El candor de G. K. Chesterton

El hombre que fue jueves, mi edición de los años 60 que precisa renovación

El hombre que fue jueves, mi edición de los años 60 que precisa renovación

Hace un par de semanas que quería escribir sobre G. K. Chesterton, desde que vi que se abrió la investigación para su beatificación, algo apoyado por el actual papa Francisco. Este escritor inglés no nació católico, sino que es uno de esos famosos conversos británicos al catolicismo, como Evelyn Waugh, otro autor de mi preferencia.

Volviendo a Chesterton, él escribió uno de mis libros favoritos, El hombre que fue jueves. Cuando era bien niña y vi este libro en casa, me impresionaba –e intrigaba- el título; todavía, de hecho, cuando pienso en ese título, me dan ganas de tomar el libro y leerlo otra vez. Lo tengo en una edición de Planeta de los años 60, por lo cual pienso que es necesaria la actualización. La portada es muy extraña, pero el texto es maravilloso. ¿Es una novela policial? Sí y no, es decir, lo es al estilo de Chesterton. Es una historia sobre anarquismo, grupos anarquistas clandestinos, policías, disquisiciones sobre la verdad y la bondad, cristianismo, y un poco de metafísica también. Chesterton todavía no se convertía al Catolicismo cuando escribió El hombre que fue jueves, aunque sí da la impresión de que era un tema de reflexión e interés para él. Además es un libro muy entretenido, poco convencional, en que cada vez como lectora (y lector), una se ve impulsada a ver las cosas de otra manera, con más detalles o desde una perspectiva más amplia tal vez.

El libro de bolsillo que no pude leer porque era una fuente de alergia sin fin.

El libro de bolsillo que no pude leer porque era una fuente de alergia sin fin.

A Chesterton llegué, como decía, por mi padre, él tenía algunos de sus libros en casa, y hoy sigue sumándolos a su biblioteca. Su encuentro con Chesterton lo califica como un milagro, muy a tono con su posible beatificación. Cuando tenía alrededor de catorce años en Iquique, se encontraba jugando en una plaza, cuando decidió que sería mejor ir a una imprenta en la que vendían libros. Allí Cuatro granujas sin tacha vino a su encuentro. Desde entonces, la relación de mi padre con la escritura de Chesterton solo ha ido creciendo. Y si los milagros se multiplican, esa lectura me alcanzó también a mí. Aunque me fascinaba ese título misterioso de El hombre que fue jueves, esa no fue mi primera aproximación, sino las historias del Padre Brown, el sacerdote detective de Chesterton, ese hombre pequeño, que parece que no matara ni una mosca y que es capaz de descubrir al criminal más hábil, gracias a su aun más hábil mente. Me recuerda en ciertos aspectos la veneración de Poirot –el detective de Agatha Christie- por su “materia gris”, es decir, ambos dejan que el cerebro trabaje y vaya llenado los baches para lograr ver la verdad. En el caso del padre Brown esto es muy serio, por cuanto, sacerdote católico, estima que lo principal en la fe y en Dios es la razón; como tal, no puede ser si no de esta manera que dé curso a sus investigaciones y no ensuciándose las manos por decirlo de alguna manera.

El candor del Padre Brown que me prestó mi papá.

El candor del Padre Brown que me prestó mi papá.

Como había pasado tanto tiempo, pensé en releer algunas historias, así que busqué un pequeño ejemplar de bolsillo que tenía. Intenté la lectura, pero era una edición antigua y de ese papel café y tosco que con el tiempo se convierte en palacio de ácaros. El ardor en un ojo y la casi imposibilidad de abrirlo por la alergia que me provocó hizo que abandonara la tarea de leer esa edición. Mi libro de El hombre que fue jueves va por la misma senda acarosa, razón por la cual quiero renovarlo. El asunto es que pedí a mi papá su edición más nueva de El candor del padre de Brown, y me fascinaron más que antes. Siguen siendo tan poco convencionales, tan inusuales y con un dejo humorístico, sarcástico.

