Los que no dormían: Memorias íntimas de tiempos oscuros

Los que no dormían. Diario, 1944-1946, de Jacqueline Mesnil-Amar

Los que no dormían. Diario, 1944-1946, de Jacqueline Mesnil-Amar

La lectura de Los que no dormían provoca muchos sentimientos, echa a correr recuerdos propios y también asociaciones. De hecho, es difícil no hacer el vínculo con las vivencias de mi país. El libro recoge parte del diario de vida de Jacqueline Mesnil-Amar, francesa de ascendencia judía, licenciada en literatura comparada, y que fue una de los tantos judíos franceses que sufrieron durante la ocupación nazi. El texto nos presenta sucesos, pensamientos, recuerdos también, de Jacqueline a partir de 1944. La ocupación alemana estaba completamente asentada, aunque ya próxima a terminar con la avanzada aliada. Ella y su hija han pasado a la clandestinidad, y su marido acaba de desaparecer, arrestado por la Gestapo. Mientras ella piensa qué será de él, ¿se habrá cambiado de ropa?, ¿le darán de comer?, ¿lo habrán torturado?, ¿estará vivo?; ella debe seguir el día a día, comprar el pan, cuidar de su hija, llevando una vida a medias, siempre preocupada y angustiada también, rezándole a un Dios en el que ni siquiera está segura de creer.

El diario es duro de leer, especialmente el recuento que hace de sus días en la clandestinidad, desde que Francia aceptó la presencia nazi. Relata cómo han ido de casa en casa, de pueblo en pueblo, buscando refugio, cambiando constantemente de nombres y llevando documentos falsos, obviamente falsos, mientras al mismo tiempo su marido y amigos trabajan para la Resistencia francesa.

El diario sorprende, por lo personal que es, por la angustia de no saber qué esperar del mañana; la alegría cuando se enteran de que los aliados están comenzando a liberar Francia, cómo empiezan a desaparecer los soldados alemanes de la calles. Pero también es un ejercicio literario increíble, ágil, profundo, y difícil, porque es difícil leer algo terrible, pero bellamente escrito. Algunos ejemplos: “Plaza de la Concordia, calle Boissy-d’Anglais: del Hotel Crillon y de todos los demás organismos alemanes se escapan fragmentos de papel calcinados que nos inundan; caen sobre nuestros rostros, nuestros cabellos, nuestros brazos” (9 de agosto de 1944). “Ahora nada podrá detener la fiebre de los parisinos. La ciudad es bella así, con sus magulladuras, sus humaredas, su desorden” (23 de agosto). Y “¿Por qué no estás aquí en esta noche inolvidable, bajo el cielo tan bello?, por qué no estás aquí por estas calles, en bicicleta, a mi lado, o aquí, en el balcón de nuestro amigo Jacques B., inclinado conmigo mirando el faubourg y París? Te llamo…” (25 de agosto).

El diario termina ese mismo 25 de agosto, y da paso a unos artículos escritos por Mesnil-Amar para un boletín, dando cuenta de que después del fin de la ocupación, y de la liberación de Francia, todavía quedaba una gran tarea por delante, de reconstruir no solo lo material, sino los quiebres personales y sociales que la guerra había traído consigo.

Mesnil-Amar, Jacqueline. Los que no dormían. Diario, 1944-1946. Santiago: LOM Ediciones, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

In the mood of celebrating

jueves_valenzuela_350It took me a while finding a text for my post in English. I have said before that I was interesting in writing about Latin-American books, but I was not excited enough with my most recent reading. I mean, I have read very interesting books lately, but I was not totally convinced. Until I read Jueves (Thursday). Last week I went to the register office to renew my ID card and I was preparing for a long waiting. The office has been struggling with attention throughout a year I think, so I was not expecting any better. I was right, because I spent three hours until my number was finally called. And I took that time in the reading of Jueves (La Calabaza del Diablo, 2009) by Luis Valenzuela Prado, a Chilean writer. I read the whole text. It’s not a long book, just about 130 pages or so, but it was not all about its length, but the writing: a very fluid narration about the long waiting before a celebration which never takes place. You can imagine that I could also relate to the waiting situation.

