraen y abren un horizonte de esperanza, no un horizonte, no, una rendija pequeña de esperanza en la solidez de los bloques […]” (163). No hay espacio para esperanzas, solo para minúsculos intersticios de salidas virtuales.

Para quienes se hayan interesado, pueden aproximarse a la escritura –experimental, pero viva, palpitante y no fría de laboratorio- de Diamela Eltit a través de Memoria Chilena, donde están algunos de sus textos digitalizados.

Eltit, Diamela. Fuerzas especiales. Santiago: Seix Barral, 2013.

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American Visa, enredos del yo

American Visa, de Marcelo Rioseco

American Visa, de Marcelo Rioseco

La primera parte de American Visa de Marcelo Rioseco engaña un poco. Tiene que ver con el protagonista, Marcelo, a quien todos llaman Marce, y que en primera persona nos relata lo feliz que es con su gringa Kimberly con quien partirá a Estados Unidos a hacer un posgrado. Marcelo es un sujeto que tiene las cosas claras, a veces tan claras que llega a ser insufrible de verborrea y declaraciones clichés. Digo que el libro engaña, porque Marce irá despojándose de clichés y seguridad a lo largo del libro, que es también un viaje, un viaje por Estados Unidos, pero también un periplo para despojarse de frases hechas, estereotipos y convencimientos, de lecciones aprendidas viendo televisión, en vez de dejarse llevar por la experiencia..

A la larga, lo que parece un texto centrado en un tipo que sueña con estudiar en un país que en realidad aborrece, se convierte en un libro divertido y con algunas críticas al sistema académico. Asimismo lo que parece un libro formal y establecido, se convierte en una narración que se burla de sí misma, que no se toma en serio. De hecho, no podemos estar seguros ni del propio narrador, porque cada vez que aparece su yo iremos descubriendo que a veces se trata de él y otras de su amigo Simón, quien no solo corrige la ortografía del texto, sino que ha tratado de apropiárselo; incluso la novia estadounidense de Simón mete su mano por ahí, dejándonos un texto en que el yo no solo es claramente una ficción –a pesar de que intentemos unir al Marcelo narrador con el Marcelo escritor-, sino un juego.

Así nos encontramos con ejemplos como el siguiente: “Amanda quería que pusiéramos [en el libro] un polvo de ella con Simón o, mejor aún, una escena lésbica entre ella y Jennifer. Decía que si la hacíamos medio porno iba a vender más. ¿Vender a quién? Simón no descartó la posibilidad, porque él siempre fue medio inclinado a los gustos perversos. Nota a pie de página: esta frase la escribió él mismo para hacerse el poeta y ganar publicidad” (219).

Paralelamente a los juegos narrativos, nos encontramos con una historia de desamor, otra de encuentro consigo mismo, y la sorpresa de un personaje muy secundario que aterriza en la vida del protagonista remeciéndola hasta la liberación: del yo, de Estados Unidos, de las formas y las expectativas. Reconozco que en más de una oportunidad he dejado de lado un libro cuando sus primeras páginas me han sido insatisfactorias –o de plano imposibles de leer-, pero en este caso, hay que darle una oportunidad, porque ese Marce que se las sabe todas y da discursos que uno no le ha pedido, no es más que parte del personaje, y no un problema de la narración.

Rioseco, Marcelo. American Visa. Santiago: Random House Mondadori, 2013.

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Los sentidos de Noticias sobre ti misma, de Fátima Sime

Noticias sobre ti misma, de Fátima Sime.

Noticias sobre ti misma, de Fátima Sime.

Noticias sobre ti misma es un libro de cuentos de corte erótico. ¿No pareciera que este año la escritura erótica ha estado presente, muy presente? Personalmente, no he leído los libros más mencionados durante el año, así que difícilmente vincularé mi lectura de Noticias con esos aciertos de ventas. Pero de todas maneras la idea de lo erótico en la literatura me da ciertas vueltas en la cabeza. En particular, porque este libro de Fátima Sime no siempre me pareció erótico y, de hecho, el cuento más derechamente sexual, fue el más desilusionante, tanto en técnica como en cuanto a su historia.

