Aniversario de la muerte de Neruda

pablo_nerudaAyer se cumplieron 40 años de la muerte de Pablo Neruda, y no solo se trata de un número especial, sino también de circunstancias particulares, ya que su cuerpo fue exhumado para averiguar las verdaderas causas de su muerte. El poeta sufría de cáncer cuando murió días después del golpe de Estado de 1973, pero ¿fue esa la razón de su deceso? Algunos testimonios señalan que podría haber sido asesinado. Eso es lo que se está averiguando.

Lo que sí sabemos es que, a pesar de ser un poeta genial y haber recibido el Premio Nobel de Literatura, se le consideraba peligroso, supongo que esa es la palabra. Su casa La Sebastiana no solo fue allanada en varias oportunidades, sino que los destrozos provocados llevaron a dejarla cerrada por muchos años. Además sus libros fueron prohibidos y quemados durante la dictadura de Pinochet. Sus obras también fueron prohibidas por la dictadura argentina que rigió entre 1976 y 1983.

Escribí una columna sobre Neruda, abordándolo a partir de ciertas obras, de ciertos versos que apareció ayer en el sitio web del Diario Publimetro. La titulé “40 años sin Neruda, brevísimo recuerdo de sus versos”, aunque apareció con el nombre de “Aniversario Muerte de Neruda”; yo le hubiera puesto la preposición faltante, pero así son los medios. Pueden leerla en este link, ya que la subiré al blog más adelante

Para saber más acerca de las investigaciones en torno a la muerte de Neruda, es interesante este artículo de El Ciudadano, en que se entrevista a Manuel Araya, asistente de Neruda.

A propósito del 18

Este es el farol de papel que pusimos en la puerta del departamento, aquí gozando de un poco de frío matinal.

Este es el farol de papel que pusimos en la puerta del departamento, aquí gozando de un poco de frío matinal.

En un principio no tenía pensado escribir, debido a que esta semana se presentaba con largos días de asueto. En realidad ha sido agradable no tener que escuchar el despertador a las 6.30 de la mañana. Es un quiebre de la rutina, el trabajo, de lo que cotidianamente hacemos y eso es bueno. Me recuerdan las clases de Fidel Sepúlveda y cómo estas pausas que las fiestas masivas suponen son necesarias para seguir adelante con la vida diaria.

Estas fechas además suponen cierto desafío, cómo celebrarlas sin caer en los chovinismos que se enseñaron durante tantos años en los colegios, a propósito de la dictadura que en términos culturales intentó crear una identidad chilena de postal, en que impuso un baile nacional por decreto y estableció ciertos grupos musicales como paradigmas folklóricos y tradicionales. A mí, de hecho, me gusta bailar cueca, pero nada de esas tonadas con olor a autoritarismo; tampoco me gusta que se la imponga, nada más terrible que esas quejas de corte anual sobre que nuestras fondas tocan más cumbia que nada, como si las celebraciones tuvieran que tener solo ritmo de cueca; no tiene sentido. Por otro lado, la cueca no solo puede ser hermosa, sino también un instrumento de protesta y de reflexión, como la cueca sola que el conjunto folklórico de la Agrupación de Detenidos Desaparecidos mostró por primera vez en 1978.

Hace pocos días se cumplieron 40 años del golpe de Estado, y estaba pensando en eso y en el 18, mientras hojeaba Caminando se siembra, una selección de prosas inéditas de Gabriela Mistral que Luis Vargas Saavedra editó este año bajo el sello Lumen. Incluye varios textos sobre Chile, y en uno de ellos dice:

“El escudo nuestro, si ustedes lo conocen, tiene dos signos muy opuestos: tiene un gran cóndor y tiene un huemul. El huemul es una especie de venado medio desaparecido del territorio. Estos dos signos son muy opuestos. El cóndor es un ave de presa, de garra, tiene un ojo tan frío y tan duro que yo sé que se van a escandalizar con semejante ocurrencia, que para mí, dentro de mí, está emparentado demasiado con las águilas de Europa y, sobre todo, con las águilas de Alemania… El huemul, en cambio, es un animalito pequeño, lleno de gracia, que vive gracias a sus mañas, a escaparse siempre a tiempo en sitio de peligro en la Cordillera. Una vez escribí un artículo sobre nuestro escudo en el que dije que nosotros teníamos demasiado de cóndor y muy poco de huemul” (44-45).

