La verdad de la señorita Harriet: narradores manipuladores

La verdad de la señorita Harriet, de Jane Harris

La verdad de la señorita Harriet, de Jane Harris

La verdad de la señorita Harriet es un libro que se construye en base a apariencias, aunque eso es algo de lo cual una se va enterando con la lectura. Al principio, no se ve por qué no creer a pies juntilla lo que estamos leyendo. Harriet, una mujer de ochenta años, viviendo en el Londres de los años 30, se ve en la necesidad de relatar hechos ocurridos hace más de cuarenta años. Nos dice, porque ella no solo es personaje, sino también narradora: quiere hablar sobre Ned Gillespie, un pintor a quien conoció en 1888 y por qué este Ned decidió quemar todas sus obras antes de morir.

De esta manera Harriet salta a Glasgow en 1888, una tarde en la que salvó la vida de una señora que se estaba atragantando con su propia dentadura postiza. La señora en cuestión es la madre de Ned, y se convierte en la puerta de entrada de la independiente Harriet a la familia Gillespie, formada por el pintor, su esposa, sus dos hijas y dos hermanos. Hay que imaginarse a Harriet en su treintena en los últimos años del siglo XIX, soltera, poseedora de su propia, aunque moderada, fortuna que le permite hacer su vida como quiera. La autora, Jane Harris, no busca que Harriet se describa a sí misma directamente, por el contrario, es una narradora hábil que se describe desde la visión que le dan los demás. Casi sin querer una se va encariñando con esta mujer con sus propios medios y que ha sido acogida con cariño por la familia Gillespie. Poco a poco, sin embargo, su relato comienza a verse interrumpido por comentarios acerca de un suceso terrible que acabaría con la armonía y la tranquilidad, y como el relato de Harriet comienza a mostrar que una de las hijas de Ned se comporta de manera extraña, muchas veces violenta, una tiende a pensar que ella algo tiene que ver con ese destino terrible que se nos anuncia de tanto en tanto.

Los relatos de 1888, que son más largos y detallados, son intercalados por páginas más breves en que la Harriet anciana comenta las memorias del pasado y construye una segunda historia de suspenso, que tiene que ver con la señora que ha llegado a ayudarla a su departamento londinense.

En estas columnas no suelo contar tanto sobre la historia del libro, y, sin embargo, es poco lo que he relatado. La verdad de la señorita Harriet es un texto extenso –tiene sobre 600 páginas- y muy entretenido, ágil de leer y bien construido. Los recuerdos de Harriet están contados con tanto detalle y chispa que una se involucra con la historia, siente ternura por una Harriet solitaria, y se preocupa por esta familia a la que trata de ayudar. El suspenso está bien manejado, y cada vez que una piensa que sabe lo que va a pasar, la historia nos muestra otra cosa.

Recuerdo cuando en el colegio leí un libro de Agatha Christie, en que el narrador –un personaje atractivo, simpático, inteligente- terminaba siendo quien menos una se esperaba, qué impotencia sentirse engañada por ese personaje, y por el autor también, ¿no? En el caso de Harris, ha logrado crear una narradora que nos involucra en su historia, nos hace tan cómplices de su versión de las cosas, que al final uno termina siendo manipulado.

Este no es un clásico texto de crímenes y justicia, aunque hay muertes, juicios, culpabilidades, etc., en que un narrador externo no dice exactamente qué sucedió. Lo importante no es resolver el misterio, como en una novela policial convencional, sino la construcción de una historia atrayente y bien escrita, que me hizo leer 350 de sus páginas en una sola tarde. Es uno de esos libros que atrapan, que no se quieren soltar, porque, de todas maneras, tenía las ansias de conocer qué había pasado realmente en 1888, qué va a pasar en 1933 (la actualidad desde la cual habla la Harriet anciana), y quién es realmente esta señorita Harriet.

