“El océano al final del camino”, de Neil Gaiman

El océano al final del camino, de Neil Gaiman

El océano al final del camino, de Neil Gaiman

Lo primero que diría sobre El océano al final del camino de Neil Gaiman es que me gustaría estar leyéndolo todavía. Debo haber tardado dos días en su lectura, porque es un libro que no se quiere dejar escapar, pero me ha dejado la ansiedad de querer seguir leyendo, de saber más, de ir más allá del final, que –sin contarlo- puedo decir que más que un final definitivo y cerrado, es un símil de la vida: no acaba hasta que la abandonamos para siempre, hasta ese momento cada vivencia por pequeña que sea mantiene la historia viva.

El relato nos presenta a un hombre que vuelve a su tierra natal en Sussex, Inglaterra, para un funeral. Camino a casa de su hermana, decide detenerse en la granja Hempstock, donde vivía Lettie, una amiga de la infancia a la que conoció cuando él tenía siete años. A medida que recorre la casa de los Hempstock hacia el estanque que quedaba en la parte de atrás, va introduciéndose en su infancia, volviendo a tener siete años, volviendo a recordarlo todo, porque pareciera que parte del hacerse adulto es ir olvidando. El todo que recuerda es un cuento de hadas hermoso, en el que no es que todo sea posible –porque en realidad no lo es-, sino que el autor va construyéndolo capa por capa, ligando de manera perfecta lo que llamaríamos realidad y fantasía, a tal punto, que es un tejido tan coherente que una simplemente se deja llevar y lo disfruta.

He visto una discusión en internet acerca de si es un libro para niños o para adultos, pero creo que es un debate vacío o sin importancia, no le impondría edades, aunque sí me daban ganas de ir leyéndoselo a mi hijo de cuatro años, él adoraría ciertos pasajes, como el siguiente: “Miré hacia abajo: el peludo zarcillo que tenía a mis pies era completamente negro. Me agaché, lo agarré firmemente por la base, con la mano izquierda y tiré. Algo salió de la tierra y se giró con furia. Sentí como si se me hubieran clavado una docena de diminutas agujas en la mano. Le sacudí la tierra, me disculpé y se me quedó mirando, más desconcertado y sorprendido que furioso. Saltó de la mano a mi camisa, lo acaricié: era una gatita, negra y brillante […]” (65).

Me interesa la representación de infancia en la literatura. En este caso me cautivó un poco cuando el narrador reconoce “No fui un niño feliz, aunque en ocasiones estaba contento” (27), ya que rompe con el estereotipo de la infancia como un paraíso perfecto y perdido. Tampoco nos encontramos con otros clichés como el del niño ignorante. De hecho, la amiga Lettie lo sabe todo o podría conocerlo si así lo quisiera, en cambio, dice: “Sería muy aburrido saberlo todo”. En ese sentido, esta es una historia de crecimiento, de aprendizaje, pero también de dejar ir para poder seguir adelante. Y tal vez esa es una de las mayores complicaciones, cómo distinguir el momento en que tienes que dejar atrás ciertas cargas y quedarte con otras.

Como decía, me gustaría seguir leyéndolo, pasar más días en la granja Hempstock, sus prados dorados, su luna llena y su océano al final del camino.

Gaiman, Neil. El océano al final del camino. Chile: Rocaeditorial, 2013.

En conmemoración de Cecilia Casanova

Cecilia Casanova en 1960

Cecilia Casanova en 1960

Cuando un amigo me avisó de la muerte de Cecilia Casanova (1926-2014), poeta chilena de la Generación del 50, pensé en el poema “En conmemoración nuestra”:

Le pido al jardinero

que en conmemoración nuestra

no barra las hojas

Me recuerdan el jardín

de Vía Aurelia Orientale

cuando los gansos nadaban en el estero

y la muerte andaba lejos (25).

La muerte ronda en Poemas del vago y del simpático, el poemario en que aparecen los versos que transcribí más arriba, es especial para mí. Es un libro muy delgado en que cada uno de los más de treinta poemas ocupa su propia página. La organización de los textos en la página colabora con la estética de Cecilia Casanova: el poema breve, de pocos versos, que logran congelar instantes, imágenes, pensamientos fugaces, cotidianos. Hace eso sin quitarles la frescura que supone lo que dura solo un momento: tiene que ver con las palabras escogidas, con la forma de armar los versos, con el ritmo que logra en cada poema.