Las palabras anteriores son parte de una conferencia que Mistral dio en 1938 en Montevideo, y qué sabias sus palabras en torno a Alemania, un año antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial. El artículo que menciona ella es una preciosura, además, y sobre aquel yo escribí años atrás mi primera ponencia, y es muy despierto en cuanto a la forma en que educamos a nuestros hijos y a nosotros mismos también. Creo que junto con celebrar hay que penar un poco también, no solo en qué país hemos sido, sino en que país queremos ser.

Descubriendo autores: Charles-Ferdinand Ramuz

Voces de la montaña, de Charles-Ferdinand Ramuz

Voces de la montaña, de Charles-Ferdinand Ramuz

Hay algo hermoso con respecto a leer, y es que una puede tener sus escritores favoritos y también un corpus de autores que se reconocen fácilmente, aunque no sean de cabecera; pero siempre habrá nuevos nombres y títulos que aparecen y que nos conquistan o, por lo menos, nos abren otro nuevo mundo de lecturas, y eso, en realidad, no es menor.

Una fuente de procedencia de nuevas lecturas es mi papá. Está siempre buscando en las librerías y cuando ve un texto que le resulta atractivo por alguna razón, lo compra. Es un activo comprador y lector de libros. A mí también me gusta ir descubriendo lecturas y suelo explorar cuando se acerca un cumpleaños.

El nuevo nombre que estoy leyendo ahora es Charles-Ferdinand Ramuz (1878-1947), un escritor suizo, quien, a pesar de la urbanidad de su vida –vivió en Lausana y en París-, en sus textos prefería conectarse con el mundo no industrializado del campo y la montaña. Leí la primera historia del libro Voces de la montaña, traducido por Iván Salinas en una edición reciente de Chancacazo. Como objeto es atractivo, una pequeña edición, pero bien  cuidada, en que el uso tipográfico es un placer para ojos cansados por la miopía.

El cuento se titula “Los sirvientes” y tiene que ver no con empleados, sino con los pequeños duendecillos que se dice habitan en zonas más agrestes y a cambio de un poco de comida o abrigo, realizan ciertos favores a los dueños de casa. El tema me era familiar, ya que en el norte de Chile, de donde soy, especialmente en el interior, siempre se habla de estos sirvientes. Sin embargo, les tenía mucho temor, ya que si no son correspondidos, pasan de ser maldadosos a malvados. De más está decir que con esos recuerdos de infancia, temía llegar a la última página del cuento, especialmente porque su protagonista Chabloz está buscando todo el rato pleito con estos duendecillos, a pesar de las advertencias. La mirada de Ramuz, en todo caso, es más ingenua o bondadosa, lo agreste es más sabio finalmente.

Estas son algunas primeras aproximaciones al libro que estoy leyendo para mi columna de libros en Publimetro. Aprovecho de contarles que hoy apareció mi reseña de Disparen a la bandada, una texto entre personal, histórico y biográfico sobre los integrantes constitucionalistas de la Fuerza Aérea de Chile, Fach, que fueron detenidos, torturados y llevados a consejos de guerra fraudulentos después del golpe de Estado de 1973. Es un libro poderoso, muy duro y a ratos hermoso por la forma en que el autor, Fernando Villagrán, lleva el relato y se involucra en él.

Libros ilustrados: leyendo El Misterioso Caso del Oso

La portada de El misterioso caso del oso, de Oliver Jeffers.

La portada de El misterioso caso del oso, de Oliver Jeffers.

A mi hijo Tony le encantan sus cuentos. Parte de la diversión de cada noche es correr a su dormitorio y elegir uno (en general, dos) de su estante para leer en la cama antes de dormir. A veces, incluso, decide incluir una lectura a la hora del desayuno, como hoy en que no se resistió a que leyéramos de nuevo El cuento de los conejtos Pelusa de Beatrix Potter. Gracias a ese cuento ha aprendido que soporífero quiere decir que da mucho sueño, y además adora saltar de aquí para allá diciendo que él es uno de los conejitos Pelusa.

Las últimas dos semanas Tony ha estado obsesionado con uno de sus libros de Oliver Jeffers: El misterioso caso del oso. Jeffers es un favorito, durante meses cada noche leímos Cómo atrapar una estrella y Perdido y encontrado. Son excelentes. En términos estéticos, las ilustraciones y diseño de los libros son hermosos y cautivantes. Me encantan los animales de piernitas flacas que aparecen en El misterioso caso…y también que cada pequeño detalle cuente. Tony nota algo distinto cada vez que lo leemos, como un avión de papel que antes no había visto en una de las esquinas de un dibujo.

