Manuel Peña, Loly & Bernardilla y el collage

Esta es la portada de La mujer de los labios rojos, de Manuel Peña Muñoz.

Esta es la portada de La mujer de los labios rojos, de Manuel Peña Muñoz.

Esta semana recibí el libro La mujer de los labios rojos (Editorial Catalonia). De la recepción me avisaron temprano que había llegado un paquete, y con mi hijo Tony bajamos a buscarlo. Le encanta ir a buscar libros a la recepción del edificio y después abrirlos en la casa. Es como descubrir un tesoro. A mí, además, me encanta que a él le gusten los libros, todos, con o sin ilustraciones, gordos y delgados. Volviendo al libro que me llegó esta semana, es una nueva publicación de Manuel Peña Muñoz. Hace muchos, muchos años, cuando trabajaba como periodista muy mal pagada, tomé un seminario sobre literatura infantil en el Centro Cultural de España. El profesor que lo dictaba era Manuel Peña.

No está de más decir que le tengo mucho cariño, ya que ese seminario fue parte del camino que me alejaba del periodismo y me llevaba a las letras. El año pasado volví a tomar un  seminario con él, lo que me vino muy bien, teniendo en cuenta que estaba comenzando a escribir mi esbozo de proyecto de tesis y a decidir que tendría que ver con infancia. Por supuesto, infancia en la literatura no tiene necesariamente que ver con los llamados libros para niños, pero sí son parte de mi panorama más amplio.

Ilustración interior del libro. Las ilustraciones son de Loly & Bernardilla.

Ilustración interior del libro. Las ilustraciones son de Loly & Bernardilla.

En fin, todavía no he leído el libro, porque acaba de llegar esta semana, tengo otros textos en carpeta y, además de estudiar para el doctorado, estaba terminando de leer American Visa de Marcelo Rioseco, cuya reseña debería aparecer hoy viernes (¡apareció!). Pero sí me dediqué a ver las lustraciones, que son de Loly & Bernardilla. Y es de eso que me gustaría escribir en las siguientes líneas. Las ilustraciones le dan el tono al libro como objeto y ayudan a introducirse en una historia incluso sin haberla leído aun.

En la portada se ve un collage formado por ilustraciones, fotos y textos manuscritos. En una de las fotos puedo reconocer fácilmente al mismo Manuel Peña, aunque de niño; y según la lectura de los comunicados de prensa, los textos manuscritos son de hecho cartas pertenecientes al autor. No me extrañaría que otros de los elementos que aparecen en el collage de la tapa sean recuerdos del escritor, como la ficha de la oficina salitrera Santa Laura que allí aparece. En el collage priman los sepia, pero también algunos acentos en un rojo coral que se mantiene en el resto de las ilustraciones del libro. Como decía, dan el tono romántico, antiguo, pero no muerto, de una historia del norte chileno, del pasado, pero muy viva en el recuerdo. También habla del hecho de que el relato, aunque ficticio, tiene vínculos biográficos con el autor. En la portada me llama la atención que el collage esté pegado con scotch a la página, lo que me hace pensar en scrapbooks, en libros de recuerdos, diarios de vida, lo que aumenta el factor vivencial presente en las ilustraciones.

Loly & Bernardilla han trabajado el collage digital no solo en este libro, pero la forma en que tomaron los recuerdos e imágenes de Manuel Peña, les dieron forma y los recrearon, relata también una historia. Son hermosos y motivan la lectura del libro, lo que haré en los próximos días. Mientras tanto, les dejo un video con la presentación del libro.

Amarilis y Delia

El índice de la revista Literatura y Lingüística.

El índice de la revista Literatura y Lingüística.

Antes de tomar el curso de Poesía Colonial con María Inés Zaldívar, nunca había escuchado sobre la poesía de Amarilis. Aunque todo el curso fue un exquisito descubrimiento de autores, esta poeta peruana de la que poco y nada se sabe, me cautivó.

¿Qué se sabe de ella? Que Amarilis es un seudónimo, que vivió entre los siglos XVI y XVII, y que su obra conocida es Epístola a Belardo. Belardo no es otro sino Lope de Vega, a quien ella dirige el poema y que, de hecho, lo publicó en La Filomena en 1621.

