Algunas ideas y un recuerdo sobre la enseñanza

El lector común, Virginia Woolf

El lector común, Virginia Woolf

La llegada de marzo ha significado el regreso a clases. Mi hijo ha comenzado kinder y yo un nuevo semestre del doctorado, incluyendo una ayudantía en Letras Inglesas. Y las clases, por supuesto, implican enseñanza. La convocatoria al II Congreso Internacional de Poesía llama a reflexionar en torno, justamente, a la enseñanza de la poesía, tema que el otro día fui conversando con una amiga en el trayecto en auto hacia la universidad. Lanzamos ideas acerca de cómo la enseñanza puede quedarse encerrada en los límites de reglas, en vez de profundizar sobre la experiencia estética (claramente personal) de los niños al leer una poesía (lo que, además, vale para otros textos literarios a los que se aproximen en sus cursos).

También hablamos del peligro de que como profesores (aunque en realidad no nos estábamos refiriendo a nosotras) nos quedemos pegados en ciertas interpretaciones canónicas sin escuchar lo que los alumnos tienen que proponer. Ese último punto me trajo un recuerdo; es bastante antiguo, diría yo: estaba en la universidad y tenía dieciocho años. Había una clase en que simplemente debíamos escribir de lo que nos diera la gana. Yo adoraba Orgullo y Prejuicio (todavía) y quise escribir algo sobre Jane Austen. No recuerdo el contexto, pero imagino que quise decir algo acerca de lo temprano que comenzó a escribir: a los quince años había escrito su primera novela, llamada Amor y Amistad. Para esto cité el ensayo de Virginia Woolf sobre Austen. Con eso en la mano, la profesora decidió corregirme, diciéndome que seguramente había entendido mal a Woolf, después de todo, ella es difícil de leer. Bueno, yo no estaba comentado Las olas, sino citando un ensayo. Yo puedo entender que la profesora en cuestión no hubiera leído ese ensayo, que no supiera de la existencia de Amor y Amistad (que, dicho sea de paso, ahora se puede adquirir en librerías en español), pero acusarme a viva voz de no haber entendido lo que Woolf decía… qué puedo decir, no creo que haya sido el mejor acercamiento pedagógico, especialmente porque 1) era verdad y 2) la escritura de Woolf no admite dudas:

Para empezar esa muchachita remilgada que a Philadelphia le pareció tan distinta de una niña de doce años, caprichosa y afectada, pronto se iba a convertir en la autora de una historia sorprendente y poco pueril, Amor y Amistad, que, por increíble que parezca, escribió con quince años (“Jane Austen” 44-45).

Hubiera sido mejor que dijera que no sabía de eso y que lo había encontrado interesante, por ejemplo, o que le hubiera gustado que yo leyera a V. Woolf; por último, que no hubiera dicho nada en absoluto.

Un comentario así podría haberme alejado de la literatura (en ese tiempo estudiaba periodismo) o de Virginia Woolf, por lo menos. Hoy es una anécdota que me recuerda lo importante –y difícil- que es la enseñanza. En términos más personales, me hace pensar en que con razón me tomó tiempo en encontrar mi lugar; no hay que dejar de buscarlo.

Nota: El texto de Woolf puede encontrarse en El lector común. España: Debolsillo, 2010.

Horacio Salinas y sus recuerdos de Inti-Illimani

Portada de La canción en el sombrero, de Horacio Salinas

Portada de La canción en el sombrero, de Horacio Salinas

Canción en el sombrero. Historia de la música de Inti-Illimani es el título completo de este libro de Horacio Salinas. Y en realidad, es un nombre muy acertado, por cuanto el músico repasa concienzudamenrte cada disco sacado por Inti-Illimani, destacando ciertas piezas, recordando anécdotas e historias de las grabaciones, y luego del Inti-Illimani Histórico. Pero no es un libro para expertos en música, Salinas no habla en un lenguaje técnico-musical, sino que más bien quiere que, como lectores, lo acompañemos en un paseo por su historia, la de él y la del Inti. Para eso se atrevió a meterse en la escritura, usando solo sus dedos índices para repasar sus primeras clases de acordeón cuando tenía siete años, cuando la familia dejó Lautaro para vivir en Santiago, el afortunado abandono de una guitarra en casa. Es una historia de cómo fue aprendiendo, de quiénes fue aprendiendo, de las verdaderas clases que le daba Luis Advis; del encuentro y colaboración con el guitarrista John Williams. También la historia de cómo se fue formando Inti-Illimani y cómo los pilló el golpe de Estado de 1973 durante una gira por Europa. Ese día 11 de septiembre estaban visitando el Vaticano: “Algo pesado y denso en el pecho me tocó sentir en esos momentos y un pensamiento de extravío me paralizó” (84).