El libro relata un misterio del que uno conoce la solución en la primera página: alguien está cortando las ramas de los árboles sin permiso. Sabemos desde el comienzo quién es, aunque el resto de los habitantes del bosque necesiten todavía averiguarlo. El verdadero misterio es por qué el oso necesita tanta madera.

La escena del alce-testigo que le gusta a Tony. Se puede ver la pequeña nube de vapor que sale de la boca del alce.

La escena del alce-testigo que le gusta a Tony. Se puede ver la pequeña nube de vapor que sale de la boca del alce.

En términos literarios, libros como este también son excepcionales, porque no buscan disminuir a los pequeños lectores, sino hablarles de igual a igual. Al principio me preocupaba cómo recibiría Tony, quien todavía no cumple los cuatro años, este libro con palabras como pesquisa, coartada o evidencia. Pero no se hace problemas, entiende la historia, algunos pasajes más que otros, y el resto los interpreta según sus experiencias y conocimientos; no se amilana porque no sepa qué es un testigo, aunque ahora tiene una leve idea de que es alguien que ha visto algo. El testigo en cuestión es un alce, y lo que más le gusta de esa escena, y me pregunta una y otra vez al respecto, es acerca de la nube que sale por la boca del animal: “Es vapor, le dijo yo, sale porque es una noche muy fría”. Y me contenta: “Sí, hace mucho frío”.

Uno de los mayores atractivos que tiene el libro para Tony es la doble línea de lectura. Él me pide que le lea los escasos textos, a veces dos o tres veces, y mueve sus pequeños deditos debajo de las letras para guiar mi lectura; pero también sigue el relato de aquello que solo el dibujo contempla y que es una expansión constante de la historia. A pesar de que Tony tiene una tendencia a querer que los cuentos sean siempre de la misma manera –de hecho, suele corregir la lectura que hacen otros, porque difiere de la que hago yo-, también explora otras vías a través de las ilustraciones, cambiando la forma en que leemos ciertos dibujos de un día para otro, no sé bien por qué, pero suelo imaginar que durante el día vio algo, aprendió algo, que lo ayuda a ver las ilustraciones desde una nueva perspectiva.

Martin Salisbury y Morag Styles –expertos en el área del libro ilustrado- dicen que los niños más pequeños no tienen todavía las herramientas lingüísticas necesarias para explicar una imagen con palabras y que incluso, pueden decir lo que piensan que uno, el adulto, espera oír, de tal manera que “el mundo que los niños están experimentando permanecerá inevitablemente algo así como un misterio para nosotros”. Yo siento constantemente eso cuando leemos libros como El misterioso caso del oso, que son en alguna medida desafiantes, porque no le dan al niño algo previamente masticado y fácil de digerir. En este caso, asumo que todas las referencias a las novelas detectivescas –que yo encuentro altamente divertidas- no llegan a Tony de la forma que me llegan a mí, pero igualmente las recibe y las procesa. Por ejemplo, en la contratapa se lee: “Una escalofriante historia de misterio, crimen, sospechosos, aviones de papel, un bosque y un oso que quería ganar a toda costa”. Yo veo el intertexto detectivesco; Tony, mmm, bueno, es parte del misterio. Pero sí sé que lo disfruta y que si no lo entendiera, no me pediría día tras día que lo leyéramos, ¿no?

Esperando la primavera y despidiendo a Seamus Heaney

primavera01

Primavera, de Antonio Segovia

El 30 de agosto recién pasado el poeta Seamus Heaney murió. Y desde entonces que le había dado vueltas a qué escribir sobre él. Aunque lo he leído, no soy experta, y no me interesaba realizar un recuento de algunos hechos de su vida, como suelen ser los obituarios que se le dedican a autores como este en nuestros diarios nacionales, con más anécdota proveniente de agencias que algo un poco más vívido. Por un lado, entiendo que así sea, es decir, tendrían que manejar más o menos sus textos, y no es cosa fácil. Pero no quería dejar pasar la ocasión sin decir nada, y no solo porque Heaney y yo compartiéramos el mismo día de cumpleaños.

