Gabriel García Márquez: recordatorio personal

Con El general en su laberinto en las manos

Con El general en su laberinto en las manos

Desde la muerte de Gabriel García Márquez a los 87 años el pasado Jueves Santo, pensé mucho en si escribir algo o no. Primero leí bastante, no sus obras, sino lo que habían escrito sobre él, en general muchas excusas de si se sienten o no hijos literarios, si le deben o no respeto, vacilaciones de si su obra vuelve o no a tener valor al ser releída, si lo estropearon o no sus imitaciones defectuosas. Incluso leí críticas en contra de los que simplemente habían decidido rendirle un homenaje. Es extraño ese afán de excusarse, como cuando se dice que tal o cual canción en un placer culpable, ¿acaso no puede ser solo placer? En ese sentido, creo que fueron más pertinentes las continuas citas que hubo de sus textos en Twitter y Facebook, al menos me parecieron más reales y no tan preocupados por ubicarse en un cierto lugar distante que me deja perpleja. Eso en cuanto a lo que se publicó en el país; por el contrario disfruté mucho del texto de Gabriela Cabezón Cámara en la Revista Ñ, titulado, muy acertadamente: “Murió Gabriel García Márquez. Latinoamérica pierde al más popular de sus autores”. Allí Gabriela se refiere, por ejemplo, a la “belleza simple” de Cien años de soledad, queriendo decir por simple que no era una obra de vanguardia estilística; e inserta una cita de dicho libro reconociendo que párrafos como ese nos depararon “felicidad”, así, llanamente.

Yo no diría que soy hija literaria de García Márquez, pero ¿qué tiene que ver eso con la calidad de sus obras y el goce de sus páginas? Repasando sus títulos, me di cuenta de que había leído varios de ellos, más de los que recordaba. Partí con Crónica de una muerte anunciada. Lo recordaba el mismo jueves en mi cuenta de Twitter. Mi amiga Maribel había amado ese libro y me lo prestó. Estábamos en el colegio, en séptimo básico tal vez, aunque creo que estábamos en vacaciones. ¡Qué deleite! A la larga Maribel terminó ligada a las matemáticas y yo a la literatura, aunque la génesis no estuvo en ese préstamo o en esa lectura específicamente, pero es parte sí de mi historia literaria.

En la universidad leí bastante de su trabajo periodístico, lo que hasta el día de hoy me parece casi un contrasentido. ¿Por qué nos hacían leer a garcía Márquez si en la práctica buscaban que escribiéramos una pirámide invertida seca y conservadora? Lo mismo con las entrevistas de Oriana  Fallaci o los textos del Nuevo Periodismo estadounidense. Eran parte de nuestras lecturas obligatorias, pero no podíamos intentar escribir como ellos. Qué extraño este mundo periodístico en el que solía habitar y qué extraño que no se pretendiera aceptar un legado claro de crónica periodística que García Márquez había iniciado.

Hace mucho que no releía a García Márquez, pero sí logro recordar (revivir) el disfrute de su prosa y de sus historias. Por ejemplo, todavía siento ese placer cuando leo “Es miércoles, pero siento como si fuera domingo porque no he ido a la escuela y me han puesto este vestido de pana verde que me aprieta en alguna parte” (La hojarasca). O qué tal: “El día en que lo iban a matar, su madre creyó que él se había equivocado de fecha cuando lo vio vestido de blanco. ‘Le recordé que era lunes’, me dijo. Pero él le explicó que se había vestido de pontifical por si tenía ocasión de besarle el anillo al obispo. Ella no dio ninguna muestra de interés” (Crónica de una muerte anunciada). Qué hay con los días de la semana, me pregunto ahora. Tengo en mis manos El general en su laberinto y no sé qué elegir o pienso en El coronel no tiene quien le escriba y pienso en ese gran final que varios recordaron en los últimos días. Una obra mucho más gruesa que solo Cien años de soledad, y lo digo sin desmerecer ese libro gigantesco y exuberante, todo lo contrario; Cien años de soledad es en sí mismo un libro excelente y extraordinario, más allá y más acá del realismo mágico.

Pensaba terminar con unas palabras acerca de que no quería escribir un tratado sobre la obra de Gabo, sino un recordatorio bastante personal, pero eso me suena a excusa.

Nota: Ahora tengo un nuevo final. Después de escribir esta entrada, me dio gusto encontrarme con lo que publicó el escritor peruano Fernando Iwasaki en el “Artes y Letras”. Por un lado me sentí erguida en un mismo espacio, al constatar que él traía consigo sus recuerdos del colegio y la universidad. Por otro lado, es incontestable al referirse al valor literario de García Márquez, de forma sincera, directa y, diría incluso, afectuosa.