En el primero de los cuentos, “La cruz azul”, el sacerdote cuenta un poco de cómo logra ver más allá de las apariencias y descubrir actos criminales donde otros no ven nada fuera de lo normal: “¿No se le ha ocurrido a usted pensar que un hombre que casi no hace nada más que oír los verdaderos pecados de los demás no puede menos de ser un poco entendido en la materia?” (44). Es, sin duda, una manera de sacarle provecho a la confesión, pero también tiene que ver con estudiar para conocer, más que experimentar para conocer. De hecho, me siento un poco identificada con eso, porque siempre me he aproximado a las cosas leyendo: incluso a la crianza de mi hijo, para la cual compré un libro que adoré y, aunque no lo seguí a pies juntillas, me fue de mucha ayuda.

Leyendo “La cruz azul”, me pareció ver algunas similitudes con El hombre que fue jueves: lo inusual, lo misterioso, pero también la perspectiva que varía o se amplía para dejarnos ver más allá, y, también, el itinerar. En la novela, los personajes recorren Londres, en el cuento también vemos a los personajes peregrinar por distintas partes de la ciudad, incluyendo algunos lugares -como calles- inventados por Chesterton. En ambos casos, se construye una nueva ciudad, el trayecto reescribe los lugares, y los llena de historias y anécdotas.

Además de los escritos de Chesterton, siempre me encantó una historia sobre él, que no recuerdo dónde leí. En esta anécdota, Chesterton iba por la calle debatiendo con su hermano Cecil; siempre lo hacía, y estaban tan intensamente involucrados en esa oportunidad en la discusión, que no se dieron cuenta de que llovía a cántaros y se estaban mojando. Suelo imaginarme la escena, y creo que sería una hermosa escena para una película, ya que no estaban peleando, sino debatiendo, discutiendo; otra vez la razón en uso. Pero lo que me gustaba más era esa relación profunda con el hermano, lo encuentro hermoso. Su hermano, periodista, también se convirtió al catolicismo, aunque mucho antes que Chesterton. Murió en la Primera Guerra Mundial. Mientras buscaba información sobre Cecil, tuve la idea de que leí sobre esta anécdota en algún escrito de C. S. Lewis, así que lo investigaré, tal vez para una próxima nota.

Listado de día viernes

El famoso Rice Portrait.

El famoso Rice Portrait.

Esta semana he leído algunos artículos que han llamado la atención por distintos motivos. Por ejemplo, fue genial encontrarse en el diario inglés The Guardian con una pieza sobre el escritor mexicano Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo. El artículo, parte de una serie sobre el cuento, dice: “Puede leer el escaso pero denso cuerpo de la obra de Rulfo en un par de días, pero eso representa solo un primer paso en territorios que todavía deben mapearse en forma definitiva. Su exploración es uno de los viajes más extraordinarios en la literatura”. Pueden leer el texto escrito por Chris Power aquí.

Una amiga me recomendó este link sobre la metáfora en el pensamiento de los niños. Sabe que estoy metida con el tema de la infancia para mi investigación de doctorado, así que fue un verdadero regalo. El artículo apareció en el blog de Maria Popova, y aborda un libro de James Geary, I is an other. Recomendable para quienes estén interesados en niños, metáfora o las formas del pensamiento. Lo encuentran aquí.

Si han leído mi blog, deben saber que Jane Austen es una de mis escritoras favoritas. Uno de sus retratos más conocidos, es un dibujo siempre me ha molestado, más que nada porque no es una gran obra –es bastante feo, añadiría-. Más raro me parece su uso, después de que leí que la familia de Austen consideraba que el dibujo no se parecía en nada a ella. Esta semana apareció en The Times Literary Supplement, una nota en que presentan al Rice portrait, como una buena representación de la escritora. Claudia Johnson, profesora de literatura inglesa en la Universidad de Princeton, escribe el artículo, en que hace una relación sobre la pintura y por qué deberíamos pensar que es realmente un retrato de la autora de Orgullo y prejuicio. Muy interesante, lo pueden leer aquí.