The novel presents three friends: Betulio, Fresno and Valenzuela. The latter two have planned a celebration to Betulio. We never know why; we just know –or we sense- that it’s destined to failure. But the celebration mood –which involves a lot of drinking-, seems just an excuse to talk, to narrate certain issues from the past, to deepen about friendship. So we begin to meet and kind of care for these three young common men. They are not heroes or successful people, but, as Fresno puts it, it is not about the story but how you tell that story. So we found dialogues and also a lot of thinking by Valenzuela, who is also the narrator, thoughts which are intervened by the other characters, making the narrative fluid but also ambiguous. Ambiguity seems right, because the narrator is a man who doubts about things, in his own words he is not able to get to the point; he just talks in a roundabout way.

Jueves was recently reissued because of the publishing of Operación Betulio, in which we met again with these friends, now looking for Betulio who went back to his natal Bolivia. I still reading it -actually I started it at the same waiting for my ID card renewal-, but I am very excited about reading again about these guys, now traveling through the country, in such an opposition to Jueves, which takes place in a tiny apartment during the night. I expect to write about Operación Betulio in the following weeks.

Lecturas de largo aliento

libros_grandesHe escuchado la versión de que hoy en día los libros son más bien cortos por un tema económico. Son más fáciles de producir y de vender. De los libros que tomé el año pasado la mayor parte eran, de hecho, cortos. Pero hubo algunas excepciones. La primera fue Leñador de Mike Wilson (pueden leer mi reseña en 60 Watts aquí). Y, de hecho, tuve que dedicarle varias semanas a la lectura. Porque, para ser sincera, las actividades diarias atentan un poco contra una lectura de largo aliento calmada y concentrada. En mi caso gran parte de las interrupciones vienen desde mi hijo. Acaba de cumplir cuatro años y, aunque le gusta que nos sentemos a leer juntos –cada cual sus libros- él no quiere que lea cien páginas de un tirón.

Durante el final de año traté de concentrarme en la lectura de La liberación de José Antonio Rivera (la reseña se publicará próximamente). Pero estaba con muchas correcciones de textos, además del resto de la vida. No había publicado en el blog, porque estaba de vacaciones en la playa. Aproveché la oportunidad para llevarme el libro –que tiene unas 600 páginas-, y lo leí en pocos días, concentrada y relajadamente. Increíble lo que significa estar sin preocupaciones de trabajo y estudio por algunos días. Además del tiempo que se va en traslados, aunque yo soy de las que leen en el metro; pero si una maneja, ya es otra cosa.

A mí me gustan los libros gordos y los flacos. No creo que necesariamente a más número de páginas la calidad sea mejor ni que los textos breves sean simples; me parece que ambas posturas son reduccionistas y que, al final, solo se puede evaluar libro a libro, lectura a lectura. Lo único que me parece es que muchas páginas requieren de más momentos de tranquilidad. Pero el asunto entonces no es la lectura, sino qué ocurre en nuestras vidas que a veces esos momentos escasean. Lo que sí puedo decir es que es muy grato tomar un libro grande e ir pasando sus páginas sin prisas hasta que lo dejo con la tapa hacia abajo porque lo terminé y disfruté. Dicho eso, tengo todavía un par de textos bastante largos que esperan su turno, es de esperar que este sea –ojalá- un año más tranquilo que el pasado.

¿Nos dan lecciones los libros?