Pensando en la elegancia del erizo

La elegancia del erizo, de Muriel Barbery

La elegancia del erizo, de Muriel Barbery

Hace unas semanas atrás, una visitante me preguntó si había leído La elegancia del erizo de Muriel Barbery. Aunque conocía el libro, había postergado su lectura; pero –como sucede con toda buena pregunta- me motivó a partir a buscar el libro. La primera edición que conseguí estaba un poco desarmada, así que después terminé pidiéndolo en la biblioteca de la universidad. Para ser sincera, a ese ejemplar también se le nota el uso, en especial por la portada ajada y la larga lista de fechas timbradas en la parte de atrás, lo que indica que es un libro que se pide habitualmente. Lo leí con calma, disfrutando cada página, hasta llegar a un momento en que sencillamente las páginas pasaban una tras otra sin detenerse hasta que se acabaron. Me parece un libro que va creciendo; no es que comience bajo, sino que el avance parece exponencial, a medida que pasan los capítulos, son más hermosos o más divertidos o más tristes y, claramente, mejor escritos. Por supuesto, es la aproximación que se puede hacer de una traducción al español; en más de una ocasión me pregunté si la traductora había sido fiel al original. Para contestar esto, me he propuesto conseguir una edición francesa y leerla, aunque creo que no será en el corto plazo.

Me llamó mucho la atención la construcción de la novela, que intercala los relatos de dos mujeres. Una ya mayor, la señora Michel; y otra que es una niña, Paloma. Cuando empieza la novela parecen estar en tierras lejanas la una de la otra. La señora Michel es portera de un edificio de lujo y Paloma es la hija de los propietarios de uno de los caros departamentos; lo que plantea, por una parte, una nueva historia sobre las relaciones entre “los de arriba y los de abajo”. Paloma ha decidido quemar el departamento de sus padres –un lujoso departamento parisino, hay que agregar- y suicidarse. La señora Michel, en cambio, no ve ni de cerca la muerte. Los dos relatos se irán entrecruzando, contestando incógnitas, hasta que –bien avanzada la novela- los dos personajes finalmente expliciten la existencia de la otra. La llegada de un nuevo propietario, el japonés señor Ozu, llevará a que la señora Michel mencione a Paloma y que Paloma hable de la señora Michel. Ese será el punto de no retorno, en que las dos mujeres se alejarán de su situación inicial, generando un perfecto equilibrio entre el comienzo y el final de la novela. Me gustó esa especie de sincronía entre las vidas de las dos mujeres, cómo en la narración se va mostrando la conexión de ellas, sus pensamientos, las ideas que tienen sobre la vida y sobre los personajes que pululan por el edificio. La primera en hablar de ello es Paloma, quien ante el comentario del señor Ozu de que la portera del edificio “no es lo que todo el mundo piensa”, dice: “Ya hace tiempo que yo también sospecho lo mismo. A simple vista, es una portera como cualquier otra. Pero si se la observa con más atención… pues bien, entonces… hay algo que no cuadra” (157). Un buen número de páginas más adelante, la señora Michel, quien ha invitado a la niña a tomar un té en la portería, dice: “Observo que probablemente he subestimado con creces a Paloma y que habrá que profundizar un poco en ese tema […]” (300).

Portada francesa: L'elegance du herisson

Portada francesa: L’élégance du hérisson

Paloma explica el título de la novela al hablar de la señora Michel como el erizo. Pero creo que ambos personajes tienen algo de erizo: esas púas que se ven terribles, pero que no son más que la coraza de una criatura maravillosa. Es una suerte que los editores no hayan cambiado el título del libro al traducirlo. Lo que no me gustó fue la portada de la edición de Seix Barral; aunque muestra a una niña que podría ser Paloma, porque usa anteojos (lo que es una característica demasiado trivial), me hace pensar más en una niña pendiente de la semana de la moda de París que de captar los movimientos más sutiles y perfectos del mundo. Curiosa, busqué la portada de alguna edición francesa y descubrí camelias, una flor capaz de cambiar una vida, que da cuenta no solo de un elemento mencionado en varias oportunidades en la novela, sino que además es un recordatorio de saber mirar la camelia o, como dice Paloma, buscar “los siempres en los jamases”.