Afortunadamente el relato en cuestión, “La carne es débil”, se encontraba bien avanzado el libro. En general, los cuentos de Noticias son atractivos, entretenidos, algunos con un buen uso del suspenso y también del humor. En pocas páginas, la autora no pareciera buscar soluciones rápidas ni dar finales concretos y cerrados, sino más bien exponer sensibilidades, no situaciones, sino sensaciones de personajes que se encuentran de alguna manera atrapados, asustados, insatisfechos. Más que textos eróticos, me parecen textos sobre lo sensorial, a veces transformado en sensualidad y otras en odio, rechazo, lástima, culpa.

Los cuentos están casi en su totalidad protagonizados por mujeres, pero ninguna de ellas está plena, todas revelan algún tipo de carencia que suplen a través de la piel, ya sea vistiendo un vestido de seda para hacer el aseo de una casa, o disfrutando del aliento de un hombre en las piernas. Desde el punto de vista mujeril, me hubiera gustado ver por lo menos alguna mujer más independiente, más fuerte, y no castigada siempre castigada por el abandono, por cuanto hace invalidante la figura de la mujer. Especialmente cuando pienso en el último cuento del volumen, “Nadie sabe cómo sueñan los perros”, que es sin duda el mejor del libro y en el que la única mujer es un recuerdo, porque ella ha sido la que ha abandonado. El relato narra una tarde de caza de un padre, su hijo y el perro enfermo, teniendo en cuenta esas características que antes mencionaba: la sensibilidad, la sensación del contacto de la piel, sin ninguna incidencia de lo erótico.

Sé que partí hablando del cuento que yo hubiera dejado fuera del libro, pero me parece que esto no invalida unos textos interesantes y atractivos de leer. Qué difícil escribir un cuento, una idea completa en pocas páginas. Los cuentos de Fátima Sime no solo están bien logrados, además se distinguen uno del otro, los protagonistas, las historias, los ambientes son variados, y en eso muestran originalidad y habilidad en la narración.

Sime, Fátima. Noticias sobre ti misma. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2013.

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Hasta ya no ir y otros textos: mujeres alejadas del mar

Hasta ya no ir y otros textos, de Beatriz García-Huidobro.

Hasta ya no ir y otros textos, de Beatriz García-Huidobro.

Me parece que la situación de las mujeres en Chile no es algo de lo que se hable realmente. Incluso los femicidios parecen ser minimizados. A algunos les basta con decir que Chile ya no es un país machista, pero es cosa de darle vuelta a nuestros hablares y actuaciones cotidianas para ver qué no es así. Lo mismo sucede cuando revisamos ciertas obras literarias. Leí Hasta ya no ir y otros textos de Beatriz García-Huidobro y queda una sensación muy amarga. Se trata de cuatro relatos, encabezados por el ya conocido “Hasta ya no ir” publicado originalmente en 1996. En estos cuatro textos las figuras protagónicas son mujeres, y jóvenes, la mayor parte niñas, rodeadas de mujeres mayores, cuyas vidas claramente no son plenas. Cada respiro, cada intento de escapar, de salir del encierro –literal y cultural, por cierto-, acaba en alguna clase de castigo: vejaciones, muertes o automutilaciones. En el mejor de los casos, simplemente alejarse, sin expectativas ni finales felices.