Revisando sus poemas encontré “Rite of Spring” (Door into the Dark, 1969) y me pareció apropiado por cuanto con un día como el de ayer domingo, pareciera que finalmente la primavera quiere sentir su presencia. Asimismo, aunque el poema tiene varias lecturas, me pareció que esa imagen de una primavera que se demora, que cuesta, pero que después estalla entre nosotros, era no solo hermosa, sino real, palpable.

El poema tiene –en inglés- el mismo título que la pieza de Stravinski que en español conocemos como La consagración de la primavera. Recuerdo haber visto el ballet hace muchos años en el Teatro Municipal, vibrante. Es, por cierto, también terrible: la joven raptada y obligada a sacrificarse bailando hasta la muerte: he ahí el rito, el sacrificio es ritual. En el poema de Heaney no hay sacrificio, pero sí ritualidad, aunque derivada de objetos muy cotidianos, ya que toma como objeto de sus imágenes una bomba de agua, congelada durante el invierno, y que poco a poco comienza a ser conquistada por el fuego, lanzada por el fuego, que permite la liberación del agua, ya incontenible. Es, también una metáfora sexual, al hablar de bombas y émbolos, el poeta también habla de sexo.

Buscando opiniones sobre el poema, me encontré con varias que lo desdeñaban por simple y obvio. Para uno, incluso, es un poema sobre la frigidez. No concuerdo con aquello, por cuanto lo que decía al comienzo: la primavera está dormida durante el invierno, pero ciertamente no es frígida. Le vi más sentido a algunos artículos que hablaban de la visión femenina en Heaney. Así encontré a Carlanda Green, quien más bien ve una unión, una consumación entre agua y fuego. El estallido final es orgásmico, como también lo es el estallido primaveral. Incluso en la pieza de Stravinski al comienzo encontramos augurios primaverales. La llegada de la primavera no es como una llave –para seguir con las imágenes de Heaney- que simplemente se deja abierta el 21 de septiembre y la primavera queda encendida. Diría que lo mismo pasa con las relaciones entre un hombre y una mujer, no se trata simplemente de un botón que se aprieta y listo, el orgasmo se alcanza, no se enciende con un interruptor.

Así que, no estoy muy segura acerca de que la metáfora de Heaney sea demasiado textual. A mí me gusta y me hace pensar en el texto que escribió Blake Morrison con motivo de la muerte de Heaney: “Para Heaney, había maravillas suficientes en este mundo, sin importarle el siguiente. Objetos y lugares comunes –un sofá, una radio, un bolsón, una ráfaga de viento, el sonido de la lluvia- estaban santificados” (original aquí). También una bomba de agua y su émbolo.

Rite of Spring

So winter closed its fist
And got it stuck in the pump.
The plunger froze up a lump

In its throat, ice founding itself
Upon iron. The handle
Paralysed at an angle.

Then the twisting of wheat straw
into ropes, lapping them tight
Round stem and snout, then a light

That sent the pump up in a flame
It cooled, we lifted her latch,
Her entrance was wet, and she came.

Monterroso y los dictadores

El paraíso imperfecto. Antología tímida de Augusto Monterroso.

El paraíso imperfecto. Antología tímida de Augusto Monterroso.

Esta semana recibí el libro El paraíso imperfecto. Antología tímida de Augusto Monterroso, una edición de bolsillo que reúne cuentos y ensayos, y que se lanza al cumplirse diez años de la muerte del autor. Es una edición sencilla, aunque parece en sintonía con el escritor guatemalteco. De hecho, en la última página aparece el dibujo de su dinosaurio con la leyenda: “Cuando este libro se terminó de imprimir en 2013, el dinosaurio todavía estaba allí”. Por supuesto está basado en el microrrelato “El dinosaurio” del propio Monterroso, relato que, sin embargo, no es parte de la edición. Probablemente no fuera necesario incluir un texto tan conocido. Eso sobre el espíritu del libro, si es que uno puede llamarlo así, tomando prestado un concepto del análisis poético, podría decirse que es el mood, el estado de ánimo de la antología, porque incluso en ensayos serios, Monterroso se las arregla para hablar desde el humor, sin por ello restarles profundidad.