La elegancia del erizo es una historia atractiva y un relato bien armado, que logra yuxtaponer las voces de dos mujeres en distintos lugares de existencia; pero también es una narración que busca la belleza o, más bien, que busca descubrir la belleza: en la vida cotidiana, en los libros, las películas, en la formación de ciertas oraciones, de las cuales me quedó prendida la siguiente: “Los montes de Kyoto tienen el color del flan de azuki” (254-255). Adoro que los libros motiven a que una tome otro libro, un diccionario o simplemente se meta a Wikipedia a averiguar ese algo que llamó la atención por razones difíciles de explicitar. Lo que sí puedo decir es que casi saboreo ese flan hecho a base de porotos del más lindo color rojo, que lleva a su vez a imaginar cómo pueden ser los montes de un lugar tan alejado de Chile.

El Pórtico ya está abierto: ¡nuevo libro!

La portada de Pórtico, de Alida Verdi

La portada de Pórtico, de Alida Verdi

¡Hola! Lo sé, he estado ausente varios días. Pero se me juntaron algunas cosas: tenía que reescribir un texto de mi proyecto doctoral y mandarlo la semana pasada y, además, volví a hacer clases a la Usach, así que estuve preparando el programa y las clases, lo que es bastante trabajo.

Pero no podía dejar pasar más tiempo, porque ¡ya salió Pórtico! Pórtico es el nuevo libro de Alida Verdi, quien no es otra que mi querida madre. Ella escribe libros para niños, como El niño, el perro y el platillo volador, que, de hecho, inspiró su blog. Con Pórtico pasa a un público más grande, ya que está pensado para adolescentes/jóvenes. Ya hablaré bien de la novela, porque primero voy a leerla como Dios manda, en la bella edición de MN Editorial que tengo junto a mí mientras escribo estas palabras. Por lo pronto, pueden familiarizarse con la portada y revisar el blog de mi mamá.

Por último debo decir que me encanta estar de regreso en mi blog.

Gabriela Mistral: escribiendo se siembra

La portada de Caminando se siembra, que reúne prosa inédita de Gabriela Mistral

La portada de Caminando se siembra, que reúne prosa inédita de Gabriela Mistral

“¡Y aún hay inéditos de Mistral!” son las primeras palabras de Luis Vargas Saavedra en el prólogo de Caminando se siembra, una selección de prosas inéditas de la poeta chilena. Como él mismo explica, todo proviene del llamado “Legado Gabriela Mistral”, una colección de escritos, cartas, apuntes, entre otros miles de documentos, que fueron donados por Doris Atkinson. El material fue digitalizado y está disponible en la Biblioteca Nacional, pero también en bibliotecas de otras instituciones. Yo tuve la fortuna de ver físicamente ese material –una caja enorme- cuando llegó a la Universidad Católica. Un sueño, de verdad. Sumergirse en todo ese material, en busca de textos para ser revisados, seleccionados, pasados en limpio, es parte del trabajo de este texto encabezado por Vargas Saavedra.

El libro está separado temáticamente. Así encontramos textos sobre Chile, sobre América, sobre literatura, comentos a poemas, estampas de animales -¡qué hermosas!-, educación y también cartas, entre otros. Hay una sección interesantísima sobre la guerra. No está de más, pensando en que Mistral vivió la Segunda Guerra Mundial. Y estaba muy atenta, incluso desde antes. Por ejemplo, en “Algunos rasgos de la geografía humana de Chile”, escribe a propósito del cóndor del escudo chileno: “El cóndor es un ave de presa, de garra, tiene un ojo tan frío y tan duro que yo sé que se van a escandalizar con semejante ocurrencia, que para mí, dentro de mí, está emparentado demasiado con las águilas de Europa y, sobre todo, con las águilas de Alemania…” (45). Estaba preocupada por la nazis, ciertamente, en esta conferencia dictada en Uruguay en 1938. De 1945, tendremos sus impresiones sobre la bomba atómica “que mejor pudiera llamarse Descomunal, [que] provocó en los periódicos y en el pueblo una curiosa impresión que me cuesta entender: asombro y no espanto […]” (411).

Los textos de Mistral muestran su mente activa, lo atenta que estaba ante la actualidad, pero además lo bien que sabía leerla. En las transcripciones de conferencias, en que incluso se indica cuando el público estallaba en risas, nos enseña a una Mistral divertida, apasionada, profunda y que siempre habla desde ella, desde su experiencia, desde sus impresiones, desde su yo. Me gustan los comentos a poemas, como “Todas íbamos a ser reinas”, poema al que le he estado dando varias vueltas en las últimas semanas. Dice al respecto: “Me he nombrado en el poema de manera muy personal y muy impersonal, con mi nombre legítimo de Lucila, que yo misma sepulté, y que a veces me recuerda y me pena” (262).