Aunque el libro está dividido en capítulos más bien epocales, como el establecimiento de la Nueva Canción Chilena o el exilio, lo interesante es que los subtítulos llevan en general el título de un disco, en que el músico recuerda cómo surgieron las composiciones y los arreglos, pero también ciertas dinámicas del grupo. Es hermoso el apartado sobre Palimpsesto (1981), por ejemplo, y también melancólico, cuando recuerda que coincidió con el reconocimiento de que debían dejar de pensar en su estadía en Italia como algo provisorio, ya que no veían que fuera posible volver a Chile: “Ya no podíamos mantener nuestras maletas alertas para el regreso y había que pensar en acomodar la casa, quitarle lo provisorio” (116).

Sobre la ruptura de Inti-Illimani, a lo largo del libro va dejando pistas –a veces totalmente explícitas-, que tienen que ver con la dinámica del grupo y desacuerdos por el la forma en que algunos trabajaban; llega a decir al respecto que él volvía a grabar ciertos instrumentos –interpretados por otros-. Lo que plantea es que no todos tenían el mismo empeño en que las grabaciones quedaran perfectas. Sobre la ruptura propiamente tal y el proceso judicial que los llevó a ponerse el apellido histórico, Salinas dedica pocas páginas.

En La canción en el sombrero, Salinas no solo plasma el proceso de creación de arreglos y composiciones, sino también da cuenta de una época, de varias épocas, en realidad, pero de una forma tangencial que tal vez lo hace más interesante. Asimismo es un documento que deja parte de la historia de Inti-Illimani en el papel, y digo parte, porque esta es la particular visión de Horacio Salinos, sus recuerdos, lo que convierte al libro en un texto escrito con emoción.

Salinas, Horacio. La canción en el sombrero. Historia de la música de Inti-Illimani. Santiago: Catalonia, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Leyendo su primera novela

Una de mis preocupaciones como madre ha sido que mi hijo Tony sea un lector. Supongo que tiene que ver con el hecho de que a mí siempre me gustaron los libros y leer, por supuesto. Apenas supimos que estaba embarazada y ya estábamos comprando libros ilustrados y leyéndoselos antes de que naciera. También en ese tiempo leí en voz alta mucho de lo que yo leía para mí; sin pretender nada, eso sí, solo por el placer de comenzar a leerle. Así que cuando nació era natural seguir en esa senda. Y así ha sido siempre: o bien tomamos un libro y lo leemos o bien le cuento una historia que me sé bien.

Tony revisando El león, la bruja y el armario de C. S. Lewis

Tony revisando El león, la bruja y el armario de C. S. Lewis

Antes de conseguir una copia de la Caperucita Roja, solía relatársela lo mejor que la recordaba. Paralelamente llenamos su pieza de libros, que él puede tomar solo en cualquier momento, ya que están en la cabecera de su cama y nunca le he negado que tome un libro mío (o de la biblioteca), es decir, que no escuche la palabra libro y la palabra no en una misma oración. La verdad es que a Tony le encanta y es incluso un poco exagerado, no le suele bastar con un libro cada noche, sino que hace un montoncito con lo que quiere leer. Sin ir más lejos, anoche me trajo cuatro cuentos de hadas e insistió en que los leyéramos todos.

Pero una cosa es tomar un cuento lleno de hermosas y coloridas ilustraciones (aunque su contenido literario sea también increíble) y otra es leer una novela, una historia con capítulos, con varios conflictos y personajes. Como yo soy una fanática de C. S. Lewis pensé en iniciarlo con el mismo libro que comencé yo: Las crónicas de Narnia. Por supuesto, partir con El león, la bruja y el armario. Cuando era niña leí cada una de las crónicas en libros separados, pero ahora tengo un verdadero librón, que incluye las siete novelas. Es un hermoso objeto, aunque no estoy de acuerdo en que hayan arreglado las historias según la cronología interna, es decir, el libro parte con El sobrino del mago que, claro, habla de la creación de Narnia y del origen de la Bruja Blanca; pero ese libro se editó muchísimo después. Así que opté por la fecha de publicación original; además que El león, la bruja y el armario es un texto que atrapa (el libro indica que Lewis prefería que la lectura partiera con El sobrino del mago, pero no concuerdo con él).
Esta primera lectura larga resultó ser un éxito. Yo había calculado que demoraríamos diecisiete días en leer, ya que son diecisiete capítulos, pero Tony estaba tan interesado que solíamos leer dos capítulos cada noche. Esa lectura nocturna implicaba comentar las ilustraciones, plantear hipótesis y luego esperar a que el texto nos contara qué decían; explicar palabras o ideas que resultaban más difíciles, revisar cuántos capítulos faltaban por leer; también recordar algunos acontecimientos de los capítulos previos. Me encantaba escuchar a Tony decirme que siguiera leyendo, que no parara: él quería encontrar a Aslan, que liberaran a las estatuas, que derrotaran a la Bruja Blanca, que Edmund fuera bueno de nuevo. Y él ponía atención, se apenaba, se alegraba, saltó sobre la cama cuando se dio cuenta de que al fin iban a salvar al señor Tumnus. Terminado el libro pasamos toda una hora revisando las otras siete crónicas, los nombres de los personajes (ya aprendió bien quién es Rípichip) y los mapas, que lo fascinan.