Finalmente, debo decir que leer es solo uno de mis placeres. También me gusta, por ejemplo, bordar, y tejer, aunque esto último no lo hago tanto como quisiera, de hecho, todavía tengo que terminar un suéter que estoy tejiendo para mi hijo Tony. Así que me agradó mucho encontrar en el New Yorker esta nota sobre tejido y literatura de Alison Lurie. De hecho, fue muy llamativo –por decir lo menos- revisar su propuesta de que los personajes femeninos buenos preferían el tejido a palillos –como Jane Fairfax en Emma, sí, de Jane Austen- y los malos, el crochet, como Becky Sharp, la antiheroína de La feria de las vanidades, de Thackeray. Pueden leerlo aquí.

¡Buen fin de semana!

Retomando mi ritmo

Parte de la torre de libros en que estuve metida las últimas semanas.

Parte de la torre de libros en que estuve metida las últimas semanas.

Las últimas dos o tal vez tres semanas, escribir se volvió un poco complicado, simplemente por la escasez de tiempo para mí. Tenía unas fechas importantes en la universidad, y dediqué prácticamente todas mis horas diarias en leer, fichar y repasar las fichas que había hecho durante los últimos meses; ya saben, las primeras fichas suelen estar en una nebulosa, y necesitaba actualizarlas en mi cabeza.

Por eso, en vez de escribir, me dediqué a completar algunas de las columnas de libros que hecho para el sitio web del diario Publimetro, en vez de preparar algún material nuevo.

Ahora que estoy en una especie de descanso de tanto estudio concentrado –descanso autodecidido después de que ayer me estuviera quedando dormida sola-, he retomado lecturas nuevas, tratando de descubrir, recordar, encontrar, temas que me gusten, me motiven, me inquieten. Así que pronto tendré publicado aquí nuevas entradas, algunas de las cuales han estado dando vueltas en mi cabeza desde hace un par de semanas.

Clínica Jardín del Este, crítica social en tono humorístico

Portada de Clínica Jardín del Este, de Elizabeth Subercaseaux.

Portada de Clínica Jardín del Este, de Elizabeth Subercaseaux.

Clínica Jardín del Este es la tercera entrega de la serie Barrio Alto, que Elizabeth Subercaseaux comenzó a publicar en 2009. Este nuevo libro sigue abordando la vida y mentalidad de los sectores acomodados de nuestra sociedad, esta vez echándole un vistazo bastante crudo al sistema de salud y a las diferencias que separan a los grupos que se encuentran en los extremos: mientras unos tienen que esperar para atenderse por el Auge, otros pueden gastar lo que quieran en operaciones estéticas como hilos tensores, una de las técnicas que aparece en el texto.

El protagonista es el mismo corredor de propiedades de los libros anteriores, Alberto Larraín Errázuriz, quien esta vez es seducido económicamente por sus amigos para meterse en el negocio de la salud, a través de una clínica de cirugía plástica exclusiva y una isapre. Es la excusa de la autora para dar cuenta de una visión bastante descarnada acerca de la clase social de la cual ella misma proviene, y también del sistema de salud, que es visto por los personajes no como una necesidad, sino como una piedra filosofal que convertirá todo cuanto toque en oro.

Digo excusa, porque Subercaseaux no se limita con exponer el mundo de las cirugías plásticas, sino que da cuenta de “los de arriba y los de abajo”, al contrastar el mundo lujoso de la clínica instalada en Vitacura, y el precario de los hospitales públicos: “La pequeña sala acomodaba siete camas, casi pegadas entre ellas, cuatro adosadas a una pared y tres a la pared del frente. […] En el catre del fondo, un ojo medio abierto el otro cerrado, dormitaba una anciana con una mascarilla de oxígeno apoyada en el caballete de la nariz. Un fuerte olor a ropa vieja y trapos mojados impregnaba el ambiente. El aire era asfixiante” (146).

Subercaseaux va presentando a sus personajes con empatía, pero cada uno de ellos va deslizando prejuicios y actitudes discriminatorias, que llegan a un punto impensable cuando una de las señoras le encarga a su nana antes de partir a operarse: “me dejas listos dos queques de limón y un filete, porque algo tendré que comer” (103). Mientras esto ocurre, la hija del protagonista también se operará, pero para ponerse unos implantes mamarios: el objetivo no es mejorar una salud deteriorada, sino subirse el ánimo.