El libro, hermoso en su factura, no es para leerlo de una sentada. Tal vez las estampas de animales se puedan leer de una vez y animar el alma, pero muchos textos son densos y provocan mucha reflexión. Por eso, es bueno tenerlo cerca, en el velador, en la mesa de centro, o donde quiera que hagamos la mayor parte de nuestras actividades diarias, y tomarlo de pronto, y leer otra de esas prosas inéditas, seguir descubriendo a Gabriela en sus escritos y entender que escribiendo también se siembra y que para cosechar hay que atreverse a abrir los libros en espera.

Mistral, Gabriela. Caminando se siembra. Santiago: Lumen, 2013.

Para los interesados en el Legado Mistral, visiten el sitio oficial.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

La oscuridad que nos lleva: entre lectores nos entendemos

La oscuridad que nos lleva, de Tulio Espinosa

La oscuridad que nos lleva, de Tulio Espinosa

Cuando el Lector del libro La oscuridad que nos lleva le lee a la Señora Al otro lado del río y entre los árboles de Ernest Hemingway, la misma Señora comenta: “[…] al parecer soy una de las pocas lectoras que la aprecia, me gusta, de verdad me gusta y usted me dijo que los críticos la detestan”. Ante esto el Lector replica: “Bueno, no sé si tanto como detestarla, al menos la ven lejos de su mejor novela, una obra menor, eso dicen” (228). Son dos los capítulos que giran en torno a este libro de 1950, y me parece que tiene que ver un poco con la idea de una obra menor. ¿Por qué un crítico podría llamar menor a una obra? ¿Porque toca temas cotidianos, de manera cotidiana, sin discursos grandiosos? Sí, puede ser por eso.

Eso es algo en común con La oscuridad que nos lleva, un texto que se va construyendo desde lo pequeño. La Señora es una mujer de edad, postrada en su cama, y el Lector, un hombre en su treintena que va casi todos los días a leerle. Pero la lectura es más bien una excusa, o un detonante, porque cada historia, ciertas palabras que se pronuncian, gatillan los recuerdos de la Señora, que tienen que ver con gran parte del siglo XX. Esos recuerdos nos muestran la intimidad de esta mujer que vive a través de las palabras y también ciertos episodios de la historia chilena: el famoso “ruidos de sables”, la matanza del Seguro Obrero, los detenidos desaparecidos, todo desde una perspectiva personal, delicada, que nos recuerda que los hechos que relatan los libros han sido vividos por nosotros o por otros como nosotros.

Hay otras conexiones entre estas dos novelas. Por un lado está el tema de la muerte. Eso que está esperando al otro lado del río es la oscuridad que nos lleva, o que se nos viene encima, cuando se apague la luz en forma definitiva y ya no haya recuerdos. Aunque sabemos que la muerte está cerca, no hay pesadumbre en la novela de Tulio Espinosa, sino un abandonarse tranquilo después de haber vivido toda una vida. En realidad, es así en el caso de la señora, porque otras muertes terribles que recuerda el libro, nos hacen pensar en la muerte como acechante, como un verdugo.

Finalmente, tanto el libro de Espinosa como el de Hemingway buscaron su título en poemas. La oscuridad que nos lleva es una cita de Gonzalo Millán, es parte de dos de los versos casi finales del poema 67 de La ciudad, cuando la oscuridad finalmente nos lleva, “Se cierra el poema”. Algo similar sucede en la novela de Espinosa, cuando la muerte llega, se cierra la novela. En el caso de Hemingway, tomó el primer verso del poema –y canción- de Lydia Maria Child (1802-1880) “Thanksgiving poem”: “Over the river, and through the wood”, dice la hablante lírica para sumergirse en un viaje por su memoria, que es también lo que hace la Señora.

La novela de Tulio Espinosa invita a hacer conexiones, pero no solo entre literaturas, sino también desde nuestra propia cotidianidad, cómo se conectan nuestras propias pequeñas historias, como se gatillan nuestros recuerdos, de tal manera que una también se convierte en Lectora y en Señora.

Por último, dando vueltas, encontré la crítica original de John O’Hara sobre Al otro lado del río y entre los árboles, publicada el 10 de septiembre de 1950 en el New York Times. La pueden leer aquí.

Espinosa, Tulio. La oscuridad que nos lleva. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Un año de reseñas en Publimetro

Pantallazo de la primera columna sobre Jeanette Winterson y su libro ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Pantallazo de la primera columna sobre Jeanette Winterson y su libro ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Hace poco más de un año recibí un mensaje en que me proponían tener una columna semanal de libros en el sitio web de Publimetro. Estaba recién comenzando el doctorado y con una formación de periodista en que trabajé durante años escribiendo notas diarias, la invitación me pareció un sueño. Allí podría dedicarme a la literatura y también escribir de forma periódica, acorde a mi formación. Este 22 de marzo se cumple un año desde mi primera reseña en el sitio web del diario.