Yo hice mi tesis de Magíster sobre la poesía de Delia Domínguez, pero también pensé en hacerlo sobre la obra de Cecilia Casanova. En esa oportunidad me di cuenta de que no había textos de ella en la biblioteca de la universidad, apenas algunos poemas sueltos en recopilaciones. Yo no había hablado de ella con mi esposo y, sin embargo, un día apareció en la casa con dos regalos, dos poemarios: Luna en Capricornio de María Inés Zaldívar y Poemas del vago y del simpático. En parte fue la sincronía, que fueran poemarios, que hubiera encontrado en librerías el libro de Cecilia Casanova que, aunque editado en 2010 ya no era tan fácil de hallar. Como insinuaba más arriba, hay mucho sobre la muerte, sobre el dejar de existir en Poemas del vago… y también unos breves versos sobre su poética titulado “Autocrítica”, en la que Cecilia Casanova desnuda su estética de la siguiente manera:

Mi poesía

es sin efectos especiales

en blanco y negro

como una vieja película.

Este año fue editado Poesía reunida (Universidad de Valparaíso Editorial), un texto que permite acercarnos a cada una de las obras de la poeta, desde su primer poemario Como lo más solo (1949). Es una gran oportunidad para tener acceso a su obra, especialmente a los textos más antiguos, y también para volverla a presentar, porque sus poemas no han envejecido:

Porque tenemos mucho que decir

callamos de una manera torpe.

Habituados a oírnos

en el movimiento de las manos

en la actitud de volver los ojos.

La ventana nos brinda temas de pájaros

pero cuando voy a señalártelos

el cielo está solo.

Regresamos perdidos cada uno en un bosque

Demasiado cerca para rozarnos (“Tema de pájaros”, 1975).

Esos dos primeros versos me conmueven, tan directos y ciertos, casi pareciera que están hablando por una. Y pienso que no hay que esperar, que es mejor señalar de inmediato los pájaros para que el cielo no esté solo. El amigo que me contó sobre la muerte de la poeta (ocurrida el pasado domingo 2 de noviembre) me dijo que conservábamos de ella sus poemas y es cierto. Pero no solo hay que conservarlos, sino expandirlos, seguir leyéndola y que también tenga nuevos lectores.

Para leer otros poemas de ella, les recomiendo este link de Descontexto.

El ruiseñor y la rosa: la traducción toma un desvío

Una ilustración de Charles Robinson para EL Ruiseñor y la Rosa.

Una ilustración de Charles Robinson para El Ruiseñor y la Rosa.

No había leído “El ruiseñor y la rosa” (“The Nightingale and the Rose”) en inglés hasta unas semanas atrás. Sí lo había leído en varias oportunidades, en la época de colegio, en la universidad, siempre en español. Lo leí en inglés porque lo asigné para una clase sobre estructuralismo que hice hace un par de días. La clase es en  inglés, así que, por supuesto, debía aproximarme al cuento de Oscar Wilde desde su idioma original. Debo decir que la pérdida es enorme, que las traducciones que había revisado, no siguen el estilo de escritura de Wilde, que es fresco y actual. El relato sigue siendo hermoso, pero ha perdido, en parte, esa frescura. Así “From her nest in the holm-oak tree the Nightingale heard him, and she looked out through the leaves, and wondered” se transforma en “Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado”. Me pregunto por qué cambiar la forma en que Wilde construye la oración; pareciera haber una economía de recursos en la traducción al español. Y, por supuesto, está el “oyóle”, que le da a todo un sabor añejo; difícil creer que la edición es de 1981 y que Wilde publicó el cuento en 1888.

Más hacia el final el traductor ignora completamente el recurso retórico de Wilde: la repetición. Así convierte a “Bitter, bitter was the pain, and wilder and wilder grew her song, for she sang of the Love that is perfected by Death, of the Love that dies not in the tomb” en “Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba”. Yo no hubiera usado acerbo para traducir bitter, creo que tiene más que ver con harsh, pero lo que realmente me molesta es esa nueva decisión de ignorar la forma en que Wilde escribe, las estrategias retóricas que utiliza.