Harris, Jane. La verdad de la señorita Harriet. Argentina: Lumen, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

 

Mistral y sus motivos de San Francisco

motivos_the_life_of_st_francisCuando Gabriela Mistral comenzó a escribir sus motivos  de San Francisco, pretendía publicarlos en 1926, como una forma de participar en la conmemoración de los 700 años de la muerte de Francisco de Asís. No pudo concretar en ese momento la publicación, sin embargo, sí escribió 44 textos relativos al santo católico. El público lector no conoce tanto la prosa de Mistral como su poesía, y escribió muchísima prosa: entre ella, motivos. En las palabras de Pedro Luis Barcia un motivo es “una realidad contemplada que mueve a escribir sobre ella” (Gabriela Mistral en verso y prosa, RAE, 2010).

En este libro, el que mueve a escribir es San Francisco. Y no es lo que pensaríamos como una biografía, sino muchas veces textos muy pequeños y poéticos en que Mistral contempla, reflexiona, propone. Desde la madre del santo hasta sus pies que recorren; desde el sayal que vestía hasta su infancia. Incluso nos encontramos con un diálogo, en que San Francisco le habla a Gabriela: “Tus ojos son hermosos, hija mía. Te los hizo Dios tan finos en los párpados como la membranilla que separa los dientes de la granada. Son tan niños, que gozan con las pintaduras de la hoja de la vid. Te están regalando a cada instante sorbos de alegría. Dios quiso que mirases su tierra coloreada. ¿Cómo vas a vaciártelos?” (63).

En los años 60, se publicó en Chile un libro con estos motivos, pero la recopilación era incompleta. En esta oportunidad la investigadora Elizabeth Horan, una experta en Mistral, no solo los rastreó, buscando la versión más fidedigna, sino que también los tradujo al inglés, lo que hace al texto interesante para un público más amplio. Para nosotros, que bien podemos leer y deleitarnos con la fascinación de Mistral con San Francisco en su propio idioma, sí podemos encontrar un interés en el estudio que hace Horan de los contextos en que la poeta escribió sus motivos. Comenzó a escribirlos en 1922 en México, y continuó en Francia en 1926 y 1927. El libro también incluye dos textos posteriores: uno escrito en Petrópolis en 1943 (la hermosa “Oración a San Francisco por ‘Yin’”), y el discurso que dio al recibir el premio Serra de las Américas de la Academia Franciscana de la Historia en 1950 en Washington D.C.

Los motivos de Gabriela Mistral son una prosa que remece como su escritura poética: hay pasión, intensidad, hermosas figuras. No pretenden ser crónicas objetivas ni meramente informativas. Ellas se pregunta por los labios de San Francisco, por sus ojos, que los imagina “como la hondura de la flor, mojados siempre de ternura” (15). Además se involucra, como ocurría con el diálogo mencionado más arriba, estableciendo una relación viva, actualizada con el santo: “Somos débiles, Francisco, como la caña que necesita el viento para oírse” (25). Y también son fuertes y críticos, y nos muestran la visión religiosa y ética de Mistral: “Nosotros llamamos caridad a poner en la mano extendida una moneda grande, o a pagar una cama de hospital, Francisco. Tú no. Cuando dabas, eras tú mismo lo que dabas (51).

Mistral, Gabriela. Motivos. The life of St. Francis. Elizabeth Horan (ed. Trad.). Arizona: Bilingual Press/Editorial Bilingüe, 2013.

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Por haber visto: versos que gritan

Por haber visto, de Alberto Kurapel.

Por haber visto, de Alberto Kurapel.

Los libros hablan, no me cabe duda. Algunos susurran, pero lo que dicen es poderoso; otros puede que hablen de frivolidades, pero bien escritos y nos hacen reír. Y por supuesto, están los libros que gritan, cuya prosa o verso pareciera desgarrarse de lo intenso que es el grito. Por haber visto es uno de esos textos. Alberto Kurapel es un hombre dedicado al arte, desde el teatro hasta la escritura, pero también es un poeta que tiene algo muy claro que decir, con una visión política, que habla de desencanto, de una pérdida de la esperanza, pero desde la rabia, no se conforma con el estado de las cosas, como cuando dice en el poema “Atavíos”: “para que no tardemos / más de cien vidas / en limpiarnos la sangre / y dejar de escuchar los alaridos / de los definitivamente olvidados” (43).