Cuando comencé a escribir las reseñas no tenía un plan muy estructurado, salvo que no fueran académicas y que incorporaran una veta personal, si la lectura me había comprometido en lo personal, bueno, que se notara en la escritura. Mi primera columna fue sobre un libro que adoro: ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? De Jeanette Winterson. La segunda fue de un libro que terminé con dificultad, un texto pretencioso con un protagonista odioso y muy caricaturizado, pero que el autor consideraba, aparentemente, un genio. Era un libro aleccionador y que se tomaba demasiado en serio. Y a pesar de que consideré que era un mal libro y que le otorgué una reseña poco alentadora, quedé con un mal sabor de boca. Le di varias vueltas al asunto y me di cuenta de que no me había gustado ocupar ese espacio semanal en otorgar una mala crítica. No es que el libro no la mereciera, no se trata de eso. Pero pensé que si se lee poco y alguien puede sentirse motivado al llegar a una reseña mía, ¿no sería mejor que lo motivara a leer que a no leer?

Hace un tiempo leí una excelente nota al respecto. Dos críticas estadounidenses hablaban sobre el tema. Ambas concluían que debe haber buenas y malas críticas, pero me interesó en especial una que había llegado a mi misma conclusión en un momento de su actividad crítica: no quería malgastar el tiempo en libros que no lo merecían. Había cambiado de opinión luego, creo que después de leer un libro en particular, y había decidido hacer malas críticas también porque es parte de la labor. Yo concuerdo con ella y valoro que haya críticas buenas y malas, tal vez en el futuro decida volver a hacerlas si encuentro que un libro se lo merece.

Sin embargo, por el momento, he decidido escribir –al menos en la columna de Publimetro- solo sobre libros que encuentro buenos. Lo pongo en cursivas porque esto no quiere decir que todos sean obras maestras, aunque he leído varios que he encontrado excepcionales; pero sí que se trata de textos que he valorado por su prosa, la construcción de personajes, la trama, el manejo del suspenso, etc. Las razones pueden ser variadas.

Dicho eso, hago mi propia celebración de haber estado durante un año publicando semanalmente una columna (lo que quiere decir que he aumentado muchísimo la cantidad de libros que leo, ya que no todos acaban en la columna) y festejo también que sigo haciéndolo. De hecho, después de terminar de escribir este post, comenzaré a redactar mi próxima columna.


Para ver mi primera columna en Publimetro, hagan clic aquí.

Los interesados en revisar mis otras reseñas, pueden revisar el recuadro “Mi columna en Publimetro.cl” que se encuentra a la derecha en mi blog. Además en la pestaña “Críticas y Reseñas” que se encuentra arriba, pueden encontrar más material. Allí voy subiendo también las columnas que he publicado en el diario (su edición virtual) para que no se me pierdan. ¡Saludos!

Debatiendo en torno al archivo

Afiche de la Jornada Desclasificar el Archivo

Afiche de la Jornada Desclasificar el Archivo

Me gusta el título del evento organizado por los doctorandos de Literatura UC: “Jornada Desclasificar el Archivo: teorías, materialidades, proyecciones”. Al pensar en archivo, me vienen varias ideas a la cabeza; algunas tienen que ver con archivos físicos, cajas y archivadores llenos de material. Otras tienen que ver con el trabajo previo: las personas que revisan, juntan, catalogan y dan forma a los archivos. Ciertamente es importante, pero los archivos no fueron hechos para ocupar espacio, ya sea en una sala o en el disco duro de un computador. Los archivos abren posibilidades para que otros accedan, estudien, investiguen, postulen, propongan, es decir, son indispensables en la línea de generar más conocimiento. Por eso me gusta el título de la jornada, los archivos no están hechos para cerrarse en sí mismos, sino para ser abiertos y comunicados: desclasificados, apelando a la palabra que se usa cuando los archivos que permanecían protegidos por el secreto, son liberados.

Desclasificar también nos habla de hablar sobre los archivos, su teoría y su práctica. Lo que significan, pero también los trabajos archivísticos que se están realizando actualmente en el país, cómo operan las instituciones locales con distintos tipos de archivos y qué dicen los expertos internacionales al respecto. Todo eso es lo que contempla esta jornada que se realizará los días jueves 27 y viernes 28 de marzo. Las actividades se realizarán principalmente en la Universidad Católica, entre la Casa Central y el Centro de Extensión, aunque también habrá una conferencia en la BiblioGam, que está ubicada casi al frente de la UC en la Alameda.