Sin embargo, el principal cambio en la traducción, la principal pérdida, es el cambio de género. The nightingale es una she en el cuento de Wilde, es ella. Pero en la traducción se transforma en un él. ¿Le habrá parecido al traductor que era más coherente porque hablaba de “el ruiseñor”? ¿Habrá creído el traductor que el género femenino en el  original no tenía ninguna implicancia? Probablemente. Pero la elección del género de un personaje no es un asunto trivial o neutral, especialmente si es el protagonista de la historia.

De momento, no es mi intención indicar cómo cambia la interpretación de un relato cuando la traducción toma un desvío, sino reflexionar respecto a que la historia puede ser básicamente la misma, pero la forma, el estilo, se pierden. Lo que sí sé es que me dieron muchas ganas de intentar mi propia traducción. Ya veremos. Por lo pronto, pueden revisar el original de Wilde –y apreciar el uso que hace del lenguaje y lo sonoro de su prosa-, haciendo clic aquí.

¿Es infantil una mala palabra?

La portada de Baila y sueña que reúne canciones de cuna y rondas inéditas de Gabriela Mistral.

La portada de Baila y sueña que reúne canciones de cuna y rondas inéditas de Gabriela Mistral.

No recuerdo si he hablado acerca de mi proyecto de título de Doctorado. Tengo la sensación de que había intentado no hacerlo porque todavía se trataba de un trabajo en proceso. Pero ya tengo mi nota (me saqué un 7.0, ¡genial!) y quería comentar algo relacionado con mi objeto de estudio. Parte de mi objeto son las rondas de Gabriela Mistral. Por supuesto, las de Ternura; pero pensé también en incluir las que Luis Vargas Saavedra encontró recientemente y publicó en un nuevo libro llamado Baila y sueña. Una de las razones por las cuales me interesa estudiar las rondas es el hecho de que sean minusvaloradas. Yo no soy la primera en decir esto. Grínor Rojo y Elizabeth Horan han escrito al respecto. Y Mauricio Ostria también lo tiene clarísimo cuando dice: “En ese desolador panorama, producto de la ignorancia y la desidia intelectual, tal vez el libro peor leído de Gabriela Mistral sea Ternura. Es también el más descuidado por la crítica, salvo notables excepciones” (“Releyendo Ternura” 649). Para mí el hecho tiene que ver con que se relacionan las canciones de cuna y las rondas con lecturas dedicadas a niños y niñas –lo que no representa un problema- y a los libros para infantes con lecturas menores, de inferior calidad o, de plano, malas. De hecho, la palabra “infantil” casi es una mala palabra.

Cuando apareció Ternura en 1924, tenía como subtítulo “Canciones de niños”. Para Ostria, fue ese subtítulo el que estigmatizó los versos de Mistral, limitándolos a una “lectura desaprensiva y poco atenta” (650). El crítico considera que Gabriela Mistral debe haberlo notado, porque cuando apareció la segunda edición de Ternura en 1945, el subtítulo era otro: “casi escolares”, poesías casi escolares; es decir, no son para niños. O no son solo para niños y niñas; o el hecho de que sean rondas y canciones de cuna quiera decir que no tienen mérito o profundidad.

Una página interior de Baila y sueña.

Una página interior de Baila y sueña.

Sin embargo, eso de escolares/infantiles allí metido sigue metiendo ruido. Y aquí va una historia reciente. En casa hemos tenido que restringir nuestros gastos, porque las cosas económicamente andan más o menos. Así que no podía pensar en comprar Baila y sueña; no importa, pensé, lo sacaré de la biblioteca de la universidad. Cuando lo busqué en el catálogo online encontré que estaba y partí a sacarlo. No lo encontré en el estante, así que revisé de nuevo el catálogo y me di cuenta de que las copias (que eran unas diez) estaban en un apartado llamado “Sección escolar”. Déjà vu, ¿cierto? No sabía dónde quedaba, así que pregunté a la bibliotecaria, quien amablemente me explicó que esa era una sección solo para escolares y que yo, aunque alumna de la universidad, no podía sacar el libro. Lo irónico de todo este asunto es mi insistencia en que estos no son textos escolares, sino textos a secas; pero la institución los limita a una categoría. Porque esas copias para los escolares están muy bien; el error o la desidia está en concluir que el libro no es necesario para la biblioteca a la que tienen acceso universitarios y profesores.