Tony y yo leyendo Bajo la misma estrella de John Green

Tony y yo leyendo Bajo la misma estrella de John Green

Estos últimos días he tenido varias ideas sobre las cuales escribir, pero ya que estamos de vacaciones en casa, las horas de escritura, en realidad, se han esfumado un poco. Las de lectura, en cambio se han acrecentado. Por eso, cuando vi que en un blog que sigo proponían leer en el club de lectura de febrero Bajo la misma estrella de John Green, no me resistí. Primero pensé en comprarlo, pero la verdad es que estamos caminando por la vereda de la frugalidad en estos momentos; así que mejor lo posteé en Facebook y me llegó al otro día un mensaje genial: ¡alguien tenía el libro y me lo prestaba! (¡¡Muchas gracias!!). Ya lo terminé. No fue una tarea difícil, de hecho, si no tuviera un hijo y otras lecturas que hacer, habría terminado rápidamente sus 300 páginas, porque es un texto muy ágil, se desliza sin necesidad de hacer una lectura rápida, que es cuando le pego una mirada a la página para poder pasarla de una vez. Lo admití. Eso hago a veces, aunque no con los libros que finalmente reseño, porque –no sé si alguna vez he comentado esto en el blog- hace un tiempo ya decidí reseñar solo libros que encuentre buenos, que me gusten por algún motivo; no tienen que ser perfectos ni obras maestras, pero sí agrupar ciertas cualidades: a veces se trata de la historia; otra, de los personajes; o de la forma en que es narrada; otras, todas las anteriores.

Como decía, leí atenta, pero rápidamente este libro que me gustó tanto, que decidí hacer una reseña para Publimetro. Debo mandar la reseña para que sea publicada hoy viernes de San Valentín, ojalá. Debido a que el momento de la publicación es un tanto incierto, decidí omitir cualquier mención al día aquel, aunque el libro sea sobre una historia de amor; entre otros temas. La historia de amor de Hazel y Augustus, dos jóvenes con cáncer. (La reseña fue publicada el 3 de marzo, pueden verla aquí).

En la reseña hago mención a la siguiente cita: “Hazel es diferente. Camina ligera, Van Houten. Camina ligera sin tocar el suelo” (299). Augustus describe de esa manera a Hazel. Me impactó, esa es la verdad, porque me puse a pensar en cómo camina una por la vida, cómo camino yo por la vida. Creo que la mayor parte del tiempo siento este inmenso peso sobre los hombros (ver cita a Paul McCartney en mi reseña), como ahora. Qué maravilla poder, a pesar de la vida, de la enfermedad, de los tropiezos, poder caminar ligera. Leía en una reseña de The Guardian que lo que más le gustaba a la crítica era cómo Hazel no se proponía aceptar su enfermedad, sino aceptar la vida. Es decir, disfrutar de lo que podamos obtener de la vida. Es como ese dicho de si la vida te da limones, entonces haz limonada. Pero mejor, todavía: una limonada dulce y rosada.

No suelo leer libro por las lecciones que implican para la vida. Me gusta leer por placer. Estudio los libros y escribo sobre ellos porque los amo –y en parte por eso me he abstenido de reseñar libros que no logren pasar la prueba-. Pero debo reconocer que este libro me ha dado algunas lecciones. Lo que sí tengo claro es que se aprende leyendo. Yo he aprendido muchas cosas: palabras nuevas, anécdotas, historias, a escribir, a tener paciencia, a disfrutar tendida en una cama, a andar siempre con un libro en la cartera, para aprovechar cada momento… En este caso recibí una lección mientras leía un texto ágil, bien escrito, con personajes increíblemente bien configurados, llenos de sutilezas y rasgos contradictorios, como es una, ¿no?

Desarticulaciones de la memoria y el yo

Desarticulaciones de Sylvia Molloy

Desarticulaciones de Sylvia Molloy

Debe haber sido a comienzos de año, o a finales del año pasado. Estaba esperando a una profesora y amiga en su oficina de Campus Oriente, porque estábamos trabajando en el artículo final de un proyecto de investigación. Mientras la esperaba, me llamó la atención un libro que estaba sobre su escritorio: Desarticulaciones de Sylvia Molloy. No fue mucho lo que esperé, sin embargo, alcancé a leer la mitad del libro. Es cierto que se trata de un texto breve, apenas superior a las 70 páginas, y muchas de ellas contienen solo un par de párrafos. Pero no es esa la razón por la que avancé con rapidez la lectura, sino el texto en sí mismo.