Eventualmente seguiremos con Lewis, leyendo El príncipe Caspian, lo que será ideal teniendo en cuenta de que ya le encanta el personaje de Rípichip. Pero antes me gustaría ver otros autores. Yo he pensado en Las Brujas de Roald Dahl, un libro que yo misma disfruté muchísimo. En Facebook me recomendaron La isla del tesoro, otro texto que me encantó, aunque lo leí como a los diez años, creo yo. Y por supuesto, están los libros que ha escrito su abuela Alida Verdi (El niño, el perro y el platillo volador, La sociedad del diamante secreto). Pensándolo bien, no creo que tengamos problemas eligiendo libros, hay un mar de textos maravillosos y bien escritos que leer. Y él quiere que los leamos, qué mejor que eso.

Eric y el Hombre-Chancho, un cuento de John Wain

La visión que tiene mi hijo Tony de los hombres chancho.

La visión que tiene mi hijo Tony de los hombres chancho.

Sí que fueron largas las vacaciones que se tomó Bueno, Bonito y Letrado. Yo, sin embargo, no estuve realmente de vacaciones, pero eso es otra historia. Lo que sí puedo decir es que estoy contenta de escribir de nuevo para este blog y traigo un texto que había estado dando vueltas en mi cabeza harto tiempo. Durante el segundo semestre del año pasado fui ayudante de un curso de teoría crítica literaria en Letras Inglesas UC. Fue genial trabajar con Andrea Casals, la profesora de ese curso, y también poder participar en una asignatura completamente en inglés; feliz, de hecho, de haber podido hacer algunas clases en inglés. Como trabajo final, los estudiantes tenían que escribir un paper para el cual les propusimos un corpus de cuentos de entre los cuales tenían que escoger para su artículo. Uno de esos cuentos era “A Message from the Pig-Man” de John Wain. Cuando lo leí, amé el cuento y tuve ganas de escribir algo al respecto, pero preferí no hacerlo porque era uno de los relatos que podían usar los estudiantes del curso. No es que fueran lectores de mi blog necesariamente, pero, en fin, me dije que era mejor de esta manera.

El cuento se centra en la figura de un niño de cinco años, casi seis, que está pasando de llamarse Ekky (es decir, de ser tratado como niño) a usar su verdadero nombre, Eric. Y el Pig-Man, el Hombre-Chancho, es una figura misteriosa que ronda la casa: ¿un híbrido, un monstruo; un animal o un hombre? El niño no lo sabe, pero le teme, especialmente a lo desconocido, a no saber efectivamente qué es y, por lo tanto, no tener las herramientas para lidiar con él. Entonces es puesto a prueba cuando su madre le pide que tome el balde con restos orgánicos y le dé alcance al Hombre-Chancho y se lo dé.

Mi hijo Tony y sus hombres chancho

Mi hijo Tony y sus hombres chancho

Cuando lo terminé me dije que debía leérselo a mi hijo, que cumplió cinco en diciembre. No lo he hecho, porque tengo el cuento en inglés; pero sí estoy trabajando en una traducción. ¿Por qué pensé inmediatamente en mi hijo? Bueno, uno de los aspectos notables del texto es cómo la narración gira en torno a Ekky-Eric. El niño no es solo una excusa, sino que la perspectiva del relato está en él; el narrador quiere compartir su visión y, por lo tanto, su opinión del mundo adulto. Al hacerlo, Wain grafica de manera natural y sin la necesidad de decirlo literalmente, el quiebre entre el mundo de la infancia y mundo adulto; la distancia que se produce entre ambos y, por supuesto, el problema que se suscita con el lenguaje. El niño y su madre tienen un problema de comunicación básico: hablan (o entienden) distintos idiomas. Mientras el niño es directo y dice lo que piensa y lo que quiere, por lo cual no es extraño que se imagine un hombre con patas de chancho, aunque la lógica le haga desechar esa idea, después de todo, si el Pig-Man no tiene manos, ¿cómo podría llevarse el balde? La madre, en cambio, siempre prefiere lo tangencial, los eufemismos, los cambios de tono (Eric vuelve a ser Ekky cuando ella quiere remarcar que es muy niño para entender lo que pasa entre ella y su padre) y finalmente el silencio.