Amarilis es mencionada por la poeta chilena Delia Domínguez en una de sus obras en prosa, en la cual traza una línea de mujeres poetas de las cuales se considera heredera. Ýo llegué a ese texto cuando estudiaba a Domínguez para mi tesis de Magíster, al mismo tiempo que leía a Amarilis en mi clase de poesía colonial. Y como siempre me han interesado las sincronías, me interesé en ese par de mujeres y sus trabajos. Como parte de esa investigación, escribí el paper “Amarilis y Delia Domínguez: nexos entre dos poetas desde la conciencia de ser mujeres-autoras”, que fue publicado en la edición 27 de la revista Literatura y Lingüística del Departamento de Humanidades de la Universidad Católica Silva Henríquez.

La portada de la edición más reciente de Literatura y Lingüística.

La portada de la edición más reciente de Literatura y Lingüística.

La revista me llegó creo que hace una semana y fue excelente poder tenerla entre mis manos, la sensación siempre es genial. Ahora la revista está también disponible online a través del sitio de Scielo.

Sobre el paper, les dejo aquí el abstract y el link para descargar o bien leer online. ¡Saludos!

Resumen: En el presente trabajo, me propongo vincular a dos poetas: Amarilis y Delia Domínguez. La primera es peruana y vivió en el siglo XVII cuando su país era un virreinato que dependía del imperio español. La segunda es chilena y todavía vive. Aunque hay una clara distancia temporal, me parece que las líneas de unión entre ellas atraviesan sus obras y no solo se limitan a características que podríamos considerar más bien superficiales, como el hecho de que ambas son mujeres, americanas y poetas. Mi objetivo es establecer cruces entre sus obras, partiendo desde la premisa de que las dos escriben desde un posicionamiento y conciencia de ser mujer-autora. Para esto, me centraré en Epístola a Belardo de Amarilis y el libro El sol mira para atrás de Delia Domínguez.

Leyendo sobre infancia

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Jugando con mi hijo Tony

Creo que no he escrito para el blog durante las últimas dos semanas, y no quería dejar pasar más tiempo. La verdad en que entre las lecturas para la universidad, la columna literaria y la vida (casa, hijo, esposo, etc.) no he tenido tiempo para preparar alguna entrada.

romulo_y_remo_2Entre las lecturas que he hecho para el doctorado, las ha habido variadas, algunas de teoría de la poesía, y dos libros muy interesantes. Uno es La misericordia ajena, libro sobre el abandono de niños durante la Edad Media. Su autor John Boswell hace un recuento muy interesante entre la documentación que uno consideraría propiamente histórica y la literaria, dando cuenta de cómo el abandono es parte de muchas obras de narrativa. En realidad, el abandono de niños no sería un hecho exclusivo del Medioevo, cosa de pensar en Rómulo y Remo, los niños fundadores de Roma criados por una loba. Y hoy en día, es cosa de pensar en las noticias.

elusive_childhoodEl segundo libro se llama Elusive childhood y llama la atención sobre el afán de los adultos de querer primero generalizar a los niños, como si hubiera fases por las cuales todos debería pasar sí o sí. Esto no hace más que negar la individualidad de los niños, forzándolos a la uniformidad. Lo segundo es cómo los adultos ignoran a los niños aduciendo que no son racionales o que todavía no manejan el lenguaje, como si la intuición o la comunicación previa al alfabeto no existieran. La autora Susan Honeyman repasa varios textos literarios para dar cuenta cómo los autores intentarían representar esta esquiva infancia. En un capítulo sobre la interrupción del discurso (adulto, por supuesto), Honeyman cita un pasaje de Jane Eyre de Charlotte Brontë. Jane, quien es considerada una mentirosa (esto es antes de conocer al señor Rochester), es prevenida por el señor Brocklehurst (director del colegio Lowood al que envían a Jane) sobre seguir esa senda, diciéndole que los niños malos se van al infierno. Ante la pregunta de cómo evitar esa situación –y ante la cual seguramente el señor Brocklehurst esperaba un nunca volveré a mentir, o será una niña buena- Jane responde que procurará tener una buena salud y no morir.