Desarticulaciones presenta a una narradora que nunca se presenta, a la que vamos conociendo despacio, a retazos a través del relato de sus visitas a ML. ML es una antigua amiga y también un antiguo amor, afectada por el Alzheimer. Cada capítulo da cuenta de un encuentro, a lo largo de los cuales vamos viendo cómo la memoria y todo aquello que hacía de ML ser ML se va desvaneciendo o, más bien, desarticulando, haciendo referencia al título del libro. Paralelamente, la memoria de la narradora se hace fuerte y se esmera, tal vez, en recordar por las dos, es necesario recordarlo todo para mantenerla viva. “Hablo de exacerbamiento de mi memoria, de contaminación de recuerdos, de listas para no olvidar, y por supuesto de olvidos. De olvidos míos, no suyos: para decir que uno ha olvidado hay que tener una mínima capacidad de recuerdo, palabra que, para ella, ya no tienen sentido” (66).

El libro es honesto y dulce, en vez de centrarse en la rabia de la pérdida, se centra en lo hermoso de la pertenencia y cómo el recuerdo nos permite seguir poseyendo aquellos momentos y personas que han sido relevantes en la vida. También nos hace preguntarnos qué pasa cuando la memoria se ha ido, cuando ML ya no es capaz ni de recordar el nombre de los alfajores Havanna, aunque pareciera reconocerlos en su caja amarilla, ¿quiere decir que ya no está, que se ha ido, o todavía conserva esa cualidad inefable que la hace ser ella misma?

Asimismo, el libro no solo nos habla de ML, sino también de la narradora, que primero adivinamos es la misma Molloy, lo que hacia el final es reafirmado por ML quien en un breve momento de lucidez recuerda su nombre. Porque enfrentarnos a enfermedades o a momentos difíciles, nos ayuda también a conocernos a nosotros mismos.

Decía que hay algo dulce en la lectura de Desarticulaciones, pero también hay fortaleza, y preguntas sin respuestas; todo en una prosa que da gusto leer: es ágil y conmovedora; y aunque reflexiona en torno a temas que parecen gigantescos, como la identidad personal, las relaciones humanas, y dónde queda el yo cuando la memoria se escabulle, lo hace desde lo íntimo y cotidiano, recordándonos que es ahí desde donde se construye todo.

Molloy, Sylvia. Desarticulaciones. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2010.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

¡Feliz cumpleaños Bueno, Bonito y Letrado: un año escribiendo!

primer_aniversario_bueno_bonito_y_letradoEn enero de 2013 comencé con este blog. ¡Feliz aniversario! Atrasado, porque la primera entrada original fue el 19 de enero del año pasado. Se trató de una pequeña nota titulada “Presentándome”. Había otras entradas también, algunos artículos antiguos que había subido para que el sitio no se viera pelado. Entre que me cuesta recordar los aniversarios –quiero decir, las fechas exactas- y que había tenido unas pequeñas vacaciones de escritura, esta entrada se fue postergando. Y me interesaba hacerla, porque estar un año escribiendo en forma constante no es menor. Además se trataba (se trata) de un proyecto personal, una oportunidad para escribir de lo que me interesaba, de la forma que me interesaba. Así han ido apareciendo las distintas entradas de este blog Bueno, Bonito y Letrado, a partir de mis lecturas y mis experiencias; de mi vida familiar y profesional; de conversaciones y momentos de reflexión solitaria.

Asimismo, llevo casi un año escribiendo reseñas en el sitio web de Publimetro. Partí con una crítica del libro ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson; fue un libro que me llegó hondo, justamente por esta necesidad de escribir. Esa primera reseña apareció el 22 de marzo de 2013, pero su génesis estuvo en este mismo blog, donde semanas antes había escrito otra nota sobre el mismo libro.