Las historias de García-Huidobro no son panfletarias, pero sí dan cuenta del lado amargo de ser mujer: sus mujeres están rotas. En “Fatiga de material” la madre se va descomponiendo producto de un tumor cerebral. En su locura, la madre ansía el mar, las olas. “Necesito irme de vuelta al mar” es todo lo que desea esta mujer que mientras todavía se ve hermosa –aunque no entienda nada de lo que sucede en su entorno- es violada cada noche por su marido. Al final, una se pregunta si lo que la descompuso es el tumor, o si no es más que una metáfora. La figura está en el mar: los cuatro relatos apelan al mar. “Me gusta, quiero conocer el mar” (19), dice la niña del primer relato, pero nunca se cumple. En “Marea”, la niña sueña con bañarse en el mar, pero su abuela se lo prohíbe. La madre enferma se debe contentar con ver el mar en un video, e incluso en el último texto, “Jardín japonés”, la cocina “tiene olor a mar. A peces y algas, a agua estancada y a la sal” (148). El mar, libre en su movimiento, ondulante, a veces calmo, y otras veces intenso y rompiente en grandes olas sobre la arena, no es alcanzado. Más bien estas mujeres son mares contenidos por los molos de abrigo.

Hasta ya no ir y otros textos se instala en la intimidad de estas niñas y mujeres, dando cuenta de episodios terribles, pero sin caer en melodramas. Por el contrario, a veces la prosa pareciera alejarse. Pero tiene sentido, porque son las mismas protagonistas las que cuentan sus historias: la única manera de hacerlo, parece ser distanciarse un poco. En ese proceso, parecieran mayores, experimentadas, o tal vez, agotadas.

García-Huidobro, Beatriz. Hasta ya no ir y otros textos. Santiago: Lom Ediciones, 2013.

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A mano alzada: crónicas desde lo íntimo

A_mano_alzada_G_CarrascoMe atrae la idea de algo hecho a mano alzada. Por un lado me recuerda las clases de artes plásticas, cuando a una se le permitía un lazo espontáneo, libre, realizado sin reglas ni instrumentos que delimitaran. Por eso lo de mano alzada me hace pensar en lo manuscrito, en algo libre y sin restricciones, en una escritura que es personal y que no se quiere dejar coartar por reglas externas.

Pienso en eso cuando leo la recopilación de crónicas del poeta Germán Carrasco: A mano alzada. Creo que escapar a los límites tiene algo que ver con su postura estética, al menos en lo que a poesía se refiere, por algo reniega de métricas restrictivas. Lo dice y lo repite en sus crónicas, pero he aquí un ejemplo: “¿Los que hacen rima y métrica como si estuvieran en el siglo de oro y publican libros pueden ser considerados poetas? Yo creo que no” (152). Por supuesto, en esa cita hay una postura y una crítica. Esa posición de la cual Carrasco escribe es esencial. No se puede escribir una crónica desde la ambigüedad o desde un no-lugar, por el contrario, su atractivo es que se escriba desde un lugar propio, personal, íntimo, que tenga honestidad, que las posturas, ideas, gustos, del autor se deslicen a través de las palabras, las historias, los recuerdos, las experiencias.

En sus columnas, Carrasco no elude sus experiencias, en muchos casos, surgen desde ellas, de un viaje a la Universidad de Brown o de haber escuchado una conversación cotidiana de unos carabineros fuera de su horario de trabajo. Tampoco elude sus lecturas, ¡lo opuesto! Están allí Gabriela Mistral (en un hermoso texto sobre Tala) y John Ashbery  en forma constante. E incluso, ciertas citas o ideas, vuelven a presentarse como aquella de dónde entierran los nómadas a sus muertos, expresada a partir de Julio Ramos. Es más que interesante, es atractivo, también excitante, leer sus palabras sobre el feminismo, o sobre este Chile al que él considera un Estado policial.

Anoté algunas citas: “Revertir el uso de ciertas palabras es la función de la poesía” (222) y también “las letras son celosas” (239). La primera la recuerdo porque estas crónicas están llenas de poesía, a veces se trata de prosas que parecen poesía y, otras, sus planteamientos sobre poesía, escritos no con guantes quirúrgicos, sino bien posicionado. La segunda, porque es verdad. Las letras exigen tiempo, concentración, placer, volcarse en ellas, no solo cuando se escribe, sino también cuando se lee. En el caso de estas crónicas, las fui leyendo seguidas y en pocos días; pero tengo la idea de otro enfoque: volver a leerlas, una crónica cada día, pausadas y disfrutadas de esa manera.