La novela está llena de humor y también de crítica, esto la vuelve contingente, pero también una pieza de lectura sin fecha de caducidad. Esto último es aportado por el humor, y también por las líneas narrativas que se van cruzando, en especial el gran secreto que se esconde en uno de los personajes y que la autora maneja en clave de suspenso, a tal punto que, incluso luego de conocerse, se querrá saber cómo los distintos caracteres lidiarán con él.

Subercaseaux, Elizabeth. Clínica Jardín del Este. Santiago: Editorial Catalonia, 2013.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Bruma de María Inés Zaldívar: cantos cotidianos

Bruma_maria_ines_zaldivar_500“Me enamora la manera / cómo partes el limón” (13), son los dos primeros versos del poemario Bruma de María Inés Zaldívar. Ese inicio muestra el tono de los poemas: por un lado apelan al amor y, por otro, están envueltos en una cotidianidad que es hermosa. Es en el día a día cuando experimentamos, sentimos; el amor entonces se vive en lo cotidiano, y eso es lo que encontramos en Bruma.

Están los recuerdos de unas “grandes manos / deslizándose por el teclado” (41), el canto de una noche de insomnio en que la hablante “da una vuelta en la cama, da dos” (25), y otra imagen del pasado, en que el amado es recordado comiendo tostadas crujientes con mantequilla y tomando un café negro. Cuando escribo, ya sea sobre literatura en la universidad o en esta columna, o cuando me dedico a mi blog, el componente cotidiano se me hace ineludible, porque en lo pequeño y lo íntimo se juega la vida y también la poesía, la que ¿acaso no nos ilumina acerca de nuestra propia existencia? Pienso en cuando tenía en mis manos Bruma y la leía sentada sobre mi cama, mientras mi hijo jugaba con sus autos a mi lado, y cómo la escena familiar y los versos han quedado entrelazados. Parafraseando el texto de María Inés, llego a la conclusión de que el amor se derrite tal como la mantequilla en las tostadas calientes, cubriendo cada aspecto, cada rincón, cada escondite de la vida.

El poemario se centra también en un personaje sobre el cual siempre doy vueltas, Penélope. La conocemos como aquella que teje y espera pacientemente el regreso de su esposo Ulises. La poeta toma a Penélope y la ubica en nuestros espacios cotidianos, incluso tratando de comprar un labial agotado. Al mismo tiempo instala una discusión: ¿cómo debe ser la espera de Penélope? Creo que la respuesta siempre debe ser la misma: como Penélope decida.

En estos poemas se ama esperando, se ama recordando, y también siguiendo adelante Por eso hay tanta vida en los versos, se siente el crujir de las tostadas, se saborea el café, se siente una espalda junto a mi espalda. Asimismo, la predilección por la brevedad en los textos, muchos de los cuales hacen pensar en haikus japoneses, contribuye al tono cercano e íntimo que logra el poemario.

Zaldívar, María Inés. Bruma. Santiago: Lolita Editores, 2012.

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Juego de niños

Mi hijo Tony jugando en la plaza.

Mi hijo Tony jugando en la plaza.

El título de esta entrada es el mismo de un texto de Robert L. Stevenson, el autor de La isla del tesoro. Adoraba ese libro cuando niña, los piratas, las aventuras, el niño que emprende un viaje en forma independiente, algo que difícilmente se me habría ocurrido hacer, aunque años más tarde emprendiera sola algunos viajes. Estuve releyendo este ensayo de Stevenson, porque es parte de la bibliografía que reviso para mi proyecto de tesis. Lo había leído hace varios meses atrás y quería recordar algunos de los temas que trataba.