La posición de la madre nos habla de la posición del mundo: ver al niño como alguien que no es un ser completo, sino que un adulto en potencia y, por lo tanto, un adulto en falta, es decir, incapaz de comprender. Pero la madre no quiere decirle a su hijo que el padre ya no vivirá más con ellos y que ella tiene un nuevo novio porque ¿Eric no sería capaz de entenderlo o porque ella no es capaz de reconocer la situación? ¿O tal vez es una forma de hacerle el quite al conflicto? Y, sin embargo, a pesar del choque en la comunicación, del querer restarle voz al niño, Eric es capaz de hacerle frente al Pig-Man, a sus miedos y reconocer las preguntas que lo agobian. Es decir, aunque los adultos no le den crédito total, como se lo daría a un adulto, él no lo necesita para tomar sus propias decisiones, llegar a sus propias conclusiones y aprender del mundo.

El escritor John Wain

El escritor John Wain

Más allá de estas disquisiciones acerca del niño, su voz y su agencia (y claro que la tienen), “A Message from the Pig-Man” es una delicia de leer, tan bien escrito, fluido; pero también cómo se conforma este niño que pareciera que se puede tocar. En el caso de la madre no queda, sin embargo, como un personaje unidimensional; en su reticencia a tocar ciertos temas, la vemos también como una mujer con problemas, confundida, temerosa de remover ciertos aspectos de la vida. A todo esto, Wain era considerado parte de los Angry Young Men, denominación que se dio a un grupo de escritores británicos en la década de 1950, en que uno de los más renombrados pueda ser el dramaturgo John Osborne, quien escribió Don’t look back in anger (1956), de más está decir que ese título se transformó en un emblema que ha sido retomado una y otra vez, incluso por aquel hermano conflictivo: Noel Gallagher, quien tituló así una de las canciones de (What’s the story) Morning Glory? (1996). Otros hombres airados fueron Harold Pinter, Kingsley Amis y Alan Sillitoe. Y Wain también fue parte de los Inklings, el grupo de intelectuales de Oxford que reunía a un par de famosos: C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien. Por el momento solo puedo decir: ¡wow! Y seguir buscando otros textos escritos por Wain.

“El océano al final del camino”, de Neil Gaiman

El océano al final del camino, de Neil Gaiman

El océano al final del camino, de Neil Gaiman

Lo primero que diría sobre El océano al final del camino de Neil Gaiman es que me gustaría estar leyéndolo todavía. Debo haber tardado dos días en su lectura, porque es un libro que no se quiere dejar escapar, pero me ha dejado la ansiedad de querer seguir leyendo, de saber más, de ir más allá del final, que –sin contarlo- puedo decir que más que un final definitivo y cerrado, es un símil de la vida: no acaba hasta que la abandonamos para siempre, hasta ese momento cada vivencia por pequeña que sea mantiene la historia viva.

El relato nos presenta a un hombre que vuelve a su tierra natal en Sussex, Inglaterra, para un funeral. Camino a casa de su hermana, decide detenerse en la granja Hempstock, donde vivía Lettie, una amiga de la infancia a la que conoció cuando él tenía siete años. A medida que recorre la casa de los Hempstock hacia el estanque que quedaba en la parte de atrás, va introduciéndose en su infancia, volviendo a tener siete años, volviendo a recordarlo todo, porque pareciera que parte del hacerse adulto es ir olvidando. El todo que recuerda es un cuento de hadas hermoso, en el que no es que todo sea posible –porque en realidad no lo es-, sino que el autor va construyéndolo capa por capa, ligando de manera perfecta lo que llamaríamos realidad y fantasía, a tal punto, que es un tejido tan coherente que una simplemente se deja llevar y lo disfruta.

He visto una discusión en internet acerca de si es un libro para niños o para adultos, pero creo que es un debate vacío o sin importancia, no le impondría edades, aunque sí me daban ganas de ir leyéndoselo a mi hijo de cuatro años, él adoraría ciertos pasajes, como el siguiente: “Miré hacia abajo: el peludo zarcillo que tenía a mis pies era completamente negro. Me agaché, lo agarré firmemente por la base, con la mano izquierda y tiré. Algo salió de la tierra y se giró con furia. Sentí como si se me hubieran clavado una docena de diminutas agujas en la mano. Le sacudí la tierra, me disculpé y se me quedó mirando, más desconcertado y sorprendido que furioso. Saltó de la mano a mi camisa, lo acaricié: era una gatita, negra y brillante […]” (65).