Al leer los distintos ejemplos pensaba en mi hijo Tony. La semana pasada, él quería salir al jardín para ver cómo le ponían un polerón al perrito de mi mamá. Hacía mucho frío y yo en realidad quería que se quedara adentro, pero le dije: “Es que hace mucho frío afuera”. Él me respondió: “Entonces me abrigaré”. Tenía razón, así que se puso su chaqueta y salió al jardín. Él me enseña todo el tiempo a no subestimarlo.

El universo de las madres literarias

madres_literarias2Escribí esta columna originalmente para el sitio web de Publimetro, pero ya que hoy fue el día en que recibí desayuno en la cama, y le llevé a mi propia madre un exquisito pastel de Las Palmas, decidí recomponerla para mi propio blog hoy. Lo que hice fue buscar algunas madres literarias, de variados orígenes y cualidades; de hecho, algunas no son lo que una quisiera tener por madre, aunque son excelentes como personajes literarios.

Para comenzar la señora Bennett, la desesperada madre de la novela Orgullo y Prejuicio de Jane Austen. La madre de las Bennett se ridiculiza constantemente y a sus hijas también, tratando de casarlas lo mejor y más rápido posible. Su inclinación por la más frívola, Lydia, no ayuda en que una la aprecie. Sin embargo, después de las muchas lecturas que he hecho del libro, esta madre también genera un grado de compasión y empatía, teniendo en cuenta los hechos: la familia Bennett está formada solo por hijas, por lo cual, al morir el padre, perderán la herencia. Casar a las hijas es la única manera de asegurarles el futuro.

Otra madre de puras hijas es Marmee, o la señora March de Mujercitas de Louise May Alcott. Mientras la señora Bennett es estridente y se expone completamente, Marmee es contenida, un refugio para sus hijas y también un ejemplo para ellas: “Abajo se aclaró la borrasca cuando la señora March volvió, y después de escuchar lo sucedido, hizo comprender a Amy el daño que había hecho a su hermana”.

Hablando de madres ejemplares, en la serie de Harry Potter hay varias que destacan. Para comenzar Lily, la madre del protagonista, personaje que aparece más que nada en recuerdos, es la madre por excelencia, que protege la vida de su hijo con la suya propia. También habla del dolor de la madre ausente. En tanto, la madre siempre presente es la señora Weasley, mamá del mejor amigo de Potter, Ron. Molly Weasley tiene siete hijos, y amor para ellos y más, ya que adopta emocionalmente a Harry.

Una madre inolvidable se encuentra en mi texto dramático favorito, Hamlet de William Shakespeare. Gertrudis es la madre cuestionada por el hijo, acusada por seguir adelante con su vida, es decir, por casarse con el hermano del esposo muerto. El gran problema de Gertrudis es tratar de tapar el sol con un dedo, y no reconocer cómo todo se va degradando a su alrededor. Una de sus líneas: “¡Oh, Hamlet, no digas más! ¡Me haces volver los ojos alma adentro, y allí distingo tan negras y profundas manchas, que nunca podrán borrarse!”.

Finalmente, quiero recordar un texto genial, bien escrito, divertido, con uno de esos protagonistas que dan vergüenza ajena, La conjura de los necios de John Kennedy Toole. La señora Reilly vive con su hijo Ignatius, el personaje central, de más de treinta años, un verdadero niño crecido que no entiende mucho del mundo. Ella tal vez entiende, pero prefiere desentenderse, después de todo lidiar con Ignatius no es un tema menor. Otra cita: “La señora Reilly contempló la cara enrojecida de su hijo y comprendió que se desmayaría muy satisfecho a sus pies solo para ratificar sus palabras. Ya lo había hecho otras veces. La última vez que le obligó a acompañarla a misa un domingo, se había desmayado dos veces camino de la iglesia, y otra vez durante el sermón, de pura flojera, cayéndose del banco y provocando un incidente de lo más embarazoso”.

Como bonus del blog, otra madre del tipo terrible, la del libro ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, del cual escribí la siguiente columna.

¿Hay algo más tedioso que transcribir?

Transcribiendo una entrevista...