Así que ha sido un año lleno de lecturas y escrituras. También de estudio. Di mi examen de candidatura y me convertí en candidata a doctora en Literatura de la Universidad Católica. Después de eso preparé mi proyecto de título y estoy en esa etapa todavía. Para esto, también hubo lecturas, conversaciones y más escritos. Todo eso, por supuesto, como parte de una jornada en que soy también madre y esposa (escribo esto después de haber logrado que mi pequeño Tony se durmiera). No podría decir que soy algo más que lo otro. Soy todo eso y al mismo tiempo: estudiante, escritora, madre, esposa, mujer, y, claro, lectora. Esa combinación era la que quería dar vuelta en este blog y lo he estado haciendo durante un año ya y ha sido una experiencia excelente. Por lo tanto, aquí voy por otro año más en Bueno, Bonito y Letrado. ¡Los invito a acompañarme!

Fuerzas especiales: el asedio desde adentro

Fuerzas especiales, de Diamela Eltit

Fuerzas especiales, de Diamela Eltit

Leer Fuerzas especiales deja sin aliento. Los capítulos cortos y en los que solo existe el relato intenso e incansable de la narradora, sin más pausa que la mínima que presentan los puntos seguidos, dejan sin aliento. Al hablar desde la primera persona, el relato de Diamela Eltit cobra vivacidad, nos introduce sin preámbulos en una historia de asedios y de violencia, y también de cotidianidad. Pero de la cotidianidad de bloques de departamentos, pequeños, agobiantes, en que el asedio policial es no solo el temor diario, sino una realidad constante. Es el asedio de todas las policías, uniformadas y no uniformadas, que han transformado esta zona sin futuro en un campo de juego, en que compiten entre ambos, botan antenas de celulares, realizan redadas y arrestos que van dejando cada vez los bloques más vacíos, no solo de gente, porque también se trata de un vacío existencial.

El libro a veces parece moverse en un campo de ciencia ficción, como si se tratara de un futuro de fin de mundo. Pero luego los kioscos, las pichangas, las fricas y el cíber como espacio destacado, nos van situando cada vez más en un Chile actual, en que a través de internet podemos acceder, comprender, admirar la alta moda internacional –como hace la protagonista-, sin disfrutar de ninguno de los supuestos beneficios del primer mundo. Tanto así, que el cibercafé no es solo esa falsa entrada al mundo global, sino el lugar en que la protagonista se prostituye para llevar algunos pesos a su casa.

El libro nos habla de nuestras contradicciones como país, de la violencia que se sufre cada día a tal punto que pasa a ser tan habitual que se la entiende en términos técnicos, como lo muestra la enumeración de armas de todo tipo que impregna el texto en forma discontinua, pero siempre permanente. Las tecnologías como celulares, videojuegos e internet, se convierten en los únicos modos de soportar, pero hasta eso puede ser un engaño, como el regreso de la señal a los celulares: “Cometieron un error y en la próxima madrugada escucharemos los sonidos que distraen y abren un horizonte de esperanza, no un horizonte, no, una rendija pequeña de esperanza en la solidez de los bloques […]” (163). No hay espacio para esperanzas, solo para minúsculos intersticios de salidas virtuales.

Para quienes se hayan interesado, pueden aproximarse a la escritura –experimental, pero viva, palpitante y no fría de laboratorio- de Diamela Eltit a través de Memoria Chilena, donde están algunos de sus textos digitalizados.

Eltit, Diamela. Fuerzas especiales. Santiago: Seix Barral, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Yo escribo, tú escribes, cada uno a su manera

escribir“En vez de hablar directamente a la página, hacía segundos y terceros borradores. En mi modesta opinión, mi columna se había convertido en un servicio público vital. Me levantaba por la noche para borrar párrafos enteros y trazar flechas y bocadillos en medio de las páginas” (19). Así dice Serena, la narradora de Operación Dulce, libro de Ian McEwan que estuve leyendo para mi columna de libros en el diario Publimetro (leer reseña aquí). Serena también hace reseñas de libros; al principio se sienta y vierte todo lo que tiene en la cabeza en el papel. Pero luego comienza a tomárselo más en serio y escribe y reescribe.