Carrasco, Germán. A mano alzada. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2013.

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Periodismo y literatura: reportajes de Paula

Historias de Paula

Historias de Paula

Cuando hice mi seminario de titulación de periodismo, trabajé en el binomio periodismo y literatura. Hasta el día de hoy estoy convencida de que pueden coexistir armónicamente, es decir, que una pieza periodística –un reportaje, una crónica, incluso una noticia- pueden tener también un valor literario. Después de leer “Me fui a ofrecer de corista al Bim Bam Bum”, la respuesta es que claro que un reportaje puede tener valor estético. Cuando estudié periodismo, más de algún profesor mencionaba este emblemático escrito de Isabel Allende, publicado en la revista Paula en septiembre de 1973. Lo extraño es que lo mencionaban, pero, en realidad, no había cabida para escribir de esa manera en la escuela. Este reportaje de carácter testimonial, en que una joven Isabel Allende parte a audicionar para ser corista del Bim Bam Bum es honesto, ágil, agudo e increíblemente divertido, y hoy, cuarenta años más tarde no solo es un artículo que da cuenta del latido de una época, sino también una muestra de que una buena escritura no se añeja. Un ejemplo: “Con el Padre Nuestro en los labios. Me quité la ropa, descubriendo con espanto… ¡que andaba con calzones de lana! Quedé desnuda de arriba” (432).

El texto de Isabel Allende es parte de la selección de Historias de Paula, un compilado de reportajes y entrevistas aparecidos en la revista de mujeres Paula a lo largo de su historia. Creo que el primer valor de este libro es que hayan mirado hacia atrás, y antologado artículos desde el comienzo de su historia en 1967. Así uno puede leer una entrevista que Malú Sierra le hizo a Enrique Lafourcade en 1971, otra que la escritora Marta Blanco le hizo a la también escritora María Luisa Bombal en 1975, o el reportaje testimonial “Pasamos la noche con el toque de queda” escrito por Rosa Barceló en 1976.

La selección está enfocada en mostrar el perfil de la revista, en desmarcarla de cualquier prejuicio que pueda existir ante la idea de una revista femenina. Por eso yo he optado por llamarla revista de mujeres. ¿Dónde se ve esto? En la “Entrevista a una mujer infiel”, publicada en 1967 y escrita por Isabel Allende: “Nuestra entrevistada fue infiel por despecho, por aburrimiento, por descuido del marido, por soledad. Comienza a buscar otra fuente de satisfacción emocional cuando ve derrumbarse la confianza de su marido, cuando un inmenso vacío sentimental deja su existencia sin causa ni razón de ser […]” (211). También en “Un aborto clandestino” (1972), reportaje en que el abogado Ismael Espinoza da cuenta del “relato que me hizo Alberto Acuña (hijo de un colega y estudiante universitario) [que] no llegará nunca al conocimiento de los Tribunales de Justicia, y ni siquiera al de las familias de los autores” (214). El texto recorre cada etapa del aborto hasta que este se consuma, desde el punto de vista del padre. Hacia el final leemos: “Me da un escalofrío. Curiosamente, no he sentido nada por el hijo que no nació. Tal vez las mujeres son diferentes. Yo no he alcanzado a sentirme padre” (236).

Muchas de las entrevistas se me hicieron familiares, recordaba haberlas leído años atrás en la revista. El ejercicio de haber seleccionado una parte ínfima de los artículos de la revista se convierte en un placer de lectura. Es atractivo de distintas maneras. En parte porque sirve para observar cuatro décadas de historia chilena, desde una perspectiva, por supuesto, parte de sus riquezas está en que son notas con una firma clara, sin pretensiones de que existe solo una verdad. Y otra parte, es el goce de textos bien escritos, de perfiles bien realizados, de hacer no artículos planos y desechables, sino piezas que perduran. Algunas emocionan, otras son desternillantes. Un libro que recomiendo no solo a los lectores de Paula.

Historias de Paula. Antología de reportajes y entrevistas. Santiago: Catalonia y UDP, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.