Me interesa la representación de infancia en la literatura. En este caso me cautivó un poco cuando el narrador reconoce “No fui un niño feliz, aunque en ocasiones estaba contento” (27), ya que rompe con el estereotipo de la infancia como un paraíso perfecto y perdido. Tampoco nos encontramos con otros clichés como el del niño ignorante. De hecho, la amiga Lettie lo sabe todo o podría conocerlo si así lo quisiera, en cambio, dice: “Sería muy aburrido saberlo todo”. En ese sentido, esta es una historia de crecimiento, de aprendizaje, pero también de dejar ir para poder seguir adelante. Y tal vez esa es una de las mayores complicaciones, cómo distinguir el momento en que tienes que dejar atrás ciertas cargas y quedarte con otras.

Como decía, me gustaría seguir leyéndolo, pasar más días en la granja Hempstock, sus prados dorados, su luna llena y su océano al final del camino.

Gaiman, Neil. El océano al final del camino. Chile: Rocaeditorial, 2013.

En conmemoración de Cecilia Casanova

Cecilia Casanova en 1960

Cecilia Casanova en 1960

Cuando un amigo me avisó de la muerte de Cecilia Casanova (1926-2014), poeta chilena de la Generación del 50, pensé en el poema “En conmemoración nuestra”:

Le pido al jardinero

que en conmemoración nuestra

no barra las hojas

Me recuerdan el jardín

de Vía Aurelia Orientale

cuando los gansos nadaban en el estero

y la muerte andaba lejos (25).

La muerte ronda en Poemas del vago y del simpático, el poemario en que aparecen los versos que transcribí más arriba, es especial para mí. Es un libro muy delgado en que cada uno de los más de treinta poemas ocupa su propia página. La organización de los textos en la página colabora con la estética de Cecilia Casanova: el poema breve, de pocos versos, que logran congelar instantes, imágenes, pensamientos fugaces, cotidianos. Hace eso sin quitarles la frescura que supone lo que dura solo un momento: tiene que ver con las palabras escogidas, con la forma de armar los versos, con el ritmo que logra en cada poema.

Yo hice mi tesis de Magíster sobre la poesía de Delia Domínguez, pero también pensé en hacerlo sobre la obra de Cecilia Casanova. En esa oportunidad me di cuenta de que no había textos de ella en la biblioteca de la universidad, apenas algunos poemas sueltos en recopilaciones. Yo no había hablado de ella con mi esposo y, sin embargo, un día apareció en la casa con dos regalos, dos poemarios: Luna en Capricornio de María Inés Zaldívar y Poemas del vago y del simpático. En parte fue la sincronía, que fueran poemarios, que hubiera encontrado en librerías el libro de Cecilia Casanova que, aunque editado en 2010 ya no era tan fácil de hallar. Como insinuaba más arriba, hay mucho sobre la muerte, sobre el dejar de existir en Poemas del vago… y también unos breves versos sobre su poética titulado “Autocrítica”, en la que Cecilia Casanova desnuda su estética de la siguiente manera:

Mi poesía

es sin efectos especiales

en blanco y negro

como una vieja película.

Este año fue editado Poesía reunida (Universidad de Valparaíso Editorial), un texto que permite acercarnos a cada una de las obras de la poeta, desde su primer poemario Como lo más solo (1949). Es una gran oportunidad para tener acceso a su obra, especialmente a los textos más antiguos, y también para volverla a presentar, porque sus poemas no han envejecido:

Porque tenemos mucho que decir

callamos de una manera torpe.

Habituados a oírnos

en el movimiento de las manos

en la actitud de volver los ojos.

La ventana nos brinda temas de pájaros

pero cuando voy a señalártelos

el cielo está solo.

Regresamos perdidos cada uno en un bosque

Demasiado cerca para rozarnos (“Tema de pájaros”, 1975).

Esos dos primeros versos me conmueven, tan directos y ciertos, casi pareciera que están hablando por una. Y pienso que no hay que esperar, que es mejor señalar de inmediato los pájaros para que el cielo no esté solo. El amigo que me contó sobre la muerte de la poeta (ocurrida el pasado domingo 2 de noviembre) me dijo que conservábamos de ella sus poemas y es cierto. Pero no solo hay que conservarlos, sino expandirlos, seguir leyéndola y que también tenga nuevos lectores.

Para leer otros poemas de ella, les recomiendo este link de Descontexto.

El ruiseñor y la rosa: la traducción toma un desvío

Una ilustración de Charles Robinson para EL Ruiseñor y la Rosa.

Una ilustración de Charles Robinson para El Ruiseñor y la Rosa.