El asunto me provoca desazón, pero finalmente tengo mi copia. Es una hermosa copia, aunque totalmente brandeada para niños y niñas; además desde una visión romántica, parece que nadie pensó en atraer a la lectura de estas rondas y canciones a las niñas y niños que usan tablets y afines. Lo que me desconsuela es cómo se trata de empequeñecer todo, meterlo en categorías diminutas, seguras, confiables y tan cuadradas que son difíciles de sacudir.

Lecturas de cama

No fue esta la edición que leí de las Crónicas..., esta fue un regalo que me hicieron años después de esa primera lectura.

No fue esta la edición que leí de las Crónicas…, esta fue un regalo que me hicieron años después de esa primera lectura.

Tony me contagió su virus infantil. Pero él, que según el doctor a pesar de todo está sano como manzana, salta, se divierte y apenas tiene una tos loca; aunque estamos vigilándolo y controlando que no vaya a sentir fiebre. Yo, en cambio, he sufrido el peso del contagio. Pero no hay blancos y negros, ¿cierto?, sino una gama extensa de grises y arcoíris. El tener a mi lado una torre de libros por leer y a medio leer, me hizo recordar las veces que pasé en cama leyendo cuando era niña. Así fue, de hecho, como devoré los siete libros de las Crónicas de Narnia; seis, en realidad, ya que El león, la bruja y el ropero lo leí totalmente sana.

Hay un placer en torno al leer cuando se está metido en una cama, por obligación y porque es la única opción de guardar un poco de fuerzas y reponerse para seguir adelante. Claro que en la actualidad se pueden ver películas por televisión/cable/netflix, qué sé yo. Cuando era niña no había muchas opciones, diría yo; y si las había no eran muy atractivas. En cambio, leer siempre provee de tantas posibilidades. Tomar un libro cuando se está pegado a una cama, significa poder escapar de ella. Es una idea manida eso de comparar el viajar con la lectura, porque, aunque leer no reemplaza el viajar, sí es una forma de viajar, de salir de una misma, de conocer otros lugares, otras formas de pensar, conocer gente (personajes, claro) distinta.

Y, por supuesto, vivir experiencias. Atravesar un ropero lleno de abrigos para llegar a una tierra nevada; enfrentar un dragón; ser convertido en ratón por una bruja odiosa. Esas son experiencias fantásticas, pero también pintar una cerca, nadar en un lago, viajar en tren. No tienen que ser experiencias fuera de este mundo –aunque lo son, pertenecen al “mundo” de los libros-; no es eso lo que los hace valiosas, sino el entrar en ellas y, claro, que estén bien escritas; porque no son los excesos de fuegos artificiales los que hacen de un texto un buen libro.

Imagino que debe haber muchas lecturas que me acompañaron durante mis enfermedades. Pero las que no logro olvidar son las de las Crónicas de Narnia; recuerdo cómo me sentía (incluida la rabia de que C. S. Lewis no permitiera que Susan volviera a la Narnia post Juicio Final); la forma en que estaba organizado mi dormitorio… Es raro, pero casi me parece verme metida en la cama. En fin, solo recordé ese cariño extra o especial que me despiertan los libros que leí estando enferma.

Tengo Flores Nuevas

Tony y yo disfrutando de un poco de lectura y de sacarnos fotos, por supuesto.

Tony y yo disfrutando de un poco de lectura y de sacarnos fotos, por supuesto.

Yo sé que debe ser un lugar común, pero realmente quiero que lleguen las vacaciones. Finalmente me desocupé de la Católica, aunque estoy haciéndole unas mínimas correcciones a mi proyecto de título. Pero en la Usach recién termino el 19 de este mes, lo que será duro porque mi hijo Tony sale de vacaciones este jueves. He estado por lo menos dos semanas sin escribir en el blog y lo he echado de menos, pero he tomado tantos compromisos laborales, desde correcciones a clases, pasando por traducciones, que hay actividades que deben dejarse en pausa, para no colapsar. Porque, por supuesto hay otras actividades que no pueden evadirse, como todo lo referido a mi hijo, por ejemplo.