Transcribiendo una entrevista…

Cuando me dedicaba en forma exclusiva al periodismo, no existían los mp3. Siempre tuve en cambio grabadoras de esas que usaban casetes chicos. Todavía guardo algunos, imagino que con entrevistas que habían sido importantes para mí. De hecho, hubo una época hermosa en que solía entrevistar músicos por teléfono. Eran conversaciones telefónicas porque eran artistas de otros lados. Recuerdo una agradable conversación con Duke Erikson, guitarrista de Garbage, quien estaba al celular desde Inglaterra mientras yo tomaba notas desde las oficinas de Universal Music.

Pero ya en ese tiempo me había convertido en una experta en tomar notas de cuanto el entrevistado decía, porque me cargaba descasetear, es decir, gastar el doble del tiempo del que duró la entrevista en escuchar la cinta y transcribir. Hoy la palabra no es descasetear, la más reciente entrevista que hice fue la semana pasada, ya no en grabadora, sino en el mp4 que le regalé a mi esposo en navidad.

La entrevista fue un placer, conversamos durante largo rato de manera fluida, y salí de la cita con buen ánimo. Sin embargo, cada vez que me siento con los audífonos en las orejas, el tedio me cubre. En especial, cuando una y otra vez tengo que escuchar esa palabra que permanece prácticamente inaudible, porque la entrevistada se llevó la mano a la boca, o porque hubo un ruido fuerte.

Después del tedio de escuchar y volver a escuchar, de anotar casi sin fijarse en las palabras que se están escribiendo, queda hermosear la entrevista, quitar los errores, eliminar lo dicho más de una vez, escribir algunos párrafos que traten de dar cuenta de cómo fue la conversación o qué impresión nos dejó la entrevistada. Finalmente, no hay nada como ver el texto publicado y olvidar que alguna vez se trabajó en su transcripción.

Elizabeth Subercaseaux a la hora del desayuno

Portada de Clínica Jardín del Este, de Elizabeth Subercaseaux.

Portada de Clínica Jardín del Este, de Elizabeth Subercaseaux.

Esta mañana estuve en un desayuno de la Editorial Catalonia, por el lanzamiento del nuevo libro de Elizabeth Subercaseaux Clínica Jardín del Este. Se trata del tercer volumen de la serie “Barrio alto” iniciada por la periodista/escritora en 2009, y que incluye también Vendo casa en el barrio alto y Compro lago Caburga. Yo no he leído los dos primeros, pero entiendo que todos son protagonizados por el mismo personaje, Alberto Larraín Errázuriz. En este episodio el personaje, que es un corredor de propiedades, se involucrará en un negocio de cirugías estéticas e isapres. ¿Por qué vincularse a un negocio así? Un amigo lo explica en la novela: “Mira, huevón, en este país hay dos bienes de consumo que son minas de oro, hay que tratarlos con cuidado porque se trata de áreas sensibles, pero dan muuuuucha plata. Uno es la educación y el otro es la salud” (16).

Como el libro lo recibí apenas un par de horas atrás, no es mucho lo que puedo comentar, pero la cita anterior nos muestra que el libro deja en evidencia algo que todos sabemos: que la educación y la salud son negocios ultra rentables para algunos; para los demás, significa arreglárselas. La perspectiva acá está en esos pocos. Subercaseaux dijo al presentar el libro que, aunque es una novela de corte humorístico, no contiene ni sarcasmo ni ironía –ya lo veré al leerla-, sino que presenta un “efecto espejo” en el que muestra “una clase social a la que yo misma pertenezco” y que, por lo tanto, conoce bien.

Pero ya que no estoy más facultada aún para hablar de la novela, sí quería mencionar un par de cosas del desayuno. Me senté en una mesa en que no había periodistas ni críticos, sino libreros, o más bien libreras, de Ulises y Lugar sin límite. Más que del libro terminamos hablando, un poco, de lo que hacíamos; estaban especialmente curiosas por el hecho de que yo tomara nota de las palabras de Subercaseaux, pero todos los puntos cayeron sobre las ies cuando les dije que era columnista de libros. Y lo segundo fue con respecto a algunas de las palabras de la escritora, quien agradecía y mostraba su preferencia por un desayuno-lanzamiento, en que más que llenarse de amigos y familiares, reuniera a quienes generan comunicación en torno al libro: libreros y periodistas. Concordé con ellas por varios motivos, por un lado, el horario de un desayuno me pareció más atractivo que un lanzamiento a última hora de la tarde, en que suelo tener problemas porque coincide con la hora de bajarle las revoluciones a mi hijo. Por otro lado, me llamó la atención que pensara en quienes dan a conocer el libro, ciertamente una postura inteligente, por cuanto, ya estoy escribiendo sobre la novela, ¿no?