A continuación, transcribo el programa completo:

Jueves 27 de marzo

09.00: Inauguración. Auditorio 1, piso 2, Centro de Extensión UC.

09.30: Conversatorio “Materialidades visuales y resguardo: ¿Cómo se construye un archivo?”.

Participan:

-Gabriel Cea (Cineteca Nacional de Chile): “El nacimiento del cine en Magallanes 1918-1922 (Radonich/Bohr)”.

-María de la Luz Hurtado (chileescena.cl): “Investigación y curatoría en chileescena.cl: potenciando accesos y productividades múltiples”.

-Samuel Salgado (Centro Nacional de Patrimonio Fotográfico): “El resguardo del patrimonio público: archivos fotográficos en Chile”.

-Susana Foxley (Facultad de Comunicaciones UC): “Portal web Archivo Fílmico UC: Miradas visibles”.

Modera: Ximena Vergara (Programa Doctorado Literatura UC).

Auditorio 1, piso 2, Centro de Extensión UC.

12.00: Lanzamiento de especial Revista Chasqui “Archivo y memoria. Culturas subversivas de la memoria en arte literatura, ensayo y en la experiencia cotidiana. Latinoamérica 1970-2010”.

Participan: Magda Sepúlveda (UC) Rubí Carreño (UC),  Fernando Pérez (Universidad Alberto Hurtado).

19.30: Conferencia Magistral de Jorge La Ferla (Universidad de Buenos Aires): “Praxis de Archivos Audiovisuales en América Latina”.

BiblioGam.

Viernes 28 de marzo

09.30: Conversatorio “Políticas institucionales: Archivo y patrimonio”.

Participan:

-Jaime Rosenblitt (DIBAM): “El historiador: la principal amenaza del documento”.

-Alejandra Araya (Archivo Bello Universidad de Chile): “Poner en valor una institución: el caso del Archivo Central Andrés Bello de la Universidad de Chile”.

-María Luisa Ortiz (Archivo Museo de la Memoria): “El Archivo del MMDH: Construcción, accesos y usos”.

-Rodrigo Sandoval (Archivo de Música Popular IMUC): “Función y clasificación en el archivo”.

Modera: Pía Gutiérrez (Programa Doctorado Literatura UC).

Auditorio de la Facultad de Comunicaciones, Casa Central UC.

12.00: Presentación y debate: “El trabajo con materiales encontrados: archivo, forma, poesía”. Se proyectará “Video Papel: subversión de archivos audiovisuales de dominio público” (29 min.) realizado por el artista Gonzalo Aguirre.

Participan: Wolfgang Bongers (UC) y Gonzalo Aguirre (videísta).

Sala de Cine UC, Casa Central UC.

15.30: Lanzamiento de proyectos asociados al archivo en los que participan alumnos que integran el Programa de Doctorado en Literatura UC.

Participan:

-Andrea Jeftanovic: “Archivo Isidora Aguirre: Conservación y difusión de su fondo documental” (FONDART Nacional, Investigación 2014. N° 48520).

-Lina María Barrero, Alessandro Chiaretti y Marcela Torres: “Si estoy en tu memoria, soy parte de la historia. Rescate Colección Comisión Chilena de Derechos Humanos” (FONDART Regional. Conservación y difusión del patrimonio puesta en valor de colecciones 2014. Nº 49781).

-Javiera Larraín y Jimmy Gavilán: “Historia de la Dirección Teatral en Chile: 1940-1979” (FONDART de Investigación Nacional 2013- 2015. N° 4452).

-Andrés Grumann: “Prácticas del archivamiento en danza: contextos y lugares en movimiento” (FONDECYT de Iniciación, nº 11130532, 2013-2015).

-Milena Grass, Isabel Sierralta y Ximena Vergara: “El desafío de la televisión y el cambio de las audiencias para el teatro y el cine. Un caso  de estudio: la Escuela de Artes de la Comunicación UC, 1968-1978” (FONDECYT Regular n° 1131115, 2013-2015).

Presenta: Marcelo González (Programa Doctorado Literatura UC).

19.30: Conferencia magistral de Sven Spieker (University of California): “El archivo en el arte contemporáneo”.

Sala Colorada, Centro de Extensión UC.

Más información en: https://www.facebook.com/desclasificarelarchivo

Lytton Strachey: el placer de la crítica

Portada de Perfiles críticos, de Lytton Strachey

Portada de Perfiles críticos, de Lytton Strachey

El nombre de Lytton Strachey puede no sonar muchas campanas por estos lados. Tal vez los que vieron a la actriz Emma Thompson en la película Carrington, en la que interpretaba a la pintora Dora Carrington, recordarán la relación –llamémosla inusual- que mantuvo con Strachey, un escritos y crítico inglés, y, además, uno de los fundadores del grupo Bloomsbury, que reunía a intelectuales, por ejemplo, a Virginia Woolf.