Debo admitir que incluso leer se me hizo difícil, porque los momentos de dedicación exclusiva y tranquila para la lectura se me hacían escasos. ¿Comenté que además tuve a mi hijo con licencia en casa? Fue una de las tantas bajas de invierno. Otros padres sabrán que ha sido duro, de hecho, en su curso eran más los niños que faltaban que los que iban a clases. No me gusta apurar la lectura que es lo que suele pasar cuando se tiene poco tiempo. Yo puedo leer muy rápido, pero siento que eso le resta mucho a la experiencia completa de ir devorando poco a poco un texto, especialmente si a una le está gustando. Entonces abrí Flores nuevas de Federico Falco (Montacerdos, 2014). Tenía referencias, las que suelen derivar en expectativas; pero, en realidad, no me esperaba cuentos tan bien escritos, delicados, incluso. El autor centra sus historias en la provincia de Córdoba, Argentina, lo que ya es interesante; salir de la capital, adentrarse en otras zonas, otras tierras, con otras formas de hablar y de narrar. Pero fue la temática intimista, que rescata el vivir cotidiano en provincia, el crecer, la familia, lo que me cautivaron. Hay algo pausado en la escritura de Falco, un ritmo diferente, que se aprecia y que hace que el mundo se detenga un poquito. Me recordó mi propia infancia en provincia, primero en Iquique y luego en Copiapó; recordé la experiencia de ese ritmo lento, en que las cosas siguen un curso lento, sin prisas, en que la vida no pasa por el lado, sino que se va viviendo paso a paso.

Los relatos son conmovedores. Primero porque son dolorosos, los desencuentros, desamores, heridas duelen; pero son más conmovedores por la esperanza que anidan: las vidas no se acaban en las tragedias, sino que siguen adelante. Me encantó, por ejemplo, en “Un hombre feliz” el intercambio de correspondencia física entre padre e hijo, en unos tiempos en que el email o, peor, el whatsapp, acapara todo; porque estas técnicas podrán ayudar en la inmediatez, pero no son capaces de suplir una experiencia como la que se narra:

“Se visitaban de tanto en tanto, pero sobre todo se comunicaban con largas cartas manuscritas, que cada uno redactaba con mucho cuidado, eligiendo las frases, atendiendo a cada adjetivo y cada adverbio como si fueran un regalo. Intercambiaban una o dos por mes. […] A la vuelta de correo Joaquín le recomendaba lecturas, incluía hojas secas de fresno y arce entre los pliegues del papel y bocetos a mano alzada de cómo se veían las cabañas en el valle o de truchas corcoveando sobre el aire del arroyo grande” (47).

Cómo no conectar con eso, de inmediato pensé en las hojas que mi hijo recoge para mí cuando recorre el patio del colegio, entre la sala de clases y la puerta de salida; que, debo mencionar, es un trayecto bastante largo. Pero si se trata de conexiones, “Cuento de Navidad” me impresionó, todo el relato familiar, los recuerdos, cómo la gente se va yendo, incluso antes de morir. Pensé en mis propios abuelos. Uno de ellos murió recién el año pasado. La misma tarde en que yo leía y me conmovía, Tony dormía a mi lado en la cama. Debió ser un sábado o un domingo. Cuando se despertó estaba muy triste, tal vez había soñado con su bisabuelo, porque lo primero que hizo fue preguntarme: “Mamá, ¿por qué se murió el Tata de la Meme?”. Quería saber dónde estaba –él, no su cuerpo- y si se lo podía visitar. Nos abrazamos y lloramos juntos un rato, hasta que la pena pasó y quedó la calma, la calidez de tenernos el uno al otro.

Flores nuevas es un gran libro, bien escrito y con una edición maravillosa. Es hermoso, fácil de leer por su diagramación, pero, además, es un gusto encontrarse con un libro bien corregido. Pero los libros pueden gustar, pueden divertir, pueden entretener, pero no hay nada como aquellos que te conmueven y remueven, te conectan y hacen saltar tus recuerdos y emociones.

Nota: Pueden leer ya mi reseña sobre Flores nuevas en Publimetro.cl. El texto es distinto, con otras reflexiones motivadas por estos hermosos cuentos.