No todo es rabia en este poemario, pero sí hay una sensibilidad que se siente en carne propia, los gritos remecen y las lágrimas conmueven. El hablante se pregunta acerca de su propia voz, de su escritura, y de la escritura colectiva, aquella que formamos todos: ¿podemos hacer comunidad desde un sentimiento solidario en vez de quebrarla desde el consumo? En “Agenda” dice: “las manos que escriben / florecen / cuando logran repartir / mis sueños” (49). Entonces, tal vez, no todo está perdido, la esperanza siempre persiste. La voz misma se conmueve ante su escritura, como lo muestra el poema “Abierto de 10 a 22 horas”: “La taza de café en la pequeña mesa / los sobres de azúcar rubia / tiemblan / cuando escribo / sobre la servilleta / la palabra patria” (70). Que escriba en una servilleta nos habla de sencillez y de cotidianeidad: la patria, la comunidad, no se hace desde arriba o promulgando leyes, sino en cada acto cotidiano que realizamos todos.

Kurapel, Alberto. Por haber visto. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2012.

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El descubrimiento de la pintura: descubriendo el relato

El descubrimiento de la pintura, de Jorge Edwards.

El descubrimiento de la pintura, de Jorge Edwards.

El descubrimiento de la pintura es un libro breve, apenas sobre las 150 páginas, de ágil y entretenida lectura. No puedo evitar que Persona non grata, el primer libro que leí de Jorge Edwards, venga a mi mente, porque es justamente lo contrario. Me parece que hay un estigma en esa primera lectura, tal vez porque lo leí asociado a un curso de actualidad periodística y no de literatura, y tal vez porque acababa de leer El jardín de al lado, uno de mis favoritos de José Donoso. No sabía bien qué esperar de El descubrimiento… cuando lo tomé en mis manos, pero creo que esas es una de las mejores formas de acercarse a una lectura: no esperar nada en concreto y sorprenderse con lo encontrado.

En este caso, se trata de un texto que juega con la idea de lo biográfico. El narrador –que bien podría ser el propio Edwards- nos relata la historia de Jorge Rengifo Mira, Rengifonfo, un primo de su madre, que trabajaba con cerraduras en la semana y el fin de semana desplegaba su alma melómana y, además, se dedicaba a pintar. Partía en micro a los extramuros de Santiago, que, en aquella época, era La Reina, y pintaba, pero sin descubrir todavía la pintura. Así como aquellos que quieren dedicarse a escribir, pero sin haber leído a otros autores, Rengifonfo cree en pintar sin haber contemplado antes la pintura. El relato que hace el narrador es, sin dudas, entretenido, honesto, incluso cariñoso con este familiar al que todos prefieren ningunear, porque es torpe, porque se cree pintor, porque circulan rumores sobre él. El narrador que construye Edwards es un tanto inseguro. Cuando quiere relatar algo, lo cuenta y lo repite, como tratando de justificarse –él y sus opiniones- diciendo las mismas cosas de una y otra manera; o bien añadiendo más y más detalles: “Ya que hablamos de omnisciencia, puedo afirmar que supe de Jorge Rengifo Mira desde tiempos inmemoriales, desde mi infancia más remota, e incluso desde antes de nacer, por raro que esto pueda parecerles” (19). Jugará también con esa idea de omnisciencia, a veces tratando de adivinar lo que Rengifonfo habría pensado o de lleno imaginando situaciones completas.