Como decía el libro me acaba de llegar, y como estaba terminando la lectura de La oscuridad que nos lleva de Tulio Espinosa (la reseña apareció hoy), solo repasé en el índice algunos títulos que podría interesarme abordar de inmediato. Probablemente porque es 6 de septiembre y se cumplen 40 años del golpe de Estado, me concentré primero en “Novelas sobre dictadores (1)” y “Novelas sobre dictadores (2)” (La palabra mágica, 1983). El primero nos habla de la novela El señor presidente de Miguel Ángel Asturias, donde presenta la siguiente idea. Habla de un cierto mito de que los dictadores pertenecen o fueron creados en Latinoamérica, como si Europa no hubiera visto –en la historia reciente- a Hitler, Mussolini y Franco. Lamentablemente, y esto él no lo menciona, aunque no fueron originados en nuestro continente, nos llenamos de ellos y sus dictaduras.

El dinosaurio de Monterroso.

El dinosaurio de Monterroso.

En el segundo ensayo, nos habla de un proyecto que Mario Vargas Llosa tuvo en los años sesenta, de una antología de cuentos sobre dictadores latinoamericanos, en que participarían él, José Donoso, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, entre otros, y al que invitaba a participar a Monterroso para que escribiera sobre Anastasio Somoza padre. Como dije, el proyecto fue en los sesenta, así que era muy pronto para considerar a Pinochet en la lista.

Como dice el propio Monterroso, el proyecto no se concretó, aunque algunos de los participantes escribieron sus propias novelas sobre dictadores. Sobre él nos cuenta, que apenas le llegó la invitación a participar –a pesar de que había dicho que sí de palabra -, prefirió enviar su rechazo a escribir. La razón es más que interesante: “[…] renuncié a trabajar en un Somoza al que como juez me habría gustado mandar a fusilar pero que como escritor hubiera llegado a presentar en toda su indefensión y miseria […]” (135). No quería humanizar al dictador, quién quiere.

El candor de G. K. Chesterton

El hombre que fue jueves, mi edición de los años 60 que precisa renovación

El hombre que fue jueves, mi edición de los años 60 que precisa renovación

Hace un par de semanas que quería escribir sobre G. K. Chesterton, desde que vi que se abrió la investigación para su beatificación, algo apoyado por el actual papa Francisco. Este escritor inglés no nació católico, sino que es uno de esos famosos conversos británicos al catolicismo, como Evelyn Waugh, otro autor de mi preferencia.

Volviendo a Chesterton, él escribió uno de mis libros favoritos, El hombre que fue jueves. Cuando era bien niña y vi este libro en casa, me impresionaba –e intrigaba- el título; todavía, de hecho, cuando pienso en ese título, me dan ganas de tomar el libro y leerlo otra vez. Lo tengo en una edición de Planeta de los años 60, por lo cual pienso que es necesaria la actualización. La portada es muy extraña, pero el texto es maravilloso. ¿Es una novela policial? Sí y no, es decir, lo es al estilo de Chesterton. Es una historia sobre anarquismo, grupos anarquistas clandestinos, policías, disquisiciones sobre la verdad y la bondad, cristianismo, y un poco de metafísica también. Chesterton todavía no se convertía al Catolicismo cuando escribió El hombre que fue jueves, aunque sí da la impresión de que era un tema de reflexión e interés para él. Además es un libro muy entretenido, poco convencional, en que cada vez como lectora (y lector), una se ve impulsada a ver las cosas de otra manera, con más detalles o desde una perspectiva más amplia tal vez.

El libro de bolsillo que no pude leer porque era una fuente de alergia sin fin.

El libro de bolsillo que no pude leer porque era una fuente de alergia sin fin.

A Chesterton llegué, como decía, por mi padre, él tenía algunos de sus libros en casa, y hoy sigue sumándolos a su biblioteca. Su encuentro con Chesterton lo califica como un milagro, muy a tono con su posible beatificación. Cuando tenía alrededor de catorce años en Iquique, se encontraba jugando en una plaza, cuando decidió que sería mejor ir a una imprenta en la que vendían libros. Allí Cuatro granujas sin tacha vino a su encuentro. Desde entonces, la relación de mi padre con la escritura de Chesterton solo ha ido creciendo. Y si los milagros se multiplican, esa lectura me alcanzó también a mí. Aunque me fascinaba ese título misterioso de El hombre que fue jueves, esa no fue mi primera aproximación, sino las historias del Padre Brown, el sacerdote detective de Chesterton, ese hombre pequeño, que parece que no matara ni una mosca y que es capaz de descubrir al criminal más hábil, gracias a su aun más hábil mente. Me recuerda en ciertos aspectos la veneración de Poirot –el detective de Agatha Christie- por su “materia gris”, es decir, ambos dejan que el cerebro trabaje y vaya llenado los baches para lograr ver la verdad. En el caso del padre Brown esto es muy serio, por cuanto, sacerdote católico, estima que lo principal en la fe y en Dios es la razón; como tal, no puede ser si no de esta manera que dé curso a sus investigaciones y no ensuciándose las manos por decirlo de alguna manera.