Archivo, recuerdos y cómo presentar un curso

Una muestra de mi archivo personal

Una muestra de mi archivo personal

Ayer estuve en una charla dictada por Fernando Blanco en la Facultad de Letras UC. El tema era la ficcionalización del archivo en Centro América y el Cono Sur; es decir, cómo autores han incluido, por ejemplo, las comisiones de verdad y reflexión en sus escrituras y también el caso de la artista Voluspa Jarpa, quien ha incorporado los archivos desclasificados por Estados Unidos para sus más recientes manifestaciones y obras. La verdad es que no alcanzamos a abordar bien las obras, excepto lo de Voluspa Jarpa. Ya quedaba poco tiempo para explayarse sobre las acciones –y eso que la charla se prolongó bastante más de lo presupuestado-, porque gran parte del tiempo fue ocupada en la presentación del tema y el marco teórico.

La charla estaba basada en un curso que Blanco dictó en la Universidad de Bucknell, Estados Unidos, donde trabaja. Y su primera aproximación fue introducirnos en el sentido del curso, para lo cual leyó y explicó una verdadera ponencia, acerca de sus intereses, de dónde provenían y del marco teórico en el cual se basaban. Luego continuó con la problematización del archivo, abordándolo desde distintos teóricos, tanto aquellos internacionalmente validados por la academia, como Foucault, como investigadores latinoamericanos. También explicó por qué dicha conformación de la bibliografía.

Aunque he tenido excelentes profesores en mis ya varios años de estudio, no recuerdo alguno que haya sido tan organizado y prolijo para exponer su curso: no solo los contenidos prácticos –por llamarlos de alguna manera-, sino los fundamentos en que basa su investigación. Y no es que otros cursos carezcan de fundamentos o marco teórico, pero muchas veces se da por hecho; cuando es realmente importante conocer dónde está parado el profesor, desde dónde está hablando, en vez de simplemente entregar un párrafo con la descripción de un curso, que muchas veces es más bien neutra, como si no hubiera una ideología o un punto de vista en la elección y supresión de autores. Además que, dándole más vueltas al asunto, me pareció que eso tiene que ver también con el archivo: qué se selecciona para pasar a formar parte del archivo, qué permanece en secreto y qué simplemente se suprime, como si no existiera. En cuanto a la charla propiamente tal, me pareció interesante –entre muchos otros aspectos- el vínculo que Blanco realizó entre la formación del archivo y la formación de recuerdos: cada vez que se archiva y se recuerda, se selecciona, se reprime y se condensa; por eso –y esto lo agrego yo- ninguno de los dos es realmente “la verdad”, ¿no?

 

“Bajo la misma estrella” de John Green

Bajo la misma estrella, de John Green

Bajo la misma estrella, de John Green

Quizás a estas alturas muchos ya saben de qué se trata Bajo la misma estrella. Después de todo, ha sido un éxito –en el inglés original y sus traducciones- y ya anda dando vueltas el tráiler de su adaptación al cine. Yo misma vi esas imágenes antes de leerlo y debo agradecer que no sea muy explícito, porque cada página fue una verdadera y grata sorpresa. Tiene que ver, en gran parte, con los personajes que John Green fue capaz de crear, son tan deslenguados y divertidos, crudos y tiernos. Suena como si fueran contradictorios, pero ¿acaso la contradicción no es parte de ser personas? Hazel es la narradora, una joven con un cáncer a los pulmones tan avanzado que sabe que va a morir. La rodean otros personajes con distintos tipos de cáncer o bien afectados por esta enfermedad, pero no es una novela sobre tratamientos u hospitales, aunque los hay. Más bien tiene que ver con vivir cada día a la vez, de tal manera que la narración nos involucra en los momentos cotidianos –y especiales- de Hazel y Augustus, desde que se conocen en una reunión de apoyo. Digo que nos involucra porque la narración es muy íntima, no esconde nada, así que es como si estuviéramos dentro de cuatro paredes con los personajes, presenciando las acciones y no que nos fueran narradas. Una narración en primera persona puede obviar aquellas partes incómodas, duras, pero esta los abraza de manera intensa, sin descuidar el tono de una joven, aunque sea una tan precoz como Hazel.