Se justifica lo anterior, porque, aunque se trata de la historia de Rengifonfo y el descubrimiento que hace de la pintura –porque, sí, la descubre, y diciendo eso no se mata la lectura del libro-, lo que atrae es la construcción verbal que hace el narrador, y cómo él se vincula a esa historia tal vez por cariño o incluso por una cierta admiración a este primo lejano: son los recuerdos del narrador –con toda su imaginación volcada sobre ellos- y no una historia fría y tratada desde la distancia. Tal vez lo más atractivo del libro sea cómo, de hecho, se rompe la distancia y se presenta un texto cercano, escrito por alguien cercano, a uno y a Rengifonfo.

Edwards, Jorge. El descubrimiento de la pintura. Santiago: Lumen, 2013.

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Leñador, apagando las voces

Leñador, de Mike Wilson

Leñador, de Mike Wilson

No todos los libros se leen de la misma manera, sino que tienen distintos… ritmos de lectura, así lo llamaría. Recuerdo que tardé mucho tiempo en leer la última parte de Expiación de Ian McEwan, porque, intuyendo que las cosas no podrían salir bien, no quería llegar a esa parte del libro en que todo queda escrito y ya no hay esperanzas de que el autor hubiera ideado otro final. De la misma forma, hay libros que devoro en una tarde, que no puedo soltar hasta que he llegado a la última página.

Leñador de Mike Wilson, en tanto, es un libro compañero, es decir, que acompaña durante muchas tardes o noches, porque no busca apurar, sino disfrutar de una lectura sin prisas. Creo que tiene que ver con el ritmo del protagonista, ese personaje que ha abandonado su antiguo hogar en el sur de América del Sur, y ha encontrado un lugar en donde comenzar de nuevo en el Yukón, convertido en leñador.

La novela está configurada a través de dos discursos que se intercalan. Primero la voz personal del protagonista, que en pocos párrafos cada vez va deslizando muy poca información concreta sobre sí mismo, aunque sí va desnudando el deseo de lograr una calma que no podía alcanzar en su tierra natal. Tal vez tiene que ver con ese hecho que conocemos desde las primeras líneas: “Combatí en una guerra, hace décadas en un archipiélago, y combatí en el cuadrilátero, hace años en las noches de la ciudad. Fracasé en las islas y en el ring” (11). Lo abandona todo y termina conviviendo con los leñadores en una vida que es dura y de la cual no sabe nada, por lo cual es necesario aprender. Y ese aprendizaje es el otro discurso, que se nos va entregando en un formato similar a las entradas de un diccionario enciclopédico. Por ejemplo, la primera entrada es “Hacha”, en que el protagonista en varias páginas habla de cómo es confeccionada, sus partes, su uso y mantenimiento. De hecho, son estas entradas las más extendidas, mientras que el relato personal es breve y cuidado. Lo interesante es que esas entradas no son una escritura enciclopédica fría, sino que en ellas también se deslizan historias y puntos de vista del leñador, que nos enseñan no solo lo que es un  hacha, una conserva o la muerte en el Yukón, sino que también nos acercan a una forma de vida lejana, quitándole la cubierta estereotipada.

Pero también esta estructura nos habla del protagonista, porque esa no es solo su forma de aprender, sino también de lograr la calma, de volver a respirar sin angustia. Pienso en dos citas al respecto. La primera es “Los hombres del campamento no son de preguntarse cosas. Ellos viven, no piensan en vivir” (95). La siguientes es un pasaje en que el protagonista relata cómo observaba a unas hormigas rojas subir por la corteza negra de un pino: “Me detuve ahí, mis ojos escalaban con las hormigas […] Sentí envidia” (60-1). Las hormigas, los hombres que viven, nos hablan del fluir, dejar que las cosas sigan su curso, que fluyan de forma natural, en vez de detenerlas a la fuerza en el pensamiento. Volverá sobre esa idea varias páginas después: “La nieve, cuando cae flotando, me calma. La lluvia, las llamas de una fogata, una fila de hormigas, el viento y el golpe seco y rítmico de un hacha” (197). Él no puede incluirla, pero también se apagan las voces inquietas de la cabeza y se logra calma con la lectura de su relato, el enciclopédico y el personal, porque, en realidad, todo es personal en esta búsqueda de paz. Por eso, además, es un libro compañero.