Una palabra de Gabriela Mistral

palabraEl 7 de abril se cumplieron 124 años del nacimiento de Gabriela Mistral. Sé que hace no mucho había escrito sobre ella a propósito de un artículo de Elizabeth Horan, pero me parece que siempre hay buenas razones para escribir sobre una poeta intensa y completa.

El año pasado, mientras investigaba para mi tesis de Magíster, me encontré con el poema “Una palabra”, que aparece en el poemario Lagar. Sin duda lo había leído antes, muchos años antes, pero para ser honesta no lo recordaba. Ahora, cada vez que pienso en ella, y también en otras mujeres poetas, no puedo evitar que esos versos vengan constantemente a mi cabeza:

Yo tengo una palabra en la garganta

y no la suelto, y no me libro de ella

aunque me empuje su empellón de sangre.

Si la soltase, quema el pasto vivo,

sangra el cordero, hace caer al pájaro (412).

El poema es más largo, son seis estrofas en total, pero esos primeros versos son impactantes: la palabra atravesada en la garganta, una palabra tan intensa que quema, y que cuando sea pronunciada es capaz de volver el mundo en llamas. “Tengo que desprenderla de mi lengua…” dice luego, y me parece que escribir –cualquier tipo de escritura- y, por supuesto, hacer poesía, tiene que ver con la necesidad/urgencia/premura de sacar todas estas palabras que una tiene dentro. Podrán ser palabras susurrantes o gritadas, eso dependerá del dueño de esa voz. Esto es algo que me ha enseñado Mistral.

Nota 1: Estoy usando como referencia el libro Antología. Gabriela Mistral en verso y prosa, una edición conmemorativa que la Real Academia Española publicó en 2010. Para leerlo, pueden buscarlo aquí. En el apartado “Luto” de Lagar.

Nota 2: A propósito de Gabriela Mistral y Elizabeth Horan, este miércoles 10 de abril a las 17 horas, se presentará una edición bilingüe de Motivos. The life of St. Francis de la poeta, con la traducción de Horan. Será en el Auditorio de Filosofía de la Universidad Católica.

Heridas y cicatrices

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson.

Cuando vi que mi mamá había comprado ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? esperé con ansias que lo terminara. Tenía muchas ganas de leerlo, más que nada por referencias críticas que habían aparecido en la prensa. Cuando comencé, no pude parar hasta acabarlo, y después volví a revisarlo para ficharlo. Sé que fue como leer el libro dos veces, pero no quise interrumpir la primera y placentera lectura, cada vez que encontraba una cita que quería preservar. Aunque cuando eso ocurría hacía una nota mental.

¿Por qué ser feliz… es un texto autobiográfico de la escritora inglesa Jeanette Winterson, en el que nos sumerge en sus primeros años al interior de una familia tan quebrada como paradojal, porque si bien esas vivencias en medio de una vida pobre en el norte de Inglaterra (cerca de Manchester) la marcaron de una manera dolorosa, también fueron claves para hacer de Winterson la mujer en la que se convirtió. De hecho, una de las cosas más admirables de este libro es que a pesar de haber sobrevivido a una madre adoptiva muchas veces despiadada, fanática religiosa, pero excelente lectora en voz alta, el trato que le da linda en lo amable o, al menos, trata de comprenderla. Su libro y la vida que construye ahí, los momentos de gloria, como también los momentos más duros y cercanos al suicidio, la fuerza por vivir, salir adelante y tener una visión positiva tanto del pasado como del futuro, son apabullantes. Básicamente por la creencia de la autora en las heridas y las cicatrices, que nunca desaparecen, pero pueden ser reescritas:

Por eso soy escritora; no digo “decidí” ser ni “me convertí en”. No fue un acto voluntario ni siquiera una elección consciente. Para evitar la estrecha red de la historia de la señora Winterson, tenía que ser capaz de contar la mía propia. Parte realidad, parte ficción, eso es la vida. Y siempre es una historia de presentación. Yo escribí mi salida (14).