No había leído “El ruiseñor y la rosa” (“The Nightingale and the Rose”) en inglés hasta unas semanas atrás. Sí lo había leído en varias oportunidades, en la época de colegio, en la universidad, siempre en español. Lo leí en inglés porque lo asigné para una clase sobre estructuralismo que hice hace un par de días. La clase es en  inglés, así que, por supuesto, debía aproximarme al cuento de Oscar Wilde desde su idioma original. Debo decir que la pérdida es enorme, que las traducciones que había revisado, no siguen el estilo de escritura de Wilde, que es fresco y actual. El relato sigue siendo hermoso, pero ha perdido, en parte, esa frescura. Así “From her nest in the holm-oak tree the Nightingale heard him, and she looked out through the leaves, and wondered” se transforma en “Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado”. Me pregunto por qué cambiar la forma en que Wilde construye la oración; pareciera haber una economía de recursos en la traducción al español. Y, por supuesto, está el “oyóle”, que le da a todo un sabor añejo; difícil creer que la edición es de 1981 y que Wilde publicó el cuento en 1888.

Más hacia el final el traductor ignora completamente el recurso retórico de Wilde: la repetición. Así convierte a “Bitter, bitter was the pain, and wilder and wilder grew her song, for she sang of the Love that is perfected by Death, of the Love that dies not in the tomb” en “Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba”. Yo no hubiera usado acerbo para traducir bitter, creo que tiene más que ver con harsh, pero lo que realmente me molesta es esa nueva decisión de ignorar la forma en que Wilde escribe, las estrategias retóricas que utiliza.

Sin embargo, el principal cambio en la traducción, la principal pérdida, es el cambio de género. The nightingale es una she en el cuento de Wilde, es ella. Pero en la traducción se transforma en un él. ¿Le habrá parecido al traductor que era más coherente porque hablaba de “el ruiseñor”? ¿Habrá creído el traductor que el género femenino en el  original no tenía ninguna implicancia? Probablemente. Pero la elección del género de un personaje no es un asunto trivial o neutral, especialmente si es el protagonista de la historia.

De momento, no es mi intención indicar cómo cambia la interpretación de un relato cuando la traducción toma un desvío, sino reflexionar respecto a que la historia puede ser básicamente la misma, pero la forma, el estilo, se pierden. Lo que sí sé es que me dieron muchas ganas de intentar mi propia traducción. Ya veremos. Por lo pronto, pueden revisar el original de Wilde –y apreciar el uso que hace del lenguaje y lo sonoro de su prosa-, haciendo clic aquí.

¿Es infantil una mala palabra?

La portada de Baila y sueña que reúne canciones de cuna y rondas inéditas de Gabriela Mistral.

La portada de Baila y sueña que reúne canciones de cuna y rondas inéditas de Gabriela Mistral.

No recuerdo si he hablado acerca de mi proyecto de título de Doctorado. Tengo la sensación de que había intentado no hacerlo porque todavía se trataba de un trabajo en proceso. Pero ya tengo mi nota (me saqué un 7.0, ¡genial!) y quería comentar algo relacionado con mi objeto de estudio. Parte de mi objeto son las rondas de Gabriela Mistral. Por supuesto, las de Ternura; pero pensé también en incluir las que Luis Vargas Saavedra encontró recientemente y publicó en un nuevo libro llamado Baila y sueña. Una de las razones por las cuales me interesa estudiar las rondas es el hecho de que sean minusvaloradas. Yo no soy la primera en decir esto. Grínor Rojo y Elizabeth Horan han escrito al respecto. Y Mauricio Ostria también lo tiene clarísimo cuando dice: “En ese desolador panorama, producto de la ignorancia y la desidia intelectual, tal vez el libro peor leído de Gabriela Mistral sea Ternura. Es también el más descuidado por la crítica, salvo notables excepciones” (“Releyendo Ternura” 649). Para mí el hecho tiene que ver con que se relacionan las canciones de cuna y las rondas con lecturas dedicadas a niños y niñas –lo que no representa un problema- y a los libros para infantes con lecturas menores, de inferior calidad o, de plano, malas. De hecho, la palabra “infantil” casi es una mala palabra.

Cuando apareció Ternura en 1924, tenía como subtítulo “Canciones de niños”. Para Ostria, fue ese subtítulo el que estigmatizó los versos de Mistral, limitándolos a una “lectura desaprensiva y poco atenta” (650). El crítico considera que Gabriela Mistral debe haberlo notado, porque cuando apareció la segunda edición de Ternura en 1945, el subtítulo era otro: “casi escolares”, poesías casi escolares; es decir, no son para niños. O no son solo para niños y niñas; o el hecho de que sean rondas y canciones de cuna quiera decir que no tienen mérito o profundidad.

Una página interior de Baila y sueña.