Wilson, Mike. Leñador. Santiago: Orjikh Editores, 2013.

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Chile en los ojos de Pepe Cuevas

Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política, de José Ángel Cuevas

Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política, de José Ángel Cuevas

Tengo varios recuerdos del poeta José Ángel Cuevas, o Pepe Cuevas. Dos son relevantes en esta historia. Uno de ellos fue la lectura y análisis de Diario de la ciudad ardiente, que es un texto que Cuevas escribió en prosa, pero con mucha poesía. Publicado en 1998, el libro contiene relatos sobre un periodo de nuestra historia en torno al cual gira su poética: dictadura y transición. El segundo recuerdo es de Pepe Cuevas leyendo un texto en el que él estaba trabajando. Éramos un grupo pequeño, y Cuevas estaba sentado leyendo -¿o tal vez recitando?- unas palabras muy personales en un tono íntimo y comprometido.

En Maquinaria Chile…, el poemario más reciente de Cuevas, esos dos recuerdos están presentes en forma constante. Primero, porque nos encontramos frente a un repaso de la historia del país desde la Unidad Popular hasta la actualidad, pero siempre desde la mirada involucrada del poeta, que no renuncia a sus sueños ni a sus convicciones. Lo sabemos al leer apenas las primeras páginas, en que nos presenta un sueño le da vuelta al Golpe de Estado de 1973, mostrándonos lo que él hubiera querido de ese día. En el sueño es capaz de reescribir la historia, pero el resto de los poemas da cuenta de una mirada decepcionada. La decepción se hace mayor durante la Transición y más en la actualidad, en que ve a Chile convertido en una maquinaria de consumo, en que la gente vive sin más ideales que endeudarse para comprar. También resiente que el fútbol y la televisión ocupen las mentes de los más jóvenes y estos no tengan interés alguno en la política, porque para él la única manera de cambiar el mundo, el país, nuestra sociedad, es comprometerse.

En medio de la decepción, el poeta dirá: “Perdonen que los haya molestado / con estos recuerdos tan amargos / Yo sé que ustedes están en Otra” (100). Pero, aunque sabe, debajo del discurso apasionado de Cuevas, hay esperanza. Estaba en el epígrafe del libro: “La batalla por los recuerdos colectivos / no está perdida” (7). Porque para el poeta, el compromiso no es un acto solitario, sino colectivo, son compromisos sumados.

Maquinaria Chile es un poemario escrito desde la honestidad, en que Cuevas no teme contar la historia de Chile con sus palabras y desde su perspectiva, en vez de una historia consensuada.

Cuevas, José Ángel. Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política. Santiago: LOM Ediciones , 2012.

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Clínica Jardín del Este, crítica social en tono humorístico

Portada de Clínica Jardín del Este, de Elizabeth Subercaseaux.

Portada de Clínica Jardín del Este, de Elizabeth Subercaseaux.

Clínica Jardín del Este es la tercera entrega de la serie Barrio Alto, que Elizabeth Subercaseaux comenzó a publicar en 2009. Este nuevo libro sigue abordando la vida y mentalidad de los sectores acomodados de nuestra sociedad, esta vez echándole un vistazo bastante crudo al sistema de salud y a las diferencias que separan a los grupos que se encuentran en los extremos: mientras unos tienen que esperar para atenderse por el Auge, otros pueden gastar lo que quieran en operaciones estéticas como hilos tensores, una de las técnicas que aparece en el texto.

El protagonista es el mismo corredor de propiedades de los libros anteriores, Alberto Larraín Errázuriz, quien esta vez es seducido económicamente por sus amigos para meterse en el negocio de la salud, a través de una clínica de cirugía plástica exclusiva y una isapre. Es la excusa de la autora para dar cuenta de una visión bastante descarnada acerca de la clase social de la cual ella misma proviene, y también del sistema de salud, que es visto por los personajes no como una necesidad, sino como una piedra filosofal que convertirá todo cuanto toque en oro.