El candor del Padre Brown que me prestó mi papá.

El candor del Padre Brown que me prestó mi papá.

Como había pasado tanto tiempo, pensé en releer algunas historias, así que busqué un pequeño ejemplar de bolsillo que tenía. Intenté la lectura, pero era una edición antigua y de ese papel café y tosco que con el tiempo se convierte en palacio de ácaros. El ardor en un ojo y la casi imposibilidad de abrirlo por la alergia que me provocó hizo que abandonara la tarea de leer esa edición. Mi libro de El hombre que fue jueves va por la misma senda acarosa, razón por la cual quiero renovarlo. El asunto es que pedí a mi papá su edición más nueva de El candor del padre de Brown, y me fascinaron más que antes. Siguen siendo tan poco convencionales, tan inusuales y con un dejo humorístico, sarcástico.

En el primero de los cuentos, “La cruz azul”, el sacerdote cuenta un poco de cómo logra ver más allá de las apariencias y descubrir actos criminales donde otros no ven nada fuera de lo normal: “¿No se le ha ocurrido a usted pensar que un hombre que casi no hace nada más que oír los verdaderos pecados de los demás no puede menos de ser un poco entendido en la materia?” (44). Es, sin duda, una manera de sacarle provecho a la confesión, pero también tiene que ver con estudiar para conocer, más que experimentar para conocer. De hecho, me siento un poco identificada con eso, porque siempre me he aproximado a las cosas leyendo: incluso a la crianza de mi hijo, para la cual compré un libro que adoré y, aunque no lo seguí a pies juntillas, me fue de mucha ayuda.

Leyendo “La cruz azul”, me pareció ver algunas similitudes con El hombre que fue jueves: lo inusual, lo misterioso, pero también la perspectiva que varía o se amplía para dejarnos ver más allá, y, también, el itinerar. En la novela, los personajes recorren Londres, en el cuento también vemos a los personajes peregrinar por distintas partes de la ciudad, incluyendo algunos lugares -como calles- inventados por Chesterton. En ambos casos, se construye una nueva ciudad, el trayecto reescribe los lugares, y los llena de historias y anécdotas.

Además de los escritos de Chesterton, siempre me encantó una historia sobre él, que no recuerdo dónde leí. En esta anécdota, Chesterton iba por la calle debatiendo con su hermano Cecil; siempre lo hacía, y estaban tan intensamente involucrados en esa oportunidad en la discusión, que no se dieron cuenta de que llovía a cántaros y se estaban mojando. Suelo imaginarme la escena, y creo que sería una hermosa escena para una película, ya que no estaban peleando, sino debatiendo, discutiendo; otra vez la razón en uso. Pero lo que me gustaba más era esa relación profunda con el hermano, lo encuentro hermoso. Su hermano, periodista, también se convirtió al catolicismo, aunque mucho antes que Chesterton. Murió en la Primera Guerra Mundial. Mientras buscaba información sobre Cecil, tuve la idea de que leí sobre esta anécdota en algún escrito de C. S. Lewis, así que lo investigaré, tal vez para una próxima nota.

Juego de niños

Mi hijo Tony jugando en la plaza.

Mi hijo Tony jugando en la plaza.

El título de esta entrada es el mismo de un texto de Robert L. Stevenson, el autor de La isla del tesoro. Adoraba ese libro cuando niña, los piratas, las aventuras, el niño que emprende un viaje en forma independiente, algo que difícilmente se me habría ocurrido hacer, aunque años más tarde emprendiera sola algunos viajes. Estuve releyendo este ensayo de Stevenson, porque es parte de la bibliografía que reviso para mi proyecto de tesis. Lo había leído hace varios meses atrás y quería recordar algunos de los temas que trataba.