Estos últimos meses he leído muchísimo sobre infancia. Algunos de los libros han sido textos áridos con mucha información, pero con una prosa más bien seca. Uno casi me volvió loca por la profusión de comillas, prácticamente cada palabra o término estaban entrecomillados. Pero este de Stevenson es un placer de leer. Lo que hace el escritor es exponer las diferencias que él considera existen entre niños y adultos. En una sección destinada a los sentidos, plantea básicamente que estos se van sofisticando a medida que se crece, y que esa es la razón por la cual se pasa del “exceso de azúcar” en la infancia a probar y disfrutar otro tipo de comidas; o de embelesarse en el canto de un pájaro a “la emoción que el hombre siente al escuchar la música articulada”. Para el autor escocés, hay muchas ventajas en dejar la niñez atrás y convertirse en adulto, desde olvidar los temores que provocaban elementos como las cortinas del dormitorio, hasta gozar de las obras de Shakespeare.

Robert Louis Stevenson

Robert Louis Stevenson

Aunque en un principio pareciera que Stevenson no aboga –por así decirlo- por la infancia, destaca la capacidad de jugar de los niños, de construir castillos en el aire y usar una silla como si fuera un castillo. Una capacidad que, ciertamente, los adultos van perdiendo. Me recuerda a esa típica historia que cuentan los padres: le han comprado un  súper juguete a su hijo o hija, y él/ella prefiere jugar con la caja de cartón en la que venía. Finalmente, Stevenson ruega a los padres que no apuren el fin de la infancia de los hijos, que les permitan quedarse en ella por el mayor tiempo posible, en el fondo, que jueguen –y experimenten- mucho antes de que tengan que ir a sentarse en una oficina y que todo lo que se valora sean las cosas reales y tangibles. Mientras escribo esto, mi hijo Tony está buscando sus bloques para armar un castillo y un túnel, preocupado solamente en jugar.

** “Juego de niños” aparece publicado en el libro Apología de los ociosos y otras ociosidades (Editorial Laertes), que contiene varios ensayos del autor de La isla del tesoro y El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hide. “Juego de niños” (1878), cuyo título original es “Child’s play” apareció en el libro Virginibus Puerisque, and other papers de 1881. En este libro aparecen también otros de los ensayos de la versión en castellano que mencionaba más arriba: “An apology for Idlers” (1877), “El Dorado” (1878) y “The English Admirals” (1878).

De ensayos y otras adicciones

Estudios de poesía. Cartas poéticas, otros poemas largos y poesía breve, de Cedomil Goic.

Estudios de poesía. Cartas poéticas, otros poemas largos y poesía breve, de Cedomil Goic.

Dedicarse a la lectura de ensayos, parece a primera vista algo muy académico, una labor ligada al estudio en la universidad. Y en cierta medida es así, ya que la mayor parte de los que he leído ha sido ligada a mi actividad universitaria. Pero mi historia ensayística es de largo alcance. Escribí mi primer ensayo cuando tenía quince años, y giraba en torno a las Crónicas de Narnia de C. S. Lewis. Fueron ensayos escritos por él los primeros que disfruté, y también uno sobre Hamlet, todo cuando estaba en el colegio. En esas líneas anteriores, ya van algunas de mis adicciones de lectura; a las que ahora debo añadir los dos libros a los que dedico esta columna.

Las últimas semanas he estado repartiendo mi tiempo lector entre la lectura de unas novelas y la de dos libros de ensayos. El primero es Estudios de poesía (LOM Ediciones, 2012), que reúne estudios del académico Cedomil Goic. Los textos, si bien se centran en poetas y poesías, son variados. Para comenzar cubren un periodo que va entre 1957 y 2010, los que de paso dan cuenta de una carrera larga, prolífica y relevante para todos quienes nos dedicamos a las letras. Son interesantes las extensiones de esos estudios, ya que se pueden encontrar unos más bien breves, como uno de mis favoritos: “Cadenillas en la poesía de Gabriela Mistral”, que permite descubrir otros aspectos, de hecho, no había pensado en las cadenillas antes de leerlo, y son hermosas. Varios de los estudios se centran en Mistral, y también los hay sobre Gonzalo Rojas, Pablo Neruda, Nicanor Parra y Enrique Lihn. Debo llamar la atención acerca de que la lectura de estos textos no es simple, porque en muchos casos el análisis es muy técnico. Sin embargo, eso no impide disfrutar de indagar en los escritos poéticos. Así dice sobre “Una nota estridente” de Lihn: “Ahora, viajero en Europa, cuando la primavera sigue invariablemente mostrando sus encantos, en su estancia en los suburbios de Nápoles, el poeta testimonia, poesía de paso, las formas de su nueva poesía. La invasión de las ruinas del templo –la casa sagrada de la poesía tradicional, cosa del pasado en ruinas- por los gorriones [las nuevas voces estridentes y agresivas], intrusos que no hay manera de expulsar” (260).