“Hazel es diferente. Camina ligera, Van Houten. Camina ligera sin tocar el suelo” (299), la describe Augustus. Me quedó dando vueltas eso de caminar ligero, en especial en una cultura católica como esta que más bien piensa que uno lleva una cruz a cuestas. Paul McCartney le hacía frente a esa creencia en “Hey Jude”: “And anytime you feel the pain, / hey Jude, refrain / don’t carry the world upon your shoulders”. Cargar el mundo sobre nuestros hombros es metafórico; Hazel arrastra un carrito con el oxígeno que tanto necesitan sus pulmones y, sin embargo, camina ligera. Y ya que la cita que escogí menciona a Van Houten, tengo que hablar un poco acerca de ese personaje que es todo lo contrario de Hazel, parece que la presión del aire es mayor en su espacio. El personaje es el autor de Un dolor imperial, el libro que Hazel y Augustus prácticamente idolatran: lo citan constantemente porque se reconocen en sus líneas. Es tan importante dentro del texto que una casi se convence de su existencia, con lo que juega el propio Green desde un comienzo, al utilizar como epígrafe de Bajo la misma estrella un extracto de Un dolor imperial: “El Tulipán Holandés contemplaba la marea, que estaba subiendo”, comienza la cita. Dentro del libro la marea tiene que ver con el dolor que sube y baja. Como la marea, el dolor no vuelve a bajar dejando intacto todo aquello que tocó, sino que remueve, cambia y se lleva muchas cosas. No solo el dolor, sino que la vida también puede leerse desde la imagen de la marea. Pero Green se preocupa de que no sea la marea la importante, sino sus personajes –con sus momentos altos y los bajos- y esa complicidad que logran entre ellos y con el lector.

Green, John. Bajo la misma estrella. Chile: Random House Mondadori, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Y sobre Bajo la misma estrella escribí anteriormente en este blog: ¿Nos dan lecciones los libros?

Una mujer fenomenal

Una de las páginas interiores del libro con la primera estrofa de Phenomenal Woman

Una de las páginas interiores del libro con la primera estrofa de Phenomenal Woman

El 28 de mayo murió Maya Angelou. No la había leído, aunque por supuesto sabía de ella, escritora, poeta, activista. Así que busqué en la biblioteca de la universidad qué había disponible y me encontré con dos títulos, ambos en inglés; los pedí los dos. Uno de ellos es su primer libro: I know why the caged bird sings. Es una autobiografía; a lo largo de su vida escribiría otros seis textos autobiográficos. Todavía no lo he leído, pero sí me encanta la sonoridad del título. Además, investigando más al respecto, di con un artículo escrito por su editora inglesa, quien recuerda cuando publicaron I know… en Inglaterra y la impresionante entrevista que dio Maya después: “Fue una entrevista conmovedora, audaz, y Maya habló de la parte del libro donde es violada a los ocho años y cómo ella quedó muda hasta que la literatura la persuadió de regreso al habla” (Lennie Goodings en The Guardian). Sabiendo eso, me doy cuenta de que la lectura debe ser tranquila, no apurada, por lo cual me tomaré mi tiempo.

El segundo texto que saqué es Phenomenal woman, un pequeño y hermoso libro. Es pequeño de formato, pero también porque contiene tan solo cuatro poemas, cuyo punto de unión es la “celebración de la mujer”; lo entrecomillo porque así dice el subtítulo: Four poems celebrating women. Como objeto es delicadísimo: la tapa tiene grabadas en cuño seco las iniciales de la autora y, bajo ellas, un diseño de grecas que se repite en las páginas interiores, aunque esta vez impresas. Tanto el papel de la edición como la tipografía escogida son especiales; el papel es texturado y de alto gramaje y la fuente se llama Bembo, que tiene su origen en una tipografía de finales del siglo XV. Me gusta el cuidado puesto en la edición, porque el contenido, esos cuatro poemas, son impresionantes.

El poemario comienza con “Phenomenal woman” e incluye también: “Still I rise”, “Weekend glory” y “Our grandmothers”. Son poemas íntimos, personales, con un yo poético orgulloso de ser la mujer que es, de sus ancestros y que tiene una conciencia clarísima del pasado terrible, de esclavitud y violencia, del que surgió. Pero se trata, asimismo, de un pasado que no pudo con ella:

Leaving behind nights of terror and fear

I rise

Into a daybreak that’s wondrously clear

I rise

Bringing the gifts that my ancestors gave,

I am the dream and the hope of the slave.

I rise

I rise

I rise (9).