Digo excusa, porque Subercaseaux no se limita con exponer el mundo de las cirugías plásticas, sino que da cuenta de “los de arriba y los de abajo”, al contrastar el mundo lujoso de la clínica instalada en Vitacura, y el precario de los hospitales públicos: “La pequeña sala acomodaba siete camas, casi pegadas entre ellas, cuatro adosadas a una pared y tres a la pared del frente. […] En el catre del fondo, un ojo medio abierto el otro cerrado, dormitaba una anciana con una mascarilla de oxígeno apoyada en el caballete de la nariz. Un fuerte olor a ropa vieja y trapos mojados impregnaba el ambiente. El aire era asfixiante” (146).

Subercaseaux va presentando a sus personajes con empatía, pero cada uno de ellos va deslizando prejuicios y actitudes discriminatorias, que llegan a un punto impensable cuando una de las señoras le encarga a su nana antes de partir a operarse: “me dejas listos dos queques de limón y un filete, porque algo tendré que comer” (103). Mientras esto ocurre, la hija del protagonista también se operará, pero para ponerse unos implantes mamarios: el objetivo no es mejorar una salud deteriorada, sino subirse el ánimo.

La novela está llena de humor y también de crítica, esto la vuelve contingente, pero también una pieza de lectura sin fecha de caducidad. Esto último es aportado por el humor, y también por las líneas narrativas que se van cruzando, en especial el gran secreto que se esconde en uno de los personajes y que la autora maneja en clave de suspenso, a tal punto que, incluso luego de conocerse, se querrá saber cómo los distintos caracteres lidiarán con él.

Subercaseaux, Elizabeth. Clínica Jardín del Este. Santiago: Editorial Catalonia, 2013.

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Bruma de María Inés Zaldívar: cantos cotidianos

Bruma_maria_ines_zaldivar_500“Me enamora la manera / cómo partes el limón” (13), son los dos primeros versos del poemario Bruma de María Inés Zaldívar. Ese inicio muestra el tono de los poemas: por un lado apelan al amor y, por otro, están envueltos en una cotidianidad que es hermosa. Es en el día a día cuando experimentamos, sentimos; el amor entonces se vive en lo cotidiano, y eso es lo que encontramos en Bruma.

Están los recuerdos de unas “grandes manos / deslizándose por el teclado” (41), el canto de una noche de insomnio en que la hablante “da una vuelta en la cama, da dos” (25), y otra imagen del pasado, en que el amado es recordado comiendo tostadas crujientes con mantequilla y tomando un café negro. Cuando escribo, ya sea sobre literatura en la universidad o en esta columna, o cuando me dedico a mi blog, el componente cotidiano se me hace ineludible, porque en lo pequeño y lo íntimo se juega la vida y también la poesía, la que ¿acaso no nos ilumina acerca de nuestra propia existencia? Pienso en cuando tenía en mis manos Bruma y la leía sentada sobre mi cama, mientras mi hijo jugaba con sus autos a mi lado, y cómo la escena familiar y los versos han quedado entrelazados. Parafraseando el texto de María Inés, llego a la conclusión de que el amor se derrite tal como la mantequilla en las tostadas calientes, cubriendo cada aspecto, cada rincón, cada escondite de la vida.

El poemario se centra también en un personaje sobre el cual siempre doy vueltas, Penélope. La conocemos como aquella que teje y espera pacientemente el regreso de su esposo Ulises. La poeta toma a Penélope y la ubica en nuestros espacios cotidianos, incluso tratando de comprar un labial agotado. Al mismo tiempo instala una discusión: ¿cómo debe ser la espera de Penélope? Creo que la respuesta siempre debe ser la misma: como Penélope decida.

En estos poemas se ama esperando, se ama recordando, y también siguiendo adelante Por eso hay tanta vida en los versos, se siente el crujir de las tostadas, se saborea el café, se siente una espalda junto a mi espalda. Asimismo, la predilección por la brevedad en los textos, muchos de los cuales hacen pensar en haikus japoneses, contribuye al tono cercano e íntimo que logra el poemario.