Eso me hizo pensar de inmediato en la forma en que escribo. Además justo esta semana había estado conversando de eso con una amiga, Bernardita. Reflexionando bastante sobre el asunto, creo que hay distintas maneras de escribir. En este blog suelo sentarme a escribir sin pensar mucho en forma previa, tal vez solo el tema. Por supuesto, cuando hago una interpretación o una lectura poética, ya ha habido mucho pensar involucrado, pero me refiero a las entradas más personales. Cuando escribo las reseñas de libros, suelo pensar en una estructura y después escribir de manera más bien suelta. Aunque después releo y siempre hago cambios; a veces pequeños; otras, más importantes.

Es diferente cuando se trata de escrituras académicas. Anoto citas, ideas, y escribo una y otra vez tratando de dar con el texto perfecto. Ya sea un artículo o una ponencia, las revisiones, correcciones y reescrituras son inevitables para mí.

Hay una última aproximación a la escritura. Cuando leo novelas, cuentos, para la columna, voy marcando las citas que me interesan, que me gustaron o que definitivamente pienso poner en el texto. Algo similar sucede en los textos académicos. Pero en estos últimos, además, que voy trabajando en períodos más largos que la columna de libros, escribo mucho a mano. Tengo una libreta en la que anoto ideas que quiero incorporar y a veces párrafos que termino copiando textualmente. Y cuando la libreta no aparece a tiempo, un post it (o varios) cumplen perfectamente con lo requerido, simplemente un espacio donde volcar todo eso que ronda por mi cabeza.

Viajeras

El afiche del Congreso von Humboldt 2014.

El afiche del Congreso von Humboldt 2014.

Ayer participé en el VII Congreso Internacional e Interdisciplinario en Homenaje a Alejandro de Humboldt, Claudio Gay & Ignacio Domeyko (o Congreso von Humboldt, que es más manejable). Por supuesto, uno de los principales intereses del evento tiene que ver con los viajes y los viajeros. Yo participé en la mesa “Mujeres en viaje del siglo XIX a nuestros días” con una ponencia sobre Gabriela Mistral, quien, de hecho, era la viajera más reciente de la mesa, por lo cual eso de “hasta nuestros días” no resultaba muy preciso. Hubo otras mesas sobre viaje y mujeres a lo largo del congreso, en que se habló de visiones del otro, construcción de la imagen del mundo oriental, escritura fuera de la norma, y de figuras como Eduarda Mansilla y María Graham. La conferencia magistral de Lucía Guerra también tuvo que ver con el tema: “Nociones de la otredad en viajeras del siglo XIX”. Al escuchar las ponencias, me daban ganas de emprender viajes propios, pero también de seguir estudiando el tema, lo que llevo haciendo desde hace algunos años, incluyendo una investigación con Lorena Amaro, titulada “Espiritualidad y mirada viajera de tres peregrinas chilenas: Amalia Errázuriz, Inés Echeverría y Violeta Quevedo”.

En cuanto a mi ponencia para el congreso, la titulé “Paisaje, hogar y visión de sujeto en ‘El paisaje mexicano’ de Gabriela Mistral. Eso fue, creo, hace más de un año, cuando mandé mi propuesta. A medida que avanzó la escritura y reescritura, porque seguía descubriendo datos nuevos, creo que en vez de sujeto debería haber puesto cuerpo. “El paisaje mexicano” es un brevísimo texto de 1922 que Mistral escribió cuando estaba viviendo en México, invitada por Vasconcelos para participar en la reforma educacional. Es un texto hermoso, en que la poeta no se dedica solo a describir un paisaje nuevo que la maravilla, sino a exponerse a sí misma a través de esa descripción, en la que no importa solo cómo son los escenarios en México, sino cómo se sienten en términos personales.

El texto de Mistral me ayudó a reencontrarme con un poema de Desolación que apenas recordaba “El Iztlazihuatl”, del cual dejo aquí unos pocos versos como cierre de esta nota. En cuanto a la ponencia, creo que quiero revisarla y depurarla todavía un poco más.

El Iztlazihuatl mi mañana vierte;

Se alza mi casa bajo su mirada,

que aquí a sus pies me reclinó la suerte

y en su luz hablo como alucinada.