Ediciones UDP publicó hacia finales del año pasado, el libro Perfiles críticos, una selección de once textos escritos por Strachey, en torno a personajes. Sin duda son escritos diferentes, como aquella pieza en que trata de desentrañar los años que Voltaire pasó en Inglaterra, o aquel otro que se centra en Dostoievski pero desde el punto de vista del humor, de hecho, el perfil se llama “Un humorista ruso”.

Me parece que fue un acierto abrir el libro con “Un crítico victoriano”, en el que Strachey haciendo uso de una prosa envidiable y su propio sentido del humor, nos habla del crítico Matthew Arnold, a raíz de un volumen con escritos de él recientemente aparecido. Primero nos dirá: “[…] en esta colección de ensayos, yace revelada la que realmente fue la debilidad esencial y fatal de la época victoriana: su incapacidad crítica” (21). De ahí en más, nos iremos enterando de la incapacidad específica del tal Arnold.

Es interesantísimo el perfil que arma de Lady Hester Stanhope, que bien parece un ícono de la excentricidad aristócrata; como también el texto en que aborda la obra del poeta William Blake: “Tal música no ha de ser tarareada a la ligera por los mortales: para nosotros, en nuestra debilidad, unos pocos acordes de ella, de vez en cuando, entre el murmullo de la cháchara habitual, son suficientes” (54).

Hacia el final del libro, nos encontramos con “Palabra y poesía”, originalmente una introducción para Words and poetry de George Rylands, otro integrante de Bloomsbury. Allí se centra en Shakespeare –aquel a quien ningún escritor inglés puede “evitar por más de algunos poquísimos instantes” (168), preguntándose por qué si el dramaturgo y poeta inglés era “por lejos el más grande maestro de las palabras que jamás existió”, no solía abordársele desde esa perspectiva, hasta Rylands debemos suponer, quien, de hecho, era un experto en Shakespeare. Terminará el texto con las siguientes palabras: “Como poeta empezó, y como poeta acabó. Seres humanos, vida, destino, realidad –ya no le importaban tales cosas. Eran productos de la imaginación, meras ideas; y la poesía no está escrita con ideas, está escrita con palabras” (170). Aprovecha allí las palabras pronunciadas por Mallarmé: “la poesía no está escrita con ideas, está escrita con palabras”, y que bien podrían asignársele al propio Strachey. Por cierto sus textos están llenos de ideas, puntos de vista, pensamientos; pero lo que los hace un placer muy, muy, recomendable, son las palabras, sus palabras, después de todo, Strachey no era un crítico a secas, sino un escritor.

Strachey, Lytton. Perfiles críticos. Santiago: Ediciones Universidad Diego Portales, 2012.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Días de clases o de dónde proviene una investigación

En el primer día de colegio de Tony

En el primer día de colegio de Tony

Este semestre soy ayudante de un curso de metodología de la investigación en la Facultad de Letras donde hago mi doctorado. La semana pasada tuvimos la primera clase, en la cual –entre otros temas- hablamos acerca del objeto de estudio. Se trata de algo clave en el curso, ya que los estudiantes deben hacer una mini investigación para la que claramente deben escoger, limitar y enmarcar un objeto de estudio. ¿De dónde provienen los temas de investigación? No puedo hablar por los demás, pero en mi caso se trata de elecciones muy personales. Cuando estudié periodismo, hice mi investigación de seminario sobre la metáfora en reportajes sobre la muerte de Kurt Cobain. Por un lado, siempre me han apasionado las metáforas y, por otro, era la época de Nirvana. Nevermind salió unos años antes de que entrara a la universidad y Cobain murió creo que cuando estaba en segundo año. Había leído los reportajes, el especial de la Rolling Stone de un amigo, la biografía de Nirvana de Michael Azerrad Come as you are, así que por qué no dedicarle a Cobain mi investigación para recibir el título de periodista, además que había unas hermosas piezas de escritura para analizar.

Creo que fue la experiencia laboral la que me llevó a elegir más tarde desde el punto de vista del género, privilegiando la escritura de mujeres. Llevé eso más allá cuando junto con mi embarazo opté por escribir sobre escrituras con tinta de leche (materna, se entiende). Y cuando nació mi hijo, creo que fue de lo más natural sentir la necesidad de estudiar las representaciones de infancia. He leído textos interesantísimos sobre la visión que tenemos de niños y niñas, que me han hecho mirar con ojos nuevos mi relación con Tony, mi hijo. Así que mi objeto de investigación (expuesto aquí en lo general, sin el marco en el que he estado trabajando ya durante meses) nació de mi propia experiencia. De hecho, cuando leo algo sobre niños (teórico o literario) mi mente vuela sola hacia mi hijo: comparo con su comportamiento, las cosas que me dice, lo que prefiere hacer, etc.