Los primeros capítulos nos hablan de sus años formadores, desde la herida abierta por haber sido dada en adopción (“Los niños adoptados estás descolocados”, 32) hasta su adolescencia y  su pronta partida de la casa porque su madre no podía soportar que ella fuera lesbiana. Es allí donde entra a escena el título del libro; su madre adoptiva le dice “¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”, dejando en claro que nunca podrían conciliar sus formas de ver la vida. La segunda parte, en que se produce un salto de 25 años que la autora –ella misma lo indica- no está lista para enfrentar en un escrito, muestra la búsqueda de su madre biológica, transparentando un sistema burocrático y frío, además de sus propios miedos ante la posibilidad de que la su madre la hubiera abandonado porque nunca la quiso: “¿Por qué se deshicieron de mí? Tenía que haber sido culpa de él porque yo no podía aceptar que fuera cosa de ella, tenía que creer que mi madre me quería. Eso era arriesgado. Eso podía ser una ilusión. Si me habían querido, ¿por qué ya no me querían seis semanas más tarde?” (212).

Cruzando todas estas experiencias, Winterson habla de su pasión por las letras, cómo la poesía la ayudó a pasar los momentos más difíciles, y cómo escribir era la única salida que ella encontró a una vida más bien miserable. De paso, da cuenta de la dura vida del norte de Inglaterra, del machismo, pero también de una generación obrera que podía citar a Shakespeare. Habla además de un perverso sistema anti mujeres en la universidad: “Oxford no era un pacto de silencio en lo que a las mujeres se refiere; era un pacto de ignorancia” (155). Y, sin embargo, había una creencia universitaria tan fuerte por el conocimiento, que ella y sus compañeras, podían aprovechar ese espacio. Nuevamente Winterson me sorprende reconociendo espacios allí donde pareciera no haberlos. A lo largo del texto es muy crítica con muchas cosas, especialmente con la Inglaterra capitalista que de mano de Margaret Thatcher desarmó un estado que creía que las personas venían primero; pero no lo hace desde un púlpito ni dando sermones, sino todo desde su experiencia, con soltura y fluidez (“No me daba cuentas de las consecuencias de privatizar la sociedad”, 154, dice luego de enumerar aquellos desastres y es imposible no pensar en Chile al mismo tiempo). Creo que hay una valentía en la manera de exponer su vida a través de las letras, con toda la ficción que aquello signifique, porque yo también creo en eso de que “toda narración de un yo es una forma de ficcionalidad” (Pozuelo Yvancos). En este caso, es una prosa conmovedora, que me hacía tiritar y emocionarme, y –aunque nuestras experiencias parecen tan distintas- sentirme identificada, con sus sentimientos, con su forma de escritura, con su amor por las letras.

¿Hay una escritura femenina o de mujeres? Qué difícil es plantear esta pregunta, porque muchas mujeres están en contra de esto, porque puede ser usado en nuestra contra, es decir, para poner a las mujeres en un segundo nivel, sin pasar nunca a ese círculo de hombres escritores que serían mejores, porque escriben “neutro”, como si eso fuera posible. Más bien, nos han acostumbrado a pensar que lo masculino es neutro, cuando simplemente es masculino. Ese fue el tema en mi tesis de Magíster, yo creo que sí existe una escritura que en realidad llamé “escritura de mujer feminizada” (gracias a Nelly Richard, entre otras autoras). No voy a profundizar mucho acerca de mi propuesta, pero ciertamente –desde mi perspectiva- la de Winterson lo es ese tipo de escritura: posicionada, tomando conciencia de su pasado y construyendo su presente desde ahí, y con todo su cuerpo, tanto así que esa herida devenida cicatriz está presente hasta la última página: “Toda mi vida he trabajado desde la herida. Curarla significaría poner fin a una identidad, la identidad definidora. Pero la herida curada no es la herida desaparecida; siempre habrá una cicatriz. Siempre se me podrá reconocer por mi cicatriz” (238).