 

Lecturas que me conquistaron durante 2013

recuento_2013_columnaEsta columna debería haber sido publicada en el sitio web del Publimetro el último viernes de 2013. Sin embargo, por esas cosas que tienen que ver con internet y periodismo, no vio la luz. Yo siempre me pregunto cuántas veces se puede insistir –sin parecer obsesiva- en que se les ha olvidado publicar la columna. Lo cierto es que a pesar de los recordatorios y de los “no te preocupes”, al final se les olvidó publicarla. Tiene que ver también, supongo, con el fin de año y el hecho de que mi contacto en Publimetro se fue a un nuevo trabajo y el nuevo, bueno, está habituándose, no lo sé. Pero como decidí que no quería seguir recordándolo, pero no quería perderla, aquí va la columna que debería haber aparecido el 27 de diciembre de 2013.

Cuando llega diciembre solemos ver en los medios listados que resumen el año. Muchas de esas listas pretenden mostrarnos “lo mejor” del año. No sé si eso es factible. Leyendo un libro a la semana para esta columna, todavía deja como lecturas pendientes muchas de las publicaciones que aparecieron este año. Pero sí pensé en que ya que hoy es el último viernes de 2013, podía recordar algunas de las lecturas que más satisfacciones me dejaron, ya bien porque se trataban de libros muy bien escritos o porque sus temáticas era interesantes. Lo importante de leer es disfrutar y no tanto leer siempre “el mejor” libro; a veces textos que parecen más bien simples también pueden darnos momentos inolvidables.

Leñador de Mike Wilson fue todo un descubrimiento este año. Por un lado, es un texto que no trata de acomodarse a nada. Ni en su formato, teniendo en cuenta su nutrido número de páginas, ni en su temática. No es común encontrarnos en el ambiente de los leñadores en el Yukón, de hecho, a priori eso parecería llevarnos a una historia del pasado, cuando el libro es todo o contrario; además de entregar delicadas visiones acerca de cuanto nos rodea.

Los libros de Mistral, y este año hubo varios: desde Poema de Chile a Caminando se siembra, pasando por Motivos de San Francisco. Cada poema o prosa nueva que aparece, como también cada viaje a leer esos textos supuestamente ya conocidos, es una experiencia completa: la belleza de las imágenes, su lucidez. Somos muchos los que pensamos que Mistral no es suficientemente leída y apreciada, porque es una escritora excepcional. Por eso es buena la cantidad y variedad de textos a través de los cuales podemos llegar a ella.

Los textos de crónicas me conquistaron también este año. A mano alzada de Germán Carrasco y Pequeña Biblioteca Nocturna de Óscar Hahn son dos imperdibles. Inteligentes, divertidos, muy bien escritos, abren nuestras mentes, además, a nuevos temas y autores. Son una invitación a seguir leyendo más allá de ellos.

En cuanto a novelas, por supuesto, estuvo Fuerzas Especiales de Diamela Eltit, un relato intenso y que nos ponía sin tapujos de cara a lo que es nuestro país hoy. En el otro espectro, los delicados relatos de Charles-Ferdinand Ramuz en Voces de la montaña con toda la distancia espacial y temporal con que fueron escritos, nos muestra que la literatura se mantiene viva dentro de sus páginas, esperando a que un lector la actualice con su lectura.

Finalmente, quiero mencionar a dos mujeres. Primero los hermosos cuentos de Alice Munro, quien este año ganó el Premio Nobel de Literatura. Mi vida querida, su último texto, fue publicado este año en español. La creación de personajes, el manejo de las historias, la aproximación que logra de lo cotidiano, muestran su maestría en el cuento. La otra mujer no publicó este año, sino que nos abandonó. Doris Lessing murió el 17 de noviembre pasado, pero dejó un extenso legado textual: cuentos, novelas, textos autobiográficos, solo hay que decidirse a abrir uno de ellos y lanzarse a la lectura.

Y ya que con el comienzo de un nuevo año, se suelen pedir deseos o hacer compromisos, tan solo puedo desear que haya muchas y muy buenas lecturas para todos.