Así como yo he tenido mis primeros días de clases, Tony también ha tenido los suyos. El martes de la semana pasada tuvo su primer día de colegio, qué larga ruta se le viene encima y a él lo que más le preocupa de momento es el tamaño de su colación. No puedo negar que me preocupo, que pienso en lo pequeño que es y lo inmenso que puede parecer un colegio; aunque creo que él sabe llevar la vida mucho mejor de lo que yo lo hago, pero cómo no dejarlo tomar sus propias decisiones, de que dé su opinión en los temas que le competen –y en otros, claro-, cómo darle independencia, si teóricamente mis estudios me han llevado hacia allá: a considerar al niño como un ser en sí mismo y no como una prolongación mía. En esta nota me parece complicado separar la crianza de mi hijo con la crianza de mi investigación, van muy de la mano, y me gusta que así sea, que pueda estar en sincronía mi labor académica y mi vida familiar.

Los que no dormían: Memorias íntimas de tiempos oscuros

Los que no dormían. Diario, 1944-1946, de Jacqueline Mesnil-Amar

Los que no dormían. Diario, 1944-1946, de Jacqueline Mesnil-Amar

La lectura de Los que no dormían provoca muchos sentimientos, echa a correr recuerdos propios y también asociaciones. De hecho, es difícil no hacer el vínculo con las vivencias de mi país. El libro recoge parte del diario de vida de Jacqueline Mesnil-Amar, francesa de ascendencia judía, licenciada en literatura comparada, y que fue una de los tantos judíos franceses que sufrieron durante la ocupación nazi. El texto nos presenta sucesos, pensamientos, recuerdos también, de Jacqueline a partir de 1944. La ocupación alemana estaba completamente asentada, aunque ya próxima a terminar con la avanzada aliada. Ella y su hija han pasado a la clandestinidad, y su marido acaba de desaparecer, arrestado por la Gestapo. Mientras ella piensa qué será de él, ¿se habrá cambiado de ropa?, ¿le darán de comer?, ¿lo habrán torturado?, ¿estará vivo?; ella debe seguir el día a día, comprar el pan, cuidar de su hija, llevando una vida a medias, siempre preocupada y angustiada también, rezándole a un Dios en el que ni siquiera está segura de creer.

El diario es duro de leer, especialmente el recuento que hace de sus días en la clandestinidad, desde que Francia aceptó la presencia nazi. Relata cómo han ido de casa en casa, de pueblo en pueblo, buscando refugio, cambiando constantemente de nombres y llevando documentos falsos, obviamente falsos, mientras al mismo tiempo su marido y amigos trabajan para la Resistencia francesa.

El diario sorprende, por lo personal que es, por la angustia de no saber qué esperar del mañana; la alegría cuando se enteran de que los aliados están comenzando a liberar Francia, cómo empiezan a desaparecer los soldados alemanes de la calles. Pero también es un ejercicio literario increíble, ágil, profundo, y difícil, porque es difícil leer algo terrible, pero bellamente escrito. Algunos ejemplos: “Plaza de la Concordia, calle Boissy-d’Anglais: del Hotel Crillon y de todos los demás organismos alemanes se escapan fragmentos de papel calcinados que nos inundan; caen sobre nuestros rostros, nuestros cabellos, nuestros brazos” (9 de agosto de 1944). “Ahora nada podrá detener la fiebre de los parisinos. La ciudad es bella así, con sus magulladuras, sus humaredas, su desorden” (23 de agosto). Y “¿Por qué no estás aquí en esta noche inolvidable, bajo el cielo tan bello?, por qué no estás aquí por estas calles, en bicicleta, a mi lado, o aquí, en el balcón de nuestro amigo Jacques B., inclinado conmigo mirando el faubourg y París? Te llamo…” (25 de agosto).

El diario termina ese mismo 25 de agosto, y da paso a unos artículos escritos por Mesnil-Amar para un boletín, dando cuenta de que después del fin de la ocupación, y de la liberación de Francia, todavía quedaba una gran tarea por delante, de reconstruir no solo lo material, sino los quiebres personales y sociales que la guerra había traído consigo.

Mesnil-Amar, Jacqueline. Los que no dormían. Diario, 1944-1946. Santiago: LOM Ediciones, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.