¿Receta contra el ninguneo? Simplemente leer

Gabriela Mistral.

Gabriela Mistral.

Haciendo memoria acerca de si leí a Gabriela Mistral en el colegio, me parece que leímos Lagar, completo, a diferencia de otros escritores de quienes revisábamos textos seleccionados. Pero si trato de profundizar en eso, solo recuerdo la experiencia personal y solitaria de la lectura, y no logro dar con alguna clase en que habláramos de Mistral, de su poesía, o de su vida, nada. Sí recuerdo, en cambio, casi como si fuera ayer, largas clases sobre las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, revisando sus tópicos. ¿Habrá habido prueba? ¿Algún trabajo? No logro recordarlo.

Si bien es cierto que Mistral estaba incluida en mis lecturas escolares, siento que era solo una más en la lista. Qué poca dedicación, qué desidia, es lo que se me ocurre pensar. Yo la leí con cierta pasión, me parece. Había adorado cuando muy niña “Dame la mano” (la que además cantaba), “Todas íbamos a ser reinas” y “Piececitos”. Leer Lagar era pasar a otra liga, especialmente estando en la adolescencia.

Hace algunos años escribí una columna para un medio virtual, en que también hablaba de esta incomprensible desidia con respecto a Gabriela Mistral. En todo nivel, incluyendo esa imagen de ella en el antiguo billete de cinco mil pesos, en que se la representaba como una señora dura, en vez de rescatarla como la poeta genial y apasionada que es.

Todos estos pensamientos dan vueltas por mi cabeza debido a que acabo de leer el artículo “Clandestinidades de Gabriela Mistral en Los Ángeles 1946-1948”, de Elizabeth Horan. Es un excelente texto, ágil e informado, que aparece en el libro Chile Urbano: la ciudad en la literatura y el cine, editado por Magda Sepúlveda y publicado recientemente por Cuarto Propio. En el artículo, Horan se refiere a los mil días que Mistral vivió en California, EEUU. Allí le diagnosticaron diabetes, conoció a Doris Dana, comenzó a escribir Poema de Chile. Llegó como cónsul honoraria –es decir, no recibía ni un peso y, sin embargo, tenía que ver cómo mantenerse- y debió partir de allí en plena caza de brujas contra los escritores de izquierda, mientras Chile vivía su propia persecución con la Ley Maldita de González Videla.

Llegó a California con un perfil político, interesada especialmente en el voto femenino -recordemos que en Chile todavía las mujeres no sufragaban-, dictó charlas y escribió artículos al respecto, en medio de los ataques del propio consulado chileno y su cabeza, el cónsul Pradenas, quien, en una nota para el Los Angeles Times a la llegada de Mistral a EEUU, la disminuye, la ningunea, en palabras de Horan. Y eso que hacía apenas un año atrás había recibido el Premio Nobel. Pradenas llega a decir que ella ni siquiera merecía el reconocimiento. La verdad es que me parece una barbaridad, tal como que no se la lea o que en una conversación casual alguien, muy suelto de cuerpo, la rechace sin siquiera haberla leído, no solo sus poemas, sino también sus prosas maravillosas. Mi pasión por la poesía de Mistral, se ha traducido en mi gusto por escribir sobre ella, a partir de ella, y gracias a ella también. De hecho, mi primer artículo publicado -no en una revista, sino en el libro Caminos y Desvíos: lecturas críticas sobre género y escritura en América Latina-, se titulaba “Mujeres ‘próceres’ chilenas: una mirada renovadora a la luz de Mistral y Labarca”, en el que hablaba sobre género, feminismo y mujeres, desde “Menos cóndor y más huemul” -definitivamente uno de mis textos predilectos de Mistral-, y Feminismo contemporáneo de Amanda Labarca. Creo que lo que quiero decir, es que no me agoto de expresar una idea: ¡leed a Mistral!

Las jaulas invisibles de Ana Vásquez-Bronfman

El 17 de noviembre de 2009 murió la escritora Ana Vásquez-Bronfman. Llevaba toda una vida radicada en Francia, pero el contacto con nuestro país no lo perdió nunca. Es una lástima esperar a hablar sobre alguien cuando ya ha partido, pero en el caso de ella dejó un grupo de novelas y ensayos que o bien nos la recordarán o nos ayudarán a conocerla a través de su escritura.