Una página interior de Baila y sueña.

Sin embargo, eso de escolares/infantiles allí metido sigue metiendo ruido. Y aquí va una historia reciente. En casa hemos tenido que restringir nuestros gastos, porque las cosas económicamente andan más o menos. Así que no podía pensar en comprar Baila y sueña; no importa, pensé, lo sacaré de la biblioteca de la universidad. Cuando lo busqué en el catálogo online encontré que estaba y partí a sacarlo. No lo encontré en el estante, así que revisé de nuevo el catálogo y me di cuenta de que las copias (que eran unas diez) estaban en un apartado llamado “Sección escolar”. Déjà vu, ¿cierto? No sabía dónde quedaba, así que pregunté a la bibliotecaria, quien amablemente me explicó que esa era una sección solo para escolares y que yo, aunque alumna de la universidad, no podía sacar el libro. Lo irónico de todo este asunto es mi insistencia en que estos no son textos escolares, sino textos a secas; pero la institución los limita a una categoría. Porque esas copias para los escolares están muy bien; el error o la desidia está en concluir que el libro no es necesario para la biblioteca a la que tienen acceso universitarios y profesores.

El asunto me provoca desazón, pero finalmente tengo mi copia. Es una hermosa copia, aunque totalmente brandeada para niños y niñas; además desde una visión romántica, parece que nadie pensó en atraer a la lectura de estas rondas y canciones a las niñas y niños que usan tablets y afines. Lo que me desconsuela es cómo se trata de empequeñecer todo, meterlo en categorías diminutas, seguras, confiables y tan cuadradas que son difíciles de sacudir.

Lecturas de cama

No fue esta la edición que leí de las Crónicas..., esta fue un regalo que me hicieron años después de esa primera lectura.

No fue esta la edición que leí de las Crónicas…, esta fue un regalo que me hicieron años después de esa primera lectura.

Tony me contagió su virus infantil. Pero él, que según el doctor a pesar de todo está sano como manzana, salta, se divierte y apenas tiene una tos loca; aunque estamos vigilándolo y controlando que no vaya a sentir fiebre. Yo, en cambio, he sufrido el peso del contagio. Pero no hay blancos y negros, ¿cierto?, sino una gama extensa de grises y arcoíris. El tener a mi lado una torre de libros por leer y a medio leer, me hizo recordar las veces que pasé en cama leyendo cuando era niña. Así fue, de hecho, como devoré los siete libros de las Crónicas de Narnia; seis, en realidad, ya que El león, la bruja y el ropero lo leí totalmente sana.

Hay un placer en torno al leer cuando se está metido en una cama, por obligación y porque es la única opción de guardar un poco de fuerzas y reponerse para seguir adelante. Claro que en la actualidad se pueden ver películas por televisión/cable/netflix, qué sé yo. Cuando era niña no había muchas opciones, diría yo; y si las había no eran muy atractivas. En cambio, leer siempre provee de tantas posibilidades. Tomar un libro cuando se está pegado a una cama, significa poder escapar de ella. Es una idea manida eso de comparar el viajar con la lectura, porque, aunque leer no reemplaza el viajar, sí es una forma de viajar, de salir de una misma, de conocer otros lugares, otras formas de pensar, conocer gente (personajes, claro) distinta.

Y, por supuesto, vivir experiencias. Atravesar un ropero lleno de abrigos para llegar a una tierra nevada; enfrentar un dragón; ser convertido en ratón por una bruja odiosa. Esas son experiencias fantásticas, pero también pintar una cerca, nadar en un lago, viajar en tren. No tienen que ser experiencias fuera de este mundo –aunque lo son, pertenecen al “mundo” de los libros-; no es eso lo que los hace valiosas, sino el entrar en ellas y, claro, que estén bien escritas; porque no son los excesos de fuegos artificiales los que hacen de un texto un buen libro.

Imagino que debe haber muchas lecturas que me acompañaron durante mis enfermedades. Pero las que no logro olvidar son las de las Crónicas de Narnia; recuerdo cómo me sentía (incluida la rabia de que C. S. Lewis no permitiera que Susan volviera a la Narnia post Juicio Final); la forma en que estaba organizado mi dormitorio… Es raro, pero casi me parece verme metida en la cama. En fin, solo recordé ese cariño extra o especial que me despiertan los libros que leí estando enferma.

Tengo Flores Nuevas

Tony y yo disfrutando de un poco de lectura y de sacarnos fotos, por supuesto.

Tony y yo disfrutando de un poco de lectura y de sacarnos fotos, por supuesto.