Estos últimos meses he leído muchísimo sobre infancia. Algunos de los libros han sido textos áridos con mucha información, pero con una prosa más bien seca. Uno casi me volvió loca por la profusión de comillas, prácticamente cada palabra o término estaban entrecomillados. Pero este de Stevenson es un placer de leer. Lo que hace el escritor es exponer las diferencias que él considera existen entre niños y adultos. En una sección destinada a los sentidos, plantea básicamente que estos se van sofisticando a medida que se crece, y que esa es la razón por la cual se pasa del “exceso de azúcar” en la infancia a probar y disfrutar otro tipo de comidas; o de embelesarse en el canto de un pájaro a “la emoción que el hombre siente al escuchar la música articulada”. Para el autor escocés, hay muchas ventajas en dejar la niñez atrás y convertirse en adulto, desde olvidar los temores que provocaban elementos como las cortinas del dormitorio, hasta gozar de las obras de Shakespeare.

Robert Louis Stevenson

Robert Louis Stevenson

Aunque en un principio pareciera que Stevenson no aboga –por así decirlo- por la infancia, destaca la capacidad de jugar de los niños, de construir castillos en el aire y usar una silla como si fuera un castillo. Una capacidad que, ciertamente, los adultos van perdiendo. Me recuerda a esa típica historia que cuentan los padres: le han comprado un  súper juguete a su hijo o hija, y él/ella prefiere jugar con la caja de cartón en la que venía. Finalmente, Stevenson ruega a los padres que no apuren el fin de la infancia de los hijos, que les permitan quedarse en ella por el mayor tiempo posible, en el fondo, que jueguen –y experimenten- mucho antes de que tengan que ir a sentarse en una oficina y que todo lo que se valora sean las cosas reales y tangibles. Mientras escribo esto, mi hijo Tony está buscando sus bloques para armar un castillo y un túnel, preocupado solamente en jugar.

** “Juego de niños” aparece publicado en el libro Apología de los ociosos y otras ociosidades (Editorial Laertes), que contiene varios ensayos del autor de La isla del tesoro y El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hide. “Juego de niños” (1878), cuyo título original es “Child’s play” apareció en el libro Virginibus Puerisque, and other papers de 1881. En este libro aparecen también otros de los ensayos de la versión en castellano que mencionaba más arriba: “An apology for Idlers” (1877), “El Dorado” (1878) y “The English Admirals” (1878).

Violeta Parra

Violeta Parra

Violeta Parra

Son complicadas las discusiones, porque cuando los argumentos comienzan a tambalearse, se pueden terminar diciendo muchas cosas. Una vez lanzadas, no hay forma de borrarlas, he ahí por qué eso de que las palabras hieren, y tantas veces como se las recuerde. Por eso me quedó dando vueltas el hecho de que se utilizara a Violeta Parra como un ejemplo de artista que cometió errores porque no tenía preparación. Eso me ha molestado todo el día. Cuando niña adoraba –y todavía lo hago- La Jardinera. ¿Acaso no es una canción perfecta?

En el último tiempo, además, la he estudiado, especialmente sus Décimas. Este texto autobiográfico es la muestra de un artista profunda y preparada. ¿No estudió música en el Conservatorio? Qué importa, probablemente no hubiera sido un aporte a sus composiciones: frutos de su experiencia, de lo que aprendió por ella misma –tocaba guitarra desde pequeña-, de su trabajo de recopilación de material folklórico a lo largo del país. En cuanto a las Décimas, ella hace uso de esta forma, llamada décima espinela octosilábica, es decir, manejaba esta forma tradicional española, que proviene de Vicente Espinel, poeta del siglo XVI.

Mi intención aquí no es realizar una explicación acerca de qué es la décima espinela, solo plantearlo como muestra de que Violeta Parra era una artista preparada, a pesar de no tener estudios formales; su música no era la consecuencia de lo fortuito, ella sabía e intuía. Por lo demás, su poesía y su música son hermosas, a veces apasionadas, otras desgarradoras, tristes, divertidas, críticas. Y no se contentó con eso, sino que exploró otras formas de arte, como los tapices.

Marisol García dice en su texto “Violeta Parra: cartas perentorias”, doce sobre ella: “Hablamos de una mujer sin estudios académicos ni preparación artística formal, que se autoimpuso una tarea que nadie le encargó y que trabajó siempre a contracorriente de los círculos entonces supuestamente abocados a la difusión folclórica chilena. Una mujer que captó con rapidez lo que debía hacer, y que se ocupó en hacerlo con la máxima celeridad, cuando la adultez, los hijos y la pobreza parecían estupendas excusas para desistir. No hubo más de 14 años entre la primera composición propia de Violeta Parra y su muerte. Entremedio, una obra incalculable de gloria universal: discos, arpilleras, poesías, pinturas, esculturas, estudios”.

En vez de finalizar con esa cita de García, mejor un texto de la propia Violeta, “Mas van pasando los años” de su Décima. Autobiografía en verso:

Mas van pasando los años,
las cosas son muy distintas:
lo que fue vino, hoy es tinta;
lo que fue piel hoy es paño;
lo que fue cierto, hoy engaño,
todo es penuria y quebranto,
de las leyes de hoy me espanto;
lo paso muy confundida
y es grande torpeza mida
buscar alivio en mi canto.

Han visto la mantequilla,
dicen de que’s vegetal,
y que de leche animal
fabrican la mostacilla.
Las líneas de las chiquillas,
desmáyese el más sereno,
que lo que miran por seno
no es nada más que nilón.
Pregunto con emoción:
¿Quién trajo tanto veneno?

En este mundo moderno
qué sabe el pobre de queso,
caldo de papa sin hueso.
Menos sabe lo que es terno;
por casa, callampa, infierno
de lata y ladrillos viejos.
¿Cómo le aguanta el pellejo?,
eso sí que no lo sé.
Pero bien sé que el burgués
se pit´al pobre verdejo.

Yo no protesto por migo,
porque soy muy poca cosa,
reclamo porque a la fosa
van las penas del mendigo.
A Dios pongo por testigo
que no me deje mentir,
no me hace falta salir
un metro fuera’ e la casa
pa’ ver lo que aquí nos pasa
y el dolor que es el vivir.

Dispénsenme las chiquillas
si m’ he salido del tema,
es qu’ esta verdad me quema
el alma y la pajarilla.
Quemá’ está la sopaipilla;
p’al pobre ya no hay razones;
hay costra en los corazones
y horchata en las venas ricas,
y claro, esto a mí me pica
igual que los sabañones.

Poesía china

La portada de Un país mental

La portada de Un país mental

Me encanta la poesía. A veces me gusta que sea –al menos en apariencia tan clara como el agua. Otras, que su significado sea oscuro. Porque las palabras elegidas, las combinaciones, las imágenes, las rimas –o sus ausencias-, los ritmos, las figuras en general, convierten la lectura de un poema en un placer. Por eso cuando alguien me comenta que le da miedo aproximarse a la poesía, lo mejor es simplemente disfrutarla, después de todo, no tenemos por qué lanzarnos a analizarla, si eso no es parte de nuestro trabajo, claro.

Cuando era niña mi papá tenía anotados unos poemas de Alfred Tennyson. Estaban en inglés, por lo cual no era fácil leerlos, sin contar además que es del siglo XIX. Pero me encantaba el sonido de las palabras.

Estas impresiones y recuerdos acerca de la poesía, surgen de la lectura que he hecho en las últimas semanas del libro Un país mental. 100 poemas chinos contemporáneos (LOM Ediciones). Se trata de una recopilación del trabajo de veinte poemas chinos, realizado por Miguel Ángel Petrecca, quien, además, traduce los textos al español. Me he tomado mi tiempo, porque no hay que apurar la poesía, si se lee de corrido, claro que –a veces- puede resultar rápida de leer, pero hay algo que se pierde en esa acción. Yo prefiero leerla con atención, dar vueltas en torno a ella, retroceder en la lectura también.

Una de las interrogantes que me plantea el texto, es lo que se diluye en la traducción. Pasa ya entre el inglés y el español, debido a que varía la gramática, el sonido e incluso el largo de las palabras. Y me pregunto de qué tamaño será esa pérdida cuando se trata de poemas en chino. Al menos para mí, la distancia es insalvable. Eso no impide la aproximación a los textos, pero sí es como un fantasma que da vueltas.

Dejando atrás las preguntas, es interesante leer a autores contemporáneos. A veces pareciera existir una suerte de estereotipo con respecto a países como China, como si todas sus obras fueran textos del pasado. Pareciera que nos cuesta llegar a lo actual si es que no proviene de Hollywood. Otro punto de interés ha sido la variedad. Me gusta que no haya obviado a las mujeres en la lista, y también que nos encontremos con poemas cortos, poemas largos, prosas poéticas, puntos de unión cultural, y textos que sorprenden por lo que relatan, poemas muy densos y otros anclados en lo cotidiano, que siempre han sido de mi predilección.

Uno de los poemas que destaco es “Atardecer” de la poeta Lan Lan. Sus últimos dos versos resuenan: “Freno de a poco mis pasos-para escuchar / el silencio de la tierra bajo mis pies”.