La voz lírica de estos poemas habla desde su propia experiencia; es un yo que habla, además, por las otras mujeres que han compartido su historia. En el último poema, el yo se transforma en un ella, por cuanto nos presentará directamente a los ancestros de los que ha venido hablando en los versos previos: las abuelas. Las historias son más que conmovedoras, remecen, en especial porque no vienen edulcoradas. La hablante no vacila cuando habla de esas mujeres abusadas y esclavizadas en las plantaciones del sur de Estados Unidos ni cuando habla de las pocas opciones que deja la pobreza o cuando nombra los crueles términos con los que se las quiere vejar no solo físicamente, sino espiritualmente.

Y sin embargo, estos poemas son efectivamente una celebración de estas mujeres fenomenales, que, a pesar de todo, permanecen de pie, orgullosas, abiertas al futuro y la esperanza. En ese sentido, el ritmo musical, las rimas consonantes, hacen que los versos vibren, que fluyan, llenos de vida. El texto que le da nombre al poemario habla desde el yo, cuatro estrofas en que la hablante explica dónde radica su secreto, qué la hace fenomenal. En cada estrofa repite un mismo modelo: la gente, los hombres, las mujeres, se preguntan qué la hace especial. Luego ella enumera esas cualidades para terminar reafirmando que es una mujer fenomenal. A continuación, un extracto:

I say,

It’s the fire in my eyes,

And the flash of my teeth,

The swing in my waist,

And the joy in my feet,

I’m a woman

Phenomenal woman,

That’s me (4).

Y aunque son experiencias tan precisas de un grupo social y racial, Maya Angelou apela también a un grupo genérico, a las mujeres, a una hermandad. Sus versos invitan, suman y una se siente reflejada, si no en la experiencia real, sí en la fuerza de espíritu de la que rebosa.

“Las pulsaciones de la derrota” de Damaris Calderón

Las pulsaciones de la derrota, de Damaris Calderón

Las pulsaciones de la derrota, de Damaris Calderón

Este poemario de Damaris Calderón me ha dejado pensando en la palabra pulsaciones, es decir, los latidos producidos por la sangre que corre por las venas. La derrota, entonces, no es algo sencillo, sino que interfiere con la vida, con los latidos de nuestro corazón, se mantiene viva si no logra ser acallada y la forma de acallarla no es simplemente dar vuelta la página u olvidar, porque a pesar del tiempo las pulsaciones pueden seguir vivas. Calderón comienza el poema del mismo nombre de la siguiente manera: “Ella: ________” (90), como diciendo que ahí es donde debemos poner un nombre, tal vez el nuestro o el de mujeres que conocemos. Ella está contando una historia que se reactualiza en nuevas derrotas, nuevos sufrimientos.

El ser humano, y la mujer, ya que hay una clara conciencia de género en sus versos, es frágil, vulnerable, el mundo más allá del cuerpo propio es agresivo; sin embargo, permanece “El fiero rostro no domado” (91). En el poemario hay tanto trazas de la derrota como del levantarse de nuevo. Las primeras se observan en las mujeres que avanzan de espaldas y en la idea de desaparecer que recorre las páginas: que una desaparezca hasta que no quede recuerdo alguno, sino que todo haya sido borrado. Pero al mismo tiempo la hablante sacraliza a los derrotados, los pequeños gestos cotidianos. Así propone la figura de Pedro, quien, aunque negó tres veces, se convirtió en piedra de la iglesia.

Estas ideas son recogidas, en general, desde lo mínimo, poemas de versos cortos, en que el espacio vacío de la página se hace patente y puede ser leído también como aquello borrado. Es en esos versos cortados, separados, aislados, en los que Calderón logra una mayor tensión con la idea de la pulsación, la derrota y el desaparecer. En otros casos, alcanza casi un nivel de narratividad, en que las estrofas se convierten más bien en párrafos. En estos párrafos encontramos una voz que parece más propia, en el sentido de que pareciera que la hablante (¿o deberíamos decir la narradora?) está hablando más sobre sí misma, casi en forma de manifiesto, que sobre las pulsaciones de una derrota compartida desde antes de que este fuera Chile.

Calderón Campos, Damaris. Las pulsaciones de la derrota. Santiago: LOM Ediciones, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Nota: Damaris Calderón ganó recientemente el Premio Altazor por su poemario Las pulsaciones de la derrota.