Yo sé que debe ser un lugar común, pero realmente quiero que lleguen las vacaciones. Finalmente me desocupé de la Católica, aunque estoy haciéndole unas mínimas correcciones a mi proyecto de título. Pero en la Usach recién termino el 19 de este mes, lo que será duro porque mi hijo Tony sale de vacaciones este jueves. He estado por lo menos dos semanas sin escribir en el blog y lo he echado de menos, pero he tomado tantos compromisos laborales, desde correcciones a clases, pasando por traducciones, que hay actividades que deben dejarse en pausa, para no colapsar. Porque, por supuesto hay otras actividades que no pueden evadirse, como todo lo referido a mi hijo, por ejemplo.

Debo admitir que incluso leer se me hizo difícil, porque los momentos de dedicación exclusiva y tranquila para la lectura se me hacían escasos. ¿Comenté que además tuve a mi hijo con licencia en casa? Fue una de las tantas bajas de invierno. Otros padres sabrán que ha sido duro, de hecho, en su curso eran más los niños que faltaban que los que iban a clases. No me gusta apurar la lectura que es lo que suele pasar cuando se tiene poco tiempo. Yo puedo leer muy rápido, pero siento que eso le resta mucho a la experiencia completa de ir devorando poco a poco un texto, especialmente si a una le está gustando. Entonces abrí Flores nuevas de Federico Falco (Montacerdos, 2014). Tenía referencias, las que suelen derivar en expectativas; pero, en realidad, no me esperaba cuentos tan bien escritos, delicados, incluso. El autor centra sus historias en la provincia de Córdoba, Argentina, lo que ya es interesante; salir de la capital, adentrarse en otras zonas, otras tierras, con otras formas de hablar y de narrar. Pero fue la temática intimista, que rescata el vivir cotidiano en provincia, el crecer, la familia, lo que me cautivaron. Hay algo pausado en la escritura de Falco, un ritmo diferente, que se aprecia y que hace que el mundo se detenga un poquito. Me recordó mi propia infancia en provincia, primero en Iquique y luego en Copiapó; recordé la experiencia de ese ritmo lento, en que las cosas siguen un curso lento, sin prisas, en que la vida no pasa por el lado, sino que se va viviendo paso a paso.

Los relatos son conmovedores. Primero porque son dolorosos, los desencuentros, desamores, heridas duelen; pero son más conmovedores por la esperanza que anidan: las vidas no se acaban en las tragedias, sino que siguen adelante. Me encantó, por ejemplo, en “Un hombre feliz” el intercambio de correspondencia física entre padre e hijo, en unos tiempos en que el email o, peor, el whatsapp, acapara todo; porque estas técnicas podrán ayudar en la inmediatez, pero no son capaces de suplir una experiencia como la que se narra:

“Se visitaban de tanto en tanto, pero sobre todo se comunicaban con largas cartas manuscritas, que cada uno redactaba con mucho cuidado, eligiendo las frases, atendiendo a cada adjetivo y cada adverbio como si fueran un regalo. Intercambiaban una o dos por mes. […] A la vuelta de correo Joaquín le recomendaba lecturas, incluía hojas secas de fresno y arce entre los pliegues del papel y bocetos a mano alzada de cómo se veían las cabañas en el valle o de truchas corcoveando sobre el aire del arroyo grande” (47).

Cómo no conectar con eso, de inmediato pensé en las hojas que mi hijo recoge para mí cuando recorre el patio del colegio, entre la sala de clases y la puerta de salida; que, debo mencionar, es un trayecto bastante largo. Pero si se trata de conexiones, “Cuento de Navidad” me impresionó, todo el relato familiar, los recuerdos, cómo la gente se va yendo, incluso antes de morir. Pensé en mis propios abuelos. Uno de ellos murió recién el año pasado. La misma tarde en que yo leía y me conmovía, Tony dormía a mi lado en la cama. Debió ser un sábado o un domingo. Cuando se despertó estaba muy triste, tal vez había soñado con su bisabuelo, porque lo primero que hizo fue preguntarme: “Mamá, ¿por qué se murió el Tata de la Meme?”. Quería saber dónde estaba –él, no su cuerpo- y si se lo podía visitar. Nos abrazamos y lloramos juntos un rato, hasta que la pena pasó y quedó la calma, la calidez de tenernos el uno al otro.

Flores nuevas es un gran libro, bien escrito y con una edición maravillosa. Es hermoso, fácil de leer por su diagramación, pero, además, es un gusto encontrarse con un libro bien corregido. Pero los libros pueden gustar, pueden divertir, pueden entretener, pero no hay nada como aquellos que te conmueven y remueven, te conectan y hacen saltar tus recuerdos y emociones.

Nota: Pueden leer ya mi reseña sobre Flores nuevas en Publimetro.cl. El texto es distinto, con otras reflexiones motivadas por estos hermosos cuentos.