Nietzsche y el pensamiento político contemporáneo, de Vanessa Lemm

Nietzsche y el pensamiento político contemporáneo, de Vanessa Lemm

El segundo libro sigue otra senda. Se trata de Nietzsche y el pensamiento político contemporáneo (Fondo de Cultura Económica, 2013) de la doctora en Filosofía Vanessa Lemm. El libro está compuesto de ocho ensayos en que la autora se sumerge en el pensamiento de Nietzsche, poniendo en cuestión la opinión de otros estudiosos y también de ciertos lugares comunes, de manera que la lectura resulta innovadora y alejada de cualquier idea que haya aprendido sobre Nietzsche en los cursos de filosofía en que lo estudié. En este camino se centra en los conceptos de aristocracia y biopolítica. En el prefacio Germán Cano (especialista en el filósofo alemán) plantea que este no es un libro para expertos en Nietzsche, y aunque su lectura requiere, por lo menos, de ir acudiendo de tanto en tanto a google, por el diálogo fluido de la autora con corrientes y teóricos, concuerdo con eso. De hecho, luego de leerlo, me parece que no solo permite acceder a Nietzsche, sino reflexionar sobre temas que sacuden nuestra existencia en sociedades como esta, al preguntarnos acerca de cómo está organizada nuestra vida política, cómo es nuestra democracia, cómo mujeres y hombres podemos insertarnos en ella, cuando todo parece estar en continuo vaivén. En este punto, creo que es crucial dejar algunas palabras de Lemm: “La libertad en este argumento no es algo que pertenezca al animal humano en su relación consigo mismo, sino que, de manera más fundamental, es algo que se experimenta en relación con el otro. Esto explica por qué el punto de partida ‘más alto’ en Nietzsche es siempre un descenso o caída del yo ante el otro, y no un elevarse del yo sobre el otro” (132).

Goic, Cedomil. Estudios de poesía. Cartas poéticas, otros poemas largos y poesía breve. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

Lemm, Vanessa. Nietzsche y el pensamiento político contemporáneo. Santiago: Fondo de Cultura Económica, 2013

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Entrevista con Francisco Llancaqueo

Las dos primeras páginas de la entrevista.

Las dos primeras páginas de la entrevista.

No me había dado el tiempo de escribir una breve nota sobre la entrevista que le hice al peluquero Francisco Llancaqueo y que salió publicada en la revista Mujeres de Publimetro. La entrevista surgió a raíz de un texto autobiográfico que Llancaqueo publicó con la Editorial Catalonia, y que se llama De lo bueno mucho. Hice la entrevista un día lunes en el Le Fournil de Sánchez Fontecilla. Mi hijo Tony todavía estaba de vacaciones de invierno, así que después de la entrevista iríamos a pasear al centro y aprovechar de ver la exposición de fotos de Álvaro (pololo de mi hermana) a quien Tony cariñosamente llama Bayan (ha sido un acuerdo familiar que debe escribirse con B y no con V).

La entrevista se prolongó por más del tiempo que había presupuestado, y mi esposo y mi hijo tuvieron que esperarme en la Estación de Metro Tobalaba a que llegara. Ellos estaban entretenidos y yo iba feliz, porque tenía la certeza de que había sido una buena entrevista.

Cuando preparo una entrevista hago un largo listado de preguntas, sabiendo que muchas quedarán en el tintero porque los entrevistados no suelen disponer de mucho tiempo, lo que es, en parte, una pena, porque mientras más tiempo se conversa con alguien, mejor es el resultado, ya que se van dejando atrás las preguntas obligadas o empaquetadas y se puede profundizar más. Lo mejor, creo, es cuando las preguntas comienzan a ser dejadas de lado, y la entrevista se convierte en una conversación que fluye, especialmente si buscamos más bien un perfil que información a secas.

Después de esto, realicé un par de entrevistas más, que deberían salir próximamente, ya lo iré posteando. Por lo pronto, creo que debo poner en stand by la realización de entrevistas, porque estoy inmersa en unos intensos días de estudio, lectura y fichaje para mi doctorado; espero contar sobre eso más adelante.

Feo, de Armando Uribe: versos de espera

Portada de Feo, de Armando Uribe.

Portada de Feo, de Armando Uribe.

Proponerse escribir todos los días implica una constancia que llama mi atención. Yo misma, que suelo estar escribiendo, no logro enfocarme en uno solo tipo de escritura todos los días, como si se tratara de una meta que cumplir. En el  reciente poemario de Armando Uribe (1933), Feo, encontramos  más de cien poemas, que fueron escritos bajo ese propósito: cada día entre el 11 de mayo y el 11 de junio de 2010, Uribe escribía. En general, poemas breves de seis versos, muchas veces con rimas asonantes, y otras, versos libres.

Sabemos la progresión, porque los poemas están publicados cronológicamente, y aparecen fechados. Pero, ¿cuál es el propósito? ¿Debe haberlo? El autor nos dice en el prólogo que no se trata de un diario de vida y, sin embargo, el primer verso dice “Me leo en este libro abierto” (15). La lectura de este poemario me recordó Veneno de escorpión azul de Gonzalo Millán, cuyo subtítulo es “Diario de vida y de muerte”. Millán comenzó a escribir su diario poco después del diagnóstico de cáncer, por el que murió cuando tenía casi 60 años. Si bien es un diario, es también un poemario, intenso, emocionante: es, de hecho, un libro abierto en que lo leemos hasta poco antes de su muerte; leerlo, por ende, aunque hermoso literariamente, es difícil en términos personales.

Pensé en Millán constantemente, porque Feo, aunque no sea diario de vida propiamente tal, sí trata sobre la muerte, pero no esa imprevista y tremenda, sino una lenta, que llega con la vejez y que se hace esperar. ¿Hay un propósito, como preguntaba más arriba? Bueno, sería especular, pero el que cada poema esté numerado en forma correlativa, y que podamos ver el paso de un mes de vida con la muerte rondando en los versos del poeta, nos envuelve en su espera, nos involucra, haciéndonos sentir que “no morirse es el castigo” (170).

Feo gira en torno de la espera, la muerte, y también el escribir. Como lectores apenas podemos acceder a Armando Uribe, el hombre detrás de la voz lírica, sin embargo, su “vida manuscrita”, está ahí sin pretensiones más que las de compartir los momentos previos a “cuando la muerte llegue y se vaya la vida” (129). Como  sabemos que no podemos esquivar la muerte, la interrogante que queda es “¿Qué escribiremos en el Otro mundo?” (67). El hablante contesta que tal vez haya versos perfectos, pero yo destaco que la voz salga de su singularidad y nos incluya a todos en su pregunta. En la pregunta, en todo caso, no hay impaciencia, sino serenidad, como sucede a lo largo de la lectura de todo el poemario: aguardar con serenidad, revisando algunos pasajes de la vida, sí, pero sin caer en la desesperación, sino tratando de ver y decir las cosas tal cual son, en verso.

Uribe Arce, Armando. Feo. Santiago: LOM Ediciones, 2012.

Un dato

Para los que hayan quedado interesados, pueden bajar Veneno de escorpión azul desde el sitio de Memoria Chilena: http://www.memoriachilena.cl/temas/documento_detalle.asp?id=MC0050989

Esta reseña apareció originalmente en el sitio web del Diario Publimetro, donde tengo una columna de libros semanal.

Violeta Parra

Violeta Parra

Violeta Parra

Son complicadas las discusiones, porque cuando los argumentos comienzan a tambalearse, se pueden terminar diciendo muchas cosas. Una vez lanzadas, no hay forma de borrarlas, he ahí por qué eso de que las palabras hieren, y tantas veces como se las recuerde. Por eso me quedó dando vueltas el hecho de que se utilizara a Violeta Parra como un ejemplo de artista que cometió errores porque no tenía preparación. Eso me ha molestado todo el día. Cuando niña adoraba –y todavía lo hago- La Jardinera. ¿Acaso no es una canción perfecta?

En el último tiempo, además, la he estudiado, especialmente sus Décimas. Este texto autobiográfico es la muestra de un artista profunda y preparada. ¿No estudió música en el Conservatorio? Qué importa, probablemente no hubiera sido un aporte a sus composiciones: frutos de su experiencia, de lo que aprendió por ella misma –tocaba guitarra desde pequeña-, de su trabajo de recopilación de material folklórico a lo largo del país. En cuanto a las Décimas, ella hace uso de esta forma, llamada décima espinela octosilábica, es decir, manejaba esta forma tradicional española, que proviene de Vicente Espinel, poeta del siglo XVI.

Mi intención aquí no es realizar una explicación acerca de qué es la décima espinela, solo plantearlo como muestra de que Violeta Parra era una artista preparada, a pesar de no tener estudios formales; su música no era la consecuencia de lo fortuito, ella sabía e intuía. Por lo demás, su poesía y su música son hermosas, a veces apasionadas, otras desgarradoras, tristes, divertidas, críticas. Y no se contentó con eso, sino que exploró otras formas de arte, como los tapices.

Marisol García dice en su texto “Violeta Parra: cartas perentorias”, doce sobre ella: “Hablamos de una mujer sin estudios académicos ni preparación artística formal, que se autoimpuso una tarea que nadie le encargó y que trabajó siempre a contracorriente de los círculos entonces supuestamente abocados a la difusión folclórica chilena. Una mujer que captó con rapidez lo que debía hacer, y que se ocupó en hacerlo con la máxima celeridad, cuando la adultez, los hijos y la pobreza parecían estupendas excusas para desistir. No hubo más de 14 años entre la primera composición propia de Violeta Parra y su muerte. Entremedio, una obra incalculable de gloria universal: discos, arpilleras, poesías, pinturas, esculturas, estudios”.

En vez de finalizar con esa cita de García, mejor un texto de la propia Violeta, “Mas van pasando los años” de su Décima. Autobiografía en verso:

Mas van pasando los años,
las cosas son muy distintas:
lo que fue vino, hoy es tinta;
lo que fue piel hoy es paño;
lo que fue cierto, hoy engaño,
todo es penuria y quebranto,
de las leyes de hoy me espanto;
lo paso muy confundida
y es grande torpeza mida
buscar alivio en mi canto.

Han visto la mantequilla,
dicen de que’s vegetal,
y que de leche animal
fabrican la mostacilla.
Las líneas de las chiquillas,
desmáyese el más sereno,
que lo que miran por seno
no es nada más que nilón.
Pregunto con emoción:
¿Quién trajo tanto veneno?

En este mundo moderno
qué sabe el pobre de queso,
caldo de papa sin hueso.
Menos sabe lo que es terno;
por casa, callampa, infierno
de lata y ladrillos viejos.
¿Cómo le aguanta el pellejo?,
eso sí que no lo sé.
Pero bien sé que el burgués
se pit´al pobre verdejo.

Yo no protesto por migo,
porque soy muy poca cosa,
reclamo porque a la fosa
van las penas del mendigo.
A Dios pongo por testigo
que no me deje mentir,
no me hace falta salir
un metro fuera’ e la casa
pa’ ver lo que aquí nos pasa
y el dolor que es el vivir.

Dispénsenme las chiquillas
si m’ he salido del tema,
es qu’ esta verdad me quema
el alma y la pajarilla.
Quemá’ está la sopaipilla;
p’al pobre ya no hay razones;
hay costra en los corazones
y horchata en las venas ricas,
y claro, esto a mí me pica
igual que los sabañones.