Zaldívar, María Inés. Bruma. Santiago: Lolita Editores, 2012.

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De ensayos y otras adicciones

Estudios de poesía. Cartas poéticas, otros poemas largos y poesía breve, de Cedomil Goic.

Estudios de poesía. Cartas poéticas, otros poemas largos y poesía breve, de Cedomil Goic.

Dedicarse a la lectura de ensayos, parece a primera vista algo muy académico, una labor ligada al estudio en la universidad. Y en cierta medida es así, ya que la mayor parte de los que he leído ha sido ligada a mi actividad universitaria. Pero mi historia ensayística es de largo alcance. Escribí mi primer ensayo cuando tenía quince años, y giraba en torno a las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis. Fueron ensayos escritos por él los primeros que disfruté, y también uno sobre Hamlet, todo cuando estaba en el colegio. En esas líneas anteriores, ya van algunas de mis adicciones de lectura; a las que ahora debo añadir los dos libros a los que dedico esta columna.

Las últimas semanas he estado repartiendo mi tiempo lector entre la lectura de unas novelas y la de dos libros de ensayos. El primero es Estudios de poesía (LOM Ediciones, 2012), que reúne estudios del académico Cedomil Goic. Los textos, si bien se centran en poetas y poesías, son variados. Para comenzar cubren un periodo que va entre 1957 y 2010, los que de paso dan cuenta de una carrera larga, prolífica y relevante para todos quienes nos dedicamos a las letras. Son interesantes las extensiones de esos estudios, ya que se pueden encontrar unos más bien breves, como uno de mis favoritos: “Cadenillas en la poesía de Gabriela Mistral”, que permite descubrir otros aspectos, de hecho, no había pensado en las cadenillas antes de leerlo, y son hermosas. Varios de los estudios se centran en Mistral, y también los hay sobre Gonzalo Rojas, Pablo Neruda, Nicanor Parra y Enrique Lihn. Debo llamar la atención acerca de que la lectura de estos textos no es simple, porque en muchos casos el análisis es muy técnico. Sin embargo, eso no impide disfrutar de indagar en los escritos poéticos. Así dice sobre “Una nota estridente” de Lihn: “Ahora, viajero en Europa, cuando la primavera sigue invariablemente mostrando sus encantos, en su estancia en los suburbios de Nápoles, el poeta testimonia, poesía de paso, las formas de su nueva poesía. La invasión de las ruinas del templo –la casa sagrada de la poesía tradicional, cosa del pasado en ruinas- por los gorriones [las nuevas voces estridentes y agresivas], intrusos que no hay manera de expulsar” (260).

Nietzsche y el pensamiento político contemporáneo, de Vanessa Lemm

Nietzsche y el pensamiento político contemporáneo, de Vanessa Lemm

El segundo libro sigue otra senda. Se trata de Nietzsche y el pensamiento político contemporáneo (Fondo de Cultura Económica, 2013) de la doctora en Filosofía Vanessa Lemm. El libro está compuesto de ocho ensayos en que la autora se sumerge en el pensamiento de Nietzsche, poniendo en cuestión la opinión de otros estudiosos y también de ciertos lugares comunes, de manera que la lectura resulta innovadora y alejada de cualquier idea que haya aprendido sobre Nietzsche en los cursos de filosofía en que lo estudié. En este camino se centra en los conceptos de aristocracia y biopolítica. En el prefacio Germán Cano (especialista en el filósofo alemán) plantea que este no es un libro para expertos en Nietzsche, y aunque su lectura requiere, por lo menos, de ir acudiendo de tanto en tanto a google, por el diálogo fluido de la autora con corrientes y teóricos, concuerdo con eso. De hecho, luego de leerlo, me parece que no solo permite acceder a Nietzsche, sino reflexionar sobre temas que sacuden nuestra existencia en sociedades como esta, al preguntarnos acerca de cómo está organizada nuestra vida política, cómo es nuestra democracia, cómo mujeres y hombres podemos insertarnos en ella, cuando todo parece estar en continuo vaivén. En este punto, creo que es crucial dejar algunas palabras de Lemm: “La libertad en este argumento no es algo que pertenezca al animal humano en su relación consigo mismo, sino que, de manera más fundamental, es algo que se experimenta en relación con el otro. Esto explica por qué el punto de partida ‘más alto’ en Nietzsche es siempre un descenso o caída del yo ante el otro, y no un elevarse del yo sobre el otro” (132).