Ana Vásquez-Bronfman

La escritora Ana Vásquez-Bronfman

Debo comenzar diciendo que estoy lejos de ser una gran conocedora de la obra de Ana Vásquez-Bronfman, la escritora chilena fallecida el 17 de noviembre de 2009. No tenía un gran número de novelas a su haber, aunque sí éstas destacaban por sus críticas favorables, además de haber ganado el premio del Consejo Nacional del Libro a la mejor novela inédita en 1999 por Los mundos de Circe.

Se había radicado en Francia en 1974, adonde partió exiliada, y la temática del desarraigo, del trasplante, estaba presente en sus obras, en particular en su última novela Las jaulas invisibles (2002).

Ana Vásquez-Bronfman era, además, sicóloga, y si la buscan en Google se darán cuenta de que tiene tantas entradas por tal motivo como por su incursión literaria. En términos profesionales exploró el ámbito de la resiliencia, esa capacidad del ser humano de sobreponerse a los dolores y traumas más profundos. Me pregunto si fue un interés que surgió del hecho de haberse visto obligada ella misma a dejar su país.

Las jaulas invisiblesLas jaulas invisibles es una saga familiar, o la saga de dos familias, todas obligadas a abandonar sus hogares y convertirse en emigrantes. Unos son judíos rusos, que se encuentran escapando de los pogroms (disturbios, ataques) que sufría la población judía en Rusia. Los otros son campesinos chilenos que deben cambiar su vida por la de la ciudad.

“Nadie emigra por gusto, evidentemente, antes de partir los riesgos se ven más grandes, y si no se sabe claramente lo que se va a ganar con la partida, ciertamente se sabe lo que se pierde” (34-35), escribe la autora en la novela.

Esas dos familias tan distintas terminarán coincidiendo, décadas más tarde, en particular en la forma de dos niñas que terminarán haciéndose amigas y reencontrándose décadas más tarde, Mariana y Veruchi. Su historia actual viene desencadenada desde el pasado, que la autora inicia en la vida de sendas bisabuelas. A través de esos relatos, narrados con fluidez y tacto, con tal intimidad que pareciera que una se está introduciendo en algo demasiado privado, pero que, a la vez, es bastante cercano, no por las experiencias específicas, sino por el trasfondo de aquellas.

Es la idea de las jaulas invisibles, esa herencia que recibimos de nuestras familias, que apenas percibimos, pero que pueden convertirse en verdaderas prisiones. “Desde que nacemos nos van encerrando en jaulas” (242), se lee al continuar el relato de la novela.

Si hay algo interesante en Las jaulas invisibles es la apuesta por una visión que se enfoca desde la mujer, nada de historias de patriarcas. Todo comienza con la historia de las bisabuelas y en el presente volvemos a encontrarnos con dos mujeres, Mariana y Veruchi. Por supuesto, el relato no es lineal, sino que se estructura de una manera más orgánica, como respondiendo a las necesidades de una narración íntima y no a la obligación de realizar una cronología. Eso me hace pensar en esta otra cita: “Es cierto que las ideas se le escapan de la cabeza, árboles, hojas gigantescas, verdes en todos los matices, basura en el borde de la carretera, no logra concentrarse, quisiera echarse a llorar como una niña chica, qué ridículo. Mientras preparaba el viaje estaba tan vitalmente entusiasmada, sentía que si Veruchi aceptaba el análisis con ella, juntas podrían aclarar muchas dudas, darle más coherencia a su interpretación” (2002, 8). Tal vez haya una invitación a que como lectores también participemos de ese análisis, o más bien de ese viaje, de lo que se abandona y de lo que permanece.

Ignoro si será fácil conseguir los libros de Vásquez-Bronfman actualmente, en particular porque este último es de 2002. Buscando en el sitio web de algunas librerías no pude dar con sus novelas, pero Las jaulas invisibles sí aparece en el sitio de Lom (www.lom.cl). De todas maneras, me parece que vale la pena realizar el esfuerzo de buscar y leer a nuestros autores, porque aunque ellos hayan partido, sus textos permanecen.