Goic, Cedomil. Estudios de poesía. Cartas poéticas, otros poemas largos y poesía breve. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

Lemm, Vanessa. Nietzsche y el pensamiento político contemporáneo. Santiago: Fondo de Cultura Económica, 2013

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Feo, de Armando Uribe: versos de espera

Portada de Feo, de Armando Uribe.

Portada de Feo, de Armando Uribe.

Proponerse escribir todos los días implica una constancia que llama mi atención. Yo misma, que suelo estar escribiendo, no logro enfocarme en uno solo tipo de escritura todos los días, como si se tratara de una meta que cumplir. En el  reciente poemario de Armando Uribe (1933), Feo, encontramos  más de cien poemas, que fueron escritos bajo ese propósito: cada día entre el 11 de mayo y el 11 de junio de 2010, Uribe escribía. En general, poemas breves de seis versos, muchas veces con rimas asonantes, y otras, versos libres.

Sabemos la progresión, porque los poemas están publicados cronológicamente, y aparecen fechados. Pero, ¿cuál es el propósito? ¿Debe haberlo? El autor nos dice en el prólogo que no se trata de un diario de vida y, sin embargo, el primer verso dice “Me leo en este libro abierto” (15). La lectura de este poemario me recordó Veneno de escorpión azul de Gonzalo Millán, cuyo subtítulo es “Diario de vida y de muerte”. Millán comenzó a escribir su diario poco después del diagnóstico de cáncer, por el que murió cuando tenía casi 60 años. Si bien es un diario, es también un poemario, intenso, emocionante: es, de hecho, un libro abierto en que lo leemos hasta poco antes de su muerte; leerlo, por ende, aunque hermoso literariamente, es difícil en términos personales.

Pensé en Millán constantemente, porque Feo, aunque no sea diario de vida propiamente tal, sí trata sobre la muerte, pero no esa imprevista y tremenda, sino una lenta, que llega con la vejez y que se hace esperar. ¿Hay un propósito, como preguntaba más arriba? Bueno, sería especular, pero el que cada poema esté numerado en forma correlativa, y que podamos ver el paso de un mes de vida con la muerte rondando en los versos del poeta, nos envuelve en su espera, nos involucra, haciéndonos sentir que “no morirse es el castigo” (170).

Feo gira en torno de la espera, la muerte, y también el escribir. Como lectores apenas podemos acceder a Armando Uribe, el hombre detrás de la voz lírica, sin embargo, su “vida manuscrita”, está ahí sin pretensiones más que las de compartir los momentos previos a “cuando la muerte llegue y se vaya la vida” (129). Como  sabemos que no podemos esquivar la muerte, la interrogante que queda es “¿Qué escribiremos en el Otro mundo?” (67). El hablante contesta que tal vez haya versos perfectos, pero yo destaco que la voz salga de su singularidad y nos incluya a todos en su pregunta. En la pregunta, en todo caso, no hay impaciencia, sino serenidad, como sucede a lo largo de la lectura de todo el poemario: aguardar con serenidad, revisando algunos pasajes de la vida, sí, pero sin caer en la desesperación, sino tratando de ver y decir las cosas tal cual son, en verso.

Uribe Arce, Armando. Feo. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

Un dato

Para los que hayan quedado interesados, pueden bajar Veneno de escorpión azul desde el sitio de Memoria Chilena: http://www.memoriachilena.cl/temas/documento_detalle.asp?id